Julieta Venegas: “Voy en sentido contrario a esta rapidez que hoy se nos pide”

La cantautora mexicana despunta otro de sus talentos, la escritura, con un libro de memorias, que escribió entre recuerdos personales y reflexiones culturales.

Crecer en Tijuana es hacerlo en dos lugares a la vez. Ahí, en la frontera entre México y los Estados Unidos, si se pone el dedo en el mapa de México, hay que ir hasta la punta más alta del noroeste para tocarla. Esa línea que separa los dos países es el punto exacto en donde crecí, en donde toda mi familia ha hecho su vida”, escribe Julieta Venegas en su primer libro, Norteña, memorias de un comienzo, que acaba de editar en nuestro país Blatt & Ríos. Casi en simultáneo sale a la luz un disco homónimo y ambas obras, un poco dípticas, van hacia la Julieta tijuanense, hacia aquella que encontró en la música su lugar en el mundo.

En ella convivirá esta dicotomía, este contraste, a lo largo de su vida y de su carrera: un poco de allá, un poco de acá; un poco ácida, un poco salada –definitivamente dulce–; un poco aniñada, pero “viejita”, como le decían sus contemporáneos cuando se elegía la ropa en ferias y sus gustos se inclinaban por lo que nadie veía ni quería.

La frontera, lo liminal, será su constante, la zona artística de la que se irá apropiando Venegas para fundar su sello. Su identidad es, como la frontera, un territorio compartido; un juego de espejos en el que su propia imagen es un diálogo entre dos cuerpos gemelos. Es el misterio de la correspondencia absoluta; la certeza de que, desde el comienzo, su mundo no se divide solo en países, sino en ese par de ojos idénticos que le devuelven la mirada y la mantienen, para siempre, en un estado de armónica dualidad.

“Leo más de lo que escucho música en mi casa, hay algo con la palabra que siempre me ha apasionado”

–¿Cómo aparecen, después de tantos años en la música, las ganas de ir hacia lo literario? –Hace ya varios años que venía con la idea de escribir algún tipo de memoria, pero siempre me quedaba ahí, e iba por otro disco. Y cuando empecé a hacer este último álbum, que se llama Norteña, también se fue convirtiendo en una especie de memoria musical, lo que yo sentía más cercano a mí, los sonidos familiares de mi infancia y mi adolescencia. Lo vi como un proyecto de memoria en el cual también entraba la posibilidad de trabajar el texto que había pensado. Escribí el disco y lo grabé mientras escribía el libro, y cuando terminé el disco, seguí trabajando. En un momento pensé que iba a ser un gran proyecto que iba a terminar en nada, pero se fue dando. –Las dos obras juntas trabajan casi como una díada y van a esa Julieta más profunda, más tijuanense, más fronteriza, del límite. En el libro varias veces hablás de que tus primeras canciones no eran las que cantaría tu madre. Esta nueva etapa, ¿cambió algo en las canciones actuales? –Sí, definitivamente. Es más, mi mamá es la única que tiene el disco desde hace meses. Siento que sí, que llegué a ese punto en el que la creación es una celebración en todo sentido, que se fue hacia la escritura y hacia la música. Este aspecto familiar aparece mucho porque, finalmente, creo que fue mi familia la que formó esa cosa que tengo con la música. No fue la profesión, ni que estudié piano, viene realmente de mi madre y su familia. En estas obras hay mucho de ella y mucho presente. Más que una bitácora, lo tomé todo como una especie de proyecto de memoria completo. Trabajé en dos líneas que me son familiares, a las que les dedico mucho tiempo, porque casi diría que leo más de lo que escucho música en mi casa, hay algo con la palabra que siempre me ha apasionado, no solamente para inspirarme en lo que hago, sino también para vivir. Por eso me pareció muy bonito que se juntara todo esto a la hora de trabajar el disco. La escritura me relajaba, sentía que era a cocción lenta, que tenía que darle tiempo y eso también está bueno, me gustó darme cuenta de eso. La escritura tiene que ser a su ritmo, nadie la puede apurar. Además, no había ninguna obligación de terminarlo, se empezó a desarrollar a su ritmo y eso me impuso a mí también un ritmo… Pensé: “Ah, esto es otra cosa y este proyecto es otra cosa, tengo que darle mucho tiempo”. –Se filtra en tu hablar algo de acento argentino… –Sí, seguro que sí (risas). Mi hija acaba de regresar a Buenos Aires [N.de R.: donde tanto la artista como su hija vivieron varios años] y está superporteña; la verdad es que tenemos mucha presencia de la Argentina en casa. –¿Por qué decidiste que el libro terminara con la edición de tu primer disco? –Me intrigaba más la pregunta de por qué llegué a la música o cómo me construyó la música que el hecho de sacar ese disco y todo lo que pasó luego. Fui a esa pregunta: cómo llegué a la música, cómo llegué a esta vocación de la música, no a todo lo que pasó después. –Decidiste lanzar el libro en cinco países a la vez, pero por editoriales independientes, y alejarte de los sellos grandes. ¿Por qué? –Admiro mucho a las editoriales independientes. Todas las que elegí son editoriales que quiero mucho, que he leído, y admiro su trabajo. Siento que las independientes se acercan de otra manera a lo que publican y tenía ganas de hacerlo así. También era un desafío; ver qué pasaba si lo hacía así. Me resultaba bonito, porque ya trabajé con una multinacional para mis discos, ya conocía eso, conozco ese camino. Y esta ha sido una experiencia muy enriquecedora, otra manera de trabajar. Estoy muy emocionada con este proyecto. –Yendo al concepto de memoria, de autobiografía, ¿a qué se debió este alto, esta pausa para hacer una reflexión y una exploración de tus recuerdos? –Estoy en un momento en el que he podido sacarme muchas trabas que tenía con respecto a la escritura. Siempre me ha gustado escribir, toda la vida he escrito diarios, pero siempre de manera oculta. Las canciones me daban una posibilidad, porque a pesar de que son muy autobiográficas, son también muy abiertas a la interpretación. Llegar al texto me parecía más difícil y de mayor exposición, por eso me tomó tiempo. En un momento sentí que era algo que tenía que trabajar, porque lo sentía atorado. Entonces, y no solamente por la escritura, sino por mí misma, me di cuenta de que quería destrabar estas cosas, poder contarlas y no sentirme tan aterrada de hacerlo. Fue un ejercicio sacarme el pudor, decir: “Bueno, pues, soy esto”; una aceptación que fue parte de ese proceso que tuve que vivir para poder llegar a la escritura.

“A mí nunca se me han subido los humos, porque llego a Tijuana y me los bajan en dos segundos. Hay una cosa muy natural de cómo me relaciono con la gente ahí”

–Un poco a contramano de estos tiempos, de esta vertiginosidad que casi aturde… –Creo que estoy yendo un poquito en sentido contrario a la rapidez que se nos pide, de esta cosa agitada de la época. Este proyecto fue de cocción lenta, fue muy largo el proceso desde la primera vez que pensé que quería hacer este disco, que fue hace como cinco años, hasta también el libro. Después de todos los talleres de escritura que tomé en la pandemia empezó a estar este texto pendiente. La manera en cómo estoy escuchando música, la manera en cómo estoy pensando en mis proyectos, cada vez requiere más de ese tiempo para imaginarlos. No tengo ganas de apurarme para lo siguiente. Me gusta darle su peso y su tiempo, y si algo me he ganado con todos esos años de trabajo es la posibilidad de hacerlo de esta manera. –Este libro se mueve entre los recuerdos personales y una reflexión global, cultural. Hablás del amor, de la soledad, de la infancia, de la pertenencia, de la migración. ¿Sentiste en algún momento que esta historia tuya podía leerse como una historia colectiva? –Cuando lo escribía no pensaba que podría ser algo universal. Pero cuando leo a otras personas hablando de sus cosas, me dan ganas de contar las mías; ojalá que les pase a más personas. Contar tu experiencia es bonito, es bonito para ti y para otros también. Es tan individual lo que vivimos cada quien, y a la vez hay muchas cosas que nos conectan. Pero yo no estaba pensando en eso cuando lo escribía, estaba tratando de encontrar las palabras para contar la mía. Siempre pienso en el libro Me acuerdo, de Joe Brainard, que decía que después de tres “me acuerdo” tú ya quieres hablar de lo que a ti te pasa. –¿Cómo es la nueva faceta de Julieta escritora? –En cierta manera, es totalmente diferente a la de la música. La escritura te muestra mucho más. Terminé admirando la disciplina de los escritores… La música es mucho más familiar para mí, incluso este es el primer disco que voy a producir yo, porque no le veía sentido a llamar a otra persona para que me tratara de explicar cómo hacer un disco que yo ya tenía tan claro en mi cabeza. Ya había crecido mucho. Es como un proceso de soberanía. –¿Tuviste inspiraciones artísticas dentro de este género de biografías? –La primera diría que es Vivian Gornick, que me encanta. Fue la primera vez que leí una memoria que me parecía una novela; es brillante, lúcida y todo lo que surge de Vivian Gornick me parece mágico. Y después muchos ensayos personales, desde James Baldwin hasta Virginia Woolf. Me gusta mucho la memoria; voy a decir una obviedad, pero me gustan mucho las memorias de músicos. La vocalista de Everything but the Girl, Tracey Thorn, tiene varios libros muy bonitos. La cantante de Throwing Muses, Kristin Hersh, tiene uno que se llama Rat Girl que es casi una novela. Hay muchas músicas y músicos que han hecho libros de memorias que me parecen preciosos. Disfruto mucho, soy el público cautivo de las biografías de música. Estoy de gira y no hay nada mejor que leer un libro de alguien que está de gira.

Dos mundos

“Crecer en la frontera tiene algo de mezclar dos cosas muy distintas y que funcionen bien juntas. Así crecí, con muchos contrastes, y eso también lo digo en el libro. Soy una mujer de Tijuana, de una ciudad pequeña del norte de México, crecí en un colegio con cierta educación. Y también puedo ser otras cosas, tocar en mis bandas, juntarme con mis amigos de la banda, todo eso. Es muy chistoso, porque me acuerdo que, cuando me juntaba con la gente de Tijuana, me decían que me vestía como una viejita, porque tenía mi manera de vestir. Siempre me salió natural simplemente ser yo misma. Nunca me pregunté por qué era de una manera o de la otra”, explica cuando trata de poner en palabras esa mixtura, esa frontera que vive en ella desde siempre.

“Siempre me ha gustado escribir, toda la vida he escrito diarios, pero siempre de manera oculta”

–¿Cómo dialoga hoy ese crisol con la Julieta actual, después de tantos años de carrera?

–Yo lo traigo adentro; no me cambia realmente la circunstancia de tener más o menos tiempo en una carrera, si me va mejor o peor… Eso no afecta la relación con quien soy. Yo veo a mi madre, y a los dos segundos ya estamos en una sintonía que no tiene nada que ver ni con las giras, ni con los discos, ni con nada. Tiene que ver con ella y con nuestra relación, con mis hermanos, con mis sobrinos, con mis tías… Esas relaciones son las que me sostienen todo el tiempo, porque también me mantienen con los pies en la tierra. A mí nunca se me han subido los humos, porque llego a Tijuana y me los bajan en dos segundos. Hay una cosa muy natural de cómo me relaciono con la gente ahí. Yo lo aplico en todos lados, no tengo una manera de ser yo, Julieta cantante, y una manera de ser yo, Julieta hija.

–En el libro decís: “Algo queda de eso que fuimos, tanto ella como yo” en referencia a tu relación con Tijuana, la ciudad que tanto te marcó. ¿Qué queda?

–Yo sigo yendo a Tijuana y me sigo sintiendo chica, sigo viendo donde caminábamos con mi hermana, sigo recordándome. Es mi álbum de fotos, por más que haya cambiado mucho la ciudad y haya cambiado mucho yo. Pero sigue siendo un lugar donde me conecto con esa que fui. Mi familia sigue estando ahí, así que seguimos teniendo las mismas cosas que nos gustan hacer, también veo cosas bonitas que han crecido, hay algo cultural en Tijuana que siempre ha existido, pero que ahora cada vez es más autónoma, cada vez es menos dependiente de lo que pasa en la Ciudad de México.

–La palabra soledad aparece muchas veces en la obra y da título a uno de los capítulos. ¿Cómo es tu relación con la soledad?

–Es muy fuerte lo que tengo con la soledad. Cuando crecés, te remarcan mucho que hay ciertas cosas que no deberías de hacer, y querer estar sola es una de ellas. Te dicen que nadie debería querer estar solo, pero algunos sí lo queremos. No digo que siempre, pero me parece un elemento importante en mi vida y en la vida en general. Siempre he necesitado mucho espacio, mucha distancia de los demás para poder desplegarme. Ahora ya entendí esto, me gusta, pero no me gusta siempre. Antes era un tema mucho más conflictivo para mí. Ahora lo veo más natural y no me parece tan terrible. Hay muchos temas que he revisado en mí misma y he visto que me causaban conflicto porque antes ser mujer implicaba ciertas cosas, una de ellas no era estar sola, era estar en pareja, formar una familia… Todas esas cosas son de mi generación.

–Al leer tu historia, hay algo indudable: la intuición te acompañó siempre. Para irte de Tijuana, irte de Ciudad de México, vivir en la Argentina, volver a México, reunirte con el productor Gustavo Santaolalla, que fue clave en tu carrera. ¿Qué rol juega esa intuición hoy?

–Uno importante. Por ejemplo, mi hija tiene 15 años y se siente ya la distancia generacional. Es adolescente, en camino a convertirse en adulta, y las cosas que no sé de ella, las intuyo. Por más que me cuente cosas que son como de Marte para mí, yo busco en las bases, en qué sentimos cuando somos adolescentes. Se va complejizando la realidad frente a los jóvenes. A los niños y niñas les toca otra cosa: son personas que han crecido con internet, en un mundo completamente diferente a nosotros. La identidad que se crea dentro de internet es totalmente distinta. Y ahí aplico mucha intuición.

–El hecho de ser mujer, ¿te condicionó a la hora de entrar en el mundo de la industria? ¿Sentís que evolucionó en el tiempo o todavía queda mucho por hacer en ese sentido?

–En este momento siento que todos partimos de la misma posibilidad, aunque sí creo que a las mujeres nos tocan muchas luchas internas. Como mujer te toca ser muy lista y enfocarte en lo que querés, cómo lo querés hacer y todo eso. No tengo un punto de comparación; creo que ahora, de todas maneras, el mercado musical con las plataformas ha abierto mucho las posibilidades. Hay fenómenos mucho más espontáneos, muchos son de mujeres, muchos son de hombres, y ya no hay tantos filtros como antes, que estaba, por ejemplo, el ejecutivo de la disquera, el de la radio. Ahora es más directo, los proyectos se desarrollan de otra manera. La independencia te permite llegar de otras maneras.

–La defensa de esa soledad que mencionás tanto, tener éxito internacional, ser extranjera, fronteriza, son un montón de conceptos que no están asociados tradicionalmente con lo femenino. Ahora llegás a la literatura, que es un ámbito en el que las mujeres se abrieron paso siempre, en un gran momento, en el que Samanta Schweblin, por ejemplo, acaba de ganar un premio enorme. ¿Fue hostil ser mujer en la música, en la industria de la música?

–Yo no sentí hostilidad, he tenido mucha suerte. No sé si llamarlo suerte, pero siempre me he impuesto de una manera muy natural. No sentía ninguna duda de quién tenía que ser o cómo lo tenía que hacer en términos de cómo quería expresar mi feminidad. Aunque creo que es muy difícil verlo de una sola manera. Hay una cosa generacional en la expresividad femenina que tiene que ver con la sexualidad, que tiene que ver con el cuerpo y que también es muy natural. Yo siempre fui la más pudorosa del mundo. Jamás me hubiera visto en un rol sexy; además, no iba con mi música. Ya de entrada esa figura no existía como posibilidad en lo que yo presentaba. Más allá de eso, éramos pocas las mujeres compositoras. Hay algo en la composición femenina que creo que sí marca una diferencia y un espacio. Ahora es muy diferente. Estamos en un momento muy bonito de despliegue de creatividad en todos los sentidos, porque no solamente es creatividad, sino es expresividad, cómo esa mujer se presenta. Es un momento superinteresante porque ya no hay tanto juicio, eso de “tú tendrías que estar haciendo esto de otra manera”. De todos modos, es muy loco porque lo sigo viendo, charlando con chavas mucho más jóvenes que yo, compositoras que están empezando… En nosotras sigue esta cuestión de sentirnos impostoras, ese Síndrome del Impostor que te hace dudar de las propias capacidades. Me parece impresionante que todavía sea una sensación con la que muchas mujeres tenemos que pelear. He peleado mucho con eso y es increíble que, a estas alturas de mi vida, siga todavía presente. Lo bueno que tienen las nuevas generaciones es que se expresan de otra manera. A mí me tomó mucho tiempo liberarme de un montón de rollos por ser mujer, que ni siquiera venían de la gente con la que trabajaba o de la industria, sino de mí misma, de mi crianza. Tuve que quitarme de encima un montón de capas de inseguridades y decir: “Bueno, esto es lo que soy. No soy la mujer que se esperaba de mí, pero soy esta y está buenísimo, está genia

Fuente: La Nación