Libro de pases: Lucía Ríos es la nueva bailarina argentina en la codiciada Ópera de París

Después de una década en Hamburgo, Lucía Ríos comienza mañana una nueva etapa en la Ópera de París: el sueño de su infancia. Después de una década en Hamburgo, comienza mañana una nueva etapa en un templo donde históricamente brilla el ballet

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Este jueves no será uno más en la carrera de la bailarina argentina Lucía Ríos. Para nadie es un día más la primera vez en la Ópera de París. Mucho menos si se trata de comenzar una etapa que de antemano tiene el sabor de un sueño cumplido. Su incorporación en el cuerpo de baile de una de las compañías más importante del mundo -la histórica, la mítica, la original OP- la llena de emoción.

«En Hamburgo era solista y bailaba mucho, estaba bien, y desde hacía once años ya, pero cuando me enteré de que había audición en el lugar donde desde chiquita siempre quise estar, no lo dudé. Crecí mirando videos de la Ópera mientras bailaba en el living de mi casa, así que me propuse probar, porque si no me iba a arrepentir», cuenta por teléfono, acomodándose todavía tras la mudanza.

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En julio pasado, Ríos participó de una convocatoria abierta a la que se presentaron -calcula ella- unas 150 aspirantes a un contrato por la próxima temporada completa (de octubre 2019 a julio de 2020) en el Palacio Garnier y la Bastille. «Cuando me fui de Francia, mi nombre aparecía en una lista de finalistas. Viajé a la Argentina por vacaciones y estando allá, me contactaron con la noticia. Me tomé unas semanas para pensarlo y luego John Neumeier [el célebre coreógrafo que dirige el Ballet de Hamburgo] estuvo de acuerdo con que avanzara en la dirección que marcaba mi sueño», confirma. Lo que más le atrae de los meses que vendrán es hacer Raymonda y («dos clásicos que me encantan»), además de formar parte de «un grupo de 155 bailarines donde se puede aprender de todos. Es un ámbito hermoso para crecer».

La argentina Lucía Ríos, de 26 años

La argentina Lucía Ríos, de 26 añosCrédito: Gza. J. Staveley

Con 26 años y una experiencia profesional en Europa que ya pasó la década, Ríos da detalles de su caso que a la vez sirven para recordar algunas características que definen la idiosincrasia a esta compañía. Por ejemplo, que ella sea la más grande de las nuevas incorporaciones que hizo la Ópera de París recientemente, además de la única extranjera de las ocho ingresantes, se entiende porque, en general, allí los miembros del ballet provienen de su propia escuela. Vale recordar lo extraordinario que fue (extraordinario en múltiples sentidos, además de éste) el ascenso hasta el máximo escalafón de la étoile argentina en la OP, Ludmila Pagliero, que se convirtió en la primera latinoamericana en acceder a la categoría de estrella. «No conocía a Ludmila hasta el momento de la audición y la crucé el otro día en los pasillos; se mostró amable y abierta a lo que pueda precisar. Acá no hay mucha gente que venga de afuera ni tampoco sin la escuela francesa».

Lucía era una nena de diez años cuando ingresó en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, donde cursó más de la mitad de la carrera hasta que Iñaki Urlezaga la convocó para integrar Ballet Concierto. Durante un año hizo, así, dio sus primeros pasos en el escenario y conoció otro ritmo, el de las giras, hasta que a los quince dejó del país para completar su formación en Alemania. Ahora, a la distancia, dice que siempre supo que se iría.

Esa versatilidad que caracteriza a los argentinos es, en el caso de la danza clásica, un rasgo en sí mismo: dicen que nuestros buenos bailarines no tienen el sello de origen de la afamada escuela rusa ni la cubana ni la francesa, pero que poseen una técnica «sin acentos» que se traduce como capacidad de adaptación y los hace, por eso mismo, singulares. Ríos está de acuerdo con esa idea. De todas formas, además de la tarea diaria con la compañía, tendrá que sumarse a las clases intensivas por las que pasan los «recién llegados». Respecto del otro idioma, el que se habla, desempolvó los libros con los que estudiaba francés en el Colón para «refrescar» lo básico.

Varna, por el orgullo

Un año antes de París, en 2018, Lucía también se había querido probar y volvió a Varna, sede de uno de los más famosos certámenes de ballet del mundo, donde ya había participado. En un escenario al aire libre, la competencia se desarrolló de noche (y ensayó de madrugada), por el calor del verano búlgaro. En ese marco singular hizo una aplaudido pas de deux de El Corsario, la dejaron conforme los 32 fouettés y aunque se fue sin medalla, pero con diploma de finalista, sobre todo subraya el honor de haber representado a su país: «Antes de viajar a la competencia, Neumeier me preguntó si quería hacerlo en nombre de Alemania, pero le dije que no, que el orgullo argentino lo conservo», aclara la bailarina, que excepto por una gala del Buenos Aires Ballet no volvió a pisar un escenario de su país desde que se fue a Europa.

Mientras tanto, desde estas latitudes, Leila, una amiga de su mamá -que falleció hace un año y medio- revela la posesión de una suerte de talismán secreto. Escribe en Facebook sobre esa «malla violeta, con la espalda descubierta y cuello alto, que había pertenecido a Marianela Nuñez» y que ella le regaló a «la pequeña Lucy. Son sueños de otra bailarina heredados, con toda la fuerza de querer llegar lejos», sigue. «Sin dudas tu mamá nos estaría diciendo entre lágrimas lo feliz que se siente. Avanti morocha que el mundo es tuyo».

Fuente: Constanza Bertolini, La Nación