¿Cómo digo lo que digo?: Hábitos que impiden una mejor comunicación por whatsapp

Por Dionisia Fontán, especial para DiariodeCultura.com.ar.

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Es tan indispensable que cuesta imaginar la vida sin él. De enorme utilidad, se trata de un invento francamente excepcional. Me refiero al whatsapp, que cambió para siempre nuestra manera de comunicarnos

Ya no se conversa, se wasapea. Funciona las 24 horas y los usuarios prefieren charlar a través del mensaje, que emplear el teléfono de modo convencional

Con todo, a pesar de sus múltiples bondades, si este sistema se maneja de taquito, ocasiona más de un dolor de cabeza. Cualquiera accede al whatsapp porque no es necesario acatar reglas. Por lo tanto, el estilo que adopta cada persona influye para lograr, o no, una comunicación respetable.

El mensaje de voz es un buen recurso para enmascarar las dificultades de escritura y las faltas ortográficas. Eso sí, convendría realizarlo con un reloj de arena al lado, para no excederse.

En general, hablar cansa menos que escribir. Para evitar el riesgo de que suene largo, larguísimo, conviene administrar el entusiasmo. Aunque el tema resulte atractivo será mejor separarlo en varios mensajitos de voz de menos de un minuto, para disimular el efecto visual de mamotreto. Así, entonces, quien lo reciba escuchará con atención y alivio.

 

Ahora que todo el tiempo nos comunicamos por whatsapp, algunos errores que antes cometíamos cara a cara, se han incrementado. Uno de los motivos es la ausencia de gestos. Esa falta, justamente, impide echar mano de esa gran batería de recursos que proporciona el lenguaje no verbal.

Para simplificar, suponemos, se abolió la mayúscula. Sin embargo, muchos usuarios insisten en mandar mensajes completos con mayúscula, modalidad que representa enojo o grito en quien recibe el texto.

Como no hay reglas, cada cual adopta la suya. Por ejemplo, escribir todo de corrido obviando la puntuación. Costumbre poco práctica ya que, a menudo, exige leer más de una vez.

Confusión: Estar En Línea No Significa Estar Disponible

Citaré en primera persona un caso frecuente con el que muchos se identificarán. Alguien en línea me envía un afectuoso saludo. Respondo. De paso, aprovecho para formular un comentario quizás más largo que el saludo recibido. No obtengo respuesta. Sin embargo, esa persona sigue en línea. Debo darme cuenta, entonces, de que tras dedicarme unos pocos segundos, decidió continuar con lo que venía haciendo.

Al ser posible conectarse con varios usuarios a la vez, sería conveniente, por ejemplo, anticipar: “Hola, sólo quiero saber cómo estás. Ando tapado/a de trabajo. La seguimos en otro momento”. Simple y amable aclaración que evita provocar un sentimiento incómodo.

Permanecer en línea no significa estar disponible. A menudo, el apuro, la dispersión o la ansiedad, impulsan a caer como paracaidista en whatsapp ajeno. Consultar previamente si el otro o la otra puede recibirnos, demuestra una actitud de respeto y se agradece.

¡Contestá Ya!

Como es de público conocimiento el whatsapp nos volvió muy demandantes, conducta que hoy por hoy se repite en todos los órdenes de la vida. Al haberse vuelto tan indispensable, casi una  prolongación de la mano, es natural que se note mucho más.

Abundan los equívocos del tipo “me clavaste el visto y nunca llegó tu respuesta”.  Hábito que se considera un desaire y, en algunos casos, la antesala de un cortocircuito. Aunque mirándolo así parece más bien una humorada, creáse o no se está volviendo cosa seria.

Existe cierta resistencia para ponerse en lugar de la otra persona. Si ha clavado el visto y no contesta al toque, puede suceder porque en el sitio no hay buena señal, porque va por la calle y teme que le roben el celular, porque anda a las corridas o se agotó la batería. En fin, el arco es amplio. Otras posibilidades: que no tenga ganas, que lo considere un asedio, que decida postergar la respuesta para otro momento.  En cuanto a quien espera (y desespera), sería oportuno que interpretara el dichoso visto como un “tranqui, ya te ví”.

Meses atrás, en otra columna, me ocupé de la importancia de enviar mensajes breves, de no más de dos minutos. La experiencia demuestra que si pasan de los cuatro, salvo que se trate de un diálogo amoroso, una oferta laboral o un problema de salud, no se escuchan, se lean salteados o se acelere la velocidad.

 Wasapear con enojo, perder los estribos disparando una palabra tras otra (y no precisamente bonitas), embarra la cancha. Lo más probable es que conduzca a un camino sin retorno.

Invento excepcional, el whatsapp brinda posibilidades francamente infinitas. El asunto es adaptarnos al modo de comunicar que no es tan de taquito como se imagina. Aprender reglas básicas, elaborar mensajes claros, no invadir con videos, frases célebres o información de actualidad que el destinatario/a no ha pedido. En todo caso, nunca está de más preguntar: “¿Te interesa recibir este video? Me conmovió mucho y será un placer compartirlo”.

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Dionisia Fontán, periodista y coach en comunicación.

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