| La Sociedad Argentina de Pediatría advierte que el hostigamiento entre pares adquirió una nueva dimensión: una agresión que comienza en el aula puede continuar durante horas en WhatsApp, redes sociales o videojuegos y regresar a la escuela al día siguiente. En un nuevo documento, los especialistas alertan sobre las consecuencias físicas y emocionales del bullying y del ciberbullying y llaman a familias, a escuelas y a equipos de salud a prestar atención a las señales. Las cifras muestran la magnitud del problema: el 63% de los alumnos de sexto grado reportó haber atravesado al menos una situación de agresión o violencia durante 2023 y, entre los adolescentes, la proporción que manifestó haber sufrido situaciones de acoso en su entorno pasó del 25% al 41% entre 2024 y 2025. |
| El bullying ya no necesariamente termina cuando suena el timbre de salida de la escuela. Una burla, una exclusión o una humillación que comienza en el aula puede continuar durante la tarde y la noche en WhatsApp, una red social o una plataforma de videojuegos. Puede alcanzar a un niño o adolescente cuando está en su casa, durante la cena o antes de dormir y regresar con él a la escuela a la mañana siguiente. Así lo afirman desde la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) en un documento emitido recientemente en el que advierte que actualmente las situaciones de violencia entre pares adquieren características cada vez más “híbridas”: existe una continuidad entre el espacio físico y el digital. Un conflicto nacido en el aula puede amplificarse en la red y redefinir al día siguiente las relaciones dentro de la escuela. Además, los contenidos digitales pueden llegar a cualquier hora, alcanzar nuevas audiencias y dejar una huella difícil de eliminar’, afirman. La magnitud del problema se refleja en las cifras. Según las Pruebas Aprender 2023, en las que participaron 614.817 estudiantes de sexto grado de 19.272 escuelas estatales y privadas, rurales y urbanas de la Argentina, el 63% reportó haber sufrido al menos una situación de agresión o violencia durante ese año, en la escuela o en las redes sociales. El 56% dijo haber presenciado agresiones entre compañeros, el 34% reconoció haber agredido a otro estudiante y el 36% manifestó haberse sentido discriminado. A su vez, según la novena ronda de la Encuesta Rápida de UNICEF Argentina, la proporción de adolescentes de 13 a 17 años que reportó haber sufrido situaciones de acoso en su entorno pasó del 25% al 41% entre 2024 y 2025. El 37% tenía al menos un compañero que había atravesado alguna situación de bullying en su escuela y el 14% afirmó haberlo sufrido personalmente. ‘Los relevamientos estudian poblaciones y fenómenos diferentes, por lo que sus porcentajes no son directamente comparables, pero en conjunto permiten dimensionar la presencia de distintas formas de violencia y acoso entre pares’, aclaran desde la SAP. “Uno de los cambios que más nos preocupa es que hoy el bullying puede continuar fuera de la escuela, extenderse a las redes y acompañar al niño o adolescente durante gran parte del día. Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño”, señaló la Dra. Silvina Pedrouzo, médica pediatra, especialista en Desarrollo Infantil y Presidente de la Subcomisión de Tecnologías de Información y Comunicación (TICs) de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP). “El mismo dispositivo que utiliza para hablar con sus amigos puede convertirse en una vía permanente de hostigamiento. Por eso tenemos que comprender que lo digital no es una realidad separada: lo que sucede en una pantalla puede producir sufrimiento y consecuencias concretas sobre la salud”, completó el Dr. Sergio Snieg, médico pediatra e integrante del Comité de Pediatría Ambulatoria de la SAP. El documento de la SAP fue elaborado en forma conjunta por sus Comités de Pediatría General Ambulatoria, de Estudios Permanentes en Adolescencia y de Pediatría Social, las Subcomisiones de Tecnologías de la Información y la Comunicación, de Salud Mental, de Humanidades y de Derechos de la Niñez y la Adolescencia y el Grupo de Trabajo de Salud Escolar. Forma parte de una campaña de prevención que la institución llevará a cabo del 7 al 12 de septiembre con distintas comunicaciones en redes sociales. Entre sus contenidos el trabajo se encarga de aclarar que no toda pelea o conflicto entre compañeros constituye bullying. El acoso escolar se caracteriza por la intención de causar daño, su repetición sistemática en el tiempo y un desequilibrio de poder que dificulta que la persona agredida pueda defenderse o poner fin a la situación. Puede expresarse mediante violencia física, verbal o relacional. Y agrega que esto no significa que una agresión aislada deba ser desatendida: toda situación de violencia entre pares requiere la intervención de los adultos. Minimizarla como una experiencia propia de la infancia o la adolescencia puede contribuir a que continúe o se agrave. Tampoco existe un único perfil de quien ejerce el acoso. Puede presentarse tanto en alumnos con problemas de conducta como en estudiantes integrados y con buen desempeño académico. Además, el grupo de pares cumple un papel decisivo: quienes observan, alientan o participan pueden contribuir a sostener la dinámica. El bullying pierde fuerza cuando deja de encontrar audiencia y apoyo. “Un error frecuente es reducir la situación a dos chicos: quien agrede y quien es agredido. El bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en ellos. Están los compañeros que observan, los adultos responsables, las familias y la institución en la que ocurre. Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema, que enfrente al agresor o que responda con otra agresión”, explicó la Dra. Ana Laura Tellechea, médica pediatra y secretaria del Comité de Pediatría Social de la SAP. En el ciberbullying, el hostigamiento intencional, reiterado y sistemático se traslada al ecosistema digital. Puede incluir mensajes de odio, burlas, acecho, votaciones destinadas a humillar, perfiles falsos, suplantación de identidad, difusión no consentida de información privada, exclusión de grupos y manipulación de fotografías, videos o memes. Entre los nuevos riesgos, el documento de la SAP menciona la utilización de herramientas de inteligencia artificial para potenciar la manipulación de contenidos. El entorno digital puede amplificar el daño: una publicación puede ser vista y compartida por una audiencia mucho mayor que la presente en un aula, permanecer en el ciberespacio y ser difícil de borrar. El anonimato mediante perfiles falsos o seudónimos y la ausencia de contacto cara a cara agregan nuevas dificultades. “Una agresión digital no es menos real porque ocurra detrás de una pantalla. Para el niño o adolescente que la recibe, el impacto puede acompañarlo durante buena parte del día y generar un estado de alerta permanente. Por eso es importante que los adultos no minimicemos estas situaciones ni pensemos que apagar el teléfono alcanza para resolverlas. Necesitamos escuchar, contener y trabajar con la escuela, la familia y el grupo de pares para interrumpir esa dinámica”, sostuvo el Dr. Juan Pablo Bria, integrante del Comité de Estudios Permanentes en Adolescencia (CEPA) de la Sociedad Argentina de Pediatría. Uno de los mayores obstáculos para detectar el problema es que muchos chicos lo atraviesan en silencio. Una encuesta realizada en el marco del Programa Convivencia Respetuosa entre Pares del Ministerio Público Tutelar de la Ciudad de Buenos Aires, difundida en noviembre de 2024, encontró que el 66,2% de 1.380 adolescentes de 12 a 18 años de escuelas públicas y privadas porteñas había sido víctima o conocía a alguien que sufrió bullying. El 77,2% de esas situaciones ocurría en el ámbito escolar y el 33,8% en redes sociales. Frente a la pregunta acerca de con quién hablaban si eran víctimas, el 24,4% respondió que con nadie. Ese silencio puede hacer que las primeras señales aparezcan a través de la salud. La SAP advierte que el bullying y el ciberbullying pueden generar estrés crónico y manifestarse como cansancio, dolores de cabeza, dolor abdominal o vómitos. En el acoso escolar, algunos síntomas pueden aparecer el domingo por la noche, al despertarse o antes del ingreso a la escuela. También suelen observarse alteraciones del sueño o de la alimentación, dificultades de aprendizaje, caída del rendimiento escolar, pérdida de interés por actividades habituales, baja autoestima, cambios del estado de ánimo y ansiedad. En los casos más graves pueden aparecer aislamiento, depresión, ideaciones de muerte e intentos de suicidio. Otras señales son regresar de la escuela con útiles o ropa dañados o con lesiones de explicación poco clara; aislarse durante los recreos; refugiarse frecuentemente en el baño o la biblioteca; pedir un cambio de escuela sin motivos evidentes o ser excluido de festejos, actividades y grupos. En el ciberbullying, algunos chicos pueden entrar en un estado de alerta permanente y revisar compulsivamente el teléfono para comprobar si aparecieron nuevas agresiones. La SAP desaconseja pedirle al niño o adolescente que enfrente por sí mismo a quien lo hostiga, que “se haga respetar” mediante la violencia o que devuelva la agresión. Tampoco considera el cambio de escuela una solución automática: si la institución no aborda la dinámica que permitió el acoso, el problema puede repetirse con nuevas víctimas. Ante el ciberbullying, la recomendación es contener al niño o adolescente, rechazar cualquier idea de venganza, conservar las evidencias, bloquear y reportar los contenidos y articular acciones con la escuela y los adultos responsables. El abordaje debe incluir también a quien agrede y al grupo de pares desde una perspectiva educativa y reparadora, evitando volver a exponer a la víctima o aumentar el riesgo de represalias. Acerca de la Sociedad Argentina de Pediatría Fundada el 20 de octubre de 1911, la Sociedad Argentina de Pediatría es una de las instituciones científicas de mayor antigüedad en el país. Congrega a los médicos pediatras y a los interesados en el estudio y la atención del ser humano en su período de crecimiento y desarrollo. Su independencia de intereses sectoriales y coyunturales la ha convertido en una entidad asesora de gobiernos, universidades y distintas organizaciones de la comunidad en el área materno infanto-juvenil. El destino y el trabajo de la Sociedad Argentina de Pediatría se construyen diariamente con el esfuerzo mancomunado de sus más de 19.000 asociados, a través de 49 Filiales y 1 Delegación organizadas en 9 Regiones. Los profesionales que la integran aportan su esfuerzo solidario en pos de los objetivos societarios sólidamente ligados a la causa de la infancia. El lema de SAP “por una niñez y una adolescencia sanas, en un mundo mejor” señala no sólo la mirada integradora de la pediatría, sino su compromiso con una realidad histórico-social que le confía su futuro. La SAP, a través de su cooperación con otros organismos internacionales (como UNICEF y OPS) y su integración a la Asociación Latinoamericana de Pediatría (ALAPE) y a la Asociación Internacional de Pediatría (IPA), y el Foro de Sociedades de Pediatría del Cono Sur (FOSPECS), participa del movimiento pediátrico mundial. Para mayor información, por favor contactar el sitio web www.sap.org.ar |

