Un café tanguero en el corazón de Tokio

Callejón, callejón… lejano, lejano... - Por Alan Gazzano, especial para DiariodeCultura.com.ar.

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A la entrada de Milonga Nueva se llega por un rincón oculto de Jinbo-cho, zona de libros usados y antigüedades en la que me pierdo, de vez en cuando, a pocos minutos del Palacio Imperial. La tarde que cae me guía hasta este bolichito especial, único en Japón. A pesar de su nombre, no es milonga ni club ni restaurante argentino; no tiene la luz de un cafetín del centro de Buenos Aires ni el maquillaje de una tanguería turística. Estoy en un café-bar que se advierte profundo, algo excéntrico. Y tanguero.

El pequeño espacio retro en el que tomo asiento surgió en 1953, un año después de terminada la ocupación estadounidense, cuando en Tokio recién se atisbaba el despegue económico de la posguerra. Por entonces era, para algunos japoneses, un extraño reducto donde juntarse a escuchar la seductora música del Río de la Plata, sin gala ni pretensiones. Se llamaba Milonga, a secas, y atraía a estudiantes universitarios tokiotas amantes del dos por cuatro. Parte de aquella atmósfera parece conservarse aun hoy.

Con los pisos de ladrillo…

Observo sus paredes y muebles oscuros, desgastados, y voy entrando en ambiente. No se ven boleadoras de gaucho for export ni frases en castellano forzado. Desde la mesa central, que es compartida, escucho hablar de jazz y de cine europeo. La clientela y las camareras son locales, el menú está sólo en japonés, y el tocadiscos sigue a puro tango como hace más de sesenta años.

Vinilos, libros, retratos opacos, recuerdos de la gira de Canaro (1961). Leo los nombres de Discepolo, Piazzolla, Salgán… todos en japonés: mi música convertida ya en palabras de este país, tango. Sigo mirando alrededor. Unos mates olvidados, un bandoneón. Llega el café, y por fin hago a un lado las imágenes y las letras.

Milonga Nueva es un encuentro inesperado con cierta elegancia simple y modesta que viene de lejos, en brumas de tiempo o de distancia o qué sé yo. En agradecida penumbra, la bebida amarga me rescata por un momento del sordo laberinto de neón, robots y mascarillas. Callado, me quedo en su abrazo de tango, pasión colectiva que invita a volver.

Texto e imágenes: Alan Gazzano.

El autor, docente y traductor, reside en Japón desde 2017.