¿Cómo digo lo que digo: Puntualidad en decadencia

Apropiarse del tiempo ajeno es una total falta de respeto. El tiempo perdido no se recupera - Por Dionisia Fontán, especial para DiariodeCultura.com.ar.

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Semanas atrás fui al teatro, una importante sala céntrica, y la función se atrasó 45 minutos. La obra resultó buena, menos mal. Aunque es común que las funciones teatrales empiecen más demoradas de lo anunciado, en este caso, francamente, calentó los ánimos.

Quizás por considerar que se trata del único espectáculo en vivo, el público lo acepta como algo natural y, de paso, también se permite llegar tarde. Decidí referirme a este caso particular, porque generó una cadena de trastornos para mis acompañantes. Por empezar, habitan a varios kilómetros de la ciudad; debieron convocar a una persona que se hiciera cargo de sus hijos. Luego, el tiempo siguió su curso. Total, ya no quedaba margen para cenar a la salida. Fue frustrante.

En términos de comunicación, la impuntualidad es una de las conductas del lenguaje no verbal que provoca mayor rechazo. Claro, la impuntualidad se actúa. Además, apropiarse del tiempo ajeno representa una total falta de respeto. El tiempo perdido no se recupera.

Los países latinoamericanos tienen fama de impuntuales. En México, para citar un ejemplo conocido, no está mal visto que alguien llegue una hora después. Son muy flexibles con las agujas del reloj. Mientras para los alemanes ser puntual es presentarse diez minutos antes de lo previsto, los países nórdicos califican a la impuntualidad como un gesto de egoísmo, que denota indiferencia por el tiempo del otro.

Muchos habitantes de la ciudad de Buenos Aires (sean o no porteños) consideran poco elegante arribar a una reunión social o a una comida, a la hora señalada. Les incomoda ser los primeros. Prefieren dar vueltas y, antes de ingresar, asegurarse de que ya llegaron otros invitados. Casi todos conocemos anécdotas de anfitriones desesperados, porque la cocción del plato elegido corría el riesgo de pasarse o las hojas verdes de la entrada presentaban síntomas de decaimiento.

Como argentina, prefiero referirme a las costumbres porteñas. Las ciudades de provincia tienen menores dimensiones, traslados más breves y menos tránsito. Todo lo cual beneficia la práctica de ser puntuales.  Habría que averiguar si lo son o no. En la gran ciudad, una serie de factores conspira para padecer la incertidumbre nuestra de cada día. Ningún medio de transporte cumple su horario. Hay paros sorpresivos, piquetes, desvíos por reparaciones de calles… En fin, a nadie le importa someter a los ciudadanos a maratones involuntarias que superan con creces nuestra cuota de estrés, por el simple hecho de salir a trabajar, a estudiar, o a la consulta médica solicitada dos meses antes.

Factores externos que atormentan a los puntuales y sirven de perfecta excusa a los impuntuales. El tema de fondo es (nada más ni nada menos) que “nuestro tiempo”. Tiempo que no podemos depositar ni colocar a plazo fijo. Tampoco estirarlo como si fuera de chicle. Es nuestro único capital. Nuestro tesoro.

Tengo la impresión, sin embargo, de que no lo valoramos con suficiente firmeza. Que lo defendemos blandamente. Que, en un punto, ahora nos conforma, nos alivia, recibir un whatsapp tras otro del estilo: ”Tené paciencia, ya falta nada, en minutos estoy ahí…“. Y una súplica: “Por favor, poné buena cara. No me esperes con un reproche”.

¿Será una batalla perdida? ¿Un hábito que pasó a la historia? ¿Demasiado exigencia?  ¿No nos molesta, acaso, rifar el tiempo? ¿Qué se adueñen de él?

Yo no me resigno.

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Dionisia Fontán, periodista y coach en comunicación

Mail: [email protected] / Facebook: dionisiafontancomunicacion

Propongo encuentros grupales e individuales, aptos para todo público, a quienes desean mejorar su capacidad de comunicarse de un modo efectivo y no violento.

Comparto recursos para hacer foco en conductas básicas: respeto, mensaje breve y claro, escucha activa, palabra responsable, que facilitan la convivencia laboral, personal y social.