Un argentino en Paris: El último viaje de Henri IV

El 14 de mayo de 1610 el rey francés visitó a su intendente de finanzas para preparar la ofensiva contra los Habsburgo - Por Jorge Forbes, desde Francia, especial para DiariodeCultura.com.ar.

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La carroza del rey mas amado de los franceses, de la clase mas pobre de la nación, salió desde el Louvre para atravesar París. Fue el que dijo, e hizo, que el pueblo pudiera comer bien, (la famosa frase de Henri IV «la poule au pot* para los franceses, al menos una vez por semana»).  En la ruta un hombre lo apuñaló e hizo trastabillar el destino de Francia.

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Una mañana del mes de mayo de 1610, Henri IV se levantó de muy buen humor. El rey contemplaba con satisfacción el efecto de las reformas que llevó a cabo en los últimos años para reorganizar el Estado.

El edicto de Nantes, firmado el 30 de abril de 1598, permitió aplacar el conflicto entre protestantes y católicos. Esa calma le dejó la tranquilidad para lanzar un vasto plan de medidas destinadas a triunfar sobre los contra-poderes.

El Parlamento registró, sin demasiados problemas, los edictos; la nobleza fue alejada del poder y disminuidas sus pretensiones y, sobre todo, luego de treinta años de guerra el país se convirtió en una gran potencia económica.

Pero el motivo mas grande de orgullo fue el de haber, a pesar de las diferencias con la reina, engendrado un heredero. Una primicia desde Henri II, en 1551, jamás el reino tuvo la gran oportunidad de contemplar la llegada de un delfín sucesor.

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Todas esas circunstancias no hubieran sido posibles sin la ayuda de su estimado Maximilien de Béthune, superintendente de finanzas y gran maestro de artillería, nombrado duque de Sully en 1606. Es uno de los artesanos de esa recuperada autoridad del reino. Y es para ir a verlo a su residencia del Arsenal, al este de París, que dejó atrás el palacio del Louvre el 14 de mayo.

En la víspera de ponerse al frente de un ejército de 40.OOO hombres contra la gran potencia austriaca deseó, ademas, discutir con su ministro los últimos detalles de la operación antes de su partida en campaña guerrera en Chalons-en-Champagne.

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Los diferentes éxitos y triunfos lo hicieron menos prudente

«Su majestad hoy parece de muy buen humor!!!», le dice el duque de Epernon en momentos en que Henri IV se instala en la carroza. «Por que no lo estaría muchacho? le preguntó el rey. Los franceses son felices. Comen cuando tienen hambre!». El duque de Epernon se contentó con un movimiento de cabeza, pero con un gesto grave. No compartía la alegría del monarca. El principal motivo de su inquietud provenía de esos grandes señores que le reprochaban la paz firmada entre católicos y protestantes.

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Sobre todo porque la situación internacional se agravaba con el proyecto de guerra contra los soberanos católicos de España y Austria. El recuerdo de la tentativa de asesinato del rey por parte de Jean Chatel hacía mas de 15 años y que atormentaba y obsesionaba al duque. «La campaña que se dispone a llevar a cabo no esta bien vista por la nobleza» ; afirmaba incomodo de estropearle el ambiente. Los ojos del rey brillaban y lanzaban una de esas miradas que nada podían derribar, ni siquiera las sensatas. «Se acostumbraran, mi estimado duque, exclamó, pero es cierto que rebajar a los Habsburgo me permitirá pasar por Bruselas, cosa que no me disgustaría».

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El duque de Epernon no estaba sorprendido por esa confesión. A los 56 años el buen rey Henri IV siempre estaba de buen humor y además era seductor. Coleccionó unas 60 amantes de diferentes edades y estratos sociales. En ese momento la dueña de su corazón se llamaba Charlotte de Montmorency, princesa de Condé. Ella que apenas tenía 16 años y estaba presa en Bruselas.

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De repente se escucharon gritos. La carroza se inmovilizó en la rue de la Ferronnerie, cerca de Les Halles y del cementerio des Saints-Innocents. «Que pasa?», preguntó un tanto inquieto Henri IV. Recordó las premoniciones de los astrólogos de Maria de Médicis, su esposa, que anunciaban funestos presagios. Una semana antes, uno de esos astrólogos se hizo la señal de la cruz al tirar las cartas delante de la reina como si tuviera una mala visión. Habría visto dibujarse el rostro del precedente monarca, Henri III, que murió asesinado.

Henri IV fue desde siempre muy supersticioso, pero el cansancio, los éxitos, lo hicieron menos prudente. Posiblemente menos atento a su seguridad. No juzgó necesario que un guardia a caballo lo escoltara para ir a ver al duque de Sully. El duque de Eperon miró fuera de la carroza. « Es una carreta con heno que impide el paso. Los «valets» fueron a despejar el camino. En ese momento una silueta inmensa se opuso a la luz que podía penetrar en el vehículo real y al mismo tiempo impedir que se vea el rostro del hombre que estaba muy cerca de los pasajeros.

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Una sotana de monje cubría su alta y amplia silueta. Su cabello era pelirrojo. Antes que cualquiera pueda reaccionar y ver que estaba armado el brazo del desconocido pone al duque de Epernon contra el asiento de la carroza. El rey siente la hoja de un cuchillo rasgar su vestimenta y atravesar su brazo. Se pone a gritar. Una segunda cuchillada, glacial, penetró entonces profundamente en su pecho cortándole la respiración. El agresor fue detenido de inmediato y arrastrado a un hotel particular vecino (los petits hoteles argentinos), y posteriormente a la prisión de la Conciergerie mientras que la carroza regresaba muy rápido hacia el Louvre.

Henri IV fue llevado al gabinete de la reina. Maria de Medicis se precipitó hacia él. Vió sus ojos abiertos y al cerrarlos se puso a gritar: «El rey esta muerto». El canciller se acercó y le dijo: «Vuestra majestad el rey no muere jamás en Francia. El esta vivo», designando al delfín Louis, decimotercero con ese nombre, de 8 años de edad.

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Después de haber sido torturado, destinado a hacerle confesar ciertas complicidades François Ravaillac insistió en decir que actuó en solitario. Ravaillac, de 32 años había nacido en Angouleme en una familia pobre y piadosa, fue condenado a ser atenazado en el pecho, brazos, piernas y su mano derecha en donde tenía el cuchillo con el que cometió el crimen, quemado con azufre y su cuerpo descuartizado por 4 caballos.

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El misterio sigue sin embargo sin dilucidar sobre las causas de ese asesinato. François Ravaillac fue considerado « loco ». Sin embargo, la idea según la cual había sido motivado a perpetrar ese crimen por el partido hostil a la guerra contra los Habsburgo no fue casi nunca abandonada. «Parece que se tiene miedo de encontrar lo que se busca».

(*) «poule au pot» – Gallina a la olla o pollo al plato

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*Jorge Forbes es un periodista argentino que reside en Francia y que desde 1982 es corresponsal en París para diferentes medios, tanto en la Argentina (Radio Continental), como de Estados Unidos (Voice of América), México (Radio Noticias) y Uruguay (Radio Sarandí).

Actualmente colabora con Diario de Cultura y con Arte y Colección y propone visitas en la capital francesa (privadas o en grupo, no mas de 4 personas) por lugares donde vivieron argentinos famosos y conocidos, así como sitios poco conocidos para turistas, incluso aguerridos en la materia. Se recomienda hacer el pedido por email a [email protected] o al teléfono celular en Francia: 00 336 0683 7915.

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