Ser hija de Chunchuna Villafañe y Horacio Molina no era empezar de cero. Había algo de maldición y de destino en esa herencia, la actuación y la música ya venían de fábrica, al igual que la necesidad de romper con todo eso. Gran parte de su adolescencia transcurrió en París, tras el golpe militar de 1976, un exilio en el que la acercó a las radios francesas, donde se mezclaban desde el folk africano hasta la electrónica germánica. Una combinación de ritmos que forjó en ella una obsesión temprana por Pionera en el uso de loops y de la Boss RC-20 Loop Station, Juana se alejó del pop nacional justo cuando la crítica todavía no terminaba de seguirle el paso. Su lenguaje musical absorbió influencias de The Sugarcubes, Björk, LCD Soundsystem y R.E.M.; nada sonaba igual a nada más que ella misma. De hecho, esa singularidad también inspiró a otros artistas, St. Vincent la señaló como una de sus favoritas, mientras que Byrne quedó tan fascinado con su discografía que la invitó a abrir una de sus giras, allá por el 2002.
Todo ese recorrido, de exilio, experimentación y reconocimiento internacional, converge ahora en DOGA, su octavo álbum. «No hay nada detrás de las canciones, siempre está todo por delante. No hay preconceptos, jamás», explica Molina, y con esa frase se revela la ética que guía toda su obra: un mundo donde cada sonido tiene un espacio propio y un sentido interno.
- Uno es Árbol
La letra surgió mientras componía; es la única del disco que nació al mismo tiempo que la música. Desde el principio supe que iba a ser la primera. Sigo pensando los álbumes como una unidad, por eso la secuencia de las canciones es fundamental para mí. Me gusta que un tema le ceda espacio al siguiente, como en esos bailes antiguos en los que uno le da la mano al otro para continuar el paso. Es hermoso ponerle play y sentir que cada canción es la consecuencia natural de la anterior. Cuando esta melodía quedó al inicio, todo lo demás se acomodó con más facilidad.
No creo que haya un hilo conductor en las letras; más bien, el nexo está en lo musical. Se trata de cómo fluye y evoluciona todo: el ritmo, la energía. A veces, una canción puede parecer rápida por sí sola, pero después de otra suena lenta, o al revés. Ese contraste influye mucho en el orden del disco, porque cada tema necesita llegar con su propio tempo, bien definido, sin que nada lo interrumpa. Que sea exactamente lo que es.
- La paradoja
Nació en un ensayo. No suelo ensayar los temas completos; más bien, repaso cuestiones técnicas, porque mi set es un caos. Pero salió bastante completa, las estrofas se fueron formando en orden, una tras otra, como si ya estuvieran armadas. Los arreglos vinieron después, pero la estructura esencial ya estaba presente. En general, mis canciones nacen así: si la base rítmica, armónica y la melodía no se alinean desde el principio, luego es muy difícil que se ensamblen. Las melodías que no aparecen al inicio rara vez surgen más tarde.
La letra transmite cierta rabia, una herida abierta. Habla de alguien que, por un lado, detesta a otra persona por sus defectos y, al mismo tiempo, la ama por sus virtudes. Es un conflicto constante con la misma persona, alguien que encarna aspectos contradictorios… pero, al fin y al cabo, ¿no somos todos un poco contradictorios?.
- Desinhumano
La palabra clave es «inhumano». Me inspiré en un libro anónimo chino, Las aventuras del Rey Mono. Justo estaba leyendo la historia cuando apareció la palabra. Retrata un momento puntual: cuando el mono, soberbio y altanero, traiciona al sabio que lo había elegido como discípulo. El maestro le enseña secretos que no comparte con nadie más, y el mono, en su ego, hace alarde de sus poderes.
El sabio lo castiga y le advierte: «Nunca cuentes lo que aprendiste aquí, porque te voy a perseguir y pasarás mil años encerrado en una cueva». Y así sucede, el mono atraviesa castigos y pruebas hasta que, finalmente, alcanza la sabiduría y se convierte en una especie de Buda. Pero la canción se sitúa mucho antes de ese momento, cuando todavía es soberbio y no ha aprendido nada.
- Caravanas
Es una de las canciones que más me gustan. Nos costó bastante lograr que funcionara, porque los arreglos eran muy distintos entre sí. La base estaba excelente, y cuando la cantaba fuera del estudio me parecía un temazo. Sin embargo, al escucharla, sentía que todavía no terminaba de funcionar del todo.
Parte de la solución llegó gracias a la intervención de Emilio Haro, y también a un viaje que hice a Canadá. Allí, una amiga me dijo: «Che, mirá, a los chicos que tocan conmigo les encantaría hacer una sesión y grabar algo con vos». Alquilaron un estudio por dos días. Éramos muchos, y al principio me dio un poco de miedo: no quería hacerles perder el tiempo si no salía nada. Entonces se me ocurrió que podrían grabar aportes para algunas de las canciones en las que estaba trabajando. Lo propuse, y terminaron registrando un montón de cosas que quedaron preciosas, sobre todo en la base de esta canción.
Fue uno de los temas que más trabajo requirió. Emilio me exigía mucho en las tomas; me pedía grabar una y otra vez. Normalmente, cuando considero que algo está, me conformo con lo que hay. En este disco, en cambio, grabamos mucho más de lo que suelo hacer habitualmente.
- Siestas ahí
La historia gira en torno a un beso que finalmente se da. Describe ese momento de enamoramiento absoluto que ocurre en las primeras semanas de una relación, cuando todo es una página en blanco. Lo desconocido se imagina solo como cosas buenas: felicidad, amor, pasión, esa sensación de flotar, como dice la canción. Son esos instantes tan hermosos del amor que espero que todos puedan experimentar alguna vez, que nutren y fortalecen.
La lanzamos primero porque me parecía distinta a todo lo que había hecho antes. Tenía algo nuevo en comparación con las canciones de mis discos anteriores. Además, hacía mucho que no publicaba un tema nuevo, y quería que este tuviera cierta particularidad, que se sintiera diferente del resto.
- Indignan a un zorzal
Salió de una improvisación con Odín Schwartz. Habíamos armado un sistema de sintetizadores, secuenciadores y controladores, donde muchas cosas ocurrían de manera aleatoria e irrepetible. De ese caos surgió la base de la canción. Fue un proceso experimental, casi imposible de reproducir. Sabíamos que nada de lo que tocáramos sonaría igual, por lo que grabábamos constantemente. Cada vez que encontraba algo que me gustaba, lo registraba con todas sus posibles variaciones para disponer de diferentes opciones. El mundo de los sintetizadores analógicos es literalmente infinito, y al combinarlo con los digitales, la imprevisibilidad se multiplica: cientos de parámetros alteran el resultado, y replicarlo exactamente resulta casi imposible.
- Va rara
Para mí, las letras son algo secundario. Importantes, claro, porque no me gusta escribir cualquier cosa, pero siempre llegan después de lo esencial: la música. Aparecen como un complemento necesario para poder cantar, y así fue con esta canción. Aunque pueda parecer autorreferencial, no lo es. Hace tiempo que vengo diciendo, o amenazando, que algún día voy a componer canciones sin letra.
Es cierto que las canciones exigen palabras, porque una canción es una melodía con letra. Pero yo tengo mucho para decir musicalmente; lo otro me cuesta más. Por eso me resulta fundamental que las palabras no interfieran con la música.
Suelo anotar términos que me gustan. En este caso, uno de ellos es «escapulario». Es un pequeño sobre que se cuelga del cuello, usado sobre todo por personas creyentes. Está hecho de tela, a veces con la imagen de un santo, y puede contener algo en su interior. Me encanta esa palabra, y además necesitaba una que terminara en «-ario». Una vez que sé más o menos de qué trata una canción, me gusta buscar palabras que respeten los sonidos de la melodía.
- Miro todo
Nació en la pandemia, durante un desafío en redes sociales en el que había que hacer diez canciones improvisadas de un minuto, una por día. Aunque tiene letra, es imposible comprenderla, ni siquiera yo puedo. Fue una elección artística; si a alguien le interesa, puede buscar la letra escrita. Igual, nunca se entiende del todo lo que digo. Por mi forma de cantar, el uso de la voz, los efectos… no me importa.
Me interesa que la voz tenga esa presencia que surge de un lugar desconocido. Me imaginaba que podía ser un marciano. Lo relacioné con el final de La máquina del tiempo, de H. G. Wells, cuando el protagonista llega al futuro y encuentra a la gente lobotomizada, sin reacción. Hay una chica que se está ahogando y nadie la ayuda; él la salva, y ella ni le agradece. Después descubre que todos están controlados por unos seres que les succionan la información del cerebro. La voz de «Miro todo» era algo así, una presencia que ejerce poder sobre nosotros.
La parte donde «llegan los marcianos», fue clave para el giro del tema. La base era la coda de «Uno es árbol» y a Marito se le ocurrió combinarlo con este tema porque, como tiene oído absoluto, se dio cuenta, naturalmente, que la tonalidad era la misma. Era una parte que habíamos grabado en sonorámica él y yo. Luego, le agregamos las guitarras y las voces. Me encanta esa parte.
- Intringulado
Siempre me pareció que eran dos personas discutiendo sobre un tema, hablando de lo mismo pero con matices distintos. Se grabó con violines. Empezamos a tocarlos sin preocuparnos demasiado por quién ejecutaba cada parte. Grabamos mucho y luego editamos todo junto con Emilio. No estoy segura de qué quedó de cada uno, pero los violines se convirtieron en parte de un track muy largo, y sobre esa base comenzamos a grabar todas las canciones.
A veces, armábamos una estructura de 50 minutos y grabábamos sin interrupciones. Cuando estás buscando ideas, trabajar sobre temas largos permite que todo tenga tiempo de desarrollarse y encontrar su forma. Luego llega la edición, que consiste en reducir esos minutos hasta dejar solo lo que realmente se necesita. Es una melodía que me gusta mucho, aunque no sabría decir por qué. Son pasajes musicales que disfruto, en los que me atrae el tiempo que toman y cómo todo se desarrolla con lentitud.
- Rina Soi
Aunque la melodía es bastante ágil, me encanta cómo todo se expande con calma. La improvisé con Odín; él se fue y yo me quedé enganchada con lo que habíamos creado. La melodía surgió de golpe, como la mayoría de mis canciones: voces, estructura, todo aparece en 5 minutos. Obvio, depende del día, del oído, del ánimo. Sobre la ubicación de esta canción al final del disco, no era para empezar un álbum de ninguna manera. Tiene un final muy abstracto, con sonidos que Diego trajo y que me volvían loca. Empieza y termina con ese sonido, y creo que eso le da un carácter propio. Es como un renacimiento.
Fuente: billboard

