En la tarde española/mañana argentina en que esta charla tiene lugar, un viernes, mientras el mundo entero se predispone a un nuevo fin de semana –los niños salen del colegio, las señoras van a la peluquería, los amantes hacen planes…– el autor (Konex de Platino, Ortega y Gasset a la Trayectoria, Premio Rey de España, Doctor Honoris Causa por la UBA, entre tantos otros reconocimientos) dice, desde la calma de su hogar madrileño, que le queda en el tintero “hacer un buen libro”; que le hubiera gustado escribir mejor, pero que, no vaya uno a creer, él sigue intentando.
Allí, en ese tan personal como ingrato territorio de confrontación con la falta, es donde entra en escena algo de la envidia. A Borges, nada menos, envidió siempre Caparrós, pero también a John Coltrane. Blancos del deseo que le marcaban un norte. “Buscar, trabajar, intentar ser mejor…”, se explica. Ahora, o en realidad desde 2021, cuando escuchó de un médico el diagnóstico de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), ya no solo anhela el talento del más perfecto de los escritores, del más virtuoso y filosófico genio del jazz. Ahora, que en su rutina todo lo cotidiano se ha vuelto extraordinario, el halo verde de la envidia de Martín Caparrós desciende sobre el tipo ignoto que camina, despreocupado, por una vereda cualquiera; sobre la mujer que cada mañana, sentada en el mismo banco del parque, sostiene con firmeza un libro entre sus manos y se deleita en la lectura. El sentimiento, entonces, dejó de ser aquel franco motor de progreso, porque por más que envidie al señor ese que pasa caminando, reconoce, “yo sé que no voy a caminar”. En el último tercio de 2026, el periodista y escritor argentino despunta sus días temprano. Cada mañana, a las ocho u ocho y media, está presto en la silla que sostiene lo que sus músculos ya no pueden, un lugar, un espacio en el mundo que dejará de ocupar más de doce horas después, cuando su larga jornada de escritura, lecturas, atenta escucha de discos y contacto vía mail y WhatsApp con todos esos amigos que le envían noticias y afecto desde tantos países, culmine. Pese a la evidente adversidad, es un ciclo prolífico para el autor, que encuentra en “la silla” un mirador ineludible desde el cual describir la época e incluso volver atrás, a tiempos más astutos de ese país, la Argentina, que sigue siendo suyo a pesar de la distancia geográfica, y del oficio que sigue corriendo con brío por sus venas, el periodismo. Así creó a Andrés “El Pibe” Rivarola, el personaje central de su serie de novelas policiales (Todo por la patria, Horror de Buenos Aires y Los suicidios de Gardel, ya están editadas aquí por Galaxia Gutenberg; Ojos que no ven saldrá en los próximos días), un buscavidas amante del tango y aspirante a redactor en un diario porteño de los años 30, que se irá cruzando en sus investigaciones con figuras clave de la época, desde el Zorzal Criollo y Homero Manzi hasta Borges, Perón o García Lorca. “A mí me interesaba, a priori, aquella etapa en la que el tango estaba vivo”, cuenta, al inicio de la extensa charla. “Para nosotros el tango sigue siendo importante como parte de nuestra cultura, pero no deja de ser una pieza de museo. Quiero decir: hace muchas décadas que no se escribe ninguno de los grandes tangos.
Es algo que ha quedado confinado. Entonces, me atraía tratar de pensar cómo sería cuando un chico joven que quería expresarse, en lugar de pensar un trap, pensaba un tango. Eso básicamente ocurría en los años veinte, treinta, cuarenta. Esto se juntó con un verano en el que no podía parar de leer las novelas de Andrea Camilleri, las del Comisario Montalbano. Las leí todas. Cuando ya no me quedaba ninguna, me apené y dije: ‘Bueno, yo podría hacer algo. No me va a divertir tanto escribir algo así como leer algo así, pero voy a intentarlo’. Entonces se me volvió a cruzar esta idea de los años treinta argentinos, de la época en la que el tango vivía, y se me ocurrió armar un personaje que fuera eso, un más o menos joven que quería escribir tangos. Después, para ponerlo dentro de cierto vértigo narrativo, pensé que lo mejor era armar thrillers con todo esto”.
“Antes, en el tercer cajón del escritorio de un periodista estaba la botella de ginebra; ahora están el mate, el termo y la yerba. Eso es un cambio significativo, aunque no lo parezca”
–Y allí es donde se cuelan las noticias de la época… –Exacto. Un día estaba armando este nudo y me crucé con una noticia. Estaba mirando tapas de diarios del momento, y una decía: “La Fiera ha desaparecido”. “La Fiera” era Bernabé Ferreyra, el gran jugador de fútbol de la época, un tipo carísimo. Costó tanto, que es por haberlo comprado que empezaron a llamar a River “los millonarios”, porque eran los que tenían el dinero para comprar a este hombre. Empecé a mirar un poco más… «Ah, puedo hacer que mi personaje, que todavía no se llamaba Andrés Rivarola, se meta en esta historia. Que empiece a averiguar qué pasó con La Fiera», pensé. Y a partir de ahí fueron desencadenándose el resto de las cosas. No hay tanto escrito sobre la vida cotidiana en Buenos Aires en esos años, pero empecé a leer lo que pude, para meterme más en el clima. Empecé también a encontrarme con que podía darle sentada a ciertos personajes curiosos de esos años, de manera ficcionada, pero tratando de mantener sus características. Gente como Borges o su amigo Bioy, o el Comisario Lugones, el hijo de don Leopoldo Lugones, inventor de la picana eléctrica; García Lorca en su visita a Buenos Aires… Pensé en ir desarrollando el personaje, que Rivarola tuviera una vida, con sus amores y ambiciones, y que todo el tiempo intentara escribir tangos. Esas composiciones aparecen en el libro. Me gustó mucho poder, con inteligencia artificial, ponerle música a sus tangos terminados, y que se los pueda escuchar a partir de un QR en los libros.
–La cuestión generacional te emparenta más con el rock, con su poética y su forma de vida. Quizás para los lectores estás unido también al jazz, porque has hablado a menudo de tu amor por el género; a la música de Brasil. Pero, ¿de dónde viene el tango en vos?
–Siempre me atrajo. Me parece que mi primer contacto más o menos sostenido con el tango fue a fines de los 70. Yo tenía veinte, veintidós años, estaba exiliado en París y veía mucho a la gente del Cuarteto Cedrón, del Tata Cedrón. Ellos convirtieron en tangos muchos poemas de Juan Gelman, o de González Tuñón, pero yo entré más por el lado de Gelman. Y así, por azares, y por amigos de amigos, los veía bastante. Creo que ese fue mi primer contacto fuerte con el tango. Cuando volví a Buenos Aires, sobre todo hacia fines de los 80, empecé a ir a escuchar tango por ahí. No había aún todas esas milongas que después aparecieron. El tango estaba marginado, pero se podía ir a un bar en Palermo y escuchar cantar a Goyeneche, acompañado por un bandoneonista excelente, Néstor Marconi. Y yo iba, con mi amigo Jorge Dorio y otra gente, a escucharlo. No podíamos creer que Goyeneche estuviera cantando para treinta tipos, que era toda la concurrencia. Era una época en la que Goyeneche se ofrecía para cantar en tu casa por unos mangos. Siempre nos reíamos: «Podríamos hacer una fiesta, traerlo al Polaco y que cante». Nunca lo hicimos porque nos daba pudor.
¡¿Cómo te vas a llevar al Polaco Goyeneche a cantar a tu casa por dos con veinte?!
Esto no quita que sí, que el rock y el jazz, por supuesto, estén muy fuertemente en mi vida, pero tengo una vieja relación con el tango y la idea de escribir algunos, que fue finalmente lo que hice en esta serie, me dio mucho gusto.
–También elegiste un narrador que comparte un oficio con vos, el periodismo, pero que se mueve más por obra del azar que por método. Escribir a este periodista poco riguroso, aunque muy pícaro, audaz, ¿fue una suerte de travesura o fue un homenaje a los cronistas de antaño, a un periodismo de antaño?
–(Sonríe) Yo creo que las dos cosas; travesura y homenaje. Hay muchas escenas de las novelas que transcurren en la redacción de Crítica como una forma de tratar de recuperar aquellos sitios, que eran lugares de formación extraordinarios. No había carrera de periodismo porque no era necesario, porque para ser periodista lo único que uno tenía que hacer era conseguir meterse en uno de esos lugares y aprender de los viejos. En esa época, los maestros estaban en las redacciones, ahora ya no queda nada de eso. No solo las redacciones se disgregaron por la cosa digital, sino que ya desde antes esos viejos maestros habían dejado de estar en las redacciones. Todo ese espacio de formación se había perdido. Las redacciones eran un espacio de joda, de relaciones de todo tipo, de alcohol, de chistes, de chismes, de ilusiones perdidas… Y yo tenía ganas de recuperar algo de eso en estas novelas.
–Es una gran forma, desde la ficción, de recuperar algo que difícilmente se le pueda transmitir hoy a un cronista muy joven mediante la experiencia. No hablemos del periodismo de los años 30, sino siquiera del de los 90…
–Es que hubo un cambio enorme… Antes, en el tercer cajón del escritorio de un periodista estaba la botella de ginebra; ahora están el mate, el termo y la yerba. Eso es un cambio significativo, aunque no lo parezca en primera instancia. Las redacciones eran lugares donde se bebía mucho, se fumaba mucho y había mucho hijo de puta que te ponía la gamba para que te tropezaras en cuanto te descuidabas. Por supuesto que no era un ambiente santurrón, pero bueno, se aprendía mucho y se la pasaba bien.
–Has contado más de una vez que, a tu regreso a Buenos Aires en los años ochenta, después de París y España, tuviste el registro de ser “un forastero” acá. Y luego, al volver a España, viviste la sensación de “no ser nadie”, porque allí tu nombre aún no había circulado tanto. Este itinerario entre los dos países se mantuvo en tu vida. ¿En qué lugar te sentís hoy más extranjero?
–Ahhh… (suspira). Es que no lo sé. Es una de mis grandes dudas. A veces trato de archivarla, porque no tengo respuesta. Yo, entre fines de los ochenta y 2010, viví claramente en la Argentina. Viajaba mucho por cuestiones de trabajo, pero vivía allí. Hasta que un día quise tomarme un descanso de Buenos Aires, que me tenía agotado y aburrido. Fue en 2012, o por ahí, pero llevaba muchos años pensando lo mismo. Cuando estaba en la Argentina me resultaba –y todavía me resulta– muy difícil abstraerme del espacio político, social y demás. Llevaba 10 años diciendo lo mismo y no avanzaba, ni yo, ni la situación. Me dije: “Bueno, voy a pasar un año o dos a Barcelona, a ver cómo me resulta”. Y fue muy impactante, porque en cuestión de meses tuve un cambio de mirada. El primer efecto visible fue un libro que se llama El hambre, que es totalmente global. Creo que mi libro de no ficción anterior se llamaba Argentinismos; o sea: era hiperargentino. Y dos o tres años después publiqué algo que tenía la intención de mirar el mundo, no mi barrio. Y me interesó más eso; sobre todo porque mi barrio no deja de darme disgustos.
La verdad es que cada vez que trato de mirar por ahí, porque sigo mirando y sigo interviniendo, es un disgusto tras otro. Sobre todo, insisto, ya no encuentro formas nuevas para pensar sobre esto. En cambio, el mundo es tan ancho y tan lleno de cosas a las que vale la pena mirar, pensar, describir, acercarse… Entonces, el recorrido me ha llevado a pensar que probablemente vivo en España porque soy extranjero aquí. Y que ser extranjero aquí me ha hecho quedarme aquí, ser casi local. Es mi extranjería la que me hace local.
–Hace unos 10 años dijiste aquello de que la Argentina te dolía. Lo que acabás de contar anticipa que la herida no cicatriza. Entonces, respecto del presente, ¿pensás que estamos, quizás, en un momento de excepción, o que el clima actual es un síntoma de algo más grande que esta coyuntura?
–Ojalá se pudiera pensar como un momento de excepción. El problema es que me resulta más probable pensarlo como una etapa más dentro de un proceso de degradación. Una etapa inverosímil, obviamente. Nadie imaginaba que podríamos llegar a tener un presidente como el que tenemos, que es inimaginable, en sentido literal; nadie habría podido inventarlo. Sin embargo, lo elegimos y, sin embargo, no estamos seguros de que no volvamos a elegirlo. Entonces, esto no es una excepción; es el resultado de algo que le sucede a millones de personas. Es el rumbo que hemos tomado desde hace ya cuarenta o cincuenta años, que nos lleva en un proceso de degradación por ahora incontenible. Leía hace días que, de todos los países de América Latina, la Argentina es el único que tiene una proporción mayor de pobres ahora que hace cuarenta años. O sea, todos los demás países de América Latina tienen menos pobreza que ellos mismos hace cuarenta años; la Argentina es el único que tiene más. Ya eso solo es un indicador espantoso. Pero si además sumamos la degradación educativa, sanitaria, cultural; el hecho, aunque parezca volver siempre a lo mismo, de tomar como normal al señor este que dice que es presidente de la nación, es un país que se ha ido a un lugar muy raro. Y sí, uno lo puede inscribir dentro de un recorrido. Pero, como decía hace un momento, nadie hubiera podido prever que ese recorrido podía llegar a traernos aquí.
–En 2018, en una charla con Hugo Alconada Mon, hablaron de tu método de escritura. Por entonces vos describías que las mañanas estaban reservadas al periodismo y que por las tardes tenías que lograr escribir unas quinientas, mil palabras. Contabas que no usabas libretas, hablabas de ciertas músicas también. ¿Cómo es “el método” ahora?
–Bueno, ahora se descuajeringó todo, porque yo… (duda). Yo suelo pensar que tenía, hasta comienzos de esta década, dos medias vidas. Una consistía en andar por ahí para escribir, dar una charla o presentar un libro; andar por el mundo. Y la otra media vida era estar en casa, escribiendo. Dentro de esa media vida de estar en casa, me había dejado las mañanas para escribir prensa, leer, atender mails y cosas por el estilo. Como para el chiquitaje, por decirlo de una manera de la que no me haré cargo (ríe). Y por las tardes, me tomaba tres o cuatro horas para escribir el libro en el que estuviera trabajando. Lo que pasa es que ahora, desde que estoy en la silla, por un lado, la media vida de viajar desapareció, casi. Viajo muy poco, porque es incómodo y difícil. Y, por otro, la separación que antes hacía entre momentos del día también se desdibujó, porque finalmente estoy todo el día sentado aquí. Me siento a las ocho y media de la mañana y me levanto a las nueve de la noche. Entonces, estoy todo el día escribiendo, leyendo, pero más desordenadamente. Guardo muy poco de aquel orden, lo cual me ha vuelto insoportable, porque estoy todo el día acá sentado, escribiendo. Este año ya escribí como cuatro libros; no puedo parar, es muy raro. Además, cuando no escribo me pongo impaciente, nervioso. En casa ya saben que mis peores momentos son esas dos semanas desde que termino un libro hasta que se me ocurre el siguiente y ya puedo ponerme a trabajar, pero es un delirio, porque no paro.
–En tus memorias (Antes que nada, Ed. Random House), además de describir con precisión casi clínica cómo el cuerpo va abandonando ciertas rutinas, hablás de algo que te empezó a suceder en estos años, que es la envidia desatada por la enfermedad.
–Yo siempre estuve muy a favor de la envidia, ¿eh? Totalmente a favor. Y nada de “envidia sana” o “envidia de la buena”, como dicen por ahí. Yo estoy muy a favor de todo tipo de envidias porque son, ¿cómo decirlo…? Son sentimientos que te llevan a trabajar, a buscar, a intentar. Lo que ha cambiado es que antes me daban envidia Borges, Coltrane, y ahora me da envidia ver pasar caminando a un señor por la puerta de mi casa. Mi umbral de envidia ha bajado muchísimo y ya no me sirve como motor, porque por más que envidie al señor que pasa caminando, yo no voy a caminar. Alguien dirá que igual, por más que envidiara a Borges, no iba a escribir como él. Es cierto, pero eso me permitía hacer un esfuerzo en esa dirección. En cambio, ahora no hay esfuerzo que valga, ya sé que esto es así. Entonces, tengo envidias infinitamente menores y más inútiles. A veces veo pasar a alguien, veo a otro levantarse de un banco en una plaza y digo: “Este no sabe lo que está haciendo”. Esa cosa maravillosa que está haciendo y ni se da cuenta, ¿no? Pero bueno, es así…
–¿Y qué te reconforta hoy? ¿Cuáles son tus placeres cotidianos?
–Sobre todo, escribir. Y charlar. Escribir y charlar es lo que sigue siendo bastante parecido a lo que era. Todo el resto está muy mediado por imposibilidades. Por ahora puedo trabajar, puedo escribir. Todavía puedo teclear, pero a veces me canso y dicto. Y no me parece mal. He encontrado en el dictado también una forma interesante de componer. Esas son, creo, las dos cosas básicas que me quedan.
–¿Quiénes son tus amigos?
–Con el tiempo me fue pasando algo raro con mis amigos, porque la mayoría no está en Madrid. Tengo algunos aquí, pero muchos más en Barcelona, en Buenos Aires, en México, en París… De vez en cuando vienen, pasan un par de días. Supongo que una de las consecuencias de mi nomadismo es esta, que mis amigos están muy repartidos. También del nomadismo de ellos, porque hay gente de la que me hice amigo en Buenos Aires que tampoco está más en Buenos Aires; ahora Rodrigo Fresán y Alan Pauls están en Barcelona, por ejemplo. A veces me río al final del día pensando que, entre mensajes de WhatsApp, charlas y correos, me he contactado con gente en diez lugares distintos.
–Y entre esos otros amigos que son la música, los libros… ¿Qué sonidos te acompañan, qué lecturas?
–Con la música también me pasó algo raro. Yo escuchaba mucha música mientras escribía. Siempre me gustó, para escribir, poner alguna música que me relacionara con lo que estaba haciendo. Ahora, como dicto bastante, resulta que no puedo poner música. No solo porque la computadora no entendería, sino porque cuando le das al botón para dictar, eso te apaga todo el resto de los sonidos. Por lo tanto, ahora escuchar música se transformó en un momento muy particular, en el que elijo sentarme y escucharla. Entonces elijo con más atención. Escucho mucho más jazz, escucho mucho más a John Coltrane, a Keith Jarrett, a Bill Evans. Son grabaciones que tienen setenta años. Yo me creo contemporáneo porque escucho esas cosas… ¡Soy contemporáneo de Tutankamón! (risas).
–¿Y en cuanto a las lecturas?
–Leo en digital, porque no puedo tener un libro agarrado todo el tiempo. Me resulta cómodo; puedo copiar citas, puedo subrayar, puedo guardar fragmentos. Tiene muchas utilidades. Pero lo que he perdido es, en muchos casos, los títulos de los libros, a veces incluso los autores. Porque, claro, cuando uno está leyendo un libro de papel, ve sesenta veces el título, el autor, se lo acuerda por cojones, como dicen aquí. En cambio, en digital no lo ves nunca más. Lo abriste y ya está, porque no sale en la página digital. Entonces, ahora me olvido más de lo que leo
.–En tu adolescencia, en tu juventud, viviste un tiempo de mucho compromiso, de ideales, de aquella pasión periodística de la que hablabas al comienzo. A la luz del presente, tan privado de utopías, ¿qué te ha desilusionado más? ¿La política? ¿Los referentes? ¿La gente en general?
–Mi primera idea sería decir que me desilusionan muchas personas que no creí que fueran a pensar las cosas que piensan y a hacer las cosas que hacen… Siempre digo que lo que más me gusta de ser periodista es que me habilitó asomarme un poquito al resto del mundo. El periodismo, pese a todo, te da un carnet de voyeur que te permite mirar más allá. Entonces me encuentro, efectivamente, con mucha gente que me sorprende y sí, me decepciona. La cuestión es quién soy yo para decir semejante cosa, pero así lo siento. Me consuelo pensando que siempre hemos sido un poco así; que hay épocas en las que nos entusiasmamos con cierta posibilidad del futuro, y hay épocas en que no. Así ha sido a lo largo de la historia. En general, cuando alguna de esas ideas de futuro se concreta mal, o fracasa, se tarda mucho en construir una nueva. Pienso que estamos en una de esas épocas en que la última gran idea de futuro, que fue básicamente la de una sociedad igualitaria a la que pudiéramos llamar socialismo, se fue al carajo, funcionó horrible y no hemos conseguido todavía amalgamar la próxima. Estamos en ese interregno, y siempre es difícil vivir en esos espacios de confusión
–En tus memorias te preguntás cuándo uno termina de darse cuenta de que no será otro, de que es el que es. Hace poco, en una de tus columnas para El País, te preguntabas cómo será ser Messi… Algunos nos preguntamos ¿cómo es ser Martín Caparrós?
–Ah, no tengo ni idea. Puedo imaginarme mejor cómo es ser Messi que cómo es ser Martín Caparrós, porque nunca tuve la posibilidad de mirarlo con la distancia necesaria… A mí me gusta la vida que viví, que sigo viviendo. Me parece que estuvo bien, que aproveché todo lo que pude. Podría haber aprovechado más, pero no estuvo mal. Hice cosas que me gustó haber hecho; no hice la mayoría de las cosas que no habría querido hacer. Pero no sé cómo es ser yo; no consigo imaginármelo.
–Sigamos por el lado del fútbol. Messi se despidió de la selección. Hay dos o tres generaciones de chicos y chicas que no conocen la Argentina sin Messi. ¿Cómo se la explicamos?
–Bueno, yo iría un poco más lejos y diría que todos los que nacieron del setenta en adelante no saben cómo es ser argentino sin la megaestrella. Tuvimos a Maradona durante veinte años, y después a Messi, durante otros veinte o veintitantos. Siempre fuimos el país privilegiado con el mejor jugador del mundo. Eso se acabó, por ahora. No sé si alguna vez sucederá de nuevo, pero no es tan fácil. Entonces, hay una vuelta al llano muy importante. Ahora somos un país más, en términos futbolísticos, y veremos cómo nos va con eso. Quizás mejora. Sería interesante, ¿no? Que nos fuera mejor con eso.
–¿En qué sentido?
–Ver cómo jugó la selección argentina en algunos partidos del último Mundial, y en los últimos tres, cuatro años, me hizo desear que el país se parezca más a ese trabajo en equipo. El ejemplo más claro que se me ocurre es que, si había que parar una pelota que venía difícil, [los jugadores] no trataban de hacer una gran maniobra, sino que trataban de tocársela a un compañero que estuviera al lado y, entre los dos, la paraban. Allí donde uno solo no habría podido, entre los dos sí podían. Y eso funcionaba muy bien, salvo cuando se metía Messi de por medio, porque ahí la igualdad se rompía, y con toda razón. Bueno, ahora ya no va a estar Messi de por medio. ¿Será que vamos a jugar todos a ese juego de equipo? ¿O que ese juego de equipo sin el individuo extraordinario no va a funcionar? Por ahora, no lo sabemos.
–¿Qué queda pendiente, Martín?
–Escribir un buen libro.
–¿No escribiste buenos libros? –
Bueno, me habría gustado algo mejor, digamos. Siempre pienso que me habría gustado hacer algo mejor, esa sensación de que podría haber hecho mejores cosas. Sigo intentando, eh, no vayan a creer.
Fuente: Valeria Agis, La Nación

