Midachi, la despedida: el desafío de adaptar el humor a los tiempos que corren

El trío regresó a los escenarios con todos sus hits, pero con una reflexión sobre el paso de las décadas

Texto y dirección: Midachi. Intérpretes: Miguel del Sel, Dady Brieva, Darío “Chino” Volpato. Dirección musical: Julián Volpato. Diseño de vestuario: Carlos Passano. Pelucas y postizos: Teresa Scali. Diseño de puesta y operación de luces: Damián Perrone. Escenografía virtual: Guillermo Lizarraga. Sala: Teatro Gran Rex (Av. Corrientes 857). Funciones: 29 y 30 de agosto, 27 de septiembre, a las 20,30. Duración: 120 minutos. Nuestra opinión: buena

Han pasado ya cuatro décadas desde que un grupo de irreverentes cómicos populares irrumpió en la escena nacional. Desde la periferia fueron conquistando cada vez más y más audiencia hasta convertirse en uno de los grupos icónicos del humor argentino. Ahora, se enfrentan a una instancia liminal: han decidido poner fin al grupo como tal (¿seguirán profundizando en sus recorridos individuales?) y lo hacen a través del espectáculo Midachi: la despedida.

Miguel del Sel, Dady Brieva y Darío “Chino” Volpato recorren con su humor y sus proyectos artísticos toda una época muy significativa de nuestro país: nacieron en 1983, con la llegada de la democracia, y han hecho humor a lo largo de todo este período; un período largo, muy largo, en el que muchas cosas han cambiado en la Argentina y en el mundo, y entre esos cambios muchos involucran al humor mismo. No es fácil sostener un mismo tipo de humor a lo largo de tantas décadas, más aún cuando hoy se habita un mundo de cierta corrección política, en donde está claro que sobre ciertas cosas ya no se puede hablar y, mucho menos, burlarse. Ellos lo saben. Son absolutamente conscientes de ello. Lo dieron a entender en una conversación con LA NACION en marzo pasado, mientras preparaban esta despedida, y fueron muy claros: “Jamás cambiaríamos un número para ser políticamente correctos”, dijeron. Y esa certeza sobre el cambio de los tiempos y en los permisos sociales para abordar, lúdica o burlonamente, ciertas temáticas se encuentra a lo largo de toda la obra: toda la despedida está organizada alrededor de un pasado que ya no es y un presente que, tal vez, no se comprenda del todo. Así sucede en el monólogo de Dady Brieva del inicio del show. Todo ese monólogo es sobre él y su pasado, fundamentalmente su padre, y sobre cómo él se burlaría hoy yendo a una cadena transnacional de café a tomar un café y no viendo en la lista de opciones esa palabra tan típica del bar porteño. Ese padre ya fallecido definía en su tiempo como “puto” a todo aquello que no entendía. Y Brieva —de manera claramente amorosa— cuida a su padre de esa incorrección señalando que no respondía al uso de ese término despectivo en relación con la orientación sexual de un hombre, sino para definir lo que no entiende; casi como si su padre tuviera el poder de redefinir el lenguaje heredado social y culturalmente.

Por supuesto que los chistes al respecto continúan, tanto verbal como físicamente, y esa es parte de la marca Midachi. ¿Cómo se protegen del tema? Haciéndolo explícito: cada vez que se vuelve necesario, luego de un chiste, lo desmontan, se lo reprimen diciendo que eso hoy no se puede decir: “sobre los cuerpos no se habla”, dicen en más de una oportunidad, luego de haber hablado. Y es que probablemente ese sea el mayor desafío cuando se hace humor, que es algo tan epocal y sobre el que tanto control y mirada social hay. Pero en un teatro estallado de gente en la función de estreno no pareció haber nadie ofendido con la burla al homosexual, al obeso o a quien sea. El humor se celebraba con una platea que ratificaba permanentemente que son quienes son porque entienden cómo vibra una sociedad determinada, por fuera de las reglas normativas en el accionar. Y, a juzgar por lo hecho, no son reglas con las que se rijan demasiado.

Para celebrar estas cuatro décadas de humor recurren a las célebres imitaciones y momentos musicales a los que han acostumbrado a su público. No hay sorpresas, no hay novedades. Tocan las canciones que la gente fue a buscar sabiendo dónde están sus propios hits. Y a su vez saben que parte de la marca es la improvisación, la irreverencia, lo espontáneo. Así pueden burlarse de los recurrentes problemas técnicos que tuvo la función del jueves, casi como si no hubiera habido un ensayo técnico-artístico: pies dados antes de tiempo, micrófonos que no amplificaban como debían, videos proyectados que no eran los que debían ser. ¿Es un problema? No en este lenguaje: en ellos todo está permitido. Es más, podría decirse que hasta es esperable porque allí radica, en buena medida, también su marca autoral.

Y como parte también de esa marca está muy presente el humor sobre sí mismos: la burla a Volpato porque nunca imitó a nadie, las autorreferencias de Del Sel como el mejor de los tres, o las recriminaciones en vivo de Brieva a sus compañeros por correrse de lo pactado. Así cada uno va desplegando una mirada muy irreverente sobre sí mismos, a lo que ahora se agrega, como condimento muy necesario y eficaz, una referencia hacia el paso del tiempo, el estado de sus propios cuerpos, sus capacidades aeróbicas y de performance para cambiarse a tiempo. Ese paso del tiempo se va marcando no solo en un vestuario que exhibe los cuerpos, sino también sobre los humores acerca de cómo el cuerpo va cambiando y modificándose a medida que envejece. El remate era necesario e involucra al público: “Algún día nosotros vamos a estar muertos, pero ustedes, que se ríen, también”.

¿Dónde está puesto el foco del espectáculo? En ellos. Siempre en ellos. La escena, el vestuario, la iluminación, el video, nada de todo eso es relevante. ¿Decora? Sí, pero no más que ello. Es simplemente un acompañamiento visual, muy poco cuidado y elaborado (la luz de platea se enciende oscilante e innecesariamente cada vez que creen que va a haber un estallido de risas), ya que lo único que importa es el despliegue de esos tres únicos cuerpos en el escenario, que tienen el poder de volverse, alquímicamente, una multitud.

Fuente: Federico Irazábal, La Nación