Kate Winslet en la piel de Mare of Easttown. Historia de un crimen que sana y redime

Protagonizado por una inolvidable Kate Winslet, el policial desnuda infiernos concéntricos en un pueblito de EE.UU.

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Es curioso lo que ocurrió con Mare of Easttwon, la miniserie de HBO creada por Brad Ingelsby y dirigida en su totalidad (siete capítulos) por Craig Zobel, que emitió su último episodio el domingo pasado. Aún cuando su estructura no tradicional proponía revelar en la instancia final la identidad del asesino del crimen planteado al inicio de la serie, ese elemento que fue creciendo en cada fin de capítulo no ocupó el lugar principal del relato. Ni siquiera el giro inesperado de guion en el final, que sorprendió a todos (menos a Stephen King, quien con su corazonada espoileó, sin querer, la identidad del asesino en Twitter). Decir que no importaba quizás suene exagerado. Porque es un policial, porque hay un crimen, porque hay que descubrir al asesino. Y porque el suspenso iba creciendo semana tras semana, junto con la expectativa del espectador.

A muchos de los que asistimos a una temporada en la vida de Mare Sheehan (Kate Winslet, en una nueva confirmación de que es una actriz extraordinaria) lo que nos mantenía en vilo era el desvelo de la protagonista por desafiar cada una de las mañanas heladas de ese pequeño pueblo de Pennsylvania, que parecía absorber en su aparente sosiego los fantasmas de un duelo inconcluso; un grito ahogado íntimo que se transformaba en el estado de ánimo de una comunidad.

Kate Winslet como una detective que debe revolver la basura de las personas de su pueblo.

Kate Winslet como una detective que debe revolver la basura de las personas de su pueblo.

La relación del personaje principal con su entorno –un lugar donde todos se conocen mucho–, su círculo afectivo y laboral, y cómo sobrellevar la vida en un momento donde la tristeza y la culpa impiden avanzar es el motor principal de un policial que, además de sus gestos de género –que los tiene y los utiliza muy bien–, ubica en la humanidad de todos sus personajes su mejor atributo.

Mare es una detective que encara el día con el ánimo y la apariencia de haber tenido una mala noche: un look desalineado, un rostro cansado, una actitud en apariencia desinteresada pero que no logra ocultar su vocación de servicio, esa capacidad para asistir los problemas de los demás con amabilidad cuando todavía no puede enfrentarse a los propios. Porque las malas noches se acumulan: su hijo se suicidó hace pocos años, y lo que vemos de Mare es en verdad lo que queda de ella: mujer madura, pausada en su dolor, que vive con su familia –madre, hija y nieta– y con el peso de lo que calla.

Kate Winslet en uno de los pocos momentos en que su personaje puede relajarse. Aquí bailando con el actor Guy Pearce.

Kate Winslet en uno de los pocos momentos en que su personaje puede relajarse. Aquí bailando con el actor Guy Pearce.

Su duelo no resuelto se fusiona con el de la ciudad, que espera hace un año respuestas por la desaparición de una joven –hija de una mujer cercana a Mare–. El lugar se sacude cuando aparece el cadáver de otra joven –también madre de una bebé–. Como en un juego de cajas chinas, en Mare of Easttown a las mujeres del pueblo les toca lidiar con la pérdida –o la posibilidad de ella–, y el miedo paralizante ante la amenaza de un posible secuestrador y asesino suelto. Y ahí, el policial. Que propone el juego de un doble caso para distraer, confundir y hasta angustiar al espectador (el quinto capítulo tiene una tensión digna de El silencio de los inocentes, el clásico de Jonathan Demme), que despliega sus cartas en la polifonía de personajes y posibles sospechosos, –aunque alguno demasiado decorativo, como el de Guy Pearce–. Y aunque en el final pueda quedar resonando algún elemento no del todo bien resuelto –que responde a la rigurosidad del proceder policial y con ello al verosímil–, hay mucho de nobleza en elegir pasar por alto algunas cuestiones para que los personajes tengan la chance de la redención, de un abrazo justo a tiempo, de un llanto que estuvo atragantado. Y sobre todo, la oportunidad de subir esa escalera en busca de un lugar velado –en un plano final extremadamente emotivo–, para empezar, por fin, a sanar.

Fuente: Clarín