Acasi 17 años de su última visita, el regreso de AC/DC a River activó ese territorio intangible donde el tiempo deja de ser lineal. A pesar de los cambios— las edades, las ausencias inevitables—, hay algo en la banda que escapa a la lógica del desgaste: un lenguaje directo, físico, casi primitivo, que en la Argentina encuentra un eco particular. Ya no se trata solamente de un show esperado, sino de una especie de pacto renovado entre la banda y un público que lo vive como propio, como si cada visita fuera una confirmación de identidad.
Desde la tarde, tanto dentro del estadio como en sus inmediaciones, se podían encontrar los clásicos cuernos diabólicos, que teñían de rojo cada lugar al que se mirase y generaciones mezcladas en una misma espera con remeras de distintas etapas de la banda. Incluso había quienes sonreían al retirar su entrada física por boletería, conscientes de que ese papel, en tiempos donde todo se diluye en lo digital, también podía convertirse en una reliquia.

En ese cruce se armó la escena: los que estuvieron en los noventa y regresaron para revalidar una experiencia fundacional; los que crecieron escuchando esas historias como si fueran mitología doméstica; y los que llegaron por primera vez, conscientes de estar frente a algo que no se repite. Todos, de algún modo, participaron de lo mismo: una ceremonia donde las canciones funcionan menos como repertorio que como señales compartidas.
Entre memoria y presente estuvo el verdadero sentido de la noche. Una forma viva del legado del rock que cada vez que pisa “la ciudad de la furia” pone en juego aquello que es difícil de definir pero fácil de sentir: la oportunidad de estar, por un rato, dentro de la historia.

Y esta parte de la historia empezó a tomar forma incluso antes de que sonara la primera nota. En las pantallas se proyectó una suerte de corto animado: desde el interior de un vehículo que avanzaba a toda velocidad, el recorrido desembocaba en Buenos Aires, se colaba en el Monumental y terminaba por irrumpir en el escenario. Fue ahí cuando la ficción se volvió presente: la banda apareció y atacó los primeros acordes de “If You Want Blood (You’ve Got It)”. “Nos encanta estar de vuelta, vamos a hacer un poco de rock n roll esta noche”, pronunció Brian Johnson, para dar lugar a una eléctrica versión de “Back in Black” y “Shot Down in Flames”, en una apertura que funcionó como declaración inmediata de intensidad.
Con el inconfundible y épico riff que da inicio a “Thunderstruck”, el clima terminó de encenderse. La versión, apenas más contenida en el tempo, no hizo más que tensar esa energía compartida que encontró rápida respuesta abajo: el campo y las plateas devolvieron cada frase como si la canción se completara en ese ida y vuelta constante.

Si bien algunas cosas cambiaron —una puesta principalmente apoyada en un diseño de luces preciso, sin grandes artificios—, muchas otras permanecen. Los movimientos sobre el escenario son, en esencia, los mismos de siempre, aunque ahora cargados de otra densidad.
Más ajustada que en otras épocas, pero intacta en su identidad, la voz de Brian mantiene ese tono rasgado y filoso que sigue marcando el pulso de las canciones. A eso se suma su presencia escénica: la mano en la cintura, las carcajadas, esos pequeños bailecitos que sostienen su rol de frontman con naturalidad. En varios pasajes se apoyó en el público, que respondió como una extensión natural, sosteniendo estribillos y completando frases.

Si hay un corazón que mantiene vivo el show, ese es el de Angus Young: solos desatados e implacables, coreografías reconocibles -como el infaltable duck walk que ya es su marca registrada- y una energía que parece no negociar con el paso del tiempo. Pero también, y sobre todo, su capacidad de conectarse con el público sin mediar ninguna palabra: gestos, señas y pedidos implícitos de más volumen que fueron respondidos de inmediato con el coreo de riffs y líneas de bajo -como es de costumbre por parte del fan argentino-, completando ese circuito que define la experiencia.
A sus 70 años y con el mismo traje escolar, sigue encarnando una figura diminuta con una potencia arrolladora que corre por el escenario, improvisa y entra en trance con su compañera de seis cuerdas, a la que hace sonar con cada parte de su cuerpo. Incluso sus gestos mínimos —su mirada inmutable y penetrante, su salto breve como remate al final de cada tema— funcionan como marcas de identidad.

No faltó la campana de “Hells Bells” ni algunos de los riffs más reconocibles del rock, como los de “Highway to Hell” y “Shoot to Thrill”, que desatan una euforia inmediata. El repertorio avanzó como una descarga de alto voltaje: ritmos poderosos, riffs furiosos, guitarras filosas y un “grandes éxitos” sin pausas ni desvíos. Dentro de esa descarga continua, “Dirty Deeds Done Dirt Cheap”, “High Voltage” y “Riff Raff” reafirmaron esa lógica mientras que Power Up, su último disco, que da nombre a la gira, estuvo representado por el sonido de “Demon Fire” y “Shot in the Dark”.
En el público, el paso del tiempo también dejó sus huellas. Las pantallas de los teléfonos multiplicaron la escena y cambiaron su forma de ser vivida. La división del campo, además, fragmentó una experiencia que alguna vez fue más homogénea y algo más efusiva. “Es otro público, otra época. Pero mientras esté Angus al frente, AC/DC va a seguir”, dice Brian, un fanático oriundo de La Matanza, que también estuvo en 2009.

Hacia el final, la intensidad volvió a concentrarse: “You Shook Me All Night Long”, “Whole Lotta Rosie” —esta vez con la muñeca inflable reemplazada por una proyección en las pantallas— y “Let There Be Rock”, con el infinito solo de Angus que se estiró hasta volverse escena: elevado en una tarima, girando sobre el suelo, empujando el tiempo hasta el límite y recibiendo una correspondida ovación.
El cierre llegó con “T.N.T.” y “For Those About to Rock (We Salute You)”, acompañados por los cañonazos finales. Una despedida a la altura de una ceremonia que encontró su fuerza no en la sorpresa, sino en la certeza de saber que todo ocurriría como debía ocurrir. Y que, aun así, seguiría siendo inolvidable.
Duente: Antonella Ferretti, La Nación

