Una Pantera Rosa recorre las protestas de Francia: enfrenta a la Policía, sus gases lacrimógenos, sus carros hidrantes, corre, escapa, resiste. ¿Quién está debajo del traje del emblemático personaje que Friz Freleng creó en 1963 para la película de Blake Edwards? La respuesta es: nadie. Es inteligencia artificial. Las imágenes fueron publicadas por la cuenta de Instagram @onurollstyle, un perfil dedicado al arte digital, pero, una vez borrado el contexto en el proceso de viralización, se volvió real.
¿Toda acción política es performativa? La sola presencia de cuerpos en el espacio público formando una protesta social es un acontecimiento. Richard Schechner habla de espacios liminales. Una calle céntrica es un lugar estructurado para el comercio y el tránsito, pero cuando irrumpe una protesta se “re-semantiza” volviéndose liminal: el orden cotidiano y el código de normalidad se rompen, esos cuerpos dejan de ser dóciles y funcionales, y se rebelan. ¿Qué nos dice la Pantera Rosa francesa de todo esto?
La maleabilidad cultural
En las movilizaciones que hoy sacuden Francia —hay que recordarlo: todo empezó con estudiantes reclamando contra el ajuste en la educación y escaló a revuelta nacional— hubo de todo: un Capitán América que protege con su escudo a los manifestantes de los chorros de agua a presión, un Batman vigilando desde las alturas, un Deadpool bailando entre la gente, un Píkoro Daimakú “farmeando aura”, la infaltable bandera pirata de One Piece y siguen los ejemplos de estas performance de la cultura pop.
Un grupo de activistas climáticos disfrazados de Pikachu manifestándose el 25 de junio de 2019 frente a la embajada de Japón en Manila, Filipinas
No es algo nuevo. En los últimos años, las protestas se inundaron de personajes así: el Winnie the Pooh en Hong Kong contra el gobierno de China, el Joker —la renovada interpretación que hizo Joaquin Phoneix— en ciudades como Quito y Beirut, el Pikachu bailarínde las multidudinarias movilizaciones de Santiago de Chile en 2019, las mujeres con túnicas deEl Cuento de la Criadadurante las vigilias del Congreso por el aborto legal en Argentina y frente a la Corte Suprema en Estados Unidos.
Pero las máscaras de Guy Fawkes de V de Vendetta merecen un subrayado. Esa careta —que la dibujó David Lloyd en el comic de Alan Moore de 1982, y James McTeigue y las Wachowski la llevaron al cine en 2005— fue popularizada por el colectivo de hackers Anonymous yestuvo en movimientos como el Occupy Wall Street, que protestaba contra la desigualdad económica, contra los ricos: “somos el 99%”, decían. Pero también entre “antivacunas”, grupos europeos antiinmigración y el asalto al Capitolio de 2021.
A diferencias de simbologías estrictamente políticas, los productos culturales son más maleables a la reapropiación ideológica, incluso en polos aparentemente opuestos. Así como Moore interpretó la rebeldía del verdadero Guy Fawkes —en 1605 conspiró para asesinar al rey Jacobo I y poner fin a la persecución religiosa— en anarquismo, y McTeigue y las Wachoski en liberalismo, los manifestantes decodifican el mensaje en base a su objetivo que, en definitiva, es el mismo: manifesarse contra la opresión.
Un manifestante con la máscara de Guy Fawkes en una marcha en solidaridad con los palestinos en el marco del conflicto que mantienen con Israel, en Malmö, Suecia, el 15 de mayo de 2021 (Johan Nilsson vía REUTERS)
Ironía en la tragedia
Volvamos a la Pantera Rosa. ¿Por qué despertó tanta simpatía un personaje de ficción enfrentando el poder? ¿Fue el rapto de humor y de picardía en el medio de la represión policial, la humanización de un conflicto tan repetido en las pantallas de las noticias globales, la sensación de que todos —incluso los dibujos animados—, no solo pueden participar en una causa masiva como la que se está desarollando en una Francia prendida fuego, sino que además están participando, que están “luchando”?
Que la imagen esté hecha con inteligencia artificial, sin dudas revela una nueva capa de facilidad para la manipulación. Pero como ningún meme opera sobre el vacío, rápidamente se activó un verosímil que hizo emerjer eso que Raymond Williams llamó estructuras de sentimiento. Williams decía que la cultura, la que vivimos día a día, es un líquido que cambia de forma, que no es no algo sólido ni cristalizado: está en la experiencia del cuerpo, antes de que aparezcan las palabras y las proclamas.
Fue la griega Zizi Papacharissi la que llevó esa idea a internet. Si como decía Williams, esas estructuras son difusas y difíciles de atrapar, ahora es el algoritmo, asegura Papacharissi, el que articula digitalmente ese sentimiento. En las redes “colapsa lo público y lo privado” formando “bucles de retroalimentación de expresión afectiva”, escribe la ensayista griega. ¿Los mecanismos digitales fagocitan esa emocionalidad para que no se vuelque a las calles, para que no se pase a la acción?
Sin caer en el relativismo de infantilizar a las audiencias —porque sin dudas esa intensidad emocional coexiste con la racionalidad crítica—, lo que la “calle online” nos muestra en tiempos de revueltas populares es que, si bien recorta y edita la realidad, también la muestra y la devela, pero sobre todo la reconstruye. Y es ahí que irrumpe el meme, un microproducto viral que no necesita demasiada explicación. Como meme, la Pantera Rosa en las protestas de Francia introduce ironía en la tragedia.
Un Joker frente al Congreso en una marcha en apoyo a los jubilados, Argentina, 12 de marzo de 2025 (Foto: AP/Rodrigo Abd)
Los interpasivos
Si los memes son, como propone An Xiao Mina,el arte callejero de internet, entonces hay que terminar de borrar la frontera entre realidad y virtualidad, entre mundo online y offline, para pensar a la disputa social, incluso la lucha de clases, como un campo de batalla donde hay calles, redes, palos, piedras, gases lacrinógenos, saqueos, videos, puteadas, inteligencia artificial, fuego, personajes de ficción, estudiantes, policías, rebeldía, represión, ironía, dolor, memes y cárcel, todo, todo en el mismo lugar.
Toda acción política, por más improvisaba que sea, implica una estrategia. Si lo que se impone, lo que funciona, lo que “triunfa” es el meme, ¿qué posibilidades abre la “memificación” de la protesta social? Una mirada pesimista, aunque no por eso menos realista, indicaría que la rebelión se mantiene en el nivel del discurso, en lo identitario, en lo meramente afectivo y condescendiente, para jamás actuar sobre las estructuras materiales del sistema y cumplir, por fin, las consignas que gritan las pancartas.
Slavoj Žižek propuso una explicación en un texto de 1998, El sujeto interpasivo: “Actúo a través del otro, lo que significa que puedo permanecer pasivo mientras el Otro actúa por mí (como la Idea hegeliana que se mantiene al margen del conflicto, dejando que las pasiones humanas hagan el trabajo). En el caso de la interpasividad, soy pasivo a través del Otro (…) En el ámbito del goce, esto supone un cambio: de que el Otro lo disfrute en mi lugar, en lugar de mí, a que yo lo disfrute a través del Otro”.
Esta idea aplicada a la protesta social nos muestra que los likes que le damos a la Pantera Rosa forman parte de la estructura del fetiche: un goce delegado en ese Otro, un objeto realizado con inteligencia artificial. El simulacro de una batalla. Uno puede “militar” activamente desde las redes sociales pero el efecto real es muy distinto. También las consecuencias. Basta mencionar a Evan, un estudiante de 15 años que perdió su mano tras la explosión de una granada aturdidora que tiró la policía.
Las imágenes fueron publicadas por la cuenta de Instagram @onurollstyle, un perfil dedicado al arte digital, pero, una vez borrado el contexto en el proceso de viralización, se volvió real
De abajo hacia arriba
Sin embargo, las protestas en Francia no se detienen y la legitimidad de los reclamos yace extendida. Ahí es donde esta memificación opera con una posibilidad de fondo, la de humanizar el conflicto, universalizarlo y “hackear” la sucesión de imágenes que la maquinaria propagandística del capital reduce a mera disconformidad, a escenas fotocopiadas y naturalizadas, a obstáculos lógicos en este camino hacia la nada. De pronto, un meme, con toda su carga irónica, propone una disrupción.
Sobran las evidencias de cómo el algoritmo premia con más visibilidad a eso que llamamos discursos de odio. Genera más egagement un candidato proponiendo bajar la edad de punibilidad que otro con un plan educativo para reducir el delito en los jóvenes. Eso no es novedad. Pero ocurre en un contexto de sinuosa estabilidad. Con la revuelta ya activada, con la mecha ya encendida, con la insestabilidad burbujeante, ¿qué poder tienen los memes reaccionarios y sus narrativas conservadores cuando el caos fascina?
Los memes no tienen autor; está en su identidad constitutiva. Las imágenes meméticas hechas con inteligencia artificial, menos. ¿Esa falta de firmas se puede trasladar a la falta de líderes y referentes claros en las protestas sociales de este siglo? Que estas grandes revueltas surjan “de abajo hacia arriba”, impulsadas por consignas vitales y motorizadas por la bronca y el caos, ¿es un problema o una oportunidad? De pronto, los guiones se queman y el futuro vuelve a ser un lugar incierto e impredescible.
Fuente: Infobae

