“Es el fin del mundo tal como lo conocemos”: La canción de R.E.M. que el coronavirus volvió hit… 33 años después

ESCUCHÁ LA CANCIÓN. REM grabó la canción en la segunda mitad de los años 80; ante el avance del coronavirus, el clásico regresó a las radios y escaló en las plataformas de streaming

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«Es el fin del mundo como lo conocemos. Y me siento… bien». Cuando hace unos días, propulsado por la dramática expansión del coronavirus , el viejo hit de R.E.M («It’s the end of the world as we know it (and i feel fine») («Es el fin del mundo como lo conocemos (y me siento bien)») empezó a escalar posiciones en los rankings de iTunes, Spotify y a experimentar un salto de visualizaciones en YouTube, no pocos se alegraron.

¿Los millennials estaban descubriendo a la banda de Michael Stipe? Tal vez muchos de ellos sí. Seguramente, otros tantos no, ya los conocían de antes. Como sea, este tema del R.E.M de los 80, cuando lideraban la escena underground y aún no habían pegado el salto a la fama mundial (principalmente a partir de su incorporación a Warner y la salida de «Losing my religion»), pareció convertirse durante esos días en el talismán favorito para toda una nueva generación que sólo había visto esta clase de alarma y drama mundial en las películas.

«‘Me siento bien, me siento bien’. Ésa me parece la parte más importante de la letra», señaló el propio Stipe, aprovechando la repentina vuelta a la fama del tema, en un video lanzado desde su sitio web. «El título de la canción dice ‘el fin del mundo como lo conocemos’. Y es así. Estamos pasando por algo que ninguno de nosotros había presenciado antes. Y que es real, es serio y está aquí», subrayó mirando a cámara, con sus característicos anteojos de marco grueso, a sabiendas del poder de persuasión que en general suelen tener las figuras del espectáculo y el deporte. «Estoy casi en cuarentena durante varios días y eso continuará porque no quiero salir, no quiero ser responsable de enfermar a otra persona si ya estoy enfermo. No creo que lo sea, pero ninguno de nosotros sabe si lo somos», aseguró.

Y continuó con una serie de consejos: «Primero, quedate en casa. No salgas a menos que sea una emergencia. El Día de San Patricio (por el 17 de marzo) lo podemos celebrar en cuatro meses. Dos, lavate las manos. Tres: comportate como si ya estuvieras enfermo y no quieras estar a menos de un metro de nadie, porque podrías transmitir el virus. Podrías pasarlo a otras dos personas y ellos se lo pasarían a otras dos personas. ¡No quiero ser esa persona!», exclamó para finalmente advertir sobre la circulación de información falsa. «Tengamos cuidado de dónde nos informamos. Aunque oigas consejos de una estrella del pop, no confíes del todo en las redes sociales, buscá la información en los servicios informativos confiables».

«It’s the World as We Know it (And I Feel Fine)» supo llegar al puesto 69 de Billboard en el 87. Y ahora, 33 años después, alcanzó el lugar 27 entre los temas más escuchados de iTunes (así como de Spotify) y trepó al millón y medio de visualizaciones en YouTube. ¿Qué tuvo en su momento para llamar la atención y hacerse su lugar entre decenas de otros hits de la época como para hoy ser revalorizado y vivir una nueva vida? ¿Cómo se originó este rock de ritmo y palabrerío dylanesco que se mantuvo como momento catártico de los recitales de la banda de ahí en más?

En una entrevista con Guitar World, el guitarrista de R.E.M, Peter Buck señaló que efectivamente el tema guarda filiación con «Subterranean Homesick Blues», de Bob Dylan, el tema cuyo video consistía en Bob dejando caer carteles con fragmentos de su kilométrica letra al suelo y que guardaba una clara inspiración beatnik por su vocación anfetamínica y multiplicidad de nombres propios. En «It’s the World…» esos rasgos se verifican en el acelere de Stipe hasta llegar al estribillo. Una larga estrofa donde parece dejar fluir la conciencia, la libre asociación, pero siempre con urgencia: «Esto es genial, arranca un terremoto. Aves y serpientes y aeroplanos. Lenny Bruce no tiene miedo. Ojo de huracán, ¡escúchate batir!».

Lenny Bruce, famoso monologuista de los sesenta, reconocido por su pesimismo y humor negro, es el primero de las figuras «L.B» que nombra la canción. Los otros son el irreverente crítico de rock Lester Bangs, el mediocre sucesor de Stalin Leonid Brezhnev y el concertista clásico Leonard Bernstein. ¿Por qué? Porque sí. «Estaban todos en un sueño», contó en una nota de 1990 para la revista Musician. «La fiesta de cumpleaños de Bangs donde de repente todos los que estaban ahí menos yo tenían esas mismas iniciales».

Al parecer, la parte de concurrir a un festejo de Lester Bangs (una suerte de Bukowski del periodismo de rock, lo cual es elogiarlo, por supuesto) ocurrió efectivamente. Pero en los inicios de la banda. Es decir, cuando estos oriundos de Athens, Georgia, llegaron por primera vez y algo borrachos a Nueva York luego de un viaje de varios días en camioneta y a uno de sus allegados se le ocurrió concurrir al cumple del ya legendario Bangs. «Estábamos muertos de hambre y queríamos llenarnos el estómago», contaron años después. Y lo lograron. Pero a costa de sólo alimentarse de «gomitas» y cuadraditos de ricota. «Lester estaba tan borracho que dejaba pasar a todo el mundo, pero a condición de que nos dejáramos insultar. A Buck le dijo: ‘traga-penes podrido’. Sonreímos y entramos».

Pero está claro que el poder de la canción va más allá de su disparador anecdótico. «Las palabras que luego suelen terminar en la letra de alguna de mis canción vienen de casi cualquier parte», explicó Stipe en 1992 a la revista inglesa Q. «Soy extremadamente consciente de todo lo que me rodea, ya sea que esté dormido, despierto, en estado de vigilia o en vela. O simplemente en el día a día». Y en este caso fue así: Stipe soñó con aquella fiesta a la que habían ido tantos años, pero con el recuerdo modificado, deforme. Una escena que se insertó muy bien esa especie de zapping mental en que incurre la enumeración casi rapeada del tema, en donde lo que escasea es el tiempo y lo que sobra la incertidumbre.

R.E.M en 2003, en Alemania
R.E.M en 2003, en Alemania Fuente: AFP

Y es como afirmó el crítico español Jota Martínez Galiana en su biografía de la banda: Stipe «no deja títere con cabeza». «Desbordada y desbordante, ‘It’s the End of the World…’ ajusta cuentas con ironía y sarcasmo con el estado de cosas en 1987», escribe. Un «orden nuevo» que -importante y curiosamente- todavía no había llegado en términos estrictos (todavía no había caído el Muro de Berlín ni el Consenso de Washington había bajado sus «recomendaciones» a las economías luego llamadas emergentes). Pero que -como buen profeta natural que en el fondo es todo cantante de masas con vocación popular- Stipe «ya veía» (¿la globalización? ¿Internet?), aunque quizás aún no existieran las palabras para nombrarlas. Solo imágenes urgentes e inquietantes.

«Bajo la filosa verba de Stipe caen el inconformismo, la tibieza de los gobiernos, la propensión bélica, la complicidad de los medios de comunicación, la educación anquilosada, la intolerancia, la mentira, los intereses de las multinacionales», enumera con bueno tino Martínez Galiana. El remate, sin embargo, no es pesimista; todo lo contrario. «Es el fin del mundo como lo conocemos. Y me siento… bien». De alguna manera, el componente reaccionario se suaviza con otro esperanzador. ¿Lo mismo que hoy?

Una imagen de la banda de mediados de los 80
Una imagen de la banda de mediados de los 80 Fuente: Archivo – Crédito: Paul Natkin/WireImage

«Suelo tener sueños sobre el fin del mundo», aseguraba Michael Stipe en notas de aquella época. «Sueños sobre edificios demolidos, ciudades arrasadas e imágenes por el estilo que terminaban con el mundo tal como lo conocemos. Me gustó encadenarlas. Pero también dejar al final una sonrisa». Hoy no está claro que vaya a haber un «final feliz» después de la pandemia que está asolando el planeta. Aunque tal vez redescubrir el tema, volver a cantar «It’s the End of the World as We Know it and I Feel Fine» ayude un poco a aceptar lo que pasó, recobrar los ánimos. Y poner el hombro y el corazón por lo que sea que venga.

Fuente: Juan Manuel Strassburger, La Nación