Aira ensayista: sus trabajos se recogen ahora en un libro, “La ola que lee”

Además de un escritor singular, el argentino candidato al Premio Nobel -autor de más de cien novelas- despunta con piezas inéditas que ahora se compilan y en las que también se refiere a su método de trabajo. Qué dice allí.

En 1981, el narrador y traductor César Aira (Pringles, 1949) publica sus dos primeras novelas: Emma, la cautiva Moreira. Ese mismo año, firma una nota para la revista Vigencia en la que hace un paneo despiadado sobre literatura argentina contemporánea, que cierra con lo siguiente: “Ricardo Piglia logra con Respiración artificial una de las peores novelas de su generación gracias, en parte, a esta sordidez profesional que en él deriva del temor infantil de que no lo comparen con Arlt.” No es casualidad, entonces, que en un mismo momento histórico confluyan estos dos aspectos de Aira: la invención y el territorio de las ideas, la ficción y el ensayo.  

Desde el mismo momento en el que comenzaron a circular sus textos, estos modos de indagación, pensamiento y creación se fundieron en su obra con personajes que siempre tienen teorías e hipótesis (a veces monumentales y a veces increíbles) sobre el mundo, el arte, la existencia. Sin embargo, su costado ensayístico, que es exuberante, complejo y profundo, fue construyendo un camino paralelo de movimiento tímido –casi al margen- respecto de su ficción, que ya cuenta con más de 100 libros publicados en más de veinte lenguas, obra por la que viene de ganar, además, el prestigioso Premio Formentor en Francia.  

Este último tiempo, esa cuenta pendiente está siendo saldada con dosis homeopáticas para ir al encuentro de sus lectores y que estos tengan a disposición todas las aristas de un recorrido reflexivo y literario donde cada pieza tiene su valor para generar sentido en el gran Mosaico Aira.  

 Acaban de aparecer, de esta manera, La ola que lee, artículos y reseñas (1981-2010) (Literatura Random House), con investigación y edición de María Belén Riveiro, así como en Cuatro ensayos (Beatriz Viterbo). En estos dos libros, que miran hacia atrás pero sirven para comprender mejor el presente del escritor, pueden leerse un catálogo de preferencias y desprecios, una suerte de programa de acción, un aparato teórico para sostener la creación propia y una de las maneras más intensas de la autobiografía, como son la lectura y la escritura.

Un francotirador. Así se define a sí mismo César Aira, una de las figuras de la literatura contemporánea argentina. / Foto: Martín Bonetto

Un francotirador. Así se define a sí mismo César Aira, una de las figuras de la literatura contemporánea argentina. / Foto: Martín Bonetto

“¿Cómo salir del pasado? ¿Cómo abrir el mandala más hermético? La curiosa manía de escribir puede ser la respuesta”, dice Aira en un texto sobre Copi
, uno de sus grandes héroes literarios, que está en Cuatro ensayos y parece hablar del momento en el que nace una historia: en su caso, parece tener su origen en el hábito. Pero también se lo puede relacionar con aquello que él mismo llama “inspiración” en La ola que lee. Escribe en la página 163: «La inspiración salgo a buscarla todos los días, en una rutina inmutable, a la perfecta transparencia de lo habitual, a las calles de mi barrio, que es el de Arlt, Flores, a los cafés de los alrededores de la plaza y la estación, donde voy todas las mañanas a escribir.”

Parece sencillo pero no lo es en absoluto porque para llegar a ese espacio de conducta e intimidad, Aira tomó una decisión muy temprana: “A mí me llevó casi veinte años de escribir todos los días, sin hacer casi otra cosa, como una gimnasia ciega. Si había que elegir entre vivir y escribir, yo elegía escribir, lo que es bastante inexplicable en un joven. Pero al cultivar casi exclusivamente la explicación, dejaba crecer lo inexplicable, que lo iba invadiendo todo, y hacía necesario perfeccionar más y más la técnica. Hubo algo de locura en eso, y hoy me deja perplejo.” Desechada cualquier otra opción en la vida (no ser poeta ni artista plástico), Aira definió para siempre que sería escritor sin tener un plan B. Como un temerario sin red ni obra social que hace la jugada más peligrosa. De ahí el tamaño de su apuesta.

¿Hay un sistema? Aira tiene muy claro su Ars narrativa (que puede leerse como su marco teórico) y la explica así en la página 176 de La ola que lee: “Nunca me importó relatar, ni en general hacer nada que espere el lector; mis libros son novelas por accidente; aproveché el azar histórico de que en nuestro tiempo la palabra “novela” es un passepartout que lo cubre casi todo […] Mi modo de vivir y de escribir se ha ajustado siempre a ese denigrado procedimiento de la ‘huida hacia adelante’.” Y a partir de concepto de fuga al futuro se pueden comprender algunas de las cuestiones que el escritor sostiene como modo de trabajo: si un capítulo sale mal, donde pueden ingresar inconsistencias argumentales o de los personajes, se arregla con el siguiente capítulo. Y si una novela falla (y algunas las ha publicado con la siguiente explicación: “no me importa nada”) se soluciona con la siguiente.

Es por esto que nunca corrige (la herencia de su adoración por el surrealismo) porque el placer no está en la eficiencia (la condena del capitalismo), sino es la escritura: “Descubrí que si uno hace las cosas bien todo puede terminarse demasiado pronto; al menos pueden terminarse las ganas de seguir, el motivo o el estímulo válido, dejando en su lugar una inercia mecánica. De modo que haciéndolo no tan bien (o mejor: haciéndolo mal) quedaba una razón genuina para seguir adelante: justificar o redimir con lo que escribo hoy lo que escribí ayer,” explica en la página 177 de La ola que lee. Como predicó siempre: entre lo nuevo y lo bueno prefiere lo nuevo.

“A mí me llevó casi veinte años de escribir todos los días, sin hacer casi otra cosa, como una gimnasia ciega. Si había que elegir entre vivir y escribir, yo elegía escribir, lo que es bastante inexplicable en un joven.”

"A mí me llevó casi veinte años de escribir todos los días, sin hacer casi otra cosa, como una gimnasia ciega. Si había que elegir entre vivir y escribir, yo elegía escribir, lo que es bastante inexplicable en un joven."

César Aira

ESCRITOR

Los Cuatro ensayos, también una necesaria reedición de cuatro conferencias e intereses literarios en un solo volumen, se ocupa de justificar sus admiraciones por Copi (a quien pone en un altar), Alejandra Pizarnik (a quién corre del romanticismo y la figura cándida), Denton Welch (escritor casi desconocido que presenta como influencia) y Edward Lear (de quien admira la potencia non sense del género tradicional del limerick). Pero, incluso cuando mete en su terreno de pensamiento a esta suerte de árbol genealógico o linaje al cual pertenecer, Aira parece hablar de su propio territorio estético.

“Delton Welch es uno de esos raros premios que le tocan al lector asiduo. Sería una pena dejar el hallazgo en manos de la suerte”, dice en la página 158. ¿No es, quizás, el mismo Aira ese “raro premio” -no hay otro que haya buscado con más intensidad la rareza en sus novelas que él- para “lectores asiduos”? Y en otro momento parece develar el misterio de por qué sus novelas fueron tomando la forma de “novelitas”, según sus propias palabras. Escribe en la página 101: “La brevedad también deriva de las premisas surrealistas. Todas las sobredeterminaciones […] se resumen en la exigencia de pureza, elemento clave de todos los movimientos o escuelas programáticos, y centro constante de las preocupaciones de los surrealistas. La brevedad asegura a priori la pureza, al cerrar la puerta, a todo lo accesorio o trivial que tiene la extensión.”

Borges creía que la ficción es aquello que no se puede verificar de ningún modo. Es en ese espacio de indeterminación exacerbada y en la búsqueda de la integridad literaria donde Aira cimentó su reputación a partir del corpus de esos más de cien textos publicados como una totalidad y programa que parece una política del deseo y, además, el placer por la escritura, que pudo sostener a los largo de tantos años. En ese sentido, estos ensayos no hacen más que sumar sentido a este gran trabajo sin quitarle una porción de misterio a ese proceso aireano que todavía sigue en marcha como un work in progress infinito.

Fuente: Clarín