Había una vez un mundo asombrado porque, con tocar un botoncito de un control remoto, podía ver cientos, miles de películas de toda época. Películas que surgían cuando uno quería y como uno quería. Llegaba el universo de las plataformas. Después las plataformas se multiplicaron ad nauseam. Y luego, porque la idea es mantener la zanahoria de la novedad constante, se llenaron de material descartable.
Como sucede con casi toda invención que pasa a formar parte de lo cotidiano, le dejamos de prestar atención o le echamos la culpa por no cumplir con nuestras expectativas. En los últimos tiempos (tan vertiginosos que no podemos medirlos en “años” o “meses”), el villano pasó a ser “el algoritmo”, esa entidad gaseosa que es, en realidad, un programita que reproduce nuestros hábitos más repetitivos. Hay, sin embargo, una tendencia que crece en tal universo y es el de la curaduría. Efectivamente, existen encuestas en las que usuarios de SVOD (video bajo demanda por suscripción, por sus siglas en inglés) prefieren selecciones curadas no solamente de acuerdo con sus hábitos, y ya hay algunos avances en eso. Así que vamos a recomendar el “ahora con qué sigo” con el más humano de los criterios (el lector, de paso, puede incorporar sus consejos en los comentarios, por qué no).
Supongamos que se subió al tren -no hay nada de malo en ello- y vio la miniserie Moria. Digamos que le gustó. ¿Qué ver después? De lo disponible en plataformas, la mejor alternativa es Better Man, la historia de Robbie Williams (Prime Video). Lo que tienen en común es que no son estrictamente biografías, sino fantasías biográficas en las que el propio protagonista “de la vida real” guía lo que se dice y cuenta sobre él. Y que ambas le escapan al realismo. Eso sí, la de Robbie Williams es mejor por varias razones. En primer lugar, es una película y tiende a la síntesis y a la densidad de una novela, en lugar de la dispersión y la multiplicidad de situaciones. En segundo, es totalmente innovadora en el uso de la tecnología (Robbie aparece toda la película como un chimpancé, hazaña de la captura de movimiento) porque, de hecho, refleja sin explicaciones cómo se comporta y siente el protagonista, a puro golpe visual. Y en tercero, porque se anima más profundo a los dobleces y oscuridades del personaje sin perder el humor ni la emoción. De hecho, es probable que temas como “Angel”, que en otros contextos podrían ser el summum de la cursilería, aquí hagan llorar a quien en su vida elegiría escuchar a Robbie Williams. Y para terminar, es una de las mejores películas de los últimos 10 años.
O probablemente, fue uno de los casi tres millones de espectadores (y contando) que la pasó muy bien con Spider-Man: un nuevo día. Por supuesto que está bien ver las demás películas del personaje (ninguna es mala, hay varias muy buenas), pero es probable que: a) ya las haya visto o b) le parezca demasiado obvio. De hecho, si le gustó la acción de la película, la mejor alternativa es Darkman-El rostro de la venganza (AppleTV+). Es una de las primeras películas importantes de Sam Raimi, que ya quería filmar Spider-Man (lo hizo finalmente con Tobey Maguire), y es un amante del cine de terror. Es de 1989, y el elenco tiene como héroe-antihéroe a Liam Neeson y como heroína-interés romántico, a Frances McDormand. Todo el estilo es de historieta y el cuento es el de un científico traicionado y dado por muerto con terribles quemaduras. Pero también ha perdido la sensibilidad y, más tarde, logra crear una piel sintética que dura un par de horas. Se convierte, con ecos de El fantasma de la Ópera, Batman, Spider-Man mismo, El hombre invisible y varios mitos pop más, en un vengador implacable y un solitario que renuncia al mundo para salvar a quien ama. Es un gran divertimento colorido, lleno de elementos de la mejor historieta, y entronca con la angustia que sufren Peter Parker y Jean Grey (la pérdida, la imposibilidad de la vida común) en Un nuevo día, y que es el núcleo emocional de las dos películas.
¿La pasó bien con Yo, Narciso, la última película de Adrián Suar? Entonces seguramente podrá disfrutar de la historia de otro gran narcisista del cine clásico, aunque en clave no de comedia costumbrista, sino de melodrama cínico y desaforado. No, no El Ciudadano (que es la cumbre del narcisismo) sino un film cuya estructura está inspirada en la de la obra maestra de Orson Welles, pero es mucho más ácida: Cautivos del Mal, de Vincente Minelli (en HBO Max; El Ciudadano, también). La película cuenta cómo un guionista, un ejecutivo, un director y una estrella se encuentran después de muchos años, ante el llamado de Shields, un productor genial que alguna vez los empujó a la gloria y luego, por jugar para sí mismo, los traicionó. En ciertos puntos, las dos películas tienen en común a un manipulador absoluto que modifica la vida de quienes lo rodean; a través de cuatro relatos (uno por cada uno de los testigos) vamos reconstruyendo las historias de esas traiciones. Pero -y este es el giro irónico- al mismo tiempo esos tres personajes logran premios, fama y fortuna gracias al empuje de Shields, interpretado con cinismo y brío por Kirk Douglas. El film tiene muchos chistes “de Hollywood” (el personaje de Leo G. Carroll, por ejemplo, es una parodia de Hitchcock) e incluye una actuación superlativa de Lana Turner. Es una obra maestra, dicho sea de paso.
Y ya sabemos que la película más comentada de estas semanas -y seguramente una de las que va a seguir dominando la conversación de aquí a los Oscar del próximo marzo- es La Odisea, según Christopher Nolan. Más allá de lo que le haya parecido al lector, intenta abordar de un modo integral pero también personal y moderno la célebre epopeya de Homero. Algo que no es novedad, de hecho todos recordamos aquella Ulises que pasaba la TV de aire en los setenta, producida en Italia y con, también, Kirk Douglas, o las muy bellas versiones de mitos griegos producidas por Ray Harryhausen (Jasón y los Argonautas, clásico de los 60, o la Furia de titanes original, con Laurence Olivier como Zeus). Pero quizás lo más cercano a la película de Nolan sea la gran -y un poco injustamente olvidada- Los Guerreros, de Walter Hill (Mercado Play). El film se basa sobre la novela del mismo nombre (The Warriors, de Sol Yurick) y ambas, sobre la Anábasis (o la Marcha de los Diez Mil), que narra cómo mercenarios griegos a las órdenes de Ciro El Joven de Persia intentan volver a Grecia después de la muerte de su capitán.
Hill, un tipo de una gran cultura (especialmente clásica), toma el esquema (un grupo de valientes que tiene que volver a su patria mientras son perseguidos en territorio hostil) y lo traduce a la Nueva York de los años 70: en un “congreso” de pandillas, la de los Guerreros es sindicada (falsamente) como culpable de un asesinato, y son perseguidos mientras tratan de volver desde el Bronx a Coney Island en una noche terrible y épica. El film tiene la estética del cómic, montaje acelerado, y cada instancia del viaje recuerda también y mucho a la Odisea, con sus pandilleros casi fantásticos y su radio-sirena indicando dónde están los perseguidos. Causó sensación y también disturbios por su (falsa) glorificación de los pandilleros. Sigue siendo una gran obra de acción, suspenso y aventuras.
De todos modos, la película más vista en lo que va del año, y también de las más elogiadas en estas semanas, es Toy Story 5, que se acerca a los cuatro millones de espectadores. Más allá de que la serie tiene momentos altísimos (Toy Story 3 es una obra maestra sin dudas) y de que podemos complementar con algún otro Pixar (nuestra favorita es Ratatouille, película que soporta infinitas revisiones), preferimos recomendarle una genialidad poco recordada, no animada aunque sí, en Disney+ también. Se trata de La increíble vida de Walter Mitty, protagonizada y dirigida por Ben Stiller -que, como director, nunca hizo una película mala-. Es la historia de un empleado de la revista Life, un editor de fotografía, que tiene una vida rutinaria aderezada por ensoñaciones, hasta que un buen día “sale” a recorrer el mundo detrás de una aventura de verdad. Hay varios temas que se cruzan entre ambos filmes: la aparición de las nuevas tecnologías es uno de ellos. Pero eso es puramente superficial (y la debilidad de Toy Story 5, si permiten el aparte crítico, consiste en ir muy poco más allá de eso). Lo que une Walter Mitty con toda la serie es la idea de que aquello que verdaderamente nos mueve es el juego. De que no vale la pena vivir sin imaginación, sin el deseo de conquistar algo por la única razón de que es bello o es un atisbo de felicidad o pasa por nuestra vida (como ese tigre en esa foto) muy fugazmente. Y también sobre aquellos que alimentan esa imaginación, que se aventuran por nosotros. Es, como aquellas Toy Story, una película feliz.
Por último, es bastante evidente que si disfrutamos de los horrores y humores de El final de la calle Oak, la recomendación cantada sería Jurassic Park. Está bien, caigamos en lo evidente, pero con un giro: recomendamos, y calurosamente, Jurassic Park III, de paso como homenaje más que merecido al fallecido Sam Neill. Está disponible en Prime Video, HBO Max y Netflix, no tiene demasiada conexión con la “gran saga” y tampoco la dirigió Spielberg. Dirigida por ese genio de la aventura llamado Joe Johnston (otro que casi no hizo una película mala, todas aventuras clásicas), se trata de una pareja adinerada (Tea Leoni y William H. Macy) que contrata al paleontólogo Alan Grant (Neill) para encontrar a alguien en la ahora agreste Isla Nublar. Luego sabemos que no son adinerados: apenas un papá y una mamá desesperados porque su niño, accidentalmente, terminó en la isla. Purísima aventura que no se detiene desde el principio, cero aleccionadora y que revisa el sentido de la palabra “familia” desde el primer fotograma, tiene además una gran belleza plástica; planos donde se nos permite observar esos dinosaurios que, cuando despertamos, no están allí. Emocionante y breve, como todo lo bueno.
Fuente: Leonardo M. D’Espósito, La Nación

