Con «Hollywood», Netflix muestra el lado oscuro de la Tierra de los Sueños

Con protagonismo grupal, el envío muestra a distintas clases de marginados, batallando por conseguir un lugar en las marquesinas.

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“Haciendo las movidas correctas, vos también podrías vivir en Beverly Hills, zambullirte en tu propia piscina e ir a las fiestas a las que hay que ir”. Eso dice el noticiero que Jack Castello (David Corenswet) ve en un cine, algún día de la posguerra, y eso es exactamente lo que él quiere, después de su regreso a casa tras haber combatido en la sangrienta batalla de Anzio. Poblada de prostitutos masculinos, actrices excluidas por cuestiones raciales, señoras mayores que contratan los servicios de chongos jóvenes, groseros jefes de estudio y representantes de actores que sólo trabajan fellatio de por medio, Hollywood  -que puede verse en Netflix- muestra la contracara de la Tierra de los Sueños, reescribiendo a su vez la historia, de un modo semejante al que practicó Quentin Tarantino en películas como Bastardos sin gloria y Érase una vez en Hollywood. El creador de Hollywood es Ryan Murphy, prolífico guionista y productor de series de televisión que aquí, como en Glee o Pose, muestra a distintas clases de marginados, batallando por conseguir un lugar en las marquesinas. ¿Lo logran? Se verá.

Como las series mencionadas, Hollywood tiene protagonismo grupal. En este caso se trata de dos aspirantes a actor y actriz (un galán del interior y una muchacha negra), un realizador debutante y un muchacho afroamericano que tiene un guion para vender. El aspirante a actor se llama Jack Castello y por el momento se tiene que conformar con hacer de extra… y de gigoló. Para conseguir trabajo en el estudio debe pararse todas las mañanas frente al portón de Ace Pictures (una empresa de ficción que tiene una puerta igual a la de la Paramount), sonreír y esperar que la encargada de casting lo señale con el dedo. Cosa que nunca hace, porque está convencida de que, como es demasiado buen mozo, seguramente dará por sentado que lo van a elegir.La actriz es Camille Washington (Laura Harrier), forma parte de un elenco de aspirantes, espera tener su oportunidad y mientras tanto manipula a su novio realizador. Este, Raymond Ainsley (Darren Criss), es un principiante que ambicionadar el puntapié inicial con un guion para el cual quiere a una estrella asiática. Pero terminará eligiendo el guion de Archie Coleman (Jeremy Pope), cuarto protagonista, que eligió para su escrito la historia de una actriz que se suicidó arrojándose del cartel que preside las colinas de Hollywood.

La mayoría de los nombrados debe soportar distintas clases de humillación. Para parar la olla (tiene esposa e inminentes mellizos), Jack se ve obligado a trabajar como prostituto, conociendo en su trabajo a una señora con mucha plata que quiso ser actriz y la rechazaron por “su aspecto demasiado evidente de judía” (como forma de demostrar el prejuicio, el papel lo interpreta la italoamericanísima Patti LuPone, veterana de Broadway y actriz fetiche de Murphy). La actriz asiática, que representa a la intérprete real Anna May Wong, se ve condenada a papelitos como seductora oriental o intrigante china. La vez que logró un protagónico en La buena tierra, dato tomado también de la realidad, la desplazaron para hacerle hacer de china a la caucásica Luisa Raines, que terminó ganando un Oscar. El guionista Coleman también trabaja como prostituto y como es gay dejan a su cargo a todos los clientes varones. Una visión de Hollywood que no se corresponde precisamente con la que al sueño americano le gusta presentar. Al menos durante la primera mitad de la serie.

Aparecen réplicas de personajes verdaderos. ComoVivien Leigh, la Scarlet O’Hara de Lo que el viento se llevó. O HattieMcDaniel, la recordada mucama de la misma película. O el realizador George Cukor y sus fiestas de los días domingos, pobladas de jóvenes musculosos. La chica que se tiró del cartel de Hollywood existió en realidad y se llamaba Peg Entwistle. En algunos casos, esas réplicas no se corresponden con la historia tal como fue. Irving Thalberg, productor entre otras de The CrowdFreaks y Una noche en la ópera, vive y colea en la Estados Unidos de posguerra, cuando en la realidad murió en 1936. Habría que ver, por otra parte, si el celebérrimo Cole Porter, uno de los más grandes compositores y letristas populares estadounidenses del siglo XX, por más que haya sido gay en el armario (estuvo casado toda la vida) habrá llegado a esperar alguna vez, en calzoncillos y con ligas, a algún jovenzuelo bien dispuesto, en una casa rodante ubicada en la parte de atrás de una estación de servicio. En esta reescritura de la historia, el caso más flagrante es el de Rock Hudson, aquí un actorcito torpe y asustadizo, que sale del closet cuarenta años antes de lo que en verdad lo hizo. Aunque el Hollywood oficial no tolerara a los actores gays.

Murphy juega con improbabilidades y anacronismos, como la estación de servicio que funciona como prostíbulo al aire libre, la presencia de la primera dama Eleanor Roosevelt en el estudio, bregando para que una película progre se lleve a cabo, o el ascenso de una chica negra a la condición de protagonista (otro hecho para el que hubo que esperar otros cuarenta años). Como varias de sus series previas -notoriamente PoseFeud y El asesinato de Gianni Versace-, en esa primera parte el guionista y productor abraza el pulp, el queer y el camp. Hay una exacerbación de la sexualidad, así como variadas figuras LGTB y caricaturas deliberadas y exasperadas. En sus primeras apariciones, el cafishio de un irreconocible Dylan McDermott parece disfrazado de tal: gomina, bigotito, traje blanco, cuello de la camisa por fuera de la solapa, polainas, hablar sibilino. Está basado, según dicen, en un tal Scotty Bowers, que trabajó como proxeneta en los años ’40.

La exactriz judía, por su parte, luce peinados y vestidos dignos de Liberace. Quien no sintonice con esta clave la pasará mal en la primera parte de Hollywood, que reniega de la “normalidad” dramática… hasta que se normaliza. Como en Glee, a la larga los marginados alcanzan sus sueños. Las brujas se convierten en hadas, todos lucen rebeldía frente al sistema, los odios se atenúan, los explotadores se convierten en tipos macanudos, ratas humanas se arrepienten de serlo y la felicidad y gloria que ofrecía el noticiero inicial se cumplen puntualmente. ¿Es tal vez una manera de imitar a una película de Hollywood, donde todo sueño debía consumarse sí o sí? Quizá sí, vaya a saber.

Fuente: Página 12