En la Ciudad Porteña de Buenos Aires, casi ocho hectáreas del barrio de San Telmo “encerrado” entre las avenidas Martín García y Paseo Colón y las calles Defensa y Brasil está situado el Parque Lezama, lindante con La Boca y Barracas.
Historiadores, estudiosos e investigadores, distintos (unos, no todos, como es casi cada asunto) se afirman en su teoría que, la barranca natural del terreno, es el paraje en que Pedro de Mendoza realizó la primera fundación, en febrero de 1536, de lo que denominó Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire (que cronistas de época mencionan Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre).
Lo que nacía era, en realidad, un asentamiento de carácter precario sin que, a diferencia de otras situaciones similares de origen hispánico, se tratara de la instauración formal (no existió ni trazado callejero ni reparto de tierras, tampoco un Cabildo, en lo institucional). Solo el comienzo de la construcción de un fuerte de similar característica. Al espacio, en ese temprano período, se lo utilizó como depósito de esclavos y fábrica de ladrillos.
Por 1812, a posteriori de las invasiones, fue comprado, remate público por el londinense, de origen escocés, Daniel Mackinlay.
El área originalmente un depósito de esclavos y fábrica de ladrillos, hacia 1812 pasó a ser conocido como la «Quinta de los Ingleses», tras ser adquirido por el mencionado Mackinlay que había huido de las islas británicas por fuertes diferencias familiares en cuestiones religiosas, básicamente provocadas por su romance prohibido con una distinguida dama de Jamaica de origen judío Hannah Lindo (Ana Lindo), que conoció en Londres. Una unión entre judíos y cristianos “relevantes” era, además, “saltar el zanjón y caerse en él”. Comerciante de fortuna con influencia, obviamente, económica y también política hizo allí construir una residencia de 42 habitaciones, sobre las barrancas, efectuó la primera forestación e izó la bandera del Reino Unido. La pareja fue pionera de la comunidad británica en ese naciente siglo XIX.
Mackinlay murió, en 1826. Exactamente veinte años después su viuda vendió la quinta Pasó al dominio de un estadounidense, Charles Ridgely Horne (comerciante y corredor marítimo), arribado en plena juventud y radicado por 1830, luego de enviudar de su esposa uruguaya (Ana Agustina Torres) se casó con Mercedes, la hermana del general Juan Lavalle, poderoso militar del bando unitario. Pensaba que la casa original era “muy modesta”, la demolió y agregó terrenos linderos con una “nueva y lujosa mansión”. El pueblo pasó a llamar al sitio la “Barranca de Horne”, que se tornó en centro de reuniones sociales y negocios más destacados.
Su carácter de pariente de un líder opositor (Lavalle) y amigo íntimo del caudillo y gobernador Juan Manuel de Rosas jugó contra su suerte con fuerza, ya que tras la Batalla de Caseros (1852), al ser considerado mano derecha en distintos asuntos del gobierno rosista, la nueva administración lo confiscó y decretó su expulsión del país en el ’53.
Aquí otra partida abrupta: se “cuenta” escapó escondido en el fondo de un carruaje para refugiarse en Montevideo, donde falleció en 1884. Desde el exilio en la banda oriental pudo otorgar un poder legal para su liquidación.
El paso siguiente es, claro, un nuevo propietario, y desde ese tiempo, 1857, lo fue el hacendado salteño José Gregorio Lezama, un entusiasta de la botánica que contrató, entonces, a paisajistas europeos, decidió transformar lo existente e importar árboles y plantas “exóticas” de todo el mundo y convirtió el predio en su particular gran jardín, con la categoría de muy lujoso y grandes variantes de especies. Asimismo, con un estilo italianizante, levantó una imponente edificación. Tras su muerte, en 1889, la viuda: Ángela de Álzaga, integrante la familia de los Álzaga, de relevantes linajes patricios.
Ella resolvió vender toda la posesión a la Municipalidad de Buenos Aires, pero antepuso condiciones estrictas e insalvables: la obligación de reemplazar al jardín privado en un paseo público, con el objeto que pudiera ser disfrutado por la población y paralelamente mantener inviolable el nombre del esposo.
El prestigioso arquitecto y paisajista francés, nacionalizado argentino, Carlos Thays fue el encargado de rediseñarlo para su inauguración final, sus aportes más trascendentes: una combinación perfecta de tres estilos paisajísticos: el simétrico, el mixto y el pintoresco, un inteligente uso de las barrancas creando senderos ondulantes, miradores, terrazas, fuentes, incorporación de una rosaleda espectacular e introducir una gran cantidad de especies de la Botánica exóticas y nativas de nuestras provincias y lograr que, hoy por hoy, siga siendo un espacio fundamental incluyendo la antigua casona residencial del mismo, como sede principal del Museo Histórico Nacional, sobre la calle Defensa.
El rasgos principal del Parque Lezama es la presencia de sus barrancas al sur pronunciadas, en su momento costa natural del Río de la Plata, perdida por la inclusión periódica de rellenos urbanos, pero suma la existencia que, el mismo Lezama, le otorgó de una riqueza botánica que con enorme cantidad de árboles centenarios y especies como magnolias, jacarandás, tipas, arrayanes, olmos. etc.
Existen, a la vez, puntos de interés y monumentos: El parque es, por qué no, un museo al aire libre. Allí están el magnifico Monumento a Don Pedro de Mendoza, el otro, una ofrenda de la República Oriental del Uruguay: A la Cordialidad Internacional, importante cantidad de esculturas clásicas, copones renacentistas, senderos adoquinados, como si algo pudiera estar ausente: un anfiteatro y un mirador.
Afuera pero ahí… enfrente, después de cruzar la calle Brasil: la Iglesia Ortodoxa Rusa con sus atractivas cúpulas azules, en esa esquina se ubican “El Británico” (desde 1928) y “El Hipopótamo” (a partir de 1909), dos íconos de los Bares Notables ciudadanos. De igual manera, los fines de semana, una tradicional feria de artesanías.
Cuando se inició la redacción de esta Columna se preveía que contuviera lo que hasta aquí han leído pero, de igual manera, la relación con diferentes puntos lindantes, personas, sucesos… Esto definió el subtítulo de “primera parte” y la promesa de la segunda para el próximo fin de semana.
A un clic de distancia, video de 10 minutos de duración en 4K, que muestra el Parque Lezama a la vista del paseante.
Nada ya es suficiente. Cuídense mucho, muchísimo más, como no lo han hecho nunca antes, cada día amanece con más de lo que sea. Una vidriera tan irrespetuosa e incomprensible que, ni el genio de Discepolín, hubiera imaginado.
Norberto Tallón










