La calificación de Adriana Muscillo para Noche de Cúpulas: El Jazz, Cortázar y el Club de la Serpiente ¡Imperdible!

El domingo 30 de agosto de 2026 presencié una experiencia inolvidable. La cita era en la puerta del Edifico Bencich de Av Roque Sáenz Peña 615.

A medida que íbamos llegando nos colocaban un sticker: “Noche de Cúpulas”, con el dibujito de una cúpula, en mi caso, azul; en otros, roja y una semi luna brillando en el medio. Subimos a una terraza en el piso 10. Lo que se ve desde allí es alucinante (ver fotos). Maravillosas cúpulas iluminadas que se recortaban en medio de un cielo negro y estrellado.

“Es mi Buenos Aires querido”, pensé, evocando a nuestro Zorzal Criollo. Buenos Aires, te amo tanto, agradezco, cada día pisar tus calles, caminar imbuida de tu atmósfera, sintiéndome y siendo figura y fondo a la vez.

El recorrido comenzó con una guía que nos introdujo en la historia arquitectónica de la zona. Nos habló de los edificios de oficinas y viviendas, de cómo algunos fueron concebidos para albergar familias y otros exclusivamente para el trabajo. Entre esas cúpulas que se recortaban en el cielo, supimos que Alfonsina Storni había vivido en uno de esos departamentos, y que su recuerdo aún late en la memoria urbana.

La narración se detuvo en la esquina emblemática del Banco de Boston, construido en 1924 por los arquitectos ingleses Chamber y Thomas, con estilo neoplateresco. Su fachada ganó el premio a la mejor de Buenos Aires en 1925. Luego, la historia se enlazó con el edificio Miguel Bencich y el Ortiz Basualdo, levantados en conjunto, compartiendo cálculo estructural pero diferenciándose en estilo. La cúpula del Bencich, más audaz y luminosa, eclipsó a su vecino. En 1927, los hermanos Bencich encargaron al arquitecto francés Eduardo Le Monnier un diseño con dos cúpulas, respetando la ordenanza de los diez pisos que imitaba las diagonales parisinas. Dos años después, Alejandro Virasoro rompió la armonía con su cúpula escalonada art déco para La Equitativa del Plata. Así se fue tejiendo la historia de esa esquina, que hoy cumple casi un siglo.

La dinámica del evento nos dividió en dos grupos: unos subieron al segundo piso, donde la gastronomía y las instalaciones artísticas nos esperaban; otros al tercero, para presenciar una performance dedicada a Julio Cortázar. Todos rotamos, para que nadie se perdiera nada.

La literatura de Julio Cortázar marcó un antes y un después en mi vida. Comencé a leerlo a los 17 años. Primero, Un tal Lucas; segundo, Rayuela; tercero, El Perseguidor; cuarto, Todos los fuegos, el fuego y después, todo lo demás, hasta completar toda su obra. Incluso, Papeles inesperados, publicada pos mortem.

Así que imaginen mi emoción de estar allí, como inserta dentro de una de esas tantas conversaciones de melómanos empedernidos, en alguna bohardilla de París arreglando el mundo del jazz, del swing, y del foxtrot, escuchando la característica voz de Cortázar con sus erres arrastradas diciendo “Bebé Rrrocamadourrr…”

El actor Mauro Capelachi nos introdujo en el universo cortazariano a través del jazz. Nos recordó la pasión de Julio por Louis Armstrong y Duke Ellington, y cómo el jazz era para él más que música: era improvisación, azar, ritmo vital. En Rayuela, los personajes se reúnen en París para escuchar jazz, discutirlo, vivirlo. Oliveira reflexiona sobre Armstrong en Buenos Aires, sobre la autenticidad frente a la moda, y esa mirada se proyecta hacia nosotros, espectadores contemporáneos.

El jazz se convirtió en metáfora de escritura: Cortázar hablaba de “swing”, de balanceo rítmico, de frases que nacen de un latido. Morelli, su alter ego, describía la creación como bloques, impulsos, ritmo que se transforma en literatura. Escuchar jazz era, también, escuchar a Cortázar.

Luego, nos condujeron a una sala donde nos convidaron con cazuelitas de pollo al champignon, bien calentitas, riquísimas y una copa de vino tinto. Podías elegir entre Malbec o Cabernet Sauvignon. Ya saben, para mí, siempre Malbec. Todo se podía repetir.

La noche continuó con el concierto de los Hot Shooters, que interpretaron piezas mencionadas en Rayuela. “Starting with some barbecue”, “Sweet Sue” y “Jazz Blues” resonaron en la cúpula, entre risas, evocaciones y ganas de bailar. Cada tema era un puente entre la música y la literatura, entre la improvisación y la palabra escrita.

Estuvieron maravillosos y me hicieron muy feliz. Me detuve un ratito a observar los rostros de los allí presentes: todos sonreíamos…

Lo más hermoso fue que nos pusimos a bailar, al final.

Finalmente, Verónica Groch, quien está al frente de la organización de este maravilloso ciclo llamado Noche de Cúpulas, nos contó el espíritu del proyecto: abrir espacios cerrados, mirar la ciudad desde arriba, combinar arquitectura, gastronomía, música y teatro. Inspirados por la frase de Philippe Starck —“mirar 45 grados más arriba cambia la vida”—, llevan diez años invitando a descubrir Buenos Aires desde sus cúpulas.

La velada cerró con agradecimientos y la promesa de nuevas experiencias. Y yo, al bajar, sentí que había participado de un ritual urbano: arquitectura que dialoga con la historia, literatura que se funde con la música, y una ciudad que se deja mirar desde lo alto, como si nos regalara su secreto más íntimo.

Me fui silbando bajito con alegría en el corazón, una melodía en los labios y mucho swing. Gracias, Noche de Cúpulas, gracias Hot Shooters por este rato de felicidad.

Evaluación según las 9 Musas para Noche de Cúpulas: El Jazz, Cortázar y el Club de la Serpiente

  • Calíope (Épica): ✔️ La narración arquitectónica y la historia de los edificios dieron un marco épico, con relatos de familias, premios y estilos que construyen la memoria de la ciudad.
  • Clío (Histórica): ✔️ La guía recuperó la historia de Alfonsina Storni, de los Bencich, del Banco de Boston y Virasoro, enlazando pasado y presente.
  • Erato (Lírica): ✔️ La experiencia invita a evocar el Buenos Aires de principios del siglo XX y el París de los años 50 y 60. Los textos de Cortázar, aunque no son estrictamente poéticos, aportaron lirismo a la velada.
  • Euterpe (Melódica): ✔️ El jazz en vivo, con Armstrong y Ellington como referentes, fue el corazón musical de la noche.
  • Melpómene (Trágica): ✔️ Parcial. La tragedia se insinuó en la evocación de Alfonsina y en la crítica cortazariana a la autenticidad perdida, pero no dominó la velada.
  • Polimnia (Solemne): ✔️ La solemnidad estuvo en la reflexión sobre la libertad creativa y el swing como forma de escritura, elevando la experiencia.
  • Talía (Cómica): ✔️ El humor apareció en los músicos, en las dedicatorias a “Susana” y en la complicidad con el público.
  • Terpsícore (Trascendente): ✔️ El baile, la improvisación y la invitación a convertir la sala en pista de jazz dieron cuerpo al movimiento.
  • Urania (Cósmica): ✔️ La mirada hacia las cúpulas iluminadas contra el cielo estrellado conectó la ciudad con el cosmos, elevando la experiencia.

📊 Síntesis final

  • Musas activadas: 9 de 9
  • Calificación: 9 Musas ¡Imperdible!
  • Sentido: Fusión plena de artes y emociones, experiencia ritual que unió arquitectura, literatura, música, gastronomía y danza bajo las cúpulas de Buenos Aires.