Raúl Lavié: cada día pinta mejor

Reconocido tanguero, también pinta y elabora vinos. La etiqueta de las botellas tendrá uno de sus dibujos.

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Te pasan esas cosas. Porque resulta que el tipo arma la movida, establece los códigos y un día… se va de vacaciones. (Primer paréntesis para interrumpir el regodeo de lectora-de-treintaypico-sola: no son todos iguales y esta no es una nota de la saga «seducidas y abandonadas»). El de las vacaciones es Hernán Firpo (habitual autor de esta columna), y entonces queda la responsabilidad de hacerle honor a sus aguarraces porteñas. 

Para mantener el estilo conviene tener una buena historia, contarla con onda, mucha descripción (la onomatopeya garpa ) y no dejar de nombrar al Jefe, como para que no haya problemas. Allá vamos. 

En plan aporteñado encarás la porteñísima avenida Corrientes (algo así como ir a lo seguro, bah). Es jueves, va entrando la noche y si te parás en la cuadra del Teatro Broadway te recibís de cholulo en… diez minutos. Ahí, a mitad de cuadra y en diagonal, cruza Alberto Martín. El que dobla por Libertad es Roly Serrano. 

¿Y esa flaquita no es Gisela Bernal, la «soñadora» que sumó escándalo al culebrón Alfano-Ale? Mirás de reojo porque querés chusmear pero que no se note, obvio. Y llega tu cita (porque si no fuera por la cita estarías a dos cuadras de acá, atentando contra tu dieta en Güerrin). 

El porte de guapo lo delata. Raúl Lavié festejó los 73 hace poco y conserva intacto su caudal de facha. Las señoras del bar lo miran a la distancia y hacen bien, porque pegadita llega su esposa Laura, que lo marca de cerca. Hay que comportarse. Café doble con mucha azúcar y arrancamos. «No, Negro, no vamos a hablar de tango», le advertís. Pero sabés que no es cierto, porque hay una Buenos Aires que marcha al compás del 2×4 y es la que aparece cuando Lavié cuenta su historia, cuando canta, cuando actúa y todo lo demás. 

Falta poco para que empiece la función de «Carnaval de Estrellas» y la idea es que no fuerce la voz. 

Pero resulta que el Negro tiene ese contar tan propio, tan preciso, tan gráfico, que cuando se acaban las preguntas dan ganas de seguir sólo para escucharlo. Y lo ves con 14, 15 años, cuando se cuelga de un tren gratuito que cruza el país y llega a la Ciudad por primera vez. 

Se pasa el día deambulando por Retiro, el Obelisco y alrededores, duerme en la Plaza San Martín y al día siguiente toma el tren de regreso a su Rosario natal. Para los 18 ya tuvo intentos «semiprofesionales» por allá y le destrozaron las expectativas porque «el pibe desafina». Otra vez en Buenos Aires por motivos familiares juega una ficha más y… no, dijimos que no íbamos a hablar de tango (además, es una historia con final… cantado). 

«Vivía en Lima y Belgrano, en la cuadra que después tiraron abajo por la extensión de la 9 de Julio. Y después en Cangallo, hoy Perón, frente al teatro La Salle. 

Me hice amigo de Puig, el papá de Arturo, y veía todas las obras», cuenta. Claro, el Negro veía a Miguel Bebán o a Pedro López Lagar y también quiso actuar. 

El pocillo de café está vacío y esto apenas es un boceto. Lavié ya contó su historia, ya cantó, ya actuó. Y ahora resulta que también pinta. Vuelve a la escuela primaria y a su queridísima maestra Aurelia Moretti, a la academia de dibujo de su barrio y a la bohemia de aquel Buenos Aires en el que trabó amistad con grandes pintores como Carlos Alonso, Vicente Forte, Juan Batlle Planas, Carlos Cañas. «Tuve una relación tal vez mucho más fuerte que con los músicos», desliza. 

Todavía estaba casado con Pinky y en una de las tantas visitas a esa casa, Forte descubrió sus dibujos. 

«Mis motivos estaban ligados a la porteñidad, al tango», dice, y vuelve a meterse en tema. Hay óleos, acrílicos, «un guapo» que regaló y al que le perdió el rastro. 

En busca de otras técnicas descubrió al Señor Maestro (así, con doble mayúscula y de pie, por favor), Menchi Sábat. Y ahí llegaron las plumas y las tintas para terminar de delinear el trazo. El hobby fue quedando en el olvido hasta que su hija Agustina, que estudió Bellas Artes, le regaló los elementos «para que pintara cuando tuviera ganas». Y le metió más presión cuando le dijo que quería debutar como curadora con sus pinturas (y a ver qué padre se anima a decirle que no a la nena). «Volví a pintar y con uno de esos dibujos armamos la etiqueta de mi vino», larga al pasar. 

(Stop. La cinta Gonzalito. ¿Dijo «mi vino»?) Sin muchos detalles porque todavía no hay fecha definitiva de presentación. Pero resulta que cuando el hombre no canta, ni actúa, ni pinta… diseña vinos en Tupungato, con la ayuda del winemaker Antonio Más. 

Entonces hay una línea que tendrá Malbec, Cabernet Sauvignon y Chardonnay. Y otros proyectos que aparecen cuando el grabador se apaga (y cuando Laura nos reta porque hay que dejarle un poco de voz para la función). 

Fuente: Clarín