El “4° LP» de León Gieco tiene su nueva edición remasterizada

Publicada por el Instituto Nacional de la Música junto a DBN. Grabado mientras el santafesino era amenazado por la dictadura, marcó el comienzo del cruce con el folklore argentino, con gemas como “Sólo le pido a Dios”, “Cachito, el campeón de Corrientes” y “Tema de los mosquitos”.

“Entiendo que cuando sentís algo, lo hacés y se acabó”. Así habló León Gieco en una de las dos entrevistas que dio para sendos números de la revista Pelo, tras la aparición del 4º LP. No era un tiempo fácil, claro. Ni para él ni para muchos como él. Venía de que el COMFER le censurara varios temas de El fantasma de Canterville, el disco anterior. Sus canciones no sonaban ni en radio ni en televisión. “¿Por qué voy a estar prohibido?, ¿Por qué motivo? No le hice mal a nadie”, decía a Miguel Grinberg en otra entrevista del momento aquel, mientras solapados agentes de inteligencia visitaban sus shows y amedrentaban. Y recibía raros llamados telefónicos, hasta que uno colmó el vaso. Una voz femenina lo conminó “amablemente” a irse del país. “Tomá seriamente la posibilidad de irte del país porque estos tipos saben a qué jardín va tu hija”. Liza, su hija, tenía 2 años; León puso al tanto a su mujer Alicia, y ambos decidieron irse con la nena a Los Ángeles. Allí, previo paso por algunos países de Latinoamérica, los recibieron Edelmiro Molinari y Gabriela Parodi –que aún eran pareja- y vivieron de changas. Él, recorriendo pubs folkies junto a Gabriela o vendiendo álbumes de fotos. Ella, limpiando casas también con la cantante. “Llegué a Los Ángeles, fui a ver Dylan, me tomé un ácido con unos amigos y me fui a escuchar a los Grateful Dead”, evocaba el santafesino ante Página/12 en marzo de 2006.

Ocho meses permaneció la pareja en el país del norte. Al regreso fue que León grabó y publicó el emblemático 4º LP, que justamente vuelve a ser noticia por “culpa” del Instituto Nacional de la Música. Es que el INAMU acaba de reeditarlo en vinilo (junto a DBN) como parte de la ciclópea tarea de revivir el catálogo de Music Hall que la entidad recuperó tras la traba judicial que lo impedía. Remasterizada y digitalizada por Gustavo Gauvry en los estudios Del Cielito y Del Infiernito, y producida por Bernabé Cantlón y el mismo León, la nueva edición del disco cuenta también con una versión digital disponible en todas las plataformas. “La mayoría de los masters de música de rock y pop que había en el catálogo de Music Hall desapareció, pero por suerte quedaron algunas copias de seguridad que son también masters en cinta, aunque con una calidad un poco más baja. De todas formas, es mucho mejor que sacarlo de un CD o de un vinilo con ruido a púa”, cuenta Gauvry. “Lo que hice fue digitalizar y masterizar esa cinta en forma analógica en el estudio El Infiernito, que cuenta con un sistema de mastering de altísima calidad, con un ecualizador paramétrico valvular, y también utilicé un compresor Cif. Esto le dio al disco un volumen y una calidad que no tenía”, explica el técnico.

Entre otras delicias sonoras y visuales, la reedición cuenta con la restauración del arte de tapa a cargo de Pali Muñoz y un insert poblado por fotografías inéditas tomadas por Rubén Andón a León. Entre ellas, una con su pequeña hija Liza en brazos, y otras dos tocando. Una en cancha de San Lorenzo en 1975 y otra, dos años después, en el Festival del Amor realizado en el Luna Park. Pero la más significativa es la que reactualiza la portada original –la del joven Gieco de 26 años porteñizado con el obelisco detrás- a través de tomas actuales del santafesino que se ensamblan sobre aquella. Otra arista de la reedición es un artículo escrito por Claudio Kleiman, que relata sobre la obra y sus circunstancias. “El 4º LP marca un `antes y después` en la carrera de León Gieco”, asevera el periodista que por entonces escribía en Expreso Imaginario, la otra revista especializada en rock de la era. La bisagra marcada por Kleiman se nota clara en los hechos, porque el cuarto disco de León denota cierto vuelco hacia el folklore telúrico por sobre el folk “a la yanqui” que predominaba en los trabajos anteriores. Llamativamente concebido tras –pero también durante- el viaje antedicho, el 4º LP porta una especie de “eclecticismo vernáculo” que sería norma más que excepción en trabajos venideros. A piezas que conectan estéticamente con el Gieco de los primeros discos (“Un poco de comprensión”“Dice el inmigrante” o “Yo soy un croto”) se le “opone” una díada mesopotámica, bien folklórica, hecha junto a Dino Saluzzi, cuyo aporte instrumental “volvió loco” por entonces a León. Una de las piezas es “Continentes de silencio”, abrillantada por las voces de Nito Mestre y María Rosa Yorio, que venían de compartir con Gieco la experiencia de PorSuiGieco. La otra, entrañable y medular por cierto, “Cachito el campeón de Corrientes”.

Fueron ambas gemas litoraleñas las que provocaron una mordaz declaración del rosquinense en una de las entrevistas a la Pelo. “En este momento puedo hacer un chamamé, pero también puedo cantar una canción folk, no tengo ningún prejuicio. No sigo la evolución de aquellos músicos que dicen que antes copiaban o tenían influencias extranjeras, y ahora se dedican a recopilar las raíces folklóricas argentinas (…) El chamamé me parece muy folk, es muy como el paisaje de Entre Ríos y Corrientes: fértil y aplomado. Es una música totalmente descomprometida porque la gente de esa región siempre vivió bien. Además, el amor, por ejemplo, lo encaran de una manera totalmente distinta a la del tango. Por ser santafesino, siempre escuché chamamé”.

La participación nodal de Saluzzi no se restringió a la díada sino que dio el toque mágico de su bandoneón en “el” tema del disco: el inmortal “Solo le pido a Dios”, claro. La canción que estallaría durante Malvinas fue concebida durante el largo viaje continental de León, cuatro años antes de la guerra. Fuertemente impactado por el conflicto que se veía venir entonces entre la Argentina y Chile por el Canal del Beagle, el rosquinense activó su pluma y sublimó la preocupación en uno de los temas folk más hermosos del universo. Lo guardó un rato, pero lo desempolvó enseguida cuando el salteño Saluzzi cayó un día que no tenía caer en los estudios ION, donde se estaba grabando el disco, y juntos –a bandoneón, guitarra y voz peladas- improvisaron la oda antibélica, que recibió visto bueno de Charly García (ver abajo).

García fue pues otro de los músicos que acompañó a Gieco en el disco redivivo. Tocó piano en una banda más o menos estable que incluyó también al aerofonista Jorge Cumbo. A Osqui AmanteLuis Borda y Rodolfo Gorosito en guitarras. A Oscar Moro en batería. A Willy Campins y Alfredo Toth en bajos, y al violinsta Sergio Polizzi. “Quería grabar también un tema con Jaime Torres, pero me gustaría trabar una amistad con él para hacer medio álbum con él y que arregle todo”, dijo León en otra entrevista aledaña al disco.

Bien podría haber cabido el charango de don Jaime en “El que queda solo”, otra de las piezas de raigambre netamente folklórica del disco, por cuyos aires de huayno vuelan las quenas de Cumbo. “En lo musical, hubo cambios sobre la marcha porque la grabación del álbum fue muy improvisada (…) y si salió bien fue por la ayuda de los músicos que participaron”, fueron otras palabras del cantautor, en caliente. Al igual que otras más reflexivas, pero igual de certeras. “Soy un compositor de canciones y ahí se corta todo. Si algún día dejo de hacerlas, el mundo seguirá andando y todo perfecto. No quiero cambiar nada, pero sí que la gente piense en el curso de su vida junto a todo lo que ve, siente y escucha”.

La nueva edición del 4º LP mantiene por cierto el triunviro de temas que había sufrido la censura en El fantasma de Canterville, pero que “pasaban” en vivo: “La historia esta”“Tema de los mosquitos” y “Canción de amor para Francisca”, pieza que le había granjeado a León una detención durante un recital en Comodoro Rivadavia, y otro inconveniente con “la ley” en Córdoba. Los tres temas fueron tomados del Festival de la Genética Humana, que tuvo tiempo y lugar el 28 de julio de 1978 en un Luna Park con 10 mil personas dentro.

Por supuesto, no sería auspicioso el inmediato devenir del músico tras la publicación de su cuarto trabajo. En el lapso que fue entre este y Pensar en nada, publicado año y medio después, las cosas se pusieron más espesas aún. Fue el momento en que se lo llevaron detenido al regimiento de Palermo y un general de nombre José Montes le exigió pistola a mano que se abstuviera de cantar “La cultura es la sonrisa”, tema inspirado en un pensamiento del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal –entonces ministro de cultura de la revolución sandinista- que aseguraba que la cultura estaba en todos lados. Cuando León la tocó en la Universidad de Luján –que la dictadura quería cerrar, aún con una población de 1500 estudiantes- ligó como vuelto que lo fueran a buscar a su casa y lo llevaran a encontrarse con el temible Montes. “El general tenía un télex y me dijo `usted está cantando ‘Cachito cierra las escuelas’ –se confundió Cachito con una estrofa de `La cultura es la sonrisa`– y me recomendó, con una pistola en el escritorio, ‘no vuelva a cantarla porque yo mismo le vuelo la cabeza…, así que ya se retira’. Todo fue de parado y en medio minuto. Caminé hacia la puerta, la abrí y, antes de salir, me dijo `usted nunca estuvo acá`”, contó a Página/12 en la citada entrevista de marzo del 2006. Pero esa era otra parte de la historia.

De la misma historia.

Cómo Charly García cambió la historia del disco

Aquella grabación descartada

Se puede viajar a la Buenos Aires de 1978 de la mano de León Gieco, que acababa de terminar en los míticos estudios ION la grabación de su cuarto disco y ya estaba metido en la mezcla con el ingeniero Amílcar Gilabert. “De repente apareció en el estudio Dino Saluzzi, diciendo que la hija le había avisado que lo estábamos buscando para grabar”, cuenta el músico. “Después averiguamos que en realidad el que lo estaba buscando era Litto Nebbia, que la piba se había equivocado, pero teníamos un problema, porque cuando le dije a Dino que ya habíamos terminado, que era un error, me dice pero hermanito, yo con esto le doy de comer a mis hijos, tengo la noche perdida, yo trabajo de esto… No sabía qué decirle, a mí me taladró la culpa, pero sin saberlo él, era una cuestión mía”. A tal punto León se sintió culpable que decidió desempolvar una canción que había descartado porque le resultaba aburrida, se basaba en un esquema muy simple de estrofas y estribillo sin demasiadas variaciones. El productor Oscar López aprobó el pago de la sesión y, cuando León y Saluzzi entraron al estudio para hacer una primera pasada del tema, Gilabert apretó la tecla de grabación sin decirles nada.

Al cabo, esa fue la toma definitiva, registrada en vivo, sin sobregrabaciones ni correcciones; Gieco decidió que la canción podría ser editada más adelante, quizá como simple. Pero esa misma noche, mientras seguía la mezcla, apareció en ION un visitante inesperado: “Justo cuando le dimos ‘play’ a la canción entró al control Charly García, viejo deambulador, ave nocturna, y se quedó extasiado, dijo ‘esto es buenísimo’”, reconstruye León. “Yo creo que no era tanto por el tema sino por el sonido del bandoneón, que ya Almendra lo había usado en su primer disco pero no era muy común en el rock. Ahí nos empezó a gustar a nosotros, porque la palabra de Charly era muy importante, y decidimos ponerla al final, como un bonus track. Pero entonces escuchó el disco entero Néstor Celasco, el capo de Music Hall, y cuando llegó a ese tema preguntó por qué estaba al final, si eso tenía que estar al principio”. Así el 4º LP de León Gieco comienza con una canción originalmente descartada, y que se convirtió en su himno máximo: “Solo le pido a Dios”.

(Fragmento del libro Pequeños Fracasos, de Eduardo Fabregat, Ediciones B)

Fuente: Página12