¿Cómo digo lo que digo?: El tono de voz anticipa lo que decimos y delata las emociones

Por Dionisia Fontán, especial para DiariodeCultura.com.ar.

Tono-de-Voz

El tono anuncia si el tema viene de sermón o si el horno no está para bollos. Acompaña el diálogo placentero de los enamorados. Se desequilibra cuando no logra contener el grito y puede quebrarse si una emoción lo atraviesa. El tono de voz es nuestra música: dispone de todos los ritmos.

Todo listo. La luz verde del estudio indicaba que ya podía grabar. De pronto, se escuchó un suave carraspeo seguido de tos. Apagaron el micrófono, le acercaron un vaso de agua mientras recibía señas de que se calmara. Mal momento. Suele ocurrir cuando una emoción atraviesa la garganta y genera estos típicos trastornos.

Si hubiera sido en vivo hay recursos y excusas para salir del paso: un incipiente resfrío, el aire acondicionado demasiado fuerte, mandar un tema musical, pasar avisos… Las emociones no piden permiso, son traicioneras, atropellan las cuerdas vocales con impunidad. Por eso es muy importante aprender a gerenciarlas.

El tono, nuestra música, anticipa y acompaña lo que decimos. Hay personas que apenas abren la boca provocan rechazo. Otras, en cambio, suenan encantadoras. Algunos participantes de mis talleres (mujeres y varones) lo primero que aclaraban, por las dudas, era que no estaban enojados. Que sus voces fueron enérgicas toda la vida.

Cuando el radioteatro estaba en su apogeo (entre la década de 1930 y los albores de 1960), la voz tenía un protagonismo absoluto. Las estrellas de este género y sus prestigiosos elencos, pese a ser famosos mantenían el misterio de no ser reconocidos. Claro, aún no existía el furor de la imagen. Por lo tanto, la fantasía de los oyentes era infinita e inagotable.

Al no trascender rostros ni edades, los intérpretes de las novelas, como se conocía popularmente al radioteatro, podían jugar con un amplio arco de personajes y recorrer toda la gama de tonos: graves, agudos, románticos, crispados, melosos, aniñados, seductores…

Semanas atrás murió Hilda Bernard, una de las diosas del radioteatro. Luego de desempeñarse durante décadas frente al micrófono, pasó a la televisión con igual éxito, elegancia y calidad artística. Dueña de una voz que se mantuvo joven y firme, la querida Hilda tuvo el privilegio de vivir más de cien años saludables, muy activos. No hace tanto tiempo que se retiró.

Con lo fundamental que resulta la voz humana, me cuesta comprender la costumbre de algunos países que insisten, todavía, en mantener el doblaje. Escuchar a Humphrey Bogart y a Marlon Brando hablando en lengua castiza me resultó francamente insoportable. Sonaban ridículos. Justamente ellos que se distinguieron por sus voces tan personales y reconocibles, al ser doblados perdían identidad.

En algunos casos las palabras no son tan desafortunadas como el modo que se utiliza: grosero, sobrador, autoritario, antipático, quejoso.

Gritonas y gritones se comunican con desventaja. Alzar la voz como costumbre, provoca rechazo. Demuestra inseguridad. A menudo, quienes gritan no tienen razón.

Tampoco intento desilusionarlos. Para compensar recordemos esos tonos dulces, amorosos, de mamá o papá arrullando a su bebé. O el intercambio romántico de los enamorados en un lenguaje propio y cómplice que sólo ellos conocen.

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Dionisia Fontán

Periodista y coach en comunicación

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Propongo encuentros individuales, aptos para todo público, a quienes desean mejorar su capacidad de comunicarse de un modo eficaz y no violento.

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