“El desarraigo me está secando el alma”: a sus 80, Enrique Breccia, maestro argentino de la historieta, anuncia su decisión de abandonar Roma

En un encuentro con Infobae en su casa del barrio histórico de Tiburtino, rodeado por las murallas aurelianas, el legendario ilustrador reflexiona sobre sus catorce años en Italia, critica la degradación del arte contemporáneo y explica por qué necesita regresar a la llanura bonaerense para salvar su creatividad

Enrique Breccia decide regresar a Mar del Sur tras catorce años en Roma para reconectar con sus raíces en la llanura bonaerense

El ilustrador e historietista argentino Enrique Breccia anunció su decisión de abandonar Roma tras catorce años y regresar de manera definitiva a Mar del Sur, el pueblo costero donde se forjó su vínculo con la llanura bonaerense. La trayectoria internacional lo convierte en uno de los referentes de la historieta contemporánea. Su carrera destaca por la consistencia de su identidad artística a pesar de las exigencias de las grandes editoriales globales.

En 2011, su trayectoria fue reconocida con el premio Gran Guinigi como Maestro de la Historieta. En 2012, recibió el Diploma al Mérito de los Premios Konex como uno de los mejores ilustradores de la década en Argentina.

Durante el encuentro con Infobae en su casa del barrio Tiburtino, uno de los sitios históricos del este de Roma, ubicado junto a las murallas aurelianas y atravesado por la vía Tiburtina, que conecta la ciudad con la antigua Tivoli, Breccia rechaza la categoría amplificada de “artista” y denuncia la pérdida del “viejo concepto griego de belleza, verdad y bien”.

Hombre canoso de barba blanca con cicatriz sobre el ojo izquierdo, vistiendo camisa a cuadros, en su estudio con monitor, lámpara y obras de arteEl historietista argentino denuncia la pérdida del antiguo concepto griego de belleza, verdad y bien en el arte contemporáneo.

Breccia nació en Buenos Aires en 1945, hijo del legendario dibujante Alberto Breccia. Comenzó su carrera profesional a fines de la década del sesenta ilustrando novelas para la editorial Difusión. Su primer trabajo relevante fue la colaboración en La vida del Che (1968).

Durante los años setenta y ochenta, su labor atraviesa distintas publicaciones: la serie Spy 13 para la editorial británica Fleetway (bajo seudónimo y durante ocho años), aportes a la revista Linus en Italia y la publicación de El buen Dios y Alvar Mayor junto a Carlos Trillo en la revista Skorpio. En la Editorial Récord colaboró con guionistas como Guillermo Saccomano, Ricardo Barreiro y Walter Slavich, consolidando su presencia en el circuito argentino e internacional.

—Enrique, vi algunas entrevistas previas tuyas y en una decías que no te autodefinías como un artista. ¿Por qué?

—Es una palabra muy gastada. Ahora cualquier cosa es arte, o sea, nada es arte. Y eso vale para las artes plásticas, la música, la escultura, para todo. Hay una degradación, sobre todo en Occidente, impresionante y creciente.

—¿Cómo impacta la inteligencia artificial en esta especie de decadencia del concepto de arte?

—Poco. La inteligencia artificial es una máquina, no tiene alma. La creación sale del alma y eso no lo puede reemplazar nadie.Alvar Mayor Enrique BrecciaAlvar Mayor: Junto a Carlos Trillo, Enrique Breccia dio vida a una de las obras cumbres de la historieta épica y filosófica.

—¿Y en el trabajo diario, cómo impacta?

—Nada. Lo degrada todavía más porque unifica. La inteligencia artificial hace seis, siete años empezó a cambiar el gusto del público. Las grandes editoriales, que no son empresas filantrópicas, empezaron a contratar pibes jóvenes duchos en el manejo de internet. Ahora hay programas que dicen cómo hacer una historieta. Los pibes se meten ahí, no saben dibujar, no saben un carajo, pero sale una historieta pintada con las famosas tablets, con color digital. Son todas iguales, son todas malas, son todas horribles. Hay una unificación en la vulgaridad. El viejo concepto griego de belleza, verdad y bien se perdió. Creo que se perdió deliberadamente.

—¿Cómo ves la homogeneización del gusto y el paladar del público en el arte actual?

—El gusto del público fue degradándose y las editoriales ahora empezaron con eso: si el público consume bosta, vamos a darle bosta.

—¿Cómo se responde desde el arte ante esa situación? ¿Hay una posición política?

—Obviamente que hay una posición política. En esta posmodernidad líquida, gelatinosa, relativista, privada de todo sentido de trascendencia, hay una promoción de lo vulgar y lo feo. Uno va a las grandes ferias de arte y es todo basura. Hace poco, un italiano hizo una escultura invisible, puso una chapa de bronce con el título y no había nada. El tipo es un vivo. Lo grave es que hubo un boludo que se la compró en diecinueve mil euros. Le compró un pedazo de aire.Estantería de madera blanca llena de libros y cómics apilados vertical y horizontalmente. Se ven lomos de diversas publicaciones, algunos con el nombre de Enrique BrecciaLos estantes de Enrique Breccia en Roma, antes del embalaje definitivo hacia Mar del Sur.

—¿Quién legitima eso en el universo artístico?

—Yo creo que forma parte del suicidio de Occidente. Estoy convencido de que Occidente se odia a sí mismo, se cascotea en el techo y lo va a lograr.

—¿Cómo ves el impacto de lo ‘políticamente correcto’ y la pseudo-transgresión en el arte y la política?

—Forma parte de lo mismo, es un plan bien orquestado. Los que manejan los hilos del mundo no son los gobiernos, sino ONG supranacionales, la gran oligarquía financiera global, Soros, Gates, Blackrock, los que cortan el estofado. Se manejan con dos alas, una a la izquierda y otra a la derecha. Hay una enorme masa de maniobra, los idiotas útiles de siempre, que son jóvenes lamentablemente, en su gran mayoría, que creen que luchan contra el sistema y son absolutamente funcionales a él.

—¿En qué movimientos jóvenes ves esto?

—En todo lo que sea políticas de género, en el feminismo, en el indigenismo. El indigenismo en Hispanoamérica no es un problema racial, es un problema social. Lo que padecen los aborígenes lo padecen los criollos también. Todo esto viene de las grandes academias, de la Ivy League de Estados Unidos, que luego pasó a Francia y después se difundió por el planeta.

—Voy a remontarme a tus inicios. ¿Trabajaste con tu viejo en los inicios? ¿Hay algo de legado y cuándo aparece tu voz propia, tu trazo?

—Yo no trabajaba con mi viejo, primero. Mi viejo era un tipo muy especial, para llamarlo de alguna manera. Estaba muy ensimismado en sus cosas. Yo le mostraba mis dibujos y se negaba a verlos, pero me pedía ayuda, eso sí. Yo se la daba porque era mi viejo, porque lo quería. Yo cargo con un apellido que tuvo ese mérito —hay que concedérselo—, supo caer del lado correcto de la historia. Mi viejo de política no sabía una mierda, pero cayó del lado del progresismo. El mundo de la cultura global está en manos de la izquierda. Lo estuvo siempre y lo sigue estando. Yo soy lo contrario a eso. Entonces, a Enrique, o a Churrique, como me dicen en mis pagos, hay que mantenerlo aparte.Breccia critica la influencia de la inteligencia artificial en la homogeneización y degradación del gusto artístico global.Breccia critica la influencia de la inteligencia artificial en la homogeneización y degradación del gusto artístico global.

—¿No te sentís reconocido, por llamarlo de alguna manera, por parte del establishment cultural de Argentina?

—No. Me siento directamente rechazado, ninguneado e invisibilizado. No me interesa, ¿viste? Porque la gente, el público, me quiere. Eso es lo que me importa. Después, el resto, qué carajo me importa.

—¿Yendo a esa etapa inicial cómo fue tu educación y tus primeros trabajos?

—Casi no tengo estudios. Tengo primario completo y la mitad de primer año. Me rajaron por una injusticia, reaccioné, llamaron a la cana y me echaron. Tuve que empezar a laburar porque mi casa era humilde. Laburo desde los quince años. Primero, estibando.

Siempre fui un tipo fuerte, físicamente. Entonces, estibaba cajones de cerveza en Casa Tía, que fue el primer supermercado allá en el Oeste. Después, de noche, en El Caño, un barcito de la estación de Haedo, donde manejaba la panchera. Entraba a las ocho de la noche hasta las seis de la mañana. La clientela era canas, chorros y putas, no había otra cosa. Yo me llevaba muy bien y la pasaba bien. Mi primer laburo profesional, para llamarlo de alguna forma, fue mi parte de La Vida del Che.

—¿En qué contexto se realizó ese trabajo?

Fue hecha a los tres meses de la ejecución del Che en Bolivia. Jorge Álvarez, el editor, tenía mucha urgencia en sacarlo, así que decidimos, con Héctor Oesterheld, hacer dos guiones por separado. Con mi viejo hicimos un pacto de laburar separados también para no contaminarnos. Yo hice la parte del Che desde que vuelve del Congo hasta que ingresa en Bolivia y la ejecución, y mi viejo, del nacimiento hasta que se va al Congo. En la publicación se nota bien la diferencia de estilo. Ese fue mi primer laburo profesional.

—¿Cómo repercutió ese trabajo en el momento? Hoy hay cierto furor por el cómic documental o la crónica versionada en cómic. Fue como contarlo en tiempo real…Breccia debutó en la historieta profesional ilustrando la vida del Che Guevara en 1968.Breccia debutó en la historieta profesional ilustrando la vida del Che Guevara en 1968.

—El guion de Oesterheld es extraordinario, pero para mí fue un laburo más, yo no inventé nada.

—¿Qué pasa con la vuelta de la democracia y publicaciones como Fierro?

—Tuve la suerte de caer en Fierro y poder hacer casi lo que quería porque era muy amigo de Juan Sasturain, que la dirigía. Hice “Argentina en Pedazos”, dirigida por Piglia. Hice tres: Los dueños de la tierra, una adaptación de Piglia de David Viñas; El conventillo de Discépolo; y El matadero, de Echeverría. Después, El Sueñero, que fue creación mía. Ahí solté todo lo que tenía ganas de soltar.

—¿Qué soltaste?

—Todo. Fue un panfleto, pero bien hecho, porque la mayoría son aburridos. Este fue entretenido y que dejaba clara mi condición de peronista. Milito en política, en el peronismo, desde los dieciséis años. Primero en Tacuara, después en el Comando de la Organización. Ahí dejé clarita mi posición.Un hombre mayor con barba lee un cómic en blanco y negro, sosteniendo el libro con su mano. Viste una camisa a cuadros azul y verde. Al fondo se ven estanterías con librosEl Sueñero: «Ahí solté todo lo que tenía ganas de soltar», afirma Breccia sobre su obra más personal y política.

—¿Cómo encontrás el equilibrio entre lo visual y lo conceptual cuando creás una obra de esa magnitud?

—Eso ya se terminó hace años. Acá no te dejan escribir los guiones, te los dan hechos, uno firma contratos. Tengo que morfar, así que hago cualquier cosa. Los guiones son cada vez más banales, más tontos. Yo meto lo mejor de mí por una cuestión de respeto personal. No me permito una aflojada en el dibujo, soy riguroso. Pero el resultado es mediocre porque los guiones son un desastre.

—¿Qué significa entrar en la industria? Desde afuera, Marvel y DC parecen un mundo aparte.

—Trabajé para todos los mercados y me adapto, porque soy profesional. Me adapto a los gustos de los públicos, que son diferentes en Francia, Estados Unidos, Italia, Argentina. No hay conflicto en eso.

—¿Hay algo esencial tuyo que se mantiene?

—Sí, pero eso se está afectando porque el desarraigo me está secando el alma. Entonces, decidí volver, porque si no me voy a morir de tristeza. Uno es y hace desde un suelo, un paisaje y un clima determinado. El mío es un lugar del sudeste de la provincia de Buenos Aires. Viví ahí gran parte de mi vida.

—¿En qué ciudad?

—No es una ciudad. Es un pueblito costero, Mar del Sur. Yo ahí tuve mi primera casa, me la hice yo con otro amigo. Soy un carpintero bastante aceptable. Hice toda la carpintería, incluyendo escaleras, entrepisos, techos, puertas, muebles. Viví unos dieciocho años a veinticinco metros del agua. Pero era imposible de mantener, el mar te la come cruda. Entonces me mudé a otra más adentro, a unas dieciocho cuadras del mar. Era una casa maravillosa porque había sido un antiguo casco de estancia.En El Sueñero, Breccia logró el equilibrio entre la militancia y la aventura, convirtiéndola en una de las obras más disruptivas de la historieta argentina.En El Sueñero, Breccia logró el equilibrio entre la militancia y la aventura, convirtiéndola en una de las obras más disruptivas de la historieta argentina.

Mis viejos me llevaron a Mar del Sur por primera vez en 1947, yo tenía dos años y nunca dejé de ir. No había absolutamente nada, sólo el hotel viejo, que funcionaba como hotel y tenía un servicio de un camioncito penitenciario que iba a buscar a los que llegaban a Miramar en tren. Lo manejaba un viejo criollo que se llamaba Rojas, que estaba al servicio del hotel. Iba a esperarlos a la estación con ese camioncito cerrado, con dos bancos a los costados y una ventanita enrejada en el fondo. Era todo tierra eso.

—Te escuchaba y pienso en esa mirada de la llanura. Por un lado, la llanura que no se termina, por otro lado, el mar hacia el infinito. Hay algo de bucólico, ¿no?

—Sabés que yo no sé si es bucólico. Yo soy un tipo silvestre, Juan. Soy como un yuyo, un cardo. Pero literalmente hablando, llego a Mar del Sur y me integro inmediatamente.

—¿Formás parte del paisaje, del territorio?

—Sí, sí. Ese es mi lugar. Los antiguos romanos tenían una divinidad que se llamaba el Genius loci, que preservaba la esencia de los lugares y la identidad de los lugares para que no cambiaran. Está vinculado al arraigo todo eso. Eso es Mar del Sur para mí.

—¿Qué es lo que más extrañás estando en Roma?

Lo que extraño es poder mirar lejos. Acá no se puede. Las grandes ciudades son una aberración absoluta. No puedo vivir con gente arriba, a los costados y abajo. Es una locura, una monstruosidad. Y después, la falta de silencio. Cuando uno está en una reunión, aunque sea con amigos o gente que uno quiere, no se permite el silencio.Pintura de un árbol con tronco blanco retorcido y hojas verdes. A su derecha, una estructura rectangular de la que emerge una llama amarillaEl reconocimiento internacional de Enrique Breccia incluye el Gran Guinigi como Maestro de la historieta y el Diploma al Mérito de los Premios Konex.

Cuando se produce un silencio, yo empiezo a mirar y me divierto porque se empiezan a poner incómodos. La gente necesita llenar el silencio con algo, generalmente con alguna pavada, pero la cuestión es que no haya silencio. En cambio, en el campo hay silencio. El criollo es un tipo silencioso. Yo pasaba semanas sin hablar, pero semanas. Hasta el punto que me cambiaba la voz. Iba a hacer algún mandado y me salía una voz finita como la de Ringo Bonavena o una voz gruesa, por falta de uso. Allá, en un asado, todos están cómodos con ese silencio porque forma parte de su esencia. Se aprende a mirar, uno aprende a mirar. Mi último amigo criollo, Porfirio Páez, era un domador, apenas sabía leer y escribir, pero era un sabio porque sabía lo que había que saber. Hablaba con los caballos, los curaba de palabra. Nos visitábamos todos los días.

Yo iba a su ranchito, que estaba a trescientos metros de mi casa, y nos sentábamos en la puerta del rancho, en banquitos bajos, a matear o a tomar cerveza cuando tomaba. Nos quedábamos toda la tarde mirando lejos. Cada tanto, cada dos o tres horas, decía: “Vea, Chulito, aquella es una garza mora o una garza blanca”. O el pelaje de los caballos, cosas que importan. Cosas que por lo menos a mí me importan.

—¿Cómo se traslada eso al trazo, al pulso del dibujo?

—Naturalmente. Yo estoy perdiendo esa esencia, porque eso se pierde.

—Sí, porque eso es cultivar el alma realmente, ¿no?

—Pero claro. Porque la creación nace en el alma y llega a las manos. Y si el alma está desarraigada, está con las raíces al aire y secándose, la cosa se complica.

—Te quedás solo con lo técnico.

—Claro, pero lo técnico no sirve para nada.

—Lo técnico es inteligencia artificial, como charlábamos al principio.

—Exacto, exacto, exacto. Así que vuelvo ahora ya definitivamente en julio.Vista cenital de Enrique Breccia dibujando con un lápiz azul sobre papel blanco. La mesa está llena de lápices de colores, pinceles, borradores y un trapo con manchas de pinturaBreccia subraya su identificación con Mar del Sur, al destacar el arraigo, el silencio y la contemplación de la llanura como fuentes de inspiración artística.

—¿Cuántos años fueron aquí en Roma?

—Catorce. Estoy muy bien, tengo una mujer maravillosa, pero me vuelvo solo. Me vuelvo a Mar del Sur. Creo que a Dios le gustan las simetrías, así que voy a volver al lugar donde empecé. Ahí viviré lo que Tata Dios disponga, con mi gente: los nietos y los hijos de mis antiguos amigos criollos, con quienes trabajé en estancias de a caballo. Yo criaba caballos, tenía una tropilla de veintitrés criollos. Ellos fueron muriendo todos, y quedó la gente, los hijos y los nietos. Y esa es mi gente.

—¿Vas a seguir dibujando?

—Capaz que para mí, alguna que otra cosa. Yo dejaría de dibujar hoy. Ya hubiera dejado hace rato, pero tengo una enorme habilidad manual. Estoy agradecido a Dios por eso. Para dibujar, pintar, trabajar la madera, el hueso, hacía trabajos de soga para mis amigos. Me pagaban con trueque: un cuarto de bolsa de zanahorias, un cacho de carne. Así viví años sin dibujar y de lo más contento.

—Estamos en Roma y se cumple el primer aniversario de la muerte de Francisco. ¿Qué lectura hacés al respecto?

Se ha muerto un santo. Francisco era un hombre excepcional en todos los sentidos. Tuve el honor de que me invitaran a las jornadas inaugurales de Scholas Occurrentes en 2014, estuvimos laburando dentro del Vaticano. Aproveché y le llevé unos curabrocheros, unas acuarelas. Estuvimos charlando un rato, un hombre extraordinario.Fotografía enmarcada de Enrique Breccia y el Papa Francisco. El Papa, vestido de blanco, sostiene una pila de ilustraciones, mientras Breccia lo observaBreccia recuerda su encuentro con el papa Francisco en el Vaticano durante las jornadas de Scholas Occurrentes, un momento de conexión entre sus raíces argentinas y su vida en Roma.

—Hablando de los orígenes…muy argentino, ¿no?

—Sumamente argentino. Vivía en Casa Marta, en Santa Marta, pero las raíces le pasaban como un cable subterráneo y estaban afincadas en Argentina. Nunca las perdió.

—La última: ¿la sabiduría llega con los años?

—¿Sabiduría de qué? [ríe] Yo no soy un sabio. La verdad que la vejez es una mierda. Te levantás todos los días preguntándote qué carajo me va a doler hoy. Perdés, perdés facultades, perdés fuerza, perdés… Es una cagada, ¿viste? Después aparecen las fotos de señoras, de ancianas y ancianos bien vestidos paseando por lugares idílicos, pero esa no es la realidad.Hombre mayor de cabello y barba blancos, con camisa a cuadros azul y verde, sentado en un taburete. Detrás hay una estantería con libros y carpetasEntre libros y recuerdos en su casa del barrio Tiburtino: Enrique Breccia rodeado por la biblioteca que lo acompañó durante sus catorce años de residencia en Roma.

Fuente: Infobae