Elías Crespín, el venezolano que le puso una «onda» contemporánea a las escaleras del Louvre

Elías Crespín vive hace doce años en París, unió el mundo del arte con la informática y se convirtió en el primer artista latinoamericano vivo en tener una obra en el Museo Louvre

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Esa caminata con Bárbara, su madre, por el frente de la torre Montparnasse, el mirador más hermoso de París, fue interrumpida de repente. El teléfono sonó como en un día normal. Una llamada más, hasta que dejó de serlo: del otro lado de la línea una voz femenina le hizo una propuesta que le cambiaría todo en un segundo. «Hola, Elías. ¿Cómo está? Lo llamamos de parte del Presidente del Museo Louvre. Queremos saber si le gustaría asistir a una reunión en su despacho». Entre un millón de posibilidades, estaba claro, no había ninguna que tuviese un no como respuesta. Lo que el hombre no sabía era que empezaría a formar parte de la historia al convertirse en el primer latinoamericano en crear una instalación permanente en el museo más visitado del mundo.

«Cuando vieron mi obra expuesta en el Grand Palais, me comentaron que posiblemente se comunicarían, pero no les creí. Nunca pensé que me sucedería esa fortuna», comenta Elías Crespín, artista venezolano distinguido por transformar el lenguaje informático en una creación tangible valiéndose del arte cinético.

"LOnde du Midi (La Onda Meridional)" consiste en 128 tubos metálicos negros y azules colgados a través de hilos motorizados que, en su conjunto, realizan una danza muda a partir de programaciones
«LOnde du Midi (La Onda Meridional)» consiste en 128 tubos metálicos negros y azules colgados a través de hilos motorizados que, en su conjunto, realizan una danza muda a partir de programaciones Crédito: © musée du Louvre / Antoine Mongodin


Transcurrió un poco más de un año desde esa llamada, hasta que L’Onde du Midi (La Onda Meridional) vio la vida en la columnata de la Escalera Sur del Louvre, donde está emplazada desde enero. La instalación está formada por 128 tubos metálicos negros y azules colgados a través de hilos motorizados que, en su conjunto, realizan una danza muda a partir de configuraciones que evidencian los claros conocimientos del artista en informática.

¿Pero cómo es que un ingeniero informático terminó virando al arte? El crisol de influencias que conformaron al Crespín de hoy dan cuenta de ello. «De pequeño ayudaba a mi abuela a doblar alambrecitos o imitaba su propio trabajo. Ella me daba los materiales y yo creaba. También me dio clases de acuarela. Tengo guardada una obra de puntillismo inédita que realicé con ella», recuerda ahora entre risas. Su abuela fue Gertrud Goldschmidt. «Gego», ingeniera y artista alemana, muy joven emigró a Venezuela, país donde se hizo reconocida internacionalmente por una obra realizada con pequeños alambres de aluminio y acero desplegados en forma de constelación a la que llamó Reticuláreas, realizada en 1969 para el Museo de Bellas Artes de Caracas.

Junto a Gego, los padres de Elías complementaron y motivaron precozmente la inclinación por el artista hacia su faceta más exacta. Por eso el caraqueño aprendió a programar desde los 14 años en una vieja computadora que heredó. «Los juegos en el auto con mi papá se trataban de responder conceptos iniciales de matemática, mucho antes de que pudiera aprenderlos en el colegio», cuenta.

Pintura, aluminio, nylon, computadora, interface: un programa ordena cada uno de los elementos de la obra de Crespín y los transforma en una danza que es dirigida diariamente por instrucciones de motores en el Louvre

Pintura, aluminio, nylon, computadora, interface: un programa ordena cada uno de los elementos de la obra de Crespín y los transforma en una danza que es dirigida diariamente por instrucciones de motores en el LouvreCrédito: Manuel Martinic

Pero, luego de recibirse en la facultad y durante su carrera laboral, Crespín se dio cuenta de que su trabajo diario no era igual a «aplicar la matemática y ver cómo se movían puntitos de colores en la pantalla de su portátil». A menudo, sus tareas eran mucho más aburridas y el inconformismo con su profesión yacía latente: «Lo que me faltaba, lo encontré conjugando lo que había estudiado durante mi carrera con ideas artísticas», precisa.

El punto de quiebre final para lanzarse de lleno en el mundo del arte fue la convivencia en esa Caracas de principios de siglo XXI. Una ciudad que no tiene mucho que ver con Marcel Duchamp y su Bicycle Wheel, considerada una de las primeras obras de arte cinético; pero que sí tiene mucho en común con una capital cosmopolita que a partir de los 60 tuvo a artistas como Jesús Rafael Soto, Alejandro Otero y Carlos Cruz Diez, que la transformaron en un importante epicentro del cinetismo como arte público.

Luego de dos años de ensayos y errores, en 2004, se empezaría a bosquejar el Elías que ahora conocemos. Fue cuando presentó su primera obra, Malla Electrocinética I, realizada con acero inoxidable, plomos, nylon, motores, equipo e interfaz electrónica. Los factores que van configurando el sentido estético tienen mucho que ver con la cultura personal, la lectura, las elecciones cotidianas en materia de sentimientos y hasta los intereses diarios. En relación con esto, Crespín tiene una metodología bastante clara al momento de nombrar a sus obras: «No me gusta inducir ideas o contextos al espectador. Trato de mantenerme lo más al margen posible, por eso mis obras tienen, en su mayoría, nombres formalmente descriptivos», aclara. Y además agrega: «Todo depende del poder de interpretación y la sensibilidad del espectador».Sin embargo, Elías no peca de ingenuo. Sabe perfectamente que, una vez que se alcanzó la aceptación y el reconocimiento por parte del espectador, es muy fácil caer en un espiral de complacencia que podría resultar en una meseta terrible para cualquier artista que busque siempre aportar un balón de oxígeno a una sociedad muchas veces desencantada y, en ocasiones, perdida. «Lo mejor es tratar de permanecer en la abstracción lo máximo posible. No deberíamos crear esperando complacer al otro», sentencia.

Elías Crespín, el primer artista latinoamericano vivo en tener una obra en el Louvre. Obra L'Onde du Midi, 2020 Painted Aluminium, nylon, motors, computer, electronic interface 953 x 150 cm Louvre Museum© Elias Crespin
Elías Crespín, el primer artista latinoamericano vivo en tener una obra en el Louvre. Obra L’Onde du Midi, 2020 Painted Aluminium, nylon, motors, computer, electronic interface 953 x 150 cm Louvre Museum© Elias CrespinCrédito: Manuel Martinic

Para Elías, tanto en el arte, como en la vida, «cada persona puede pensar lo que quiera, siempre y cuando se respete al otro». Y añade: «Es difícil emitir un juicio acerca de qué es arte y qué no lo es. Cada vez hay nuevas manifestaciones que se incluyen en el campo del arte y lo más enriquecedor es que siempre hay que analizar los porqués».

En cuanto al talento, Crespín considera que se conforma tanto de habilidades innatas como natas, pero si tuviese que agregarle alguna característica a sus obras, sería un talento que el artista venezolano considera que no posee, en parte, por una arritmia que le diagnosticaron desde pequeño: «Le agregaría música, pero no para hacer danzar a la obra, sino para que se adapte al movimiento de esta «.

Vivir en París

Tras doce años en París y siendo parte del éxodo masivo de venezolanos que, debido a la continua crisis política, económica y social dejaron de su país, Crespín recuerda su terruño y afirma que un rasgo distintivo en su obra es «la armonía como un modelo de venezolanidad que hoy esta regada en el mundo entero».

Por ahora, el creador de L’Onde du Midi no tiene pensado volver a Venezuela, pero ante la pregunta de un hipotético regreso de 15 minutos, responde: «Iría a ver Reticuláreas, de Gego. Porque es una obra hermosa e inmersiva, y es de mi abuela y hace mucho que no la veo».

Para Elías, hay un «alguien que estableció todas las reglas del universo». Este universo que alineó los planetas para que él, sin proponérselo, entrara al Louvre para integrarse con su obra a la escalinata que le hace de espejo a Athanor (2007), el hombre desnudo bajo el cielo, del alemán Anselm Kiefer. Y que completa Techo (2010), del americano Cy Twombly, ubicado en la Sala de los Bronces; y L’Esprit d’Escalier (2010), de François Morellet, emplazado en las ventanas de la escalera de Lefuel.

L’Onde du Midi está gobernada por un programa central que ordena cada uno de sus elementos y los transforma en una danza que es dirigida diariamente por instrucciones de motores en el Louvre. Mientras tanto, Crespín cae en cuenta de algunas singularidades: «Me voy a morir y mi obra va a seguir ahí». Ya se han escrito manuales de mantenimiento para prever todo tipo de situaciones que a futuro puedan suceder con la obra, y que abarcan desde el mantenimiento preventivo hasta el cambio de alguna de sus partes. «Qué pasará en 200 años, ¡no lo sabemos! A lo mejor es todo ya telepático con interfaces mente-dispositivo», augura.

El artista venezolano Elías Crespín con su obra "Trialineados Fluo Vert", de 2016, otra muestra de su comunión entre informática y arte cinético
El artista venezolano Elías Crespín con su obra «Trialineados Fluo Vert», de 2016, otra muestra de su comunión entre informática y arte cinético Crédito: Pascal Maillard

Elías anda en bicicleta por todo París, es amante del cine de ciencia ficción, entusiasta de la música clásica barroca, aunque confiesa su predilección por Bach, y hasta admite que emplea los trucos y arreglos del último gran maestro del arte del contrapunto para hacer analogías en las danzas de sus obras: «Empleo sus lógicas, cánones, compresiones, alargamientos y superposiciones de fases para inspirarme y reflejar ciertas analogías de su composición en mis creaciones».

Sin duda, el Louvre es un museo que históricamente ha favorecido el arte antiguo y moderno. Aunque, desde el aterrizaje de Kiefer pareciera que va en contra natura al darle espacio a proyectos de artistas vivos. Tal vez, abrirle las puertas al arte contemporáneo sea una nueva manera de mirar el arte del pasado. Y, en este panorama, la obra de Crespín deja su legado hacia la posteridad.

Fuente: Bárbara Montilla, La Nación