¿Cómo digo lo que digo?: Lo que me recordó un camarín de teatro

Por Dionisia Fontán, especial para DiariodeCultura.com.ar.

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En la vida absolutamente todo es comunicación, aunque a menudo se la identifica con nombres diversos.

La decadencia, por ejemplo, puede provenir de cuatro paredes o de una persona. A veces, coinciden.

Días atrás visité los modernos camarines de un teatro puesto a nuevo. Lindísimos, confortables, decorados con el respeto que merecen sus ocupantes. A menudo, durante muchas horas. En otra época, me tocó entrevistar a prestigiosos artistas en lugares parecidos a covachas, estrechos, con las paredes descascaradas, comunicaban una decadencia que el artista, por más prestigioso, soportaba estoico.

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Esta recorrida placentera por modernos camarines, disparó mi recuerdo de otra sala y otro camarín absolutamente distintos.

El episodio, verídico, me inspiró una historia que decidí incluir (con leves cambios) en el libro de crónicas y relatos La emoción no está prohibida, Peña Lillo editor, 1978.

El ritual, así se titula, comunica la dificultad de aceptar la propia realidad, de empecinarse en negarla hasta el límite de enfermar.

Como todas las noches, ingresó feliz en su camarín. Pese al intenso olor a humedad, en ese reducto venido a menos se sentía como en su casa. Era su casa. Comenzó a desvestirse lentamente, mientras encendía un cigarrillo negro. Con gesto mecánico se enfundó la gastada bata de satén negro, demasiado apretada. Claro, había engordado dos talles.

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Adoraba esa prenda, con el correr del tiempo terminó convirtiéndose en amuleto, algo común en la gente de teatro. Antes de sentarse frente al espejo prendió su diminuta portátil. Era la hora del admirado Sinatra, que le encantaba seguir en fluido inglés.

Después de maquillarse, cuando llegó el turno de delinear los ojos, profirió varias palabrotas. Estaba demasiado miope para trazar con pulso firme la línea del párpado superior. Al final, furiosa, siempre arrojaba el pincel contra el piso para evitar parecerse a una pintura surrealista de Picasso, donde la modelo suele tener el ojo o los labios en cualquier otra parte del rostro.

Fiel a ese ritual que repetía noche tras noche accedió, por fin, a calzarse las plataformas que le parecían ortopédicas y acentuaban el dolor de pies, imposición de su representante para lucir más esbelta. Ese maldito la atormentaba repitiendo que debía aprender a caminar el escenario con mayor seguridad y soltura, cosa de disimular el paso del tiempo.

Empezó a memorizar el texto en voz baja para no cansar la voz. Era el parlamento más dramático, el de la despedida, cuando el público prorrumpía en emocionado aplauso. Respiró hondo, aliviada. Aunque tenía conciencia de sus marcadas arrugas y de la flojedad del cuello, la memoria estaba intacta. Los golpes en el techo elevaron su mirada sin sorpresa, con gesto resignado. Como el ruido aumentaba, subió el volumen de la radio.

Le costó encasquetarse la peluca, sus manos temblaban. Nunca le importó que le asignaran papeles de mujer grosera o de mal gusto, poco elegante para vestirse, ni siquiera en la etapa de damita joven. Ante todo era una profesional y esperaba no perder jamás el fuego sagrado. Los fuertes golpes se acercaban cada vez más. Estremecida, desencajada, apretó la boca y cerró los puños.

Evidentemente sorprendidos, desorientados y polvorientos, los hombres gritaron a coro:
“¡Señora, por última vez, se lo suplicamos, debe abandonar ya mismo el camarín, el teatro está en demolición, es peligroso quedarse ahí!”. Ante el obstinado silencio de la actriz, los obreros martillaron la puerta que se partió como si fuera de cartón.

Adentro, entre las frágiles paredes –ignorando lo que la rodeaba- una anciana dama de rostro pintarrajeado y peluca torcida, recitaba con voz trémula un libreto de vaya a saber qué pieza teatral.

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Dionisia Fontán, periodista y coach en comunicación
Talleres Online
Propongo encuentros presenciales (en grupo o individuales), aptos para todo público, a quienes desean mejorar su capacidad de comunicarse de un modo efectivo y no violento.
Comparto recursos para hacer foco en conductas básicas: respeto, mensaje breve y claro, escucha activa, palabra responsable, que facilitan la convivencia laboral, personal y social.