Diez discos clásicos que cumplen 50 en la segunda mitad del año

ESCUCHÁ LAS CANCIONES. De John Lennon y George Harrison a Pink Floyd y Creedence, cuáles son los discos clásicos que cumplen 50 años en la segunda mitad del 2020

Desde los primeros discos de la diáspora beatle hasta el mal viaje de Black Sabbath y los Stooges , pasando por Abraxas de Santana Atom Heart Mother , de Pink Floyd ; uno de los clásicos más extraños de David Bowie y aquella máquina humeante de los Creedence Clearwater Revival, muchas son las obras clásicas que en este segundo semestre cumplirán 50 años .

Fun House, The Stooges

En todas y cada una de las biopics sobre músicos que vimos en la cuarentena, el villano es siempre el mismo: un empresario discográfico. Bueno, también hay que darles algo de crédito. Aún en el turbulento 1969, no hacía falta ser vidente para entender que los Stooges no tenían la menor chance de vender grandes cantidades de discos. Sin embargo, Elektra bancó el debut y se salteó el botón de pánico cuando escucharon el ruido que hacía el nuevo integrante: el saxofonista Steve Mackay. Como productor, Don Gallucci (The Kingsmen) no usó nada de lubricante social. La vanguardia es así: la música incandescente que hacen cinco blanquitos disfuncionales que escuchan obsesivamente a Howlin Wolf y abandonan cualquier esperanza. Fecha de edición: 7 de julio de 1970.

Cosmo’s Factory, Creedence Crearwater Revival

Creedence Clearwater Revival
Creedence Clearwater Revival

El otro lado de la moneda. Ahí donde los directivos de Elektra se devanaban los sesos tratando de encontrar algo que sonara más o menos como un single, la banda de John Fogerty metía no menos de cuatro hitazos por disco . En ese sentido, la tapa (la bicicleta, el relajo de Stu Cook) es engañosa: el cuarteto nunca perdía el tiempo. A diferencia de casi todo el rock de la Costa Oeste, Creedence rehuía de la zapada psicodélica y se encolumnaba detrás de las canciones de John Fogerty, que escribía sobre el miedo y la fiesta con los pies apoyados sobre una base rítmica implacable. Los once minutos de «I Heard It Through the Grapevine» son la excepción que confirma la regla. Fecha de edición: 16 de julio de 1970.

Paranoid, Black Sabbath

El lugar común -véase Wikipedia- indica que la música de Black Sabbath contrastó con su contexto. No fue así. Para finales de 1969, el sueño de la Era de Acuario había trocado en pesadilla. En plena escalada de Vietnam, el Clan Manson irrumpió en escena y el festival de Altamont quedó rubricado con el asesinato de Meredith Hunter a manos de Los Ángeles del Infierno. El mal viaje de Paranoid , en ese sentido, maridó muy bien con el zeitgeist. De acuerdo a las necesidades dramáticas de Ozzy Osbourne , el ensamble oscila entre el ataque monolítico y el humo lechoso de la psicodelia. Así, mientras Ozzy sirve de maestre en el funeral eléctrico, Butler empuña su bajo atronador como cable a tierra y Bill Ward usa ese extrañísimo toque jazzístico y pesado que la banda nunca logró reemplazar. Apostado en un lugar estratégico, Tommy Iommi lanza riffs como si fuera un arponero detrás de la gran ballena. Fecha de edición: 18 de septiembre de 1970.

After the Gold Rush, de Neil Young

Suena como una operación borgeana. Entre su debut con los Crazy Horse y el bombazo del disco junto a Crosby Stills & Nash, Neil Young comenzó a componer una tanda de canciones basadas en el guion de una película firmado por Dean Stockwell y Herb Bermann. Sabemos que se llamaba After the Gold Rush , que el canadiense iba a encargarse de la banda sonora, que su temática era jungiana y apocalíptica. El guion se perdió en la noche de los tiempos y las canciones, sin su fuente de origen utilitario, quedaron colgadas en el alba de los setenta. Frescas y prematuramente nostálgicas. Solarizadas y fuera de foco como la foto que Joel Bernstein sacó para la portada. Fecha de edición: 19 de septiembre de 1970.

Abraxas, de Santana

La obra de Santana sufre del Síndrome Matrix: las partes 2 y 3 fueron tan malas que terminaron contaminando la obra maestra que las precedía. Así, el perfume new age y las maniobras comerciales empañan algunos grandes discos que el guitarrista sacó a lo largo de su carrera. Abraxas , a pesar de todo, siempre sale indemne: un signo místico y mestizo en la cumbre de la contracultura. «Llegué a ver el disco colgado de la pared de la choza de un chamán en Níger, dentro de un camioneta de un rastafari que transportaba cannabis en Jamaica, en el suelo del salón de la mansión aristocrática Woburn Abbey del Duque de Bedford en Inglaterra, en los estudios en los que se rodaba División Miami o en el bar de una sala de masajes de Bangkok -dice Mati Klarwein, el artista detrás de la tapa-. ¡Estaba en una inmejorable compañía global!». Fecha de edición: 23 de septiembre de 1970.

Atom Heart Mother, de Pink Floyd

Pink Floyd
Pink Floyd

En un punto equidistante entre la aeronave de Syd Barret y el monstruo multiplatino de The Dark Side of the Moon, Pink Floyd retrató su mutación con un disco asimétrico y medio neurótico que disparaba en varias direcciones posibles: la suite orquestal para filmes imaginarios, la canción acústica post-psicodelia, el happening sonoro. No fue precisamente un éxito. Sin embargo, en nuestro país, el disco se trasformó en una contraseña entre iniciados. Mal traducido como «Corazón de Madre Atómica» (y mejor conocido como La Vaca), la música de Atom Heart Mother se abrió su propio camino en los wincos de una generación que comenzaba a descubrir las posibilidades de aquello que se convino en llamar rock progresivo. Fecha de edición: 2 de octubre de 1970.

The Man Who Sold the World, de David Bowie

David Bowie: The Man Who Sold the World
David Bowie: The Man Who Sold the World

Como saben los iniciados, esta es una engañosa puerta de entrada. Aunque inaugura el período clásico de David Bowie (es el sellado de su alianza con Mick Ronson y el productor Tony Visconti), el disco es un tratado de hard-rock que no ofrece ni siquiera el consuelo del hit. Su mezcla es cruda e inestable («Aladdin Sane», de alguna manera, funciona como una especie de reparación) y, si bien tiene canciones como la propia «The Man Who Sold the World», el músculo compositivo de Bowie todavía no está en la plenitud de sus facultades. Está todo listo: la voz, el concepto, la imaginería, el sexo. Hunky Dury y Ziggy Stardust esperan a la vuelta de la esquina. Fecha de edición: 4 de noviembre de 1970.

Loaded, de Velvet Underground

No hay que suscribir a todos los refranes: resulta que sí es posible pedirle peras al olmo. En algún punto de 1970, los directivos de Atlantic se cansaron de todo el asunto del avant-garde y le pidieron a la Velvet Underground un disco «cargado de hits» (de ahí viene el loaded del título). A su manera, Lou Reed hizo el esfuerzo. Los coritos de «Who Loves the Sun» suenan como un gesto deliberado de negociación, pero canciones como «Head Held High» o la propia «Sweet Jane» son el resultado de un consenso más artístico. El liderazgo (discutido) con Doug Yule y la producción (discutida) con Geoff Haslam y Shel Kagan se terminaron llevando puesta a la banda, pero permitieron que el cisne negro de New York hiciera su canto final. Fecha de edición: 15 de noviembre de 1970.

All Things Must Pass, de George Harrison

George Harrison
George Harrison

Para ser un ajuste de cuentas, suena muy gentil. Después de tolerar su destrato como compositor por algunos años, el «Quiet Beatle» reunió a buena parte de la realeza andrajosa del rock & roll y vertió el contenido de sus alforjas sobre la mesa. Phil Spector se frotó las manos. A lo largo y lo ancho de cinco meses, dieciocho canciones, cinco zapadas y tres estudios londinenses (Abbey Road, Trident, Apple), el productor capitaneó esta catarata de música a su modo: con un anillo de pura tensión espiritual. Hizo bien. Ese equilibrio inestable entre el temperamento sigiloso de Harrison, su humor flemático y aquel sonido opulento es uno de los tronos definitivos de la contracultura. Fecha de edición: 27 de noviembre de 1970.

Plastic Ono Band, de John Lennon

En el arco exactamente opuesto a All Things Must Pass , Phil Spector trabajó con John Lennon reemplazando el concepto de «acumulación» por «sustracción». No era una decisión meramente estética. Entre su duelo furioso por la separación de los Beatles y la terapia del Grito Primal, Lennon había drenado una música que si bien dialogaba con el espíritu cincuentista del primer rock & roll, también inauguraba un sub-género: la canción como autopsia a cielo abierto. Bueno… un salto al vacío de esta clase no es un espectáculo fácil de ver. Munido con una maza de piedra, la mega estrella destruye su propio mito (y las ilusiones de una generación completa) sin misericordia. El sueño se terminó: ahora empieza la vida. Fecha de edición: 11 de diciembre de 1970.

Fuente: Martín Graziano, La Nación