Este boceto monocromático de Lisa Gherardini, los primeros trazos de la obra que se convertiría en la icónica Mona Lisa
Durante más de cinco siglos, millones de personas intentaron descifrar el significado de su sonrisa. Algunos vieron melancolía; otros, serenidad, misterio o incluso ironía. Ninguna otra expresión humana fue tan observada, analizada y debatida en la historia del arte. Mucho antes de convertirse en el rostro más famoso del mundo, la mujer retratada por Leonardo da Vinci era simplemente Lisa Gherardini, una joven florentina que jamás imaginó que su imagen trascendería los siglos.
La historia de la pintura occidental suele evocar las manos de creadores como Miguel Ángel Buonarroti esculpiendo el mármol o la genialidad de Leonardo explorando los misterios de la naturaleza. Detrás de la obra más célebre de la historia del arte existe una mujer real cuya vida transcurrió lejos de la fama. Lisa nació el 15 de junio de 1479 en Florencia, en el corazón de la Toscana.
Pertenecía a una antigua familia aristocrática que había perdido gran parte de la riqueza y la influencia que había disfrutado en siglos anteriores. Su infancia transcurrió entre las calles de una Florencia que vivía el esplendor del Renacimiento y las propiedades rurales que su familia conservaba en la región de Chianti. Como muchas jóvenes de su tiempo, fue educada para el matrimonio y la vida familiar.
Turistas contemplando el cuadro de la «Mona Lisa» de Leonardo da Vinci en el Museo del Louvre, París, Francia (REUTERS/Sarah Meyssonnier)
De Lisa Gherardini a La Gioconda
La Florencia en la que creció Lisa era una de las ciudades más dinámicas de Europa. Centro financiero, comercial y artístico del Renacimiento, atraía a mercaderes, banqueros, escultores y pintores que transformaban la ciudad en un laboratorio cultural único. La familia Gherardini no era rica, pero conservaba el prestigio de un apellido histórico cuyo estilo de vida dependía principalmente de la producción agrícola de sus tierras.
Lisa había nacido en una casa de la Via Maggio. Era la hija mayor del matrimonio entre Antonmaria di Noldo Gherardini y Lucrezia del Caccia, ambos pertenecientes a la aristocracia rural de la Toscana. Su padre provenía de un antiguo linaje noble que había perdido gran parte de su fortuna y sus tierras; su madre era miembro de otra familia acomodada de la región. Lisa fue la primogénita de un hogar numeroso: el matrimonio tuvo siete hijos, con seis hermanos menores —tres varones, Giovangualberto, Francesco y Noldo, y tres mujeres, Ginevra, Camilla y Alessandra.
El 5 de marzo de 1495, cuando tenía apenas quince años, Lisa contrajo matrimonio con Francesco di Bartolomeo del Giocondo, un comerciante de seda y textiles varios años mayor que ella. Como parte del acuerdo matrimonial, aportó una dote de 170 florines y una pequeña propiedad rural llamada San Silvestro. Para los estándares de la época, no era una fortuna extraordinaria, pero reflejaba la respetable posición social de ambas familias.
La pareja llevó una vida relativamente cómoda dentro de la creciente clase media florentina. Tuvieron cinco hijos —Piero, Camilla, Andrea, Giocondo y Marietta— y compartieron una existencia marcada por las responsabilidades familiares, los negocios y la intensa vida urbana de la ciudad. Francesco también desarrolló una carrera pública y llegó a ocupar diversos cargos en la administración local, muestra de la notoriedad que había alcanzado dentro de la sociedad florentina.
Lejos de la imagen de musa legendaria que adquiriría siglos después, Lisa era una mujer de su tiempo: esposa, madre y administradora de un hogar que crecía al ritmo de las oportunidades económicas de la Florencia renacentista. Fue precisamente esa vida ordinaria la que, de manera inesperada, terminaría conectándola con la inmortalidad.
La ambigua sonrisa: estudiada desde la neurociencia y la percepción visual, sigue desafiando la interpretación cinco siglos después (Louvre Museum/Public Domain)
El retrato que nunca llegó a su dueño
A comienzos del siglo XVI, los Giocondo vivían su mejor momento económico. Acababan de mudarse a una nueva casa en la Vía della Stufa, cerca del centro de Florencia, y la familia celebraba el nacimiento de uno de sus hijos. Según la teoría más aceptada por los historiadores, Francesco encargó entonces un retrato de su esposa para conmemorar esos acontecimientos.
El elegido para inmortalizarla fueLeonardo da Vinci, un genio de reputación ya consolidada que, paradójicamente, atravesaba un período de profunda inestabilidad económica. Lo que en apariencia se perfilaba como un encargo rutinario —un retrato privado más entre los miles que financiaba la burguesía del Renacimiento— mutó en algo muy distinto. Leonardo no vio en aquella obra un simple trabajo por encargo, sino el lienzo de un proyecto estrictamente personal que, de manera casi mística, lo acompañaría hasta el final de sus días.
El artista comenzó a trazar las primeras líneas del retrato alrededor de 1503. Fascinado por el potencial revolucionario del sfumato, Da Vinci dedicó años enteros a difuminar las fronteras del lienzo, perfeccionando esas transiciones casi imperceptibles entre luces y sombras que terminaron por dotar al rostro de una profundidad y naturalidad asombrosas. Bajo este tratamiento, la expresión de Lisa —aparentemente simple a primera vista— cobró una densidad y una complejidad psicológica que resultaban completamente inéditas para el arte de la época.
Fiel a su naturaleza dispersa y obsesiva, Leonardo alternaba el progreso del cuadro con compromisos de enorme envergadura, entre ellos La batalla de Anghiari, un monumental mural encargado por el gobierno de Florencia. Pese a la vorágine de planos arquitectónicos e ingeniería militar, nunca dejó de lado el retrato de Lisa. Con una paciencia única, volvía a él una y otra vez para modificarlo, retocarlo y perfeccionarlo en la intimidad de su taller.
Lo curiosos de la historia y que alteró el destino de la obra para siempre fue que Francesco del Giocondo nunca llegó a recibir el cuadro aunque lo había pagado. Leonardo se llevó la pintura cuando partió de Italia para instalarse en Francia bajo el mecenazgo del rey Francisco I. Durante el exilio, rodeado de manuscritos y recuerdos, continuó perfeccionando el óleo hasta sus últimos meses de vida. Aquella efigie de la joven florentina había dejado de pertenecer a su esposo; se había transformado, de forma definitiva, en la obsesión creativa más íntima y duradera del gran maestro.
La Mona Lisa y su enigmática sonrisa aún desafían interpretaciones (Louvre Museum/Public Domain)
Una identidad rescatada
Durante siglos, la identidad de la mujer atrapada detrás de la sonrisa más famosa del arte fue una incógnita oculta en una densa niebla y con muchos debates. Ante la falta de certezas, las especulaciones de los investigadores se multiplicaron: algunos aseguraban que se trataba de una dama de alta alcurnia vinculada a la poderosa dinastía de los Médici; otros, que era una figura puramente idealizada nacida de la mente del genio; incluso hubo quienes propusieron que la obra era una representación simbólica que jamás necesitó de un modelo de carne y hueso…
Este manto de misterio y confusión no hizo más que agigantarse a la par del mito. A medida que el lienzo se transformaba en un ícono cultural reverenciado en el mundo, la verdadera figura de Lisa Gherardini pareció diluirse por completo, devorada por la fama del lienzo. La mujer real se había vuelto invisible.
Pero el destino de la misteriosa florentina comenzó a cambiar cuando las huellas del pasado salieron a la luz gracias a una serie de registros que vinculaban el retrato con el linaje del Giocondo: en 2005, el investigador alemán Armin Schlechter protagonizó un hallazgo extraordinario en las profundidades de la Biblioteca de la Universidad de Heidelberg.
Oculta entre las páginas de una antigua edición de las obras de Cicerón fechada en 1477, Schlechter descubrió una anotación manuscrita al margen. La nota había sido redactada en octubre de 1503 por Agostino Vespucci, un funcionario florentino y contemporáneo de Da Vinci, quien comparaba al maestro con los grandes pintores de la antigüedad y detallaba, de manera inequívoca, que en ese preciso momento el artista se encontraba trabajando en el retrato de Lisa del Giocondo. Aquellas anotaciones cotidianas, sobre el papel hacía más de quinientos años, confirmaron al fin lo que muchos consideraban una simple leyenda: la Gioconda era Lisa Gherardini.
Esa pequeña anotación se convirtió en un milagro histórico: le devolvió el nombre, el rostro y la dignidad a una mujer que había quedado eclipsada por su propio reflejo. Al desvanecerse los mitos, la Mona Lisa dio un paso al costado para dejar ver, una vez más, a la persona real que inspiró la eternidad.
Su imagen fue usada y alterada de mil maneras. En este collage la mencionan como «la gran influencer de todos los tiempos»
El final de los días en Sant’Orsola
La vida de Lisa continuó su curso muy lejos del destino extraordinario e inmortal que aguardaba a su retrato. Con el paso de los años, sus hijas Camilla y Marietta ingresaron en clausuras florentinas, una práctica profundamente arraigada entre las familias acomodadas de la época. Fue precisamente con el convento de Sant’Orsola que Lisa tejió su vínculo más íntimo, ya que tras los altos muros de piedra residía Marietta, quien había adoptado los votos bajo el nombre religioso de sor Ludovica.
Sus últimos años estuvieron marcados por la enfermedad y las pérdidas familiares. Su esposo, Francesco del Giocondo murió a causa de la peste. El deceso ocurrió entre los años 1538 y 1539 en Florencia, cuando el comerciante tenía cerca 80 años. Viuda, desamparada y con la salud visiblemente quebrantada, Lisa abandonó el hogar conyugal para ser acogida en Sant’Orsola, buscando el amparo y los cuidados de su devota hija.
En aquel austero recinto transcurrieron sus últimos años, envuelta en un ambiente de silencio y recogimiento místico, completamente ajena a los selectos círculos artísticos que ya comenzaban a venerar la maestría de Da Vinci. Murió el 15 de julio de 1542, a los 63 años. Su cuerpo fue sepultado con sencillez dentro del complejo del convento.
Como si el destino la hubiera condenado al anonimato, con el correr de los siglos y el abandono del edificio, la ubicación exacta de su tumba se perdió en la incertidumbre. En años recientes, se realizaron complejas campañas arqueológicas en las que removieron la tierra del convento Sant’Orsola en un intento por localizar sus restos e intentar extraer material genético que confirmara su identidad. Pero, las grandes transformaciones arquitectónicas del edificio y el severo deterioro impidieron encontrarla.
Detrás del vidrio blindado que la protege en el Museo del Louvre, la joven florentina nacida en 1479 sigue mirando al mundo con la misma sonrisa que Leonardo fijó en el óleo hace más de cinco siglos. Y su sonrisa sigue sin ser descifrada.
Fuente: Infobae

