¿Cómo digo lo que digo?: Muchos diplomas y cero en calidad humana

Por Dionisia Fontán, especial para DiariodeCultura.com.ar.

Se los conoce como analfabetos emocionales. Pueden ser destacados en su profesión o mentes brillantes, sin embargo carecen de las más básicas conductas para relacionarse, para interactuar.

Por ejemplo, ignoran a quien le limpia y guarda el auto. Ni un saludo, ni un gracias. Proceden de la misma manera con el vendedor de diarios del barrio o con el mozo que todos los días le lleva el café a la oficina. La lista no se agota acá.

Se desentienden del mundo que los rodea, pensarán que tratan con robots, por lo tanto su proceder no les crea conflicto, es una actitud natural.

Aunque muchos cultivan un lenguaje académico y coleccionan diplomas, su comportamiento cotidiano no condice con esos títulos que exhiben orgullosos/as. Están en otra.

Quienes se aferran a la terquedad o no tienen conciencia de sus limitaciones, seguirán iguales. Quienes comprenden que el cambio es constante, positivo, son flexibles y deciden abandonar su zona de comodidad.

 

Acompañé a una amiga que trabaja en una inmobiliaria a conocer un departamento para vender. Desde el vamos la dueña nos recibió de mala gana, como si estuviera haciendo un favor. Mientras ambas recorrían los ambientes, me dediqué a pispear algunos de los múltiples diplomas que colmaban las paredes.

La mujer había acumulado varios títulos, no obstante su modo de comportarse dejaba mucho que desear. Hacía esfuerzo por dar la información necesaria para atraer a un posible comprador y, por momentos, parecía que la molestábamos. Quería despacharnos.

Ya en la calle, mi amiga comentó que la posible clienta abría las puertas de los cuartos por la mitad, con desconfianza y respondía a medias las preguntas que le formulaba.”¡Qué insoportable, tanto quemarse las pestañas estudiando y, al final, es una vulgar maleducada!”, deslizó con fastidio.

Aunque cultiven un lenguaje académico, si el estilo que despliegan es áspero o ignoran a quienes lo rodean como si fueran invisibles, por más que se destaquen en la profesión o el oficio que eligieron, su carácter deshumanizado trascenderá en algún momento.

Conozco personas que no pudieron terminar la primaria y son muy educadas. Se comportan con elegancia, con don de gente, como se decía en otra época y eso sólo bastaba para describir a alguien.

Títulos y diplomas no siempre representan garantía de respeto.

Y, se sabe, sin respeto la comunicación no existe. Es chatarra.

Más de uno supone que el buen modo es propio de diplomáticos y de quienes trabajan en relaciones públicas. Una imposición social antes que una práctica humana indispensable para vincularnos. Se equivocan.

Ocurre con los rígidos/as, incapaces de revisar sus ideas, sus conceptos. Se aferran a la terquedad y de ahí no los mueven. Al revés de las/os flexibles que se adaptan a las circunstancias porque comprenden que el cambio es continuo y, para lograrlo, se necesita abandonar la zona de confort.

A nadie le asiste el derecho de maltratar a su prójimo, a su semejante. Ignorarlo como a un robot es maltrato. Ningún decreto obliga a ser amable, pedir permiso, disculparse, practicar la solidaridad. Estas iniciativas se producen por propio convencimiento y demuestran un valioso poder de superación.

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Dionisia Fontán, periodista y coach en comunicación

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