Te cuento un cuento: Lobo, el viaje y el viejo Beltrán

Por Hernán Diego Moyano, especial para DiariodeCultura.com.ar.

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Último Acto. El Viaje.
Con solo mirar a Lobo, que no salta ni mueve la cola, Don Beltrán sabe que hoy no lo pasan a buscar.

Primer Acto. El viejo Beltrán.
Al viejo Beltrán se le riega el azúcar. Le cuesta controlar los temblores. Lo cual le pone a renegar consigo mismo y lo obliga a ir por la escoba.

Pasa a diario.
A Don Beltrán se le olvida la razón por la cual se repite con una escoba en la mano. Pero tan pronto vuelve a ver marchar al ejército de hormigas, recuerda que las tiene que combatir. Se convence que la misión de la escoba en mano tiene que ver con esa batalla y que Tomatito, estratégicamente, le ayuda esparciendo azúcar para atraerlas.

¿Pasa a diario?
Que inteligente es ese muchachito, suele decirse cuando sale de la pausa a escobazos. Es una lástima que ya no se deje ver, cómo lo hacía antes. En lo que batalla con el ejército de diminutas bestias, pelea con la nitidez de sus recuerdos.
El viejo Beltrán está tan olvidado cómo su librería.
La gente lee menos. La gente está dejando de lado socializar sin emoticones.
La gente está siempre apurada y no tiene tiempo para detenerse, menos para ajustar un saludo al volumen que necesita el oído del anciano para escuchar, interactuar y sentir que no es invisible.

Esto último lo digo yo, el narrador del cuento. No es una distinción de Beltrán.
La librería es una casa de antigüedades. Una tienda de libros antiguos, el inseparable lobo y el viejo Beltrán. La vidriera se extiende por todo el frente, un enmarcado en madera reseca, originalmente color caoba, camuflaba la puerta de entrada. La puerta aún tiene un fileteado a pulso que supo hacer el finado Don Marcos, compadre del Beltrán original.

“Beltrán e hijo”. Cuando el Viejo Beltrán, temerario de hormigas, era el hijo.
Por encima y por debajo del nombre dos líneas celestes separadas por un espacio flamean sutilmente los colores de la bandera Argentina, aún con la ausente línea blanca. Si alguien se pregunta por el sol, se aprecia entre las líneas por las tardes.

“Beltrán e hijo”. Sigue siendo el hijo, aunque cree que hubo alguien como un nieto que su papá no conoció.
En los últimos años, los anaqueles han venido acumulando polvo, a ritmo sostenido. Don Beltrán, lo sabe pero también sabe esperar.
Supo contar con el joven Tomás, quien trepaba estanterías para llegar con los ojos de las manos nuevas, a los rincones que los huesos encorvados no alcanzaban a ver.
A pesar del polvo, en la última década no ha tenido quejas de clientes, tampoco clientes. Por esta razón nadie pregunta por Tomacito, tampoco puede preguntar a nadie por él.
Ahora esos rincones se llenaron de arañas que tampoco quieren leer.
Quizá se necesite un detective arqueológico, porque al muchacho lo tragó la tierra. O el polvo.
Mientras sacude la memoria para confirmar si verdaderamente se llamaba Tomás, los estantes de su mente dejan caer recuerdos vencidos que no serán reemplazados por nuevas ediciones.

Los anaqueles de su sentido lucen cada vez más vacíos a pesar que la enciclopedia de la vida siga acumulando años.
Cada tanto mira al perro, como si el animal le fuera a confirmar que Tomás realmente existió.
Hace lo mismo con un retrato vacío que presume en el mostrador.

Segundo Acto. Lobo.
Para ser honesto me molestaba mucho que me llamen lobo, cuando soy un perro. Por un lado podremos descender de los lobos, pero a ustedes tampoco les gustaría que les ladremos monos.
Por otro lado en los cuentos de la librería de Beltrán, los lobos siempre hacen de villanos. Les doy mi ladrido de honor, que no miento.
Beltrán es mi humano. Creo que entre ellos se llaman “dueños” cuando se refieren a nosotros. Lo cual también es un término que me molesta mucho.
Casi tanto como que me conozcan como lobo. Un perro tiene un espíritu libre para poder elegir, somos fieles como los lobos, pero nada nos obliga a ser de nadie.
Yo me quedaba a su lado porque ese hombre me trataba bien, me compartía su propia comida y hasta hace un par de años, cuando no le temblaban las manos, me sacaba las garrapatas. Siempre nos molestaron los bichos. En eso
coincidíamos.
El me cuidó desde cachorrito, lo olí por primera vez cuando yo aún era ciego.
Fue olor a primera vista, porque solté glándulas tan pronto me acarició y sonriendo dijo “creo que lobo necesita un baño”. ¿Qué? ¿Quién necesita un baño? Ese día negociamos que me dejaba llamar lobo, si renunciaba a la idea de los baños.

Ahora el que cuida al casi ciego, soy yo. Con poca energía, eso sí lo debo reconocer. Al hombre se le olvida alimentarme, y yo ya no estoy para saltitos y movidas de cola.
Mi humano huele a despedida. Se marcha en cualquier momento. Lo único que lo hace esperar es si vuelve ese muchachito, que en estos días ya debe ser un ángel hecho y derecho.
Mi humano me mira como si yo supiera algo que no recuerda. ¿Será que quiere la foto que tengo escondida en mi maleta?
Esa foto, es el hueso mejor guardado de mi vida. Si la vieran limpia, y con eso podría ayudar con unos lengüetazos, verían la felicidad hecha familia.
Lástima que no es un video; sino les podría presumir como saltaba, giraba y movía la cola en mis años jóvenes, cada vez que Tomás se aproximaba apestando a entusiasmo. El joven hacía oler de felicidad a mi humano, quién la transformaba en sonrisas y caricias para mí. Y yo echaba glándulas.
Entre los tres, olíamos a manada.

Último Acto. El viaje.
¿Lobo está? Lobo está. Ese perro está presumiendo como salta, gira y mueve su cola. Sospecho que algo bueno ha de pasar.
—Mira Beltrán ¿lo recuerdas? así festejo cuando huelo entusiasmo —Lobo ladró, saltó, giró, movió su cola como si tuviera 10 años perrunos menos.
—Ay Lobo, Lobito, Lobo ¡si te viera Tomás! —exclamó Beltrán, en lo que acariciaba y sonreía al canino como dueño bien entrenado.
—Guau —respondió el perro tres veces, señalando el retrato con el hocico.
Acto seguido el perruno fue por la foto y su maleta.

Era un día por la tarde. Lo sabemos porque el Sol se metía entre líneas fileteadas, que sutilmente despedían a la manada para siempre.

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«Algún día tendrás la curiosidad del adulto como para leer un cuento sin que te lo pidan en la escuela» … Hernán Diego Moyano. No solo escribo porque me apasiona, escribo porque tiene que ver con todos los que me leen. En este espacio, Made in Lanús, les propongo compartir más que una columna, más que unas líneas, vamos a compartir la imaginación… más allá de sus formas.

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