Te cuento un cuento: Jaime (1902 – 1995)

Por Hernán Diego Moyano, especial para DiariodeCultura.com.ar.

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No huí de la Europa destruida por la primera guerra mundial, de la hambruna, de la Barcelona  Anarquista, de la gripe Española, para rendirme tan pronto. No escapé a mis 17 años de ser uno de los 50 millones de jóvenes asesinados por alguna de estas causas; para morir de frío agarrado a un palo, en un naufragio a menos de 2 kilómetros de mi destino.

Jaime es oriundo de Formentera, más conocida por la pequeña isla que se ve desde Ibiza.  Pocos años  atrás su padre había destetado de su hogar, a Pepe y Bartolomé, sus dos hermanos mayores, invitándoles a correr su propia suerte. Sabía que pronto llegaría su turno, no había alimentos para él y sus hermanas menores, por lo que se despidió moqueando, el mismo día que su madre sirvió de cenar a la mascota de la casa.

Tenía susto de niño escondido en paso de hombre, nunca había salido de esa piedra rodeada de agua, y a pesar de poseer manos fuertes, no tenía más pericia que para cortar leñas u ordeñar animales.

Su padre le bendijo con una cruz de madera que él mismo había tallado, prometiendo que ese amuleto de fe, le cuidaría su aventura. Su madre besó su frente, le hizo la señal de la cruz, y le cargo su bolsillo con una pieza de pan; una suerte de última cena donde el invitado principal debe alejarse de tu mesa. Para entonces Jaime no era creyente, pero jamás enfrentaría a sus padres ni por temas menores. Esa fue la última oportunidad para un abrazo que no sucedió. Se marchó a zapato firme  y sin voltear.

Estuvo un tiempo haciendo changas en el puerto de Barcelona, esperando que regresara el barco que había reclutado a Bartolomé. Lo emplearon en la naviera, el mismo día que regresaba el navío, unas pocas horas antes de recibir la noticia: que el oficial de cubierta Bartolomé Ferrer, había muerto en un accidente, al resbalar del palo mayor del barco con sus manos enjabonadas durante las tareas de aseo.

No tuvo tiempo de abrazarlo, de descargar las lágrimas que traía desde casa, de pedirle consejo, ni de saberse protegido. Nunca le volvió a ver, ni muerto; ya que Bartolomé recibió entierro marino en el mismo mediterráneo.

Lo despidió cerrando los ojos, imaginándole con esa sonrisa nerviosa con la que cogió la boina antes de partir de casa, recordándole con los ojos verde agua de despedida, con amor de hermano infinito y con la resignación que cabe entre un hondo respiro y un largo suspiro.

No tenía mucha información de Pepe cuando se dio a la tarea de encontrarle.

Sabía, que habían llegado juntos hasta allí, al puerto catalán y que nunca había sido muy apegado a Bartolomé, aunque eso nunca fue leído en ninguna carta a la familia.

Jaime, enterado que el continente no era una opción, (la guerra había desfigurado el rostro de las ciudades Europeas),  redujo a dos, las opciones para seguir la huella de su hermano mayor; o trabajar para la naviera o emigrar.

Un empleado de oficina, le confirmó que no tenían en nómina persona llamada José Ferrer en la naviera, por lo que expatriarse debía ser el camino que elegiría.

En los comienzos de 1920 había dos rutas a las Américas, una que te llevaba hacia América del Norte, y la otra que te llevaba hacia América del sur.

Pensó que su hermano no entendía nada de inglés por lo que elegiría darse oportunidad en lo Buenos Aires, donde se hablaba español.

Al terminar de ahorrar su boleto, se embarcó como pasajero de tercera y se anotó en lista de voluntario, para completar la tripulación de abordo en caso de ser necesario.

Al mes de viaje, consiguió un puesto de oficial de puente en cubierta, y comenzó a trabajar con la memoria de su hermano fresca.

El viaje en altamar, es tan deslumbrante como aburridor. Al principio, el paisaje es único, y luego es lo único que vez como paisaje.

Llegando a puerto Argentino en una noche cerrada de niebla, el barco de pasajeros “Ciudad de Buenos Aires” se encontró de frente con el barco carguero “Mormarcsurf”, ambos navíos giraron a estribor pero la velocidad del carguero favorecido por la corriente y su propio peso de bestia, le incrusto la proa en todo el medio del barco de pasajeros, que quebró el casco, exploto en tuberías, anulo las válvulas de presión e inmediatamente comenzó a hundirse hasta encajar en la profundidad, dejando al descubierto el palo mayor de la nave y algunos puentes de cubierta.

Un tercio de la población del barco se hundió  dentro de sus camarotes, de las otras 200 personas que saltaron al agua 71 fueron rescatados entre el carguero y las pequeñas lanchas que iban y volvían a la costa. El resto murió tragado entre las olas o de hipotermia por las gélidas aguas de invierno. Unos pocos oficiales de cubierta logramos trepar los puentes, en mi caso el palo mayor al cual me amarré con tres nudos, uno de tope para que no se deslice la cuerda, otro de se sujeción para amarrar el torso, y el último de unión para que el peso de mi cuerpo no sea soportado solo por el palo que podría quebrarse sino también por los alambres que lo rodeaban.

En este último se me enganchó la cruz que me diera el papá. No estaba cómodo y mi circulación competía con el frío para comenzar el proceso de ir perdiendo el sentido de mis extremidades. Aun así mis manos y brazos se aferraban como una abrazadera de carne y hueso.

No sé exactamente cuántas horas pasaron, pero recuerdo que mi mente comenzó a delirar mi peregrinación desde la isla hasta estos casi dos kilómetros que queda el puerto de Buenos Aires, huyendo de tanta amenaza para venir a morir de frio agarrado a un palo, de esos que matan hermanos si resbalan.

Pero el paso de la noche traía consigo el incipiente calor del este amanecer, con rayos del astro que me golpeaban bofetadas de calor para que deje de desvariar y despierte. Su luz fue necesaria, para que las lanchas optimicen el rescate. Unos minutos después me dejé caer al agua para que me auxiliaran en una de ellas.

Después del alta de enfermería me dieron la bienvenida al país, creándome la documentación que ya no poseía.

-Oficial de Migraciones: ¿Nombre?
-Jaime Antonio Ferrer – Respondió el joven naufrago
-¿Lo puede repetir?
-Si claro… Jaime Ant Bartolomé Ferrer (tatuándose el nombre de su hermano en una libreta).
-¿Nacionalidad?
Español de la isla de Formentera.
-¿Estado civil?
Soltero
-¿Religión?
Cristiano (manoseando orgulloso una cruz tallada por su padre)
-¿Tiene algún lugar para hospedarse o Familiares en el país? – repetía el oficial – mientras el joven en pausa tragaba saliva y apretaba la cruz…buscando la voz del milagro.
-Si señor oficial – respondió muy determinado – el señor José Ferrer, nacido en 1895, español y oriundo de Formentera, es mi hermano mayor.
-Permítame revisar si lo encuentro Sr. Jaime Bartolomé… (mientras movía con sus dedos las fichas españolas hasta la “F”) lo siento joven, pero el único José Ferrer que tengo es de las islas baleares.
-Ese es señor oficial, le explico: Formentera conforma junto a Ibiza, Mallorca y Menorca lo que se llama islas baleares (escondiendo una sonrisa y reforzando la voz cortada para disimular la primera lágrima que regaría el huerto de mamá).
-Entiendo – dijo el hombre que minutos más tarde inmortalizaría el recuerdo con un sello – por favor anote Conventillo “El Genovés” en calle Pedro de Mendoza esquina Pinzón (señalándole la dirección en la que debía caminar).

El joven de 17 años, caminó acelerando el paso como alejándose de una frontera que separaba un pasado de desesperación en ruinas con un futuro de promesas en construcción.

Sonreía pensando que ya tenía el primer trabajo en tierra firme, ir al encuentro de su hermano mayor.

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«Algún día tendrás la curiosidad del adulto como para leer un cuento sin que te lo pidan en la escuela» … Hernán Diego Moyano. No solo escribo porque me apasiona, escribo porque tiene que ver con todos los que me leen. En este espacio, Made in Lanús, les propongo compartir más que una columna, más que unas líneas, vamos a compartir la imaginación… más allá de sus formas.

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