La historia de El “Bolero” de Ravel: obra por encargo y derechos de autor para el jardinero

Es una de las obras más populares de la música clásica, que el argentino Jorge Donn bailó en el filme “Los unos y los otros”.

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De los millones de personas en el planeta que vieron el film francés Los unos y los otros (1981), de Claude Lelouch, muchos, muchísimos sin duda, habrán guardado en la memoria los quince minutos finales: aquellos personajes cuyos dramas se habían desarrollado en las dos horas previas, miraban desde sus televisores o desde la misma sala teatral, una obra del coreógrafo francés Maurice Béjart interpretada centralmente por el bailarín argentino Jorge Donn. De pie sobre una amplia mesa, Donn comenzaba a moverse voluptuosamente acompañado por la partitura hipnótica del Bolero de Maurice Ravel. Poco a poco, grupos de varones se acercaban al borde de la mesa en una suerte de fascinación que crecía en intensidad a medida que aumentaba la intensidad de la música.

La coreografía había sido estrenada veinte años antes en el Teatro de la Moneda de Bruselas y el papel central había sido creado para la bailarina Duska Sifnios. A lo largo del tiempo, Maurice Béjart fue combinando de distintas maneras la relación entre el personaje principal y quienes lo rodean: una mujer sobre la mesa rodeada de hombres; un hombre sobre la mesa y las mujeres abajo; y un hombre sobre la mesa y hombres rodeándolo, como en el filme de Lelouch.

Más allá de la idea de Béjart –ese ser que se ofrece a aquellos que lo desean-, hay sobre todo algo en la partitura musical que arrastra emocionalmente al espectador; es seguramente su carácter repetitivo pero de una intensidad creciente a medida que van sumándose los instrumentos de la orquesta sinfónica, y así hasta llegar al clímax final. Una analogía sexual, podríamos deducir.

El compositor francés Maurice Ravel.

El compositor francés Maurice Ravel.

El Bolero es definitivamente una de las piezas más populares de la música llamada clásica y sigue escuchándose bajo las formas más diversas; como obra de concierto para orquesta sinfónica y también como tema presente en el cine, más allá de la película de Lelouch: en 1934 se estrenó una película del mismo nombre, interpretada por George Raft y Carole Lombard, con un núcleo argumental muy vinculado a la obra de Ravel; en 1979, se lanzó una comedia romántica con Dudley Moore y Bo Derek10, La mujer perfecta, que igualmente la incluye. También se asoció al deporte: fue la música elegida para la ceremonia de clausura del Mundial de Fútbol 1998, y la pareja de patinadores sobre hielo Torvill y Dean ganaron la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de invierno de 1984 con una versión acortada del Bolero.

Pero nada puede compararse con el número increíble de creaciones coreográficas que inspiró, en todas las versiones imaginables y no imaginables: desde obras que siguen rigurosamente la idea del “crescendo” -es decir, del aumento gradual de la intensidad-, hasta piezas solistas. Entre ellas, una muy admirada ha sido la de la gran bailarina y coreógrafa alemana Dore Hoyer, que estuvo en la Argentina durante la década del 60. Su versión de Bolero consiste en una sucesión de giros que no se detienen hasta el final, pero en el que las posiciones del cuerpo van cambiando de manera sutil a lo largo de los 14 minutos que dura la composición.

La opinión del propio Ravel

La versión bailada del Bolero de Ravel por Jorge Donn fue vista por millones de personas alrededor del mundo.

La versión bailada del Bolero de Ravel por Jorge Donn fue vista por millones de personas alrededor del mundo.

Aunque es imposible pensar en una obra más celebrada y solicitada, el propio Ravel la consideraba apenas un ejercicio musical que consistía sólo en dos líneas melódicas repetidas con un efecto acumulativo. No apreciaba particularmente su creación y decía que estaba vaciada de música. De hecho, había dejado en manos de sus alumnos el trabajo de la orquestación. Hay que aclarar que fue una obra por encargo: la rica heredera rusa Ida Rubinstein, que había participado en dos producciones de los Ballets Russes de Serguei Diaghilev, tuvo el berretín de formar su propia compañía de danza y para la temporada de 1928 encargó a Ravel una obra breve. La coreografía había sido creada por Bronislava Nijinska, hermana de Vaslav Nijinsky, y surgió de la atmósfera hispánica de la partitura: sobre la mesa de un café de mala muerte una gitana baila sensualmente; poco a poco un grupo de hombres, sentados alrededor, se ponen de pie y su éxtasis desemboca en un duelo con cuchillos.

La recepción crítica fue más o menos tibia. El propio Serguei de Diaghilev estuvo en el debut (aunque aclaremos que su amistad con Ida Rubinstein no se encontraba entonces en su mejor momento) y luego le escribió a un amigo: “Déjame que te cuente del estreno de Ida. El teatro estaba lleno, pero había muchos invitados; la mayoría, amigos de ella; no nos dieron entradas, a ninguno de nosotros; ni siquiera a mí, ni a (el pintor José María) Sert, ni a Pablo (Picasso). De todos modos, nos arreglamos para entrar. Todo resultó sorprendentemente provinciano, aburrido e interminable, incluido el Bolero de Ravel, que llevó catorce minutos”.

Otra imagen del compositor francés Maurice Ravel.

Otra imagen del compositor francés Maurice Ravel.

Los derechos de autor

Y ahora pasemos a un costado más material de la cuestión: los derechos de autor de Bolero alcanzaron montos realmente colosales hasta 1996, cuando pasaron al dominio público. Este plazo, en realidad, varía según los países y en Francia caducó recién en 2016. Ravel no tuvo hijos, pero sí muchos beneficiarios de sus derechos de autor, algunos muy tangencialmente emparentados con él. 

El primer heredero fue su hermano Edouard que cedió una porción de los derechos al jardinero de Maurice. Cuando la esposa de Edouard murió, él se casó con su enfermera (la de él) Jeanne Taverne. Después de la muerte de Edouard, Jeanne se casó con su chofer (el de él) Alexander, que terminó heredando todos los derechos. Durante mucho tiempo, primos lejanos de Maurice Ravel reclamaron por lo que consideraban injusto y el dinero quedó bloqueado durante diez años. Pero el abogado de Alexander (asesor legal de la Sociedad de Derechos de Autor de Francia) finalmente logró que el dinero quedara en manos de su cliente y armó una red de paraísos fiscales para evitar el pago de impuestos. Alexander se casó nuevamente y cuando él y su segunda esposa murieron la mina de oro pasó a manos de la hija de un anterior matrimonio de ella: Evelyn Pen de Castel, que en realidad no tiene ningún tipo de parentesco con Maurice Ravel.

La célebre escena final de "Los unos y los otros", en la que el argentino Jorge Donn baila el Bolero de Ravel.

La célebre escena final de «Los unos y los otros», en la que el argentino Jorge Donn baila el Bolero de Ravel.

Fuente: Clarín