Indio Solari: Una ventana abierta a una vida psicodélica

"Mi vida es una banda sonora abismal, va de la tarantela a la música japonesa para niños", confiesa Solari en su libro

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«Mi vida es una banda sonora abismal, va de la tarantela a la música japonesa para niños», confiesa Solari en su libro.

«La riqueza de la vida está en los recuerdos que hemos olvidado». La frase del escritor italiano Cesare Pavese resuena como leit motiv una y otra vez a lo largo de las 863 páginas de Recuerdos que mienten un poco, las memorias publicadas por el Indio Solari, junto al periodista Marcelo Figueras, que esta semana fueron declaradas de «interés cultural» por la Legislatura porteña y el Senado de la provincia de Buenos Aires, y que desde su publicación se encuentra en los primeros puestos de ventas de las librerías del país (lleva 50.000 ejemplares vendidos en poco más de un mes y ya va por la quinta edición).

Un libro esperado por propios y ajenos, por fieles y detractores, que en palabras del artista llega para «completar el cuadro» luego de la enorme cantidad de textos escritos sobre Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, especialmente tras la separación de la banda, a fines del convulsionado 2001, en una metáfora más de su historia.

«Yo empecé a ser mal alumno muy temprano. Estaba en el grupo de los movilizadores, de los no obedientes. Siempre fui de desarmar lo que estaba armado. Me parecía que el caos era lo que ordenaba todo», se autodefine Carlos Alberto Solari en las primeras páginas del libro, las mismas en las que se recuerda como «un niño dañino, como todos en el barrio».

Cuando escuché a los Beatles, mi reacción fue instantánea. hasta física, diría… A mí me sacudió todo lo que representaban los Beatles. Quería vestirme como ellos, pero esa ropa no existía acá

A los 70 años, Solari abre aquí por primera vez, y especialmente en esta primera parte, el arcón de sus recuerdos mejor guardados. Esos que hasta aquí no se había permitido compartir públicamente. La relación con sus padres, su infancia en Entre Ríos, su llegada a La Plata, las rateadas de todos los colegios por los que pasó y sus primeras escaramuzas con las instituciones: «Fui a catequesis, sí, porque pasaban películas y series de la época, tenían metegoles y mesas de ping-pong. De lo que trataban de meterme en la cabeza no me quedó nada, salvo -quizás- esa parte de los Evangelios donde Jesús dice: No vengo a traer la paz, sino la espada».

Para contar su historia, Solari decidió correrse un poco del formato más ortodoxo de la biografía en primera persona y optó por un relato charlado (con el estilo pregunta-respuesta y con Figueras como guía temático) , que puede también entenderse como varios libros en uno, con diferentes entradas posibles. Una de ellas es la que narra estrictamente el devenir biográfico, que tras el paseo por su niñez, atraviesa sus andanzas de juventud bohemia, el camino de la psicodelia elegido tempranamente, el despertar artístico, sus primeros amores, su debilidad por los «automarginados» del sistema, su trabajo en un hogar de niños de Once y, finalmente, su encuentro con Skay Beilinson, la chispa fundacional de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

«A mí nunca se me hubiese ocurrido subirme a un escenario. Me consideraba un cantante de fogón, o todavía menos que eso: podía tocar cuatro o cinco temas y después le pasaba la guitarra a otro», sostiene mientras se declara por entonces más cercano a la literatura, la poesía o inclusive la pintura.

En ese sentido, a lo largo de todo el libro, Solari desmitifica al Indio personaje, una y otra vez, se muestra sorprendido por el fenómeno popular generado en torno a la banda y le baja el precio a su talento. «Me considero un ingenioso antes que un artista. Lo cual tiene su mérito, ojo: los ingeniosos podemos hacer cosas que otros no… Yo creo que el arte me inventó. No puedo ver hacia atrás sin reconocerlo aquí y allá, prácticamente en todas partes: ha sido el interés más grande que tuve durante toda mi vida, y ya soy un tipo grande».

De los Rendondos, la banda de rock más convocante del país, referencia cultural de los años 80 y 90 y una expresión artística que a veinte años de su separación sigue resonando aquí, allá y en todas partes, lo que Solari decide recordar es lo que durante décadas se había negado a revelar. La parte más exhaustiva de Recuerdos… está dedicada a una imnersión en las profundidades de la poética y los métodos de composición de Solari: el artista repasa uno a uno todos los temas de su discografía, junto a los Redondos y en plan solista.

Todo un tesoro para sus seguidores que por años se la pasaron jugando a descifrar los mensajes ocultos de sus temas. «Una infracción», según las propias palabras de Solari, que se permitió recién ahora, luego de negarse insistentemente a hablar del significado de sus composiciones.

«Como creo en la obra en sí, por sobre todas las cosas, creo que no tengo mucho que agregar», le decía a LA NACION días antes de la edición de Último bondi a Finisterre(1998). «Soy de muy buena voluntad cuando prendo el loro. Lo prendo cuando me interesa, cuando necesito promocionar algo. Porque sinceramente no tengo nada que agregar. Creo que la personalidad de uno desmerece un poco y desprotege a la obra. El carácter enigmático, misterioso y detonante de la obra, está mejor protegido si uno no compite con ella».

Aquí y ahora, en orden de aparición, Solari desnuda cada una de sus canciones, con anécdotas y recuerdos. «Es un chiste pavo… Pero aún así no habla de un amor lavado. Al principio cantaba: Zulemita, tan bonita…», dice del clásico ricotero «Susanita». «Esa canción habla en parte de Symns y en otra parte habla de mí», confiesa sobre otro hito como «Héroe del whisky». «Cuando digo «es lo que puede ofrecer/ papeles tristes y sed/ de boca floja y perdón/ para su lengua», estoy hablando de Enrique. Cuando digo: «bailará para la prensa/ y dedicará/ el nuevo rock de las cavernas/ a su vanidad», estoy hablando de mí».

A sus ex compañeros de sulky (Skay y «la negra» Poli) apenas los menciona para volver a contar su versión de los hechos que desataron el temporal y terminaron con la banda para siempre.

En Recuerdos que mienten un poco, Solari cuenta su versión de la historia de Los Redondos, de las letras y también repasa sus gustos culturales y, con vehemencia sus puntos de vista acerca de personas y temas diversos
En Recuerdos que mienten un poco, Solari cuenta su versión de la historia de Los Redondos, de las letras y también repasa sus gustos culturales y, con vehemencia sus puntos de vista acerca de personas y temas diversos Fuente: Archivo

Todo texto es político

«Yo aspiro a que [el libro] sea un perfecto complemento de la obra artística del Indio», confió Figueras. «Y lo que hizo su obra es darle entidad y protagonismo a una enorme cantidad de personajes que por lo general no entran en los grandes medios de comunicación ni en las películas que se hacen acá ni en las obras de teatro. Lo que hizo es seguir contando la historia de la murga de los renegados que somos. En ese sentido, la noticia que más me pone brillo en los ojos, no tiene que ver con que esté en la lista de best sellers, sino que me llegue de tantos lados que los pibes se juntan en las plazas, en los clubes, a leer el libro. Que sea una actividad colectiva. Porque el libro lo que les da es contexto en el sentido de entender de dónde vienen, qué es lo que ha pasado para que estén como están y para entender, muy claramente, de qué lado de la mecha están».

«Todo texto es político», parafraseó el legislador porteño y ricotero Mariano Recalde, impulsor del reconocimiento que recibió el libro el martes pasado.

De allí que otra de las entradas posibles de este repaso por sus 70 años de vida («tampoco hay que olvidar que en 70 años -créanme- pueden pasar muchas cosas», infiere en el prefacio/advertencia), se pueda leer también como un manual de historia política argentina atravesada por la lente de uno de los artistas más relevantes de la cultura popular del país, deteniéndose puntualmente en un puñado de sucesos relevantes, de la Revolución Libertadora de 1955 hasta el último acuerdo con el FMI del gobierno de Mauricio Macri , pasando por las dictaduras militares, el Mundial 78, la Guerra de Malvinas, el regreso de la democracia, la toma de La Tablada, la ley de Obediencia Debida de Raúl Alfonsín, los indultos de Carlos Menem, el corralito de Domingo Cavallo, la resolución 125 del gobierno de Cristina Kirchner y la muerte de Santiago Maldonado.

Gran conversador, de verbo filoso y mente aguda, Solari se define como un «hombre de la psicodelia», pinta el espíritu perdido de la cultura rock, pasea con gracia y valentía por sus ambiciones, sus obsesiones, las drogas, la religión, su enfermedad, el retiro, el amor, la traición y la muerte, mientras se muestra casi siempre como «una oveja negra», arriba y abajo de los escenarios.

Por último, también Recuerdos… puede funcionar para los lectores más jóvenes como una guía de expresiones artísticas y culturales a seguir, en la que Solari cita o marca como influencia armando un universo en el que se pueden cruzar Philip K. Dick, Jean Paul Sartre, William Burroughs, Klimt, Salvatore Quasimodo, Werner Herzog, Albert Hofmann, Dos Passos, Robert Crumb, Jerry García, Fellini, Lenny Bruce, los Monty Python, Seinfeld y Gurdjieff.

Así, 863 páginas después, uno seguramente pueda coincidir con Solari cuando sentencia: «No se confundan. Aún cansado y enfermo, yo no soy un artista dedicado al entretenimiento».

¿Leonard Cohen o Bob Dylan? "Prefiero a Leonard Cohen, que nunca deja de hacer poesía. Dylan es pillo, Cohen no. Para mí son incomparables, por más que el amigo Andrés (Calamaro) se enoje", dispara Solari
¿Leonard Cohen o Bob Dylan? «Prefiero a Leonard Cohen, que nunca deja de hacer poesía. Dylan es pillo, Cohen no. Para mí son incomparables, por más que el amigo Andrés (Calamaro) se enoje», dispara Solari

Bajo tu influencia

  • «El primer libro que recuerdo haber leído -y del que no debo haber pescado una mierda a los diez años- fue El crimen de la guerra, de Juan Bautista Alberdi (…) Así fui entendiendo que el mundo no se acababa en mi calle. Leyendo descrubrías que estaban los asirios y el Estado y los persas y Estambul y la China y Marco Polo y todas esas aventuras de Julio Verne»
  • «Cuando escuché a los Beatles, mi reacción fue instantánea. hasta física, diría… A mí me sacudió todo lo que representaban los Beatles. Entre otras cosas quería vestirme como ellos, pero esa ropa no existía acá».
  • «[En la secundaria] Saltaba de Lovecraft a libros orientalistas. Mi interés hacia esa cultura lo despertó un tipoo que se hacía llamar Lobsang Rampa. Decía ser un lama pero en realidad era inglés, hijo de un plomero: un farsante, sí, pero que me sirvió».
  • «El foklore nacional nunca fue lo mío. Antes que el folklore de salón, prefiero una grabación de Leda Valladares con una chola que grita y desafina para la mierda».
  • «No tengo grandes recuerdos de cine argentino. Pero con el Negro Beilinson [hermano de Skay] nos metíamos a ver ciclos enteros: Kurosawa, Fellini, Godard, cine alemán… Werner Herzog me sigue pareciendo un cineasta irremplazable, de una demencia total».
  • «Las dos artistas que me conmueven hasta las lágrimas son mujeres, la cellista Jacqueline du Pré y Billie Holiday, que nada tenían que ver con el rock y el pop».
  • «Mi vida es una banda sonora abismal, va de la tarantela a la música japonesa para niños. Me gusta el tango instrumental. Por supuesto Piazzolla y Rovira. «Ladrillo» es una obra genial».
  • «En el cine la obra de Andréi Trakovski. Ingmar Bergman, importante desde que vi una teta en el cine por vez primera. «Fanny y Alexander» es una cosa maravillosa».
  • «En materia de artes visuales, Klimt: esas mujeres, esas texturas doradas. Y nunca es un cocoliche, siempre conserva una gran elegancia. Slavador Dalí, que no es muy bien considerado pero a quien de todos modos aprecio».
  • «Pollock me interesa, pero no me mata. Con Van Gogh no ligo: esas flores de una carnosidad casi trífida… De Picasso me gustan algunas cosas. Las caras femeninas, post arte africano. Brueghel, esos trípticos. La luz de Rembrandt. El conceptual Duchamp, esa idea de que el bojeto que el artista señala ya es arte. El trazo irreductible de los japoneses».
  • «Yo me crié leyendo las historietas de Oesterheld. Los tiempos de Hora Cero marcaron una época de oro para el género: el Tano Pratt había emigrado a la Argentina, Ongaro también, eran un lujo total».
  • «Mi escuela también es italiana, pero vitalista: la de Mastroiani, Giancarlo Giannini, Fellini, de ponerse una papa en la boca y jugar».
  • «Prefiero a Leonard Cohen, que nunca deja de hacer poesía. Dylan es pillo, Cohen no. Para mí son incomparables, por más que el amigo Andrés (Calamaro) se enoje».
  • «Bowie y Peter Gabriel fueron siempre modelos, en términos de approach compositivo».