Nos acercamos a la mitad del año y ya podemos ver qué pasa con el cine argentino en salas en esta temporada. Spoiler: las cosas no solo no mejoraron respecto del año anterior, sino que han empeorado, y el panorama no parece tener mejores perspectivas para lo que queda de la temporada.
Como siempre, es necesario aclarar que todos los datos de esta nota provienen del sitio de fiscalización del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), y esa base de datos se alimenta de las declaraciones juradas que, de manera automática, generan las salas todos los días. El sistema está completamente automatizado, por lo que pueden existir algunas distorsiones cuando existen exhibiciones especiales, por ejemplo, o no se generan tickets Incaa (las entradas se emiten en general bajo un sistema unificado). Dicho de otro modo, son datos oficiales, fríos y automáticos, lo que no impide que las películas hayan tenido más u otros espectadores no registrados. Pero esto es lo que ha sucedido en las salas comerciales.
En principio, tenemos que ver las cifras generales. A la fecha de redacción de esta nota, se estrenaron 249 films de toda procedencia −el sitio marca 338, pero eso es sumando muestras y reestrenos especiales−. De ellos, nada menos que 101 fueron de origen nacional. Más o menos es la proporción que se maneja todos los años: cuando se realice el balance final, tendremos alrededor de 500 películas estrenadas, de las cuales poco más de 200 serán nacionales. El año pasado, los estrenos fueron 546, y las películas argentinas, 246. Pero vendieron poco más de 2.865.000 entradas de un total de 33.597.754. Es decir, alrededor del 8,5% de la torta completa (que incluye también ciclos, revisiones y festivales en todo el país).
En ese momento, la grilla de estrenos ya había incluido uno de los éxitos de la temporada, la muy buena comedia de Adrián Suar Mazel Tov, que tuvo alrededor de 400.000 espectadores. Recién en agosto llegarían Homo Argentum, que terminó su carrera en salas con alrededor de 2.000.0000, y la tercera con una venta de entradas de seis cifras, Belén, que sumó por encima de los 200.000. Es decir, esas tres películas, solas, se llevaron 2,6 de los 2,8 millones de entradas de la porción de torta nacional. El paisaje hoy es mucho peor.

La película argentina más vista de 2026 a la fecha es La virgen de la tosquera, de Laura Casabé, que tuvo muy buenas críticas y buena respuesta de público con un estreno en fecha poco amable −finales de enero−. Tuvo alrededor de 90.000 espectadores y se ubica en el puesto 25 del ranking de la temporada que, hasta el momento, domina El diablo viste a la moda 2 con más de 1,5 millones de espectadores (algo que seguramente cambie en estas semanas con Toy Story 5 y la andanada de vacaciones de invierno). El resto, las otras 100 películas nacionales, vendieron unas 288.000 entradas (Incaa indica que la que menos vendió sólo registró 11 tickets). Y, a la fecha y con la “temporada alta” aún por desarrollarse del todo, los cines de la Argentina llevan vendidos más de 10,5 millones de tickets. Es decir que solo el 3,6% de la venta de entradas corresponde al cine nacional.

Hay mucho que decir. Primero, es cierto que, mientras que en el resto del mundo se nota un repunte en la venta de entradas sobre todo para películas no necesariamente familiares y la taquilla global parece finalmente en tren de recuperación, aquí seguimos con poca venta, aunque los números no son tan malos y se sigue, en general, la tendencia del resto de los mercados en cuanto a qué títulos son taquilleros. Es obvio que el deterioro del salario real, más que la falta de alternativas, es lo que afecta la venta de entradas, aunque hay por lo menos tres películas por encima del millón de espectadores (El diablo…, Súper Mario Galaxy y Michael). Pero en todo caso la crisis afecta por igual a todas las películas. La pregunta es por qué lo hace, de manera mucho más marcada, con el cine argentino.
Hemos apuntado, en notas anteriores, a muchos factores que son reales y comprobables. La politización del espectáculo y, sobre todo, de los protagonistas, no es un factor menor, aunque tampoco parece determinante. Sí lo fue que se hicieran demasiadas películas solo para generar fuentes de trabajo, lo que fue socavando la calidad artística. Nadie está en contra de que haya trabajo en el cine nacional, pero el sistema permitía filmar sin demasiada ambición artística y en cadena películas que, en el mejor de los casos, pasaban un par de semanas por las salas Incaa para cumplir el requisito de estreno que permitía el cobro de los subsidios. Que se aplicaban, hasta el cambio de regulación, a todo costo de producción, incluso pago de salarios (hoy eso no se permite). Fue una máquina de cantidad y de empleo no necesariamente ilegítimo, pero lo que se produjo no exigía -aunque en muchas ocasiones la tuviera- calidad artística. ¿Hubo cine bueno, grandes películas “chicas”? Sí, por supuesto. Pero no fue la mayoría.
Y esto generó una desconfianza no en el público que ve todo lo argentino que puede (que existe, aunque como se ve no es tan grande) sino en el masivo, el que sostiene realmente la actividad. Y aquí hay un problema que también aparece en casi todos los mercados: las plataformas generaron que el público se volviese más exigente. No es solamente que espera a que un film aparezca en una plataforma, sino que en las plataformas tiene, cada día y en cantidad, películas de calidad para elegir… y elige. Eso ha elevado la vara de calidad en todo el mundo: gran parte de la crisis que padece Hollywood en cuanto a la exhibición en salas tiene que ver con eso. No solo la comodidad de mirar desde el sillón en pantallas de gran definición, sino la capacidad de tener mucho para elegir y ejercer el gusto. Y aquel cine argentino realizado de modo automático, sin pensar en audiencias (masivas o no: audiencia, un tipo de público, un par con quien comunicarse) quedó por debajo de estas expectativas.
Hoy aquel viejo “no veo cine argentino” de los setenta y ochenta (donde, de todos modos, las películas masivas superaban el millón de espectadores porque, claro, no había alternativas como hoy) vuelve pero basado también en una sofisticación mayor de los espectadores. Es más que probable que el desinterés sobre los muchas veces muy buenos films nacionales tenga que ver ya menos con “la política” que con la desconfianza por la calidad. Y no porque se busquen “efectos especiales” o valores de producción con los que no se puede competir: el éxito mundial Obsesión se hizo con 800.000 dólares, ingenio y conexión con la audiencia. Lo que podría salir una película argentina media.
Queda ver qué pasará a partir de agosto, cuando se estrenen las películas argentinas de gran público que suelen cerrar la temporada alta post vacaciones de invierno y el estreno de, al menos, dos películas convocantes: Yo, Narciso, comedia de Adrián Suar con Suar y Natalia Oreiro; y Lo dejamos acá, thriller con Ricardo Darín y Diego Peretti, ambas con suficiente nombre, peso y producción como para atraer a un público que se ha vuelto -y no está nada mal- mucho más exigente.
Fuente: Leonardo M. D’Espósito, La Nación

