La urgencia de redefinir la educación antes de que generaciones futuras no razonen por el uso de IA

Altas notas, bajo esfuerzo

Pilar F., de 11 años, se quedó helada cuando su maestra le devolvió un trabajo práctico con un “rehacer” escrito en rojo. Antes le había hecho algunas preguntas sobre el contenido, que no había podido responder. Además, la docente le estampó un selló con una curiosa observación: “Alto en ChatGPT”. Mateo G. vive en Caballito y está en tercer año. El sistema de inteligencia artificial que más utiliza es Gemini. “Le pido que me explique las cosas que no me esfuerzo en entender, o sea las que no me interesan”, cuenta. Florencia R. estudia Economía, tiene 21 años. “Es inevitable usarla. Los textos a veces son demasiado largos y no llegás. Le pido que me resuma o que me arme un modelo de examen, me ayuda a estudiar. Otras veces, lo reconozco, hace gran parte de los trabajos. Yo la uso para todo, es mi gurú. Pero también es como una adicción”, admite.

En las aulas de todos los niveles y a escala global, la inteligencia artificial interpela al sistema educativo y lo confronta con dilemas urgentes. ¿Acumular información significa aprender? ¿Usar IA para estudiar es hacer trampa? ¿Existe una forma virtuosa de utilizarla para potenciar capacidades? En síntesis: ¿la IA va a fortalecer nuestras funciones cognitivas o nos va a volver más limitados? Una formulación más brutal: ¿seremos más inteligentes o más tontos?

A través de una serie que comienza hoy, LA NACION navegará por estos planteos y buscará respuestas de la mano de expertos y en base a investigaciones recientes sobre este fenómeno. El nuevo rol de los docentes como “detectives de IA”, la inquietud de padres que ven a sus hijos delegar la tarea, los modelos inéditos que ya están probando en escuelas del mundo y la formación de futuros profesionales atravesada por la inteligencia artificial son algunas de las producciones previstas para dimensionar la problemática.

La delegación cognitiva que promueve la IA, ese proceso de evitar el esfuerzo que implica, por ejemplo, leer un texto, pensarlo, entenderlo, cuestionarlo y resumirlo, no es gratuita: podría significar, plantean los especialistas, que los actuales estudiantes egresen con menos capacidades que con las que ingresaron si no existen intervenciones estratégicas. Aunque hayan concurrido a la institución más prestigiosa.

Una de las investigaciones más contundentes sobre el impacto en las futuras generaciones fue presentada por el Massachusetts Institute of Technology Media Lab hace menos de un año, con el título
“Tu cerebro en ChatGPT”. Por primera vez, se documentó cómo el uso de la IA altera los procesos de aprendizaje.

A través del monitoreo con electroencefalogramas (EEG), los investigadores evaluaron a 54 estudiantes de las universidades más reconocidas de Estados Unidos, que fueron divididos en tres grupos. El primero, llamado “solo cerebro”, debía escribir un ensayo a lo largo de tres o cuatro encuentros, sin usar herramientas digitales. El segundo podía utilizar motores de búsqueda tradicionales. Y el tercero tenía acceso al ChatGPT. Los participantes de este último grupo mostraron la menor actividad cerebral, baja memoria del trabajo y poco sentido de autoría. El 83% de los estudiantes no recordaban lo que acababan de producir. Además, la redacción fue definida como “sin alma”.

En cambio, el grupo “solo cerebro» tuvo una activación cerebral muy alta, un sentido de la autoría elevado, recordaban y podían explicar su trabajo. En tanto, el grupo que podía usar buscadores mantuvo un nivel de actividad cerebral alto, sentido de autoría y compromiso con el contenido: si bien trabajaron con información externa, habían tenido que apelar a su criterio.

Los EEG de los participantes mostraron una caída del 47% en el compromiso neuronal entre quienes usaron ChatGPT: se identificaron 79 conexiones cerebrales significativamente mayores en el grupo que no utilizó IA. Solo 42 vías predominaron entre los que se valieron de la herramienta. Los resultados revelaron que la IA les permitió ser un 60% más productivos, pero significó un 32% menos de carga cognitiva para el aprendizaje.

“Delegar el esfuerzo mental en la IA genera un ahorro o beneficio de rendimiento inmediato, pero a cambio de un costo invisible a largo plazo en funciones cognitivas críticas”, concluye el informe.

Otra metodología eligieron los investigadores David Stromberg (Universidad de Estocolmo) y Victor Lei y Wu Yanhui (Universidad de Hong Kong), que hicieron un seguimiento de 27.000 alumnos de entre 12 y 18 años en China. Alrededor del 80% afirmó usar modelos de inteligencia artificial y el 20% restante conformó el grupo de control. Después de seis meses, los estudiantes que utilizaban IA subieron en un 18% sus calificaciones en todas las materias y acortaron el tiempo en completar cada trabajo: pasaron de un promedio de 64 minutos a 45. Sin embargo, cuando rindieron los exámenes, obtuvieron resultados 20% inferiores a los de sus compañeros.

Pero tal vez el dato más revelador sea que la caída en las calificaciones se concentró entre los estudiantes que hacían sus tareas en menos tiempo, los que copiaban y pegaban. En cambio, aquellos que utilizaban IA pero dedicaban al trabajo los mismos minutos que los alumnos del grupo control, probablemente acudiendo a chatbots como un tutores personales para entender conceptos específicos, no sufrieron el mismo impacto negativo en los exámenes.

El aprendizaje, en jaque

Especialistas consultados por LA NACION enumeraron algunos de los efectos nocivos que ya observan entre estudiantes argentinos de todos los niveles por el uso de la IA: un acortamiento de la capacidad de atención, menos retención y memoria de conceptos adquiridos y un déficit en el sentido de apropiación del conocimiento, entre otros. Por ahora, y debido al modo en que actualmente se utiliza, son mayores los perjuicios que los beneficios en educación. Sin embargo, si es usada estratégicamente, podría incluso potenciar nuestras capacidades. “En poco tiempo, la IA generativa irrumpió en el mundo y los estudiantes fueron los primeros en sacarle provecho. Pero el uso que están haciendo es instrumental: para responder las consignas del docente en una tarea escolar o en un examen. Buscan un resultado rápido que les permita cumplir. Resuelven sin necesidad de esforzarse. Es una respuesta mecánica imposible de evaluar para el docente”, afirma Roxana Morduchowicz, doctora en Comunicación por la Universidad de París y asesora de la Unesco en educación y tecnologías.

Para la experta, la discusión sobre el impacto de estas tecnologías en el ámbito educativo no puede esperar. “La IA aceleró la fecha de vencimiento de ciertas formas de enseñanza. La escuela va a tener que pensar otras consignas. Si a los chicos les seguimos diciendo ‘lean y comenten’, nunca vamos a saber si fueron ellos o la IA. Tenemos que formular consignas que requieran pensamiento crítico. Aprender a preguntar y repreguntar. Hoy vale más la pregunta que la respuesta. El desafío es que los estudiantes aprendan a pensar con la IA, no a delegar la tarea de pensar. Impedir que la IA piense por los alumnos. La clave es invertir la ecuación. Son los alumnos los que deben pensar la IA: analizarla, evaluarla, identificar sus sesgos y decidir si el resultado que les ofrece es seguro, ético, responsable y confiable”, apunta. Morduchowicz analiza los efectos de este fenómeno en tiempo real: “Los estudios indican que perjudica la memoria. Cuando los estudiantes entregan un trabajo hecho con IA, unos minutos después ya se olvidaron lo que entregaron. Aplana el pensamiento, condiciona las decisiones, reduce la capacidad para resolver problemas en la vida cotidiana y quita la necesidad de razonar de manera autónoma”.

El neurocientífico Mariano Sigman, coautor del libro Artificial junto con Santiago Bilinkis, fue uno de los primeros en el país en hablar de sedentarismo cognitivo. Plantea que el gran peligro no es el uso de la tecnología en sí, sino la pereza o atrofia cognitiva de delegar en otro la tarea de pensar. “Corremos un riesgo mayor: el de perder las capacidades mentales esenciales, los pilares básicos de la cognición sobre los que se construye el pensamiento. La capacidad de concentrarnos, la competencia lectora, el buen uso del lenguaje, las habilidades sociales y el pensamiento lógico y matemático. La clave, entonces, es separar lo importante de lo accesorio para no dejar por completo en manos de las máquinas aquellas habilidades que no deberíamos perder”, advierte.

En esta misma línea, abre un cuestionamiento más amplio: “Algunas corrientes reformistas de la escuela dicen que tiene que ser divertida, colorida, original y debe justificar, en cada uno de los tramos, la utilidad inmediata y evidente de lo que se está enseñando. Este enfoque cortoplacista de la educación presenta un riesgo sustancial: que dejemos de enseñar el valor del esfuerzo y de la concentración, de permanecer tres horas sentados, enfocados en algo difícil con la intención de resolverlo. Perder la capacidad de calcular, de mantener la atención o de realizar durante un tiempo un esfuerzo deliberado para resolver un problema, eso es el sedentarismo cognitivo”, señala.

Fabricio Ballarini, biólogo, investigador del Conicet y director del departamento de Ciencias de la Vida del Instituto Tecnológico Buenos Aires (ITBA), suma una explicación central. “Por naturaleza, el cerebro humano es vago: busca ahorrar energía, obtener los mayores rendimientos con la menor energía posible. Es por eso que cuando intentamos leer un texto nuevo o entender un tema que nos es ajeno, el cerebro requiere usar más energía y sentimos cansancio, pereza, aburrimiento, desinterés o incomodidad. El mecanismo cerebral es intentar desalentarnos a que usemos más energía. Entonces, si tenemos a mano la posibilidad de hacerlo, seguramente lo hagamos”, indica.

¿Y cuáles pueden ser las consecuencias? “La delegación cognitiva no es gratuita. El costo lo pagará el cerebro, ya que al no usar ciertas capacidades, al no darle el tiempo necesario para que ese aprendizaje se active, esas funciones se empiezan a anular. Aparece atrofia por mal uso. Por eso, por más que la IA sea tentadora, tenemos que desalentar el mal uso, que se nos va a volver en contra”, considera Ballarini.

Pero existe además un impacto que se vincula con la salud mental adolescente. La lectura que hace el experto es que, lejos de ser optimizado, el tiempo “ahorrado” en leer, hacer tareas y trabajos prácticos se destina al uso del celular y redes sociales. El incremento del tiempo en pantalla ya ronda las seis horas diarias, una más que el año pasado, explica.

Un informe de Argentinos por la Educación con investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts llamado “Inteligencia artificial en la educación: desafíos y perspectivas” compara beneficios y riesgos: por un lado, la IA puede ofrecer tutorías personalizadas, aprendizaje adaptativo, asistencia a los docentes y transformación de la gestión institucional, pero también supone peligros.

“Requiere un enfoque ético que permita aprovechar su potencial y, al mismo tiempo, prevenir el aprendizaje superficial, la pérdida de pensamiento crítico, el aislamiento, la deshonestidad académica y los sesgos algorítmicos”, dice el trabajo.

Las cifras que cita el informe en base a un relevamiento de Unicef y Unesco dan cuenta de la urgencia para mirar la problemática: el 58% de los alumnos utilizan regularmente la IA entre los 9 y los 17 años y ese número crece al 74% entre quienes tienen entre 15 y 17, en los últimos años del secundario.

¿Y si nos termina potenciando?
Distintos colegios están en la búsqueda de una utilización estratégica que permita potenciar conocimientos, la otra cara de la delegación cognitiva. “Quizás una de las preguntas más importantes que las instituciones educativas debemos hacernos es qué valoramos realmente en el aula. ¿El producto final o la experiencia de aprendizaje que permite llegar a él?”, plantea María Laura Sánchez, directora de Innovación Educativa de Kinder y Junior School del Florida Day School, uno de los colegios que cuenta con un proyecto específico para abordar la IA.

“Lo planteamos desde las capacidades que queremos fomentar. En el nivel inicial empezamos a trabajar con IA. Las docentes enseñan la importancia de saber preguntar, en ese caso oralmente, para conseguir los resultados que queremos. Y para primaria también incorporamos una plataforma de IA educativa, que los estudiantes usan en sus dispositivos para consignas escolares. Trabajamos con ellos para enseñarles un uso responsable y estratégico, que potencie sus trabajos, no que trabaje por ellos”, subraya.

Justamente, una conclusión de la investigación del MIT es que hablar de deuda cognitiva no tiene que ver con el uso de la IA sino con la forma en que se utiliza. Después de terminar la primera etapa del estudio, hicieron otros dos subgrupos: a los que habían usado ChatGPT se les pidió que volvieran a hacer el trabajo apelando únicamente a sus habilidades y al grupo “solo cerebro”, que lo realicen con el chat. Estos últimos fueron los que mostraron mayor actividad cerebral y mejores resultados. En cambio, los que habían usado la IA primero, obtuvieron los peores puntajes.

En esta línea, los autores señalan que la forma más estratégica de usar la IA es la de pensar primero y optimizar después. Por ejemplo, armar un mapa de ideas y conceptos a mano, para asegurarse de no caer en la delegación cognitiva y evitar que la IA piense por uno, y luego apelar a la herramienta para enriquecer resultados, encontrar nuevas perspectivas, pulir redacción y ortografía. De esa forma, explican, la IA se convierte en una suerte de prótesis cognitiva, que podría ampliar las capacidades del ser humano en lugar de limitarlas.

¿Estamos preparados para ese uso virtuoso? Las escuelas y las universidades argentinas atraviesan esta nueva realidad con infinitas preguntas y pocos consensos, sin una política que unifique criterios.

A nivel nacional, la Secretaría de Educación elaboró el Programa Argentino de Innovación de la Educación con Inteligencia Artificial (PaideIA), que no apunta a contenidos puntuales sino a un uso responsable en todos los niveles a través de una lista de pautas para utilizar la herramienta con criterio. A su vez, creó un Observatorio de IA en Educación, que hasta el momento no ha producido informes.

Recientemente, la Ciudad anunció la incorporación de Google Gemini en las escuelas primarias y secundarias de gestión pública. En los primeros años, el objetivo será que los chicos aprendan sobre IA, cómo aparece en la vida cotidiana y sus riesgos. A partir de 4° y 5° grado comenzarán una exploración grupal, mientras que en 6° y 7° podrán utilizarla de manera individual, bajo supervisión docente. En la secundaria, la propuesta es que los alumnos interactúen con la IA de forma directa y progresiva, de la validación crítica de las respuestas a una etapa de mayor autonomía, con el fin de crear, investigar y resolver problemas.

La provincia de Buenos Aires centra su abordaje en iniciativas de formación docente y recursos pedagógicos orientados a la integración crítica de la herramienta en las aulas. Otras jurisdicciones como Mendoza, Neuquén, Entre Ríos y Santa Fe también apuntan a los planes de capacitación de maestros.

Martín Zurita, secretario ejecutivo de la Asociación de Instituciones Educativas Privadas de Argentina (Aiepa), plantea un panorama poco homogéneo en ese ámbito: “La IA puede enseñarse como una herramienta o integrarse como una metodología de enseñanza. Este último camino es el más valioso, implica capacitar a los docentes, rediseñar las propuestas y repensar formas de evaluación. Sin embargo, la realidad de las escuelas es muy heterogénea: algunas no cuentan con un proyecto institucional sobre IA, otras están dando sus primeros pasos y solo unas pocas avanzan hacia una integración más profunda”.

Río Negro apunta a unificar criterios y aprobó una ley para regular la inteligencia artificial generativa en las escuelas. “Su uso estará prohibido si reemplaza la producción intelectual del estudiante, impide verificar la comprensión real de los temas o facilita el plagio”, consigna la normativa. También Misiones votó su ley de IA, pero para incorporarla en todos los niveles de forma transversal.

Fuente: La Nación