¿Imaginó Julio Verne la ciudad de La Plata en una de sus novelas?

En su literatura futurista, el célebre escritor francés anticipó muchas creaciones futuras. ¿Puede hallarse también un antecedente de la creación de la capital bonaerense en su utopismo urbano?

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El escritor francés Julio Verne (Jules Gabriel Verne, 1828-1905) y una panorámica de la ciudad de La Plata con su catedral en primer plano

Fue hace un par de décadas, cuando se abrigaba en el medio local la expectativa de convertir a la ciudad de La Plata en “Patrimonio de la Humanidad”, que corrió, quizá como argumento adicional de marketing, la versión de que Julio Verne habría retratado a la capital bonaerense en la novela Los quinientos millones de la Begún publicada en fascículos en 1879, con hermosos grabados de L. Benett, uno de los dibujantes de cabecera del autor.

Quizá no sea el trabajo del escritor más conocido entre nosotros, pero aquella circunstancia de la postulación platense motivó su renovada lectura en clave de anticipación, llegando a arriesgarse sin pruebas a la vista (¡cuándo no!) unas conexiones masónicas entre el arquitecto Pedro Benoit y el literato francés. Nicolás Colombo enumeró algunas de estas versiones “conspirativas” y legendarias en su artículo “La ciudad de Julio Verne”, publicado en El Día de La Plata en 2017. Lo cierto es que los detractores del proyecto de Dardo Rocha apelaron a las “ideas fantasiosas” de Julio Verne -aunque en términos muy generales y no específicamente referidos a Los quinientos millones…– para tildar de absurda aquella fundación del año 1882.

La obra es por momentos compleja, pues a la par de la trama novelesca complacida en el espionaje, contiene una formulación utópica epocal y una admonición moral acerca del poder del dinero, sumadas a un manifiesto político en clave de alegoría, que refleja los resentimientos que siguieron a la guerra franco-prusiana de 1870-1871. Allí están los retratos intencionados del peor perfil alemán y del mejor perfil francés. Ello viene a recordarnos la advertencia de Miguel Salabert (en Julio Verne. Ese desconocido, Madrid, 1985) acerca del equívoco de “encasillar” a Verne en el anaquel de la “literatura infantil”, cuando sus obras, tras el ropaje del relato de aventuras, ocultan significados poéticos, filosóficos, científicos, políticos y simbólicos que difícilmente puedan captar los niños.

La novela en la cual Julio Verne imagina una ciudad ideal

El argumento de la novela

La acción de Los quinientos millones de la Begún comienza en octubre de 1871 (vale decir, nueve meses después de la firma del armisticio franco-prusiano) y se extiende hasta 1876. Narra la historia de una herencia fabulosa, “un caudal enorme, colosal, insensato” en palabras de uno de sus protagonistas: quinientos millones de francos, en apariencia vacantes, legados por la Begún o Begum, una princesa bengalí del más alto rango.

La disputa por la herencia ocurre entre un médico francés y un químico alemán, ambos parientes lejanos de la difunta, y conduce al arbitraje de abogados ingleses (nótese que la llamada Conferencia de Londres para poner fin a la guerra entre ambas naciones continentales había tenido lugar, también, en enero de 1871). Una mediación que tampoco deja bien parados a los británicos, ávidos de aumentar sus honorarios.

Pero el núcleo principal del argumento es la construcción de dos ciudades opuestas en todo sentido, edificadas por los contendientes a expensas de la suculenta herencia. En su caracterización reina un eco maniqueo, aunque secularizado, del postulado de San Agustín de Hipona en La ciudad de Dios: que “dos amores fundaron dos ciudades”. Pero en este caso las razones teológicas van a ceder su sitio a las razones morales e higiénicas.

Ambas ciudades estaban radicadas en los Estados Unidos de Norteamérica, a diez leguas del Pacífico, al sur de Oregon.

La “distopia” urbana: Stahlstadt

La ciudad fundada por el inescrupuloso alemán Herr Schultze se denominaba Stahlstadt, la Ciudad del Acero, donde se fundían cañones de todas las formas y calibres, prácticamente indestructibles merced a unos “secretos químicos celosamente guardados” y disponibles para el mejor postor. Ya desde el comienzo, pues, la ciudad malvada y su malévolo mentor traen los rasgos que, en la propaganda de los franceses, asumían las factorías de Essen y la figura del consorcio familiar Krupp. Ciertamente, como señala Salabert, aquella firma alemana fabricante de armas había exhibido en la Exposición Universal de Paris de 1867 un cañón gigante que Verne tuvo ocasión de ver.

La descripción del enclave alemán trasplantado a América del Norte resulta opresiva: un rincón apartado, rodeado de desiertos, aislado del mundo por un muro de montañas, a quinientas millas de la población más inmediata. Verne agregaba que allí “se buscaría en vano un vestigio de esa libertad que ha fundado el poder de la República de Estados Unidos…” Una intuición distópica que, en opinión de algunas facciones libertarias contemporáneas, no estaría tan lejos del presente.

La ciudad aparecía amurallada, clausurada con puertas macizas y circundada por una línea de fosos y fortificaciones de referencias medievales. El acceso al recinto sólo podía ser franqueado mediante una contraseña o “pase” de tramite burocrático. Al primer muro exterior seguían los carriles de un camino de hierro de circunvalación y, luego, otro muro interior. Su planta era una circunferencia cuyos sectores, como radios de una línea fortificada, permanecían independientes los unos de los otros, aunque la muralla y el foso fueran comunes. No había, pues, convivencia en el sentido propio dentro de la ciudad, ni espacios de recreo o de ocio, aunque si la posibilidad de una eficaz vigilancia al modo de un panóptico, sobre unos habitantes convertidos en números sin identidad.

Stahlstadt, la Ciudad del Acero (grabado de L. Benett)

Ya antes, Nicolás Maquiavelo había dicho en el capitulo décimo de El Príncipe que las ciudades alemanas eran “de tal modo fortificadas que si alguien piensa en su asalto, resulta prolongado y difícil, porque todas poseen fosos y muros convenientes, y suficiente artillería”. Quizá este cliché estuviera en la mente del autor.

Pero Stahlstadt era, además, una moderna urbe industrial, con filas de edificios uniformes y grises perforados por ventanas que “parecían más que cosas inertes, monstruos vivos”, y donde del ruido de las máquinas era permanente y ensordecedor.

Según Pierre Versins, autor de Verne, un revolucionario subterráneo, existen en los elementos de esta ciudad algunos temas de anticipación futurista que Verne pudo obtener de fuentes anteriores:

1-el gigantesco cañón que ya había aparecido en escena en De la Tierra a la Luna, pero que, a su vez, había sido introducido en 1728 por Murtagh Mc.Dermot en A trip to the Moon; y

2-la satelización de un obús teledirigido (que tendría su mejor momento en la Primera Guerra Mundial) que, en este caso, podría ser una idea original de la novela, aunque ya se conocían ensayos desde décadas anteriores.

Quizá podríamos agregar, también, la visión de la capacidad de destrucción masiva inherente a un arsenal químico y algunas otras innovaciones como las “bombas en racimo”, las “conferencias telefónicas” en tiempo real, etcétera.

El cañón de acero, tal como lo imaginó Verne y dibujó Benett

La “utopía” urbana: France-Ville

Que el utopismo social y político no es una idea original en Julio Verne resulta una obviedad, porque utopistas y utopías los hubo desde el fondo de la historia de Occidente, hasta el presente: la República de Platón. La Ciudad de Dios agustiniana, la New Atlantis de Bacon, la Insula Utopi de Tomás Moro, la République de Bodin, la Ciudad de los Fins de Kant, el anarquismo de Proudhom, la ciudad sin clases marxista… por no mencionar los escenarios que vienen insinuando los profetas del globalismo (desde el utopismo cibernético de Bill Gates hasta el pauperismo universal y ecologista de Bergoglio).

Lo que tienen en común las utopías clásicas -aquellas que metamorfosean e idealizan a la ciudad óptima según las matrices culturales dominantes- es su carácter “mítico”. La ciudad ideal, en cualquiera de sus formulaciones históricas, es un mito, o sea, la expresión imaginaria de un arquetipo que, ya desde la etimología griega de la misma palabra utopía, nos advierte que su implantación no se verifica en “ningún lugar”. De eso se trata la tesis de Roger Muchielli, El mito de la ciudad ideal (1960).

Pero mientras la versión antigua de la utopía se orientaba hacia el logro de la “concordia” civil, su versión moderna parte de objetivos ideológicos y “constructos” tales como la revolución, o la igualdad o el bienestar burgués. Más aún, en el conjunto de la Modernidad adviene una utopía de carácter “higienista” que Verne asume como propia y que, quizá hoy, pueda revestirse del envase posmoderno que provee el utopismo ecologista.

Más todavía, mientras en las anteriores utopías políticas y sociales existía una primacía de los fines morales, y su urbanismo resultaba un accesorio por añadidura, en los imaginarios primariamente higienistas la morfología urbana pasa a ocupar el centro de la escena y es la causa de los subsiguientes beneficios sociales que se corresponden con una convivencia moralmente satisfactoria.

Volvamos entonces a Verne y a su ciudad ideal, edificada, lógicamente, por el protagonista francés, el doctor Sarrasin, cuya personalidad está hecha toda de delicadeza, honradez, cultura y filántropa, es decir, en las antípodas psicológicas y éticas de su símil alemán.

El modelo es, pues, la versión higienista de la utopía urbana, marcada por las tendencias epocales que encontraron cauce teórico en Charles Fourier, entre otros, y desarrollos prácticos en diversas reformas de la infraestructura y la normativa en las principales capitales europeas, como por ejemplo el Acta de Salud Pública de Londres de 1848.

En la descripción pintoresca y bucólica de France-Ville, el contraste con la sordidez lúgubre y pegajosa de la Ciudad del Acero acentúa las motivaciones sanitarias del buen doctor Sarrasin: las aglomeraciones humanas son focos de infección que, al provocar enfermedades y disminuir la salud, hacen decrecer las fuerza productivas. La ciudad ideal sería algo así como un modelo ecuménico para la humanidad entera y en ella todos encontrarían empleo.

France-Ville, Julio Verne la imaginó con cien mil habitantes

El espíritu progresista romántico y anticlásico del nuevo paradigma quedaba resuelto en la cuestión del nombre. Dice Sarrasin ante el Congreso de Higiene: “Guardémonos de dar a la futura ciudad ninguno de los nombres que bajo el pretexto de derivarse del griego o del latín, dan un aspecto de parentesco a las cosas. Será la ciudad del Bienestar, pero yo pido que su nombre sea el de mi Patria y que la llamemos France-Ville”. Y agrega el autor que de ese modo se la consideró ya “verbalmente fundada”, supliendo con el solo consenso científico los mandatos del rito tradicional encarnados en el “homo conditor” del mundo antiguo.

La recuperación del orgullo nacional francés, herido ahora por la derrota ante Alemania, ya venia siendo ensayada a través de la búsqueda de expresiones culturales vernáculas por parte de Chateaubriand, Viollet.le-Duc, Victor Hugo o Próspero Mérimée, como ideólogos de un neogoticismo literario y artístico refractario al canon clasicista del Imperio napoleónico. Era la reivindicación de una identidad que hundía sus raíces en el pasado galo y franco, de los merovingios, los carolingios y los capetos, y que llegó al cenit cuando Napoleon IIIº mandó a erigir la enorme estatua del caudillo Vercingétorix, el enemigo de los romanos…aunque dotada de sus propios rasgos fisiognómicos. Muchos años más tarde llegarían al imaginario popular francés Astérix y Obelix.

El emplazamiento elegido para France-Ville era un terreno fértil y salubre, próximo a una cadena de montañas que detenía los vientos desfavorables, dejando pasar la brisa del Pacifico. Estaba surcada por un riachuelo de agua dulce, fresca y oxigenada, y dotada de un puerto natural fácil de ensanchar. Un “comité de organización” estaría a cargo de la concesión de las tierras, la mensura y otras tareas topográficas, lo mismo que la edificación, que sería planificada y dirigida por europeos aunque concretada con mano de obra china (como el tendido del ferrocarril del Pacifico en los Estados Unidos).

El ferrocarril que unía la ciudad al territorio

Sin imponer una tipología uniforme, sin embargo, los edificios debían ajustarse a un decálogo de normas tales como el perímetro libre de las construcciones, viviendas unifamiliares, lotes arbolados, retiro de la línea municipal, ubicación de las cocinas en la planta alta de las casas, pisos interiores de madera, paredes revestidas con ladrillos lavables, chimeneas con conductos de ventilación subterráneos etcétera.

También se regulaba el ordenamiento general urbano: dotación inicial de edificios públicos como iglesia, museos, bibliotecas, escuelas y gimnasios, calles empedradas con madera y veredas de piedra, pocos hospitales (solo reservados para casos urgentes o para extranjeros), calles cruzadas en ángulos rectos y forestadas con arboles y, cada quinientos metros, el ensanche vial a través de un bulevar o alameda, con un carril para transporte público, plazas dotados de jardines con esculturas etc.

Curiosamente, en tan minucioso planeamiento del espacio público, Verne omite el cementerio, un tema complicado desde el punto de vista sanitario y donde la propuesta de cualquier método industrial de eliminación higiénica hubiera chocado con el pudor cristiano de la época.

He allí plasmado el mito de la perfección urbana, cuyos efectos morales se trasladarían inmediatamente a la totalidad de la vida social, material e intelectual. France-Ville sería una “nueva Atenas, francesa de origen”. Y frente a ella, Stahlstadt se erguía como una amenazante Esparta, porque según Verne, el rey del acero odiaba la obra de Sarrasin y ansiaba destruirla, como en palabras de San Agustín, el demonio odiaba a la ciudad de Dios.

La ciudad de la Plata en sus comienzos (http://archivofotografico.mosp.gba.gov.ar/)

La viñeta dibujada por Verne era, en definitiva, la metáfora triunfal de una posguerra contrafáctica, con la cual el escritor intentaba redimir el honor lastimado de su patria, y evocaba los odios residuales de aquella contienda donde, como había dicho Federico Nietzsche, no necesariamente había salido victoriosa la superioridad moral del vencedor, sino más bien la supremacía tecnológica y la destreza puramente militar.

En cualquier caso, tal vez ello fuera, además, una lección que Verne ponía delante de sus compatriotas, ya que al final de la novela, muerto Schultze y pasados sus caudales a manos de Sarrasin, al menos los adelantos de Stahlstadt en materia de tecnología bélica pudieron ser aprovechados en favor de la defensa de France-Ville contra un futuro agresor. El sentido de la organización y la eficiencia alemanas podía ser un motivo de admiración para muchos franceses que evaluaran objetivamente la derrota de 1871.

Verne, utopista-urbanista

Julio Verne se interesó explícitamente en las cuestiones urbanísticas y no es de extrañar que estuviera de sobra familiarizado con las obras teóricas de su época y con las iniciativas empíricas. Téngase presente su costumbre de suscribirse a cuanta revista científica circulara, en cualquier idioma. Un cierto ambiente de utopía urbanista era perceptible en Francia en los tiempos en que escribía sus novelas y se aventuraba, además, en la política. Era el mismo ambiente que rodeó, en nuestro territorio, la fundación de ciudades rupturistas como La Plata, o, incluso antes, el pueblo veraniego de Almirante Brown (luego llamado Adrogué).

Una grúa móvil sobre una vía férrea (L. Benett)

La intención de Verne en cuanto a ofrecer una antítesis de concreciones urbanas en Los quinientos millones de la Begún quedaba explícita en uno de los títulos alternativos propuestos y que, según Salabert, fue descartado por su editor: Historia de dos ciudades modelos.

Ya antes de publicar Los quinientos millones…,, Verne había pronunciado una lectura en la Academia de Amiens, titulada “Amiens en el año 2000″, y luego publicada bajo el titulo de “Amiens la ciudad ideal”.

Un dato más revelador acerca de las ideas de Verne en esta materia es su participación como candidato en las elecciones municipales de Amiens en 1889, integrando una lista “ultra-roja” sumamente progresista. El propio Verne justificó su filiación explicando que deseaba ocuparse de cuestiones de “urbanismo” y que el partido donde participaba era, a su juicio, el más cercano al triunfo electoral. Su coartada era bien pragmática.

Marcel Moré ve en esta suerte de excusa una máscara deliberada de sus ideas políticas. Tal vez así sea, pero lo cierto es que el hecho guarda coherencia con la conferencia de 1875 y con la novela de 1879, y bien podría ser el corolario llevado a la acción, de concepciones teóricas de vieja decantación en su cabeza.

Un viaje realizado en marzo de 1867 a los Estados Unidos le ofreció la ocasión de visitar y describir la ciudad de Nueva York, a la cual encontró monótona a causa del damero de calles y avenidas cortadas en ángulo recto, “apenas mas variado que un tablero de ajedrez” escribió. Curiosamente este esquematismo de la cuadrícula, tan acostumbrado para los porteños, lo adoptó doce años mas tarde al planificar imaginariamente a France-Ville ¿Una maduración racionalista del utopismo romántico, influenciada por su percepción empírica de Norteamérica? Quizá. Ciertamente, los rasgos emprendedores de los norteamericanos (ya advertidos en De la Tierra a la Luna) los pudo comprobar in situ y no son ajenos al carácter ejecutivo del doctor Sarrasin, el héroe planificador de France-Ville. Tampoco es casual que el enclave de la ciudad ideal sean las cercanías de las costas del Pacifico.

«Los quinientos millones de la Begún», de Julio Verne

En cualquier caso, si nos parece natural reconocer en Verne a un burgués progresista del Segundo Imperio y la Tercera República, su progresismo no parece alinearse con el ideario ortodoxamente socialista y mucho menos comunista, sino más bien revela una tendencia anarquista y nihilista, un “romanticismo científico”, aunque suene contradictorio, tanto como la coexistencia de ciertas simpatías “orleanistas” con su adscripción al liberalismo revolucionario de 1848… Al fin y al cabo el capitán Nemo, el héroe verneano par excellence, luchaba por la liberación de los pueblos oprimidos con el estandarte negro del nihilismo (incluso su nombre en latín significa “Nadie”), pero lo hacía dotado de un instrumento altamente tecnológico, el submarino “Nautilus”…

Para finalizar, entonces: ¿pudo Julio Verne haber imaginado la ciudad de La Plata? Ni podría afirmarse con certezas documentales, ni podrían analogarse por entero los rasgos de la capital bonaerense con aquellos otros de la ciudad idealizada en la novela. Imaginó sin duda una ciudad inspirada en indicadores de higiene epocales, similares a los que confluyeron en el diseño territorial de La Plata partiendo desde cero, aunque en la traza de France-Ville falten las inconfundibles diagonales, y en su edilicia no aparezcan las tradicionales medianeras italianizantes de la arquitectura platense.

Alguna vez, conversando con el historiador de la arquitectura Alberto S. J. de Paula, nos salió al cruce este interrogante. Y la respuesta del querido amigo y maestro fue que, si quisiera hallarse un símil entre la ciudad utópica que Verne imaginó en Los quinientos millones… y algún caso en nuestro país, no sería precisamente La Plata el mejor ejemplo, sino más bien Mar del Plata o Adrogué, como modelos cargados de un rupturismo pintoresco e higiénico, ya desde su concepción.

La ciudad de La Plata en sus inicios (Thomas Bradley http://archivofotografico.mosp.gba.gov.ar/)

Fuente: Infobae