La vida secreta de Julieta Venegas en Buenos Aires

Ganó seis Grammy, vendió millones de discos, pero no es extraño encontrarla en un colectivo o un tren porteño. La mexicana vive en la Argentina hace dos años y debutó como actriz en El Picadero, en el unipersonal “La enamorada”, de Santiago Loza.

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Se apareció hace un mes en Plaza de Mayo. Era de noche y los integrantes de la Red Solidaria servían lentejas a personas en situación de calle. Acordeón en un brazo, guitarra en el otro, ella se puso a cantar bajito eso de Si me hablas de amor, si suavizas mi vida… El frío no se les fue, pero el guiso tuvo otro gusto.

Julieta Venegas no es una postura. Es posible encontrarla apretadísima en subtes, colectivos y en los trenes de un ramal cuyo nombre implora no se publique. Desde hace dos años vive en la Argentina. Podríamos creer que es su gemela -que existe, es fotógrafa, y se llama Yvonne-, pero no, su hermana permanece en el Distrito Federal, ahí donde vivió Julieta antes de «argentinizarse».

La primera vez que escuchó a Charly García tenía 20 años. En un bar mexicano oyó el verso «los amigos del barrio pueden desaparecer», se enteró que el tema se llamaba Los dinosaurios, y hubo un AC/DC para Julieta, un antes y después de Carlos. Veintiocho años después vive en la misma ciudad que García, como una pasajera en trance. Más que ojos de videotape revolviendo en librerías y debutando en la actuación, dirigida por Guillermo Cacace en La enamorada, en el Picadero.

Venegas hace unas semanas logró una selfie junto a su ídolo, Charly García.

Venegas hace unas semanas logró una selfie junto a su ídolo, Charly García.

En el escenario, descalza, expulsa un texto de Santiago Loza, y nos trae reminiscencias de la atmósfera de Coco, la película. Habla de «estallar de golpe», de «incrustarse en todos», de morirse y de seguir viviendo en otros. Canta casi una decena de temas propios aún no editados y provoca un desgarro general: esos que estaban riéndose hace un rato, hacen el esfuerzo para no parecer frágiles socialmente, para que no se escuche el llanto ni el sonido del pañuelo barriendo los mocos.

«Todos estamos un poco dañados. Si viviste, te dañaron de algún modo», juzga antes de la función la muchacha que nació en dupla hace 48 años, «accidentalmente» en Long Beach, California, pero que se crió en Tijuana, Baja California. En Buenos Aires, dice, su hija Simona, de nueve años, «que ya era argentinita en México, floreció». Se instaló aquí, en parte, por amor (por Pablo Braun, su pareja, dueño de la librería Eterna Cadencia y presidente del FILBA, al que preserva en las notas), en parte por «vivir en una ciudad llena de estímulos culturales, donde cualquier lugar puede devenir en una sala de teatro»… Haber sido adoptada al instante le hace pensar en un futuro porteño, aunque el dólar siga como misil disparado al espacio.

Debutó como actriz, pero prefiere no usar la palabra "actriz" y decir que lo suyo es "una interpretación". (Foto: Constanza Niscovolos).

Debutó como actriz, pero prefiere no usar la palabra «actriz» y decir que lo suyo es «una interpretación». (Foto: Constanza Niscovolos).

-Muchos se preguntaban si estabas como retirada temporalmente de la mega carrera internacional, como en pausa…  

-Mi cuestión de pausar la carrera fue justamente porque valoro mucho la relación con la música. Necesitaba volver a lo esencial, a llegar a mi casa y tocar el piano, a hacer mis shows chiquititos. Llegué a un punto donde dije: «Necesito otra cosa». Ahorita toco yo sola en mis shows. Como volver a aprender un montón sobre mi manera de estar en el escenario. 

-¿Pausar la carrera te hizo pensar en correr el riesgo de que en el vértigo diario puedas ir perdiendo un reinado?

-Lo primero que no quiero perder es el deseo de hacer las cosas. Se me había apagado un poco el deseo de hacer las cosas, no tanto el deseo de crear y escribir. Una amiga con la que he trabajado mucho me dice: «July, está bueno que pienses en hacer un par de colaboraciones para el año que viene». Y yo dije: «Lo primero que me tiene que pasar es que me den ganas de hacerlo. No puedo hacerlo forzadamente». No tengo que cuidar que no se olviden de mí. Creo mucho en no trabajar para las metas y sí para los procesos. De alguna manera estoy volviendo a eso. Me obliga a alejarme de la rutina y la repetición de hacer disco, salir de gira, hacer otro disco, volver a salir de gira. Yo siempre fui muy monotemática, muy de «la música y no quiero mirar nada más». Monogamia musical.

-Y abandonaste la «monogamia»…

-No tengo ganas de que eso sea lo único que pueda hacer. Ahora digo: «Qué loco, esto me está trayendo un montón de cosas para hacer mi música». Pero no soy actriz.

-Pero estás debutando como actriz. ¿Por qué te da tanto miedo llamarte actriz?

-Estoy en contra de la categorización. No siento que mi trabajo sea el de una actriz. No tengo años de trabajo, ni preparación. Eso es un oficio y yo empecé sin conciencia, llegué al libro Obra dispersa, de Loza, le escribí, lo etiqueté en Instagram, y sin ninguna intención le pregunté si había hecho algo con música. Dije en broma que podía ofrecer mis servicios musicales.

"Me da flojera el darse importancia. Yo creo que eso me lo enseñaron en mi casa. No me gusta la gente que se da importancia", dice Venegas (Foto: Niscovolos).

«Me da flojera el darse importancia. Yo creo que eso me lo enseñaron en mi casa. No me gusta la gente que se da importancia», dice Venegas (Foto: Niscovolos).

-¿Cómo creés que lográs mantenerte como anónima en la calle, en los trenes?

-Dejémoslo en secreto. No sé cómo lo logro. Supongo que no tengo un perfil que no me interesa tener. Uno elige si quiere que lo persigan los fotógrafos. Y tengo la teoría de que la gente no se ve cuando está viajando en transporte público. 

-¿Sos tímida o se confunde tu timidez con tu necesidad de no sobresalir?

-Creo que algo tímida soy, lo normal. Me da flojera el darse importancia. Yo creo que eso me lo enseñaron en mi casa. No me gusta la gente que se da importancia. Siempre me río con mis amigos de una frase que es muy común en cierto sector: «¿No saben quién soy yo?». A veces me dicen: «Perdón que no te reconocí». ¿Perdón? ¡No hace falta que me reconozcas! Y eso no es que yo no valore lo que construí como carrera.

Una escena de "La enamorada", en el Picadero.

Una escena de «La enamorada», en el Picadero.

El 24 de noviembre, cuando se cumplan 62 años de la muerte de su compatriota Diego Rivera, Julieta, que vivió en Coyoacán, a metros de la casa de Rivera y Frida Khalo, cumplirá 49. Es delgadísima, austera en su maquillaje, sus gestos y su vestuario, pero no en sus conversaciones. «Spinetteana», «Borgeana», «Piazzoleana», impregnada para siempre de Tori Amos, Café Tacvba, Suzanne Vega, Lou Reed, lectora desesperante, acaba de terminar emocionada el libro de Lorie Moore, ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? Con las canciones que preparó para el espectáculo tal vez lance un disco. El estudio de grabación se lo prestó su ya amigo Adrián Dárgelos (Babasónicos).

«Julieta ensayó sin saber si ese proceso se estrenaría. Viajó desde una punta a la otra de la ciudad en colectivo. Se hace invisible para cada tanto volver, está en la calle, canta, lee, se multiplica, se funde con el paisaje, se pierde«, define Loza, obnubilado con esa estrella musical internacional a la que podemos ver comprando en cualquier verdulería.

Julieta en el Picadero. (Foto: Constanza Niscovolos).

Julieta en el Picadero. (Foto: Constanza Niscovolos).

Nombre shakespereano, embajadora de UNICEF, siete álbumes de estudio, ​atravesada por esa zona de frontera que es Tijuana, no entiende el porqué se repite en las entrevistas escritas el adjetivo «frágil», si ella se siente «fuerte». ¿Será que la suavidad se les confunde con la fragilidad? «Es posible. ¿Será por lo corporal? Finalmente toco el acordeón, que no es un instrumento que remita a una persona frágil. El acordeón requiere de aire, fuerza para ser tocado… O tal vez es una mirada masculina», se ríe. «Está lindo eso de revisarnos ahora. Yo ahora me pongo a revisar qué porcentaje son hombres y qué porcentajes mujeres que me entrevistan. Ayer me entrevistaba un hombre y me decía: «¿Cómo ves eso de qué las mujeres son un poco fuertes en su movimiento feminista acá?».

-¿Y cómo lo ves?

-Justamente esa fuerza argentina ha inspirado a muchos otros lugares de Sudamérica donde son un poco más tímidas o nos ha costado más salir de la estructura. He terminado de leer el libro de Tamara Tenenbaum, El fin del amor, y me encanta lo que ella dice sobre revisar todo el tiempo. Nos toca pausar todo y repreguntarnos. Revisar incluso el lenguaje».

-¿Qué te pasa con el lenguaje inclusivo?

-Todavía estoy con ese dilema. En los shows quito la vocal. No me termina de convencer el todes, pero sí estoy de acuerdo en usarlo. Porque ya no percibo a la humanidad como él. Por eso digo yo: ¿Cómo están tods? Tenemos muchas cosas impuestas. Hablan de la reacción agresiva, feminazi, pero no es agresivamente, es reflexivamente. Hay que sentarse y repensar cómo nos relacionamos. Hay una gran revoltura de emociones y a lo mejor sí están saliendo cosas muy feas, pero tienen que salir. Porque siempre reprimimos demasiado. Había un tapón que estalló. Nos va a llevar tiempo ponerle palabras a todas las cosas que necesitamos expresar. Y está bueno ser pacientes: se va a acomodar.

-¿Y mirando para atrás? ¿Qué conductas revisás de los otros hacia vos dentro de la industria?

-Yo no sentí que tuviera impedimentos por ser mujer. Pero sí en el pre de mi carrera: mi papá me preguntaba. ¿Qué vas a hacer con tus hijos cuando vayas al cabaret? Él cambió bastante. Es lindo ver a las personas cambiar. Conservador del Norte, no veía nada y decía: «Hijas, si no aprenden a cocinar no se van a casar». O: «¿Cómo que vas a vivir de la música?». Y llegué al piano por él, que me hizo estudiar desde los ocho años. Su preocupación era: «No vas a poder, nadie puede». Cuando me fui a la Ciudad de México, él me veía como a la hija perdida.

-¿Perdida?

-Las drogas, el alcohol, el rock, todo era una sola cosa para él. Cuando vio que no, que la música es lo que respiro, lo aceptó. Es un gran ejemplo de un señor que se fue deconstruyendo.

Fuente: Clarín