La venganza de Carey Mulligan, su boleto de regreso al Oscar

Aunque habrá que esperar hasta abril para conocer a su personaje de Hermosa venganza, por el que acaba de ser nominada al premio de la Academia como mejor actriz, la británica también brilla en La excavación, disponible en Netflix

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Cada espectador puede tener sus propios recuerdos de Carey Mulligan. Es de esas actrices que parecen reinventarse en cada nuevo personaje. En las lágrimas contenidas de Sissy en Shame, cuando canta “New York, New York” como nadie la había cantado antes, en una noche de alcohol y tristeza en un bar de la gran metrópoli. O en la melancólica mirada de Kathy H. en Nunca me abandones, aquella frágil criatura creada para la donación de sus órganos y destinada a los amores truncos que tanto le gustan a Kazuo Ishiguro. Y este año le ha dado vida a dos personajes únicos y diferentes, uno en el cine independiente, por el que ya ha recibido premios de varias asociaciones de críticos en los Estados Unidos y acaba de recibir una nominación al Oscar a la mejor actriz, y el otro en uno de los grandes estrenos de Netflix de los primeros meses del año. Dos películas que la traen de regreso después de un tiempo de ausencia.

Promising Young Woman –que se conocerá en cines aquí en abril como Hermosa venganza–la ópera prima de Emerald Fennell, es la película explosiva de la temporada, una reversión contemporánea de las historias de venganza de los 70, llena de colores y purpurina. La Cassie de Carey Mulligan es feroz y embriagante, con su pelo rubio a lo Farrah Fawcett, el chicle globo de color celeste, el más implacable de los humores. Un estruendo en su carrera, la salida de la contención y los buenos modales, un shock de energía que desborda los límites de la ficción. La excavación, película disponible en Netflix, es la historia del descubrimiento de un barco hundido en las colinas del condado de Suffolk justo en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Su interpretación de Edith Pretty, joven viuda con el garbo de las antiguas damas inglesas, es el verdadero corazón de la historia, el secreto de una legendaria premonición.

Personajes opuestos casi a la perfección, Cassie y Edith confirman la exquisita variedad del registro de Mulligan, la potencia de su gestualidad, los matices de sus expresiones, ese don para dar cuerpo a los sentimientos más esquivos. En Promising Young Woman la presentan los acordes de “Boys” interpretada por Charli XCX, en una tierra árida y asfixiante, vengadora anónima disfrazada de dama en apuros, modelada en una paleta de colores pasteles que Fennell elige para esconder el alma de su comedia negra. Cassie es salvaje y vulnerable, deudora del ingenio que Fennell recogió en su paso por la serie Killing Eve, hija de este tiempo y sus reivindicaciones. Edith, en cambio, contiene la melancolía de un tiempo extinguido, el de esa Inglaterra previa a la guerra que parecía sobrevivir en las ruinas de un barco del medioevo oculto en las profundidades del recuerdo. De salud frágil y enseñanza abnegada, representa una voluntad única para ofrecer al excavador que ha elegido para descubrir el pasado –interpretado por un renacido Ralph Fiennes-, el reconocimiento que los museos le han negado.

De esas dos figuras se desprenden los ambiciosos caminos de su carrera. El principal: el que la conduce a los personajes situados en siglos pasados, como la Kitty Bennett de Orgullo y prejuicio (2005), su primera aparición en cine cuando apenas tenía 19 años, o la Daisy soñada por F. Scott Fitzgerald en la exuberante versión de El gran Gatsby (2013) dirigida por Baz Luhrmann, o una de las líderes del movimiento feminista que peleó por el derecho al voto en Las sufragistas (2015). “Para los espectadores yo visto siempre ropa de época”, contaba en una reciente entrevista con The New York Times. Es que sus personajes de mundos anteriores parecen cristalizar a la perfección dilemas generacionales y síntomas de una época. Como el film que le dio su primera nominación al Oscar a la mejor actriz, Enseñanza de vida (2009), dirigida por la danesa Lone Scherfig (Italiano para principiantes) y con guion de Nick Hornby, su personaje sintetizaba la rebeldía de la juventud de los 60 ante los vestigios de la Inglaterra imperial, el espíritu de la escritura de los “angry young men”, el horizonte del deseo ante el conformismo del deber. Ese mismo desencanto parecía agitar el humor de la secreta amante de Llewyn Davis en el fresco de la escena folk previa a la aparición de Bob Dylan, filmado por los hermanos Coen en Inside Llewyn Davis: Balada de un hombre común (2013).

Carey Mulligan en Wildlife, opera prima de Paul Dano.
Carey Mulligan en Wildlife, opera prima de Paul Dano.

Pero no todos los retratos del inconformismo que la tuvieron como protagonista fueron fruto de un tiempo anterior. “Creo que Wildlife es una película muy contemporánea pese a estar situada en los años 60”, expresaba respecto a la ópera prima de Paul Dano. Estrenada en streaming hace unos meses, Wildlife (2018) cuenta la crisis de una pareja desde la perspectiva de su hijo adolescente. “Se trata del momento en el que uno se da cuenta que sus padres no son solo sus padres, que tienen una vida propia, deseos, frustraciones, eso que es tan difícil de asimilar”, recordaba en el momento del estreno en el programa de Jimmy Kimmel. Y su interpretación de Jeannette es luminosa y descarnada, una mujer que se descubre, a sus treinta años, confinada al recinto hogareño y decide sortear esas ataduras ante la atónita mirada de su hijo de 14 años. Mulligan consigue una intensidad atípica de su registro, con la escena de la comida junto al pretendiente que interpreta Billy Camp como agónico apogeo, clave de su subversión social y nota perfecta de su contemporaneidad.

En el mismo 2018, a Wildlife le siguió Collateral, una miniserie policial que representó su regreso a la televisión -luego de experiencias como The Amazing Mrs. Pritchard de Sally Wainwright y la extrañísima The Walker-, y también al presente. La historia disponible en Netflix comienza con el asesinato de un repartidor de pizza de origen sirio en la Londres posterior al Brexit. Mulligan encarna a la detective Kip Glaspie, quien investiga el caso envuelta en presiones políticas, tensiones coyunturales por la crisis de inmigración y la amenaza del terrorismo, y dirime sus propias dudas ante el sentido de toda vocación de justicia. Embarazada de siete meses de su segundo hijo, Mulligan modela a este personaje contemporáneo más allá de las coordenadas del guion escrito por David Hare (Las horas): consigue amalgamar en su presencia todo lo que significa representar una institución que debe garantizar el orden y al mismo tiempo lidiar con los interrogantes de un crimen en oscuras circunstancias. Aún en una narrativa coral como la que ofrece Collateral, Mulligan consigue convertir a su personaje en el magnético centro de todas las miradas.

Ryan Gosling y Carey Mulligan en Drive, de Nicolas Winding Refn.
Ryan Gosling y Carey Mulligan en Drive, de Nicolas Winding Refn.Bold Films/Kobal/REX/Shutterstock – REX/Shutterstock

Algo de ello había ocurrido con sus apariciones en Drive Shame, ambas del 2011. En la primera, dirigida por Nicolas Winding Refn, en una clara actualización del neo noir, Mulligan interpreta a Irene, una silenciosa habitante del edificio de departamentos en el que vive el enigmático conductor al que da vida Ryan Gosling. Empleado en un taller, doble de riesgo en Hollywood, chofer de algunos delitos, el misterioso conductor encuentra en Irene y en su pequeño hijo el oasis perfecto para su conciencia. Winding Refn construye la relación entre Gosling y Mulligan como una danza de movimientos de cámara y contraluces, cristalización de ese sueño de amor que solo existe porque es imposible. En la Nueva York espectral que diseña Steve McQueen para Shame, signada por la soledad y el sexo mecánico o virtual, Brandon (Michael Fassbender) vive el regreso de su hermana como la explosión de un pasado intolerable. Sissy resulta lo único verdadero en ese mundo de impostura y artificio, con sus canciones como lamentos y sus heridas a flor de piel.

Promising Young Woman se afirma en el presente desde otra perspectiva, desde el tono distanciado que le permite la sátira, con colores saturados y ángulos distorsionados, contornos de un mundo del que Cassie no puede escapar. El guiño es a La noche del cazador, la maldita obra maestra de Charles Laughton, llena de horror y grotesco, que Fennell cita de manera explícita. En su colorida prisión, la vida de Cassie no ha sido la misma desde la violación de su amiga Nina y el abandono de la facultad de medicina. Diez años después trabaja en una cafetería, vive con sus padres y cada noche celebra un ritual que expone el rostro de los hombres detrás de sus máscaras. “No quería el estereotipo de la venganza femenina, una actriz que camine en cámara lenta por la calle con un fuego detrás de ella. Carey es justo lo que necesitaba, desgarradoramente verdadera y muy madura como actriz.”, explicaba Fennell en la misma entrevista del Times. Lo que Mulligan consigue es esa mezcla tan esquiva entre el dolor y la furia, un sentimiento que no exige la espectacularidad de una estrella de cine sino la desgarrada humanidad de una sobreviviente, aquella que se percibe en cada preámbulo de sus actos, en el daño que todavía persiste junto a las lágrimas escondidas.

Carey Mulligan en Shame, de Steve McQueen.
Carey Mulligan en Shame, de Steve McQueen.

Una de las polémicas alrededor de la película hace un año, cuando se presentó en el festival de Sundance, estuvo relacionada con el perfil de Mulligan en relación al modelo femenino del cine de explotación de los años 70, clave en las películas de venganza. “Leí la crítica de Variety porque soy una persona débil”, confesaba la actriz. “Lo que decía era, en resumen, que yo no era lo suficientemente atractiva como para armar una intriga semejante”. Es esa mirada masculina la que la película intenta deconstruir, la misma que reclama a una mujer heredera de los estereotipos de explotación que situaron a la venganza final como última reparación en un mundo desigual. El camino que propone la película de Fennell es otro, y Mulligan consigue exponer, detrás de la ironía de su personaje, los roles que la cultura imperante les tiene reservados a las mujeres. “¿Por qué todas las mujeres en la pantalla tienen que aparecer como una supermodelo?”, dispara la actriz. “Pareciera que no se nos permite ser normales. Las expectativas de belleza y perfección en la pantalla están totalmente fuera de control en esta época”.

Esa búsqueda de humanidad más allá de toda perfección es lo que también se vislumbra en La excavación, dirigida por Simon Stone y basada en la historia real detrás del descubrimiento del tesoro de Suffolk en 1939. Basada en el libro de John Preston, la película contiene varias historias: la de Emily Pretty y su decisión de comenzar la excavación guiada por un presentimiento, la de Basil Brown, excavador sin pergaminos responsable del hallazgo, la del equipo del Museo Británico, el ego de los hombres de ciencia y la participación de la arqueóloga Peggy Piggott –interpretada por Lily James-, y por último la inminencia de una guerra que resulta el crítico contexto de las exploraciones. Mulligan convierte a Edith Pretty en alguien más que un nombre en la placa de un museo: es la verdadera voluntad detrás de la excavación, quien explora en esos vestigios del pasado el posible legado de su paso por el mundo.

Carey Mulligan, Keira Knightley y Andrew Garfield en Nunca me abandones.
Carey Mulligan, Keira Knightley y Andrew Garfield en Nunca me abandones.

“Quizás ninguno de nosotros comprenda lo que ha vivido o sienta que ha tenido el tiempo suficiente” eran las últimas palabras de su personaje en Nunca me abandones antes del silencio final. Con la cadencia perfecta de su acento y la emoción genuina de esa despedida, Carey Mulligan se adueñaba de esa historia como se ha adueñado de las películas que la tienen como protagonista en este 2021. Explosiva o melancólica, guiada por el peso del pasado o el anhelo del futuro, se queda siempre con nosotros, en cada una de esas reinvenciones, en cada nueva aventura que nos permite compartir.

Fuente: Paula Vázquez Prieto, La Nación