Hizo una travesía épica que soñó hace 48 años, sobrevivió al mar y a las orcas: “Sentía los golpes en el casco”

Sebastián Letemendia dejó atrás la rutina porteña para cruzar el Pacífico en velero, cumplir un sueño de 48 años y enfrentarse a orcas, tormentas y la inmensidad de un mar que nunca había navegado. Su viaje, contado en el libro «Pacífico», es una mezcla de aventura náutica, introspección y reencuentro con la propia biografía.

“Cuando tenía 10 años, mis padres compraron un pequeño velero que bautizaron Aguaviva. Tenía un motor fueraborda de industria nacional, incómodo de arrancar y con tendencia a empastar su única bujía. Estaba amarrado en el Yacht Club Argentino, en San Fernando. Salíamos todos los domingos, ya fuera al río abierto o por los brazos del Delta. Nuestros paseos tenían un componente de imprevisión, ya que la experiencia de papá era acotada, mamá solo aportaba compañía y los hijos éramos pequeños. Mi rol indelegable era tomar la boya de amarre al volver al club. Recuerdo una sudestada que nos agarró en un canal angosto. No se podía maniobrar a vela, el motor no arrancaba y los cruceros y lanchas iban veloces rumbo a sus amarras. Otra vez estábamos trayendo el barco desde Dársena Norte hacia San Fernando cuando llegó un pampero. Eso también estuvo intenso”.

En su libro Pacífico, Sebastián Letemendia evoca ese primer encuentro con un barco, un momento casi casual que nunca imaginó… hasta que, 48 años después, se encontraría navegando el Pacífico Sur a bordo de un velero, en una travesía de miles de millas que terminaría cambiándole la vida para siempre.

Sebastián logró cumplir el sueño de su vida.
Sebastián logró cumplir el sueño de su vida.

Un libro que lo disparó a la gran aventura

Sebastián lleva muchos años atravesado por la idea de navegar el Pacífico, un sueño que nació en la adolescencia. El puntapié inicial, tal vez el más simbólico, fue un libro que su padre le trajo cuando tenía unos 15 años: Dove, escrito por Robin Graham, precisamente el prologuista de Pacífico. Esa lectura dejó una marca profunda: Para él, el prólogo de Graham se transforma en un puente entre su propio sueño y una tradición de navegantes que, como él, crecieron leyendo historias de veleros y océanos. A lo largo de los años, esa chispa se alimentó con otras lecturas, conversaciones y películas que, sin darse cuenta, iban sembrando en él la inquietud de atravesar el Pacífico, como si fuera una cita pendiente con el mar.

Su viaje, contado en el libro Pacífico, es una mezcla de aventura náutica, introspección y reencuentro con la propia biografía.
Su viaje, contado en el libro Pacífico, es una mezcla de aventura náutica, introspección y reencuentro con la propia biografía.

Desde chico, soñaba con explorar océanos lejanos, pero su vida, como la de muchas personas, se fue llenando de rutinas y compromisos. No hubo un instante claro en el que todo se resolviera, pero la pandemia y la cuarentena jugaron un rol decisivo.

“No hubo un momento puntual, pero la pandemia y la cuarentena fueron claves porque en esos años ´las balas empezaron a pasar más cerca´ y creo que me sirvió para tomar consciencia de que me iba quedando menos hilo en el carretel y que si quería hacer determinadas cosas tenía que ponerme en campaña para hacerlas”, dice.

El último momento clave llegó cuando se lo propuso a Maggie, su compañera. No fue un discurso, sino una invitación sencilla pero transformadora: “¿te sumás?”. Cuando ella aceptó, la idea se volvió un proyecto concreto, algo que podía dejar de ser un sueño lejano y convertirse en un viaje real.

El año previo al viaje, fue invitado a llevar un barco desde Barcelona hasta Antigua. En ese recorrido confirmó que realmente le apasionaba la idea de emprender un viaje largo por mar, aunque también se dio cuenta de que debía completar varios conocimientos náuticos.
El año previo al viaje, fue invitado a llevar un barco desde Barcelona hasta Antigua. En ese recorrido confirmó que realmente le apasionaba la idea de emprender un viaje largo por mar, aunque también se dio cuenta de que debía completar varios conocimientos náuticos.

Una charla clave en Barcelona

El año previo al viaje, fue invitado a llevar un barco desde Barcelona hasta Antigua. En ese recorrido confirmó que realmente le apasionaba la idea de emprender un viaje largo por mar, aunque también se dio cuenta de que debía completar varios conocimientos náuticos. Ese tramo resultó, para él, un momento clave para consolidar la decisión de hacer el viaje.

La cosa cambió de escala cuando, después de muchas vueltas buscando barcos y evaluando opciones, mantuvo una conversación en Barcelona con una persona a la que le contó el proyecto. Le preguntó si podía ayudarlo a acondicionar el velero y, cuando esa persona aceptó, todo adquirió una forma más concreta.

“Sentía los golpes en el casco como si el barco respirara”.
“Sentía los golpes en el casco como si el barco respirara”.

“Decidirse es mucho más importante que zarpar. Zarpar es fácil, zarpar es soltar las amarras e irse, pero decidirse es sentir que todos los temores, las incertidumbres y los miedos los has abordado y que tenés una respuesta satisfactoria a cada uno de ellos. No me preocupaba tanto qué pasa si nos agarra una tormenta porque ese tipo de riesgo me preocupaba menos, pero sí más los existenciales. No tenía dudas de mi relación con Maggie ni mi amistad con Fabricio”, recuerda.

“Sentía los golpes en el casco como si el barco respirara”

El día de la partida fue una mezcla de nervios y emoción: el amarre se iba vaciando, las cuerdas se aflojaban y el barco se despegaba despacio del puerto, dejando atrás la rutina y adentrándose en aguas que ya no eran solo de práctica, sino de auténtica aventura.

Sebastián cuenta que el inicio de la travesía arrancó en el estrecho de Gibraltar, cuando el velero Vis a Vis salía de la costa española y el Mediterráneo parecía despedirlos hacia el Atlántico. De pronto, en plena noche, escucharon golpes fuertes contra el cascoeran orcas que se acercaban, golpeaban la quilla y movían sombras enormes alrededor del barco. Ese episodio, uno de los más tensos del viaje, quedó grabado como un momento en el que el mar dejó de ser un escenario y se volvió protagonista, recordándoles lo frágil que es un velero frente a la inmensidad del océano.

Luego de las primeras jornadas en el Atlántico y de dejar atrás las Islas Canarias, el viaje entró en una nueva etapa: el océano se volvió más vasto, solitario y aparentemente predecible, pero también más desafiante.
Luego de las primeras jornadas en el Atlántico y de dejar atrás las Islas Canarias, el viaje entró en una nueva etapa: el océano se volvió más vasto, solitario y aparentemente predecible, pero también más desafiante.

“En Canarias nos habían advertido sobre las orcas, pero nunca imaginé que las viviría de esa maneraSentía los golpes en el casco como si el barco respirara, y en ese instante entendí que no estábamos solo cruzando un mar, sino conviviendo con él, con sus reglas y sus sorpresas”.

Luego de las primeras jornadas en el Atlántico y de dejar atrás las Islas Canarias, el viaje entró en una nueva etapa: el océano se volvió más vasto, solitario y aparentemente predecible, pero también más desafiante. Navegando miles de millas, el velero avanzaba entre olas interminables y cielos que cambiaban de forma y de color con el paso de las horas.

Los riesgos de la travesía en barco

A medida que avanzaban, el viaje se llenó de pequeños hitos que marcaron la travesía: el paso por Cabo Verde, donde el clima cálido y el contraste con la vida de tierra recordaron el valor de la conexión humana, fue uno de esos puntos de inflexión. Desde allí, el horizonte se orientó hacia el Pacífico Sur, el destino que venía perfilando la aventura desde el primer día. El viaje ya no era solo un cruce geográfico, sino una especie de prolongado exilio elegido: cada decisión, cada ajuste en el barco, cada discusión interna se convertía en un paso más hacia la consolidación de un sueño que, lejos de la rutina, iba tomando forma en la inmensidad del mar.

“En un barco el principal riesgo que tenés es darte un golpe feo y que te quiebres una costilla o te rompas un brazo, algo en la cabeza y nos cuidamos bastante de eso y por suerte no tuvimos nada".
“En un barco el principal riesgo que tenés es darte un golpe feo y que te quiebres una costilla o te rompas un brazo, algo en la cabeza y nos cuidamos bastante de eso y por suerte no tuvimos nada».

“En un barco el principal riesgo que tenés es darte un golpe feo y que te quiebres una costilla, te rompas un brazo o algo en la cabeza. Nos cuidamos bastante de eso y por suerte no tuvimos nada. De hecho, las guardias las hacíamos con salvavidas y con arnés. Tal vez, el riesgo físico más grande que tuvimos fue el de pasar frío porque tuvimos algunos problemas con las estufas.

Espacio de pausa y de profunda reflexión

La estadía en La Patagonia quedó marcada como uno de los momentos más intensos y transformadores del viaje. Después de meses navegando océanos abiertos, la llegada a las costas patagónicas representó un reencuentro abrupto con la tierra firme, pero también con un paisaje deslumbrante y hostil: fiordos profundos, bosques vírgenes, montañas que se hunden en el mar y un viento frío que parecía atravesar los huesos.

La estadía en La Patagonia quedó marcada como uno de los momentos más intensos y transformadores del viaje.
La estadía en La Patagonia quedó marcada como uno de los momentos más intensos y transformadores del viaje.

“Para mí, esa detención (forzada o elegida) en La Patagonia se convirtió en un espacio de pausa y de profunda reflexión. De golpe, el ritmo frenético del océano se interrumpió y dejó lugar a silencios largos, a observar la naturaleza a otra escala y a enfrentarme, en carne propia, con la pequeñez humana frente a un paisaje que, como el mar, se siente infinito. En ese entorno extremo, el viaje dejó de ser solo una travesía náutica y se volvió también un viaje interior: el tiempo parecía dilatarse y las decisiones que había tomado en el mar adquirían un significado distinto bajo cielos siderales y horizontes que nunca terminaban”.

Puerto Natales le quedó grabado como uno de esos lugares donde el viaje se detiene sin dejar de avanzar. Después de tanta mar, el pueblo patagónico, recostado sobre el seno Última Esperanza, pareció un remanso de tierra firme rodeado de montañas que se hunden en el agua y de un cielo que se estira hasta el infinito. Para Sebastián, caminar por sus calles, conversar con gente de la zona y mirar el reflejo de las Torres del Paine en el fiordo fue un modo de reencontrarse con la vida terrestre sin perder de vista el mar, como si el puerto funcionara de puente entre dos mundos: el del velero y el de la tierra, el del movimiento constante y el de la quietud que, por un momento, se detiene a observar.

Un momento de relajación en La Patagonia.
Un momento de relajación en La Patagonia.

“Un año y medio después de zarpar de Barcelona, 25.000 millas más tarde, culmina una etapa de nuestras vidas. Desde aquel momento, que luce tan distante, cruzamos el Atlántico y dos veces el Pacífico, navegamos por los Cuarenta Bramadores y rodeamos el cabo de Hornos. Muchos tripulantes se subieron al Vis a Vis en ese trayecto, algunos de ellos en varias piernas. Entre todos representamos con orgullo a nuestro país e hicimos nuestro aporte a la gran tradición náutica de la Argentina. Cumplimos un sueño. Yo tampoco puedo pedir más. Solo queda agradecer”, finaliza el libro.

¿Qué lecciones sobre uno mismo surgen al confrontar tormentas, aislamiento y la inmensidad del océano?

La lección más importante sobre uno mismo es que si vos estás conforme con lo que estás haciendo, si estás haciendo lo que tenés ganas de hacer, si estás en sintonía con lo que estás haciendo, las tormentas, el aislamiento y la inmensidad no son problemas, son simplemente características del lugar en el que estás. Vos estás a gusto con tu vida y con quién sos y afuera hay olas, no es tan grave.

Para alguien que sueña con dejarlo todo por una aventura similar, ¿qué consejo le darías desde tu vivencia?

Que primero realicen un autoconocimiento honesto para saber qué es lo que les gusta y no qué es lo que quiere que piensen los demás. No estar regido por los mandatos, sacarselos de encima junto con los miedos y decidir hacer la travesía con honestidad.

Entre todos representamos con orgullo a nuestro país e hicimos nuestro aporte a la gran tradición náutica de la Argentina. Cumplimos un sueño. Yo tampoco puedo pedir más. Solo queda agradecer”, finaliza el libro.
Entre todos representamos con orgullo a nuestro país e hicimos nuestro aporte a la gran tradición náutica de la Argentina. Cumplimos un sueño. Yo tampoco puedo pedir más. Solo queda agradecer”, finaliza el libro.

Cómo definís el espíritu de la travesía del Pacífico en pocas palabras

Dos personas que están mirando para adelante, otra persona más arriba, en el palo, para tener más visibilidad. Ver el color del agua refleja el espíritu de curiosidad, una curiosidad cuidada, no irresponsable, haciendo las cosas metódicamente, con un horizonte amplio por delante. Y ese es el espíritu lindo del viaje que hicimos. El océano Pacífico era un imán muy fuerte, lo supimos siempre.

Fuente: Alejandro Gorenstein, La Nación