Cómo será el mundo después de la peste: el poder de los científicos, el trabajo, el tiempo y la felicidad

Miradas. La filósofa de Harvard, Susanna Siegel, reflexiona sobre el impacto social del coronavirus.

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Contagiados o no, nadie saldrá indemne de esta crisis por el coronavirus . Hay una sensación de que la economía, el trabajo y las relaciones humanas cambiarán tras la pandemia que tiene a casi toda la población del planeta encerrada en sus casas. Susanna Siegel, profesora de Filosofía de la Universidad de Harvard, investiga cómo percibimos lo que sucede en el mundo y cómo nuestras percepciones pueden verse influidas por lo que ya sabemos, sospechamos o poseemos. Autora de varios libros, entre ellos “Racionalidad de la percepción”, Siegel conversó con Clarín sobre los cambios políticos, sociales y culturales que pueden producir está pandemia.

– ¿Cómo imagina la “normalidad” cuando la pandemia pase?

-Nadie sabe hoy qué tipo de normalidad vamos a tener después. Esta pandemia en particular puede cambiar todo porque es una fuerza invisible que prospera tanto en las superficies inanimadas, como el metal y el plástico, como en las más porosas de los humanos como ojos, boca, manos. Tocar el timbre de la puerta puede convertirte en un asesino involuntario. Esta es una pandemia que matará a un porcentaje de la población mundial y nadie creería esto si la ciencia no nos lo dijera, y creo que eso es muy importante. La gente escuchó a los expertos y cambió su comportamiento y, por el momento, los ciudadanos cuentan con que los líderes políticos hagan lo mismo: escuchar a los expertos. Hoy las personas más poderosas del mundo no son ningún gobierno autoritario, ni multimillonario, sino los epidemiólogos. Creo que ese cambio de expectativa hoy plantea un problema a los gobiernos autoritarios que han atacado a los expertos y a las instituciones dedicadas al tema. Queda ver a ahora cómo los gobiernos de Donald Trump y Jair Bolsonaro pueden continuar estos ataques. Al hacerlo ellos necesitaban que la gente ataque a los expertos.

-¿Una consecuencia puede ser la revalorización del Estado?

-Esto ha dejado en claro que una lección a uno es una lección a todos. Es una situación que enfoca dos cosas: el único que puede regular a una sociedad es el gobierno y solo un gobierno es el que puede movilizar la economía para producir tecnología sanitaria e informática que permita el control de las enfermedades. Esto requiere una redistribución masiva tanto de trabajadores como de capital, que va más allá de la capacidad y los recursos técnicos del sector privado ya que los riesgos son altos y los beneficios son pequeños. Solo el gobierno puede convertir los espacios no utilizados para comenzar a fabricar barbijos accesibles para la gente. Solo la coordinación cultural a gran escala, por ejemplo, para hacer barbijos, es un signo de preocupación cívica y es este tipo de coordinación la que modifica su significado en admiración en lugar de miedo.

-¿Y qué revela esta crisis en cuanto a los gobernantes?

-La realidad empuja hacia atrás y en contra de las noticias falsas y las teorías conspirativas que siempre forman parte del autoritarismo, cuyo objetivo es aislarnos de la realidad, atacando a los medios de comunicación o al saber, como las universidades o las instituciones. Esta es una idea que expresó muy bien la filósofa Hannah Arendt cuando dijo que “el autoritarismo prospera al escapar de la realidad”. La pandemia empuja hacia atrás, trágicamente en forma de enfermedad y muerte, pero menos trágicamente tal vez en forma de respeto por la ciencia que predice y explica y cura la enfermedad y nos protege de la muerte. Este primer plano sobre la ciencia tiene potencial político y cuando estamos en una situación en la que necesitamos que la ciencia nos ayude a salir, muchos supuestos políticos se vuelven menos creíbles. Por ejemplo, los gobiernos de China, EE.UU., Brasil y Turquía primero trataron de minimizar la crisis. Luego intentaron echarles la culpa a sus enemigos políticos. Como, por ejemplo, cuando Trump culpó primero a China o ahora al gobierno de Nueva York. Esta pandemia expone las mentiras.

-¿Cómo explica usted que la popularidad de Trump haya crecido?

-La humanidad se pone incómoda ante la incertidumbre y muchas veces siente un reaseguro en base a narrativas que enfoca la responsabilidad sobre enemigos políticos. Pero este tipo de narrativas pueden sonar creíbles en un momento hasta que dejan de serlas. Cuando la realidad de esta pandemia empuja hacia atrás, estos discursos dejarán de ser creíbles. Vamos a esperar a ver qué sucede. Hay que ver si los gobiernos de Trump o el de Bolsonaro pueden sostener este tipo de narrativas con el tiempo.

-¿El teletrabajo es una alternativa que llegó para quedarse?

-Creo que sólo en un sector, porque gran parte de los trabajadores en el mundo no tiene internet. Pero hay un alto porcentaje que podrían hacerlo, como es el caso por ejemplo de las universidades. En las ciencias no sería posible porque no es posible hacer los trabajos en los laboratorios.

-¿Qué impacto tendrá la “distancia social”? Esta percepción de que el otro puede ser un “asesino”.

-Puede ser el fin del apriete de manos, puede repercutir en las formas de saludarse. En muchas partes del mundo no se saludan de esa manera, lo sabemos quienes estudiamos todas las culturas. Tal vez haremos ajustes en esas disposiciones sensoriales y motoras. Pero la gente está muy confundida. Por ejemplo, donde yo vivo (Cambridge) los semáforos tienen botones de metal que se aprietan si quieres cruzar la calle, pero ahora hay carteles en la ciudad que dicen “No apriete el botón” por el contagio.

-¿Está sucediendo algo más introspectivo, de valorizar más las relaciones con las personas ?

-En una sociedad como la de EE.UU. creo que muchos revalorizarán sus afectos, pero habrá otros que van a ir a comprar armas y así lo estamos viendo porque estas semanas hubo récord de venta de armas. Este país va a funcionar con dos respuestas en oposición y en contradicción: parte de la sociedad va a revitalizar el contacto humano, pero en otra habrá sospecha y miedo.

– De pronto, hoy hay mucha gente que tiene tiempo. ¿Se resignifica el sentido del tiempo?

-Experimentamos el tiempo por los eventos que cada uno tenemos en nuestro día. Por ejemplo, el martes yo tengo que dar una clase o el miércoles tengo una de violín. Cuando quitamos la estructura, nuestra percepción del tiempo es diferente. Ahora pasa que sin esta estructura percibimos el tiempo como más largo o no sabemos cuál es el día y la noche y eso genera un sentimiento de inestabilidad a la falta de parámetros. A escala más grande, el tiempo a nivel social, también está vinculado con las estructuras del gobierno y las instituciones. Por eso existe una gran diferencia entre los gobiernos que promueven que cada uno se arregle por sí mismo y aquellos que operan colectivamente, ésa es la diferencia de los gobiernos que funcionan bien.

-¿La gente se va a replantear vivir en las grandes ciudades, donde los peligros parecen acechar más?

-Eso pasa ahora en Nueva York y la gente se desplaza a zonas agrícolas. Pero esto depende de los gobiernos locales. Donde vivo, el gobierno usó sus poderes para reutilizar las instalaciones de la escuela donde asiste mi hija. Esas iniciativas son las que hacen la diferencia entre una ciudad habitable y una sociedad que muestra una fractura.

Fuente: Clarín