Nadie le dijo que esa noche empezaba algo que no iba a terminar nunca. La sala de Empleados de Comercio de Rosario, agosto de 1976. 17 años recién cumplidos, una pelota de fútbol en una mano y el texto de Tartufo de Molière en la otra.Darío Grandinetti sube por primera vez a un escenario. No hay multitudes. No hay prensa. Solo la curiosidad de un chico que comienza a intuir que el teatro puede ser un destino.
Medio siglo después, el círculo no se cierra: apenas se desplaza. 7 de agosto de 2026, Rosario. El Teatro La Comedia abre las puertas para el estreno de El escritor de todas las cosas, el unipersonal escrito y dirigido por Javier Daulte. Grandinetti, sin buscarlo, celebra cincuenta años sobre las tablas. No hay anuncio de festejo. La fecha señala el inicio de una gira nacional pero, sobre todo, implica el regreso al punto de partida.
“Estoy haciendo teatro como cuando empecé en Rosario. Con la expectativa de que venga gente para poder hacerla más días, nada más. Ni guita ni nada. Cuando entraba un dinero nos lo gastábamos comiendo todos juntos una pizza a la salida”, recuerda en esta charla distendida con Teleshow, en un café del barrio de Almagro, un aquí y ahora para un artista de mundo.
Lo curioso es que la coincidencia no fue planificada. Primero apareció el deseo de volver a Rosario. Después llegó el calendario. Recién cuando la producción estaba prácticamente cerrada, Grandinetti cayó en la cuenta de que el estreno coincidiría con el aniversario exacto de aquel debut adolescente.
El Espacio Callejón fue uno de los lugares donde se realizó la entrevista con Teleshow (RSFotos)
«Cuando pensé este espectáculo, hablé con Javier y lo pensé así. Le dije: ‘Hacemos gira y lo quiero estrenar en Rosario’“, rememoró. Y enseguida explicó cómo descubrió la dimensión simbólica de esa elección: ”Después me di cuenta, cuando ya estaba todo montado, ya la gira casi armada, que empecé a hacer teatro en Rosario hace 50 años. Se cierra un poco algo, o se enmarca algo“.
La frase parece resumir toda una carrera. Porque Grandinetti no habla de clausurar una etapa sino de “enmarcarla”. Como si esos cincuenta años fueran una fotografía que por fin encuentra la manera de relucir: la ciudad donde nació, los amigos de toda la vida, el teatro que lo vio crecer y un espectáculo que, de alguna manera, también habla de él.
Aunque El escritor de todas las cosas se estrenará el 7 de agosto, su verdadera historia comenzó hace dos décadas. No fue una propuesta que apareció de golpe ni un proyecto impulsado por productores. Fue un deseo persistente del actor. «Fue una cosa que le pedí yo a Javier“, admite entre risas, y enseguida reconstruye una historia que atravesó veinte años de conversaciones, agendas imposibles y proyectos que siempre quedaban para más adelante. ”Tenía las ganas y la necesidad de que me escribiera un monólogo para salir de gira. Él tenía mucho trabajo, yo también, filmaba afuera… no llegábamos nunca”, repasa.
El escritor de todas las cosas comenzará en Rosario su gira por el país (RSFotos)
El año pasado por fin coincidieron en Buenos Aires. Fueron a comer. Sin reuniones de producción ni contratos sobre la mesa. Apenas dos amigos que retomaban una conversación pendiente. «Empezamos a tirar ideas de qué podíamos hablar. Él empezó a pensar qué personajes había hecho conmigo… y yo no sé por qué en un momento dije: ‘¿Y un escritor?’“, recuerda.
Ni siquiera cree que aquella ocurrencia haya tenido una explicación demasiado racional: «No lo hice pensando que eso lo podía enganchar a él por ser escritor. Al menos conscientemente“, dice, todavía sorprendido por cómo una frase lanzada al pasar terminó convirtiéndose en una obra de teatro.
Un mes después, mientras Grandinetti seguía trabajando en Madrid, recibió un correo electrónico. «No sabía si mandártelo o no. Esto es como un borrador“, le escribió Daulte. La respuesta fue inmediata: ”Me encantó. Fuimos directo al tema. Y a los diez días empecé a estudiarlo allá. Vengo estudiando esto desde octubre del año pasado“.
Desde entonces, el proyecto avanzó con la naturalidad de las relaciones que llevan años construyéndose: «Todo fue muy armónico, muy fluido. Los dos nos conocemos mucho, confiamos mucho en el otro», revela Grandinetti, sobre el vínculo con el director, donde las coincidencias son tan importantes como las discrepancias. “Aun cuando en alguna cosa no estamos del todo de acuerdo, siempre nos encontramos en un punto porque la relación está basada en la confianza, en la generosidad. No hay ningún ego por delante“.
Y hay un detalle que lo divierte especialmente. «Ahora voy a chapear“, bromea. ”Voy a decir que es un monólogo que me escribió para mí… porque es verdad. Hoy Javier dijo delante de todos: ‘Es una obra que escribí para Darío’. Es así. Y me encanta jactarme de eso. ¿Sabés la cantidad de compañeros y compañeras que querrían poder decir lo mismo?“, completa, a modo de elogio para el reconocido director.
A los 17 años, una disyuntiva construyó su futuro: seguir con el fútbol o volcarse a la actuación
Después de una carrera que incluye algunas de las películas más importantes del cine argentino y una extensa trayectoria internacional, Grandinetti podría elegir otro tipo de proyectos. Sin embargo, disfruta especialmente de volver a las obras pequeñas, a las giras y al contacto directo con el público.
Lejos de verlo como un desafío, lo vive casi como un regreso al origen. Y esa sencillez también aparece cuando habla de salir a la ruta: «Disfruto muchísimo las giras. Te vas de tu casa, te olvidás de todo, estás todo el tiempo con la obra. Conocés otra gente, otros lugares, le das tu trabajo a otra gente. Es un cambio de aire importantísimo“, justifica.
Rosario ocupa un lugar especial dentro de ese recorrido. Cada vez que vuelve, descubre nuevas salas independientes: “Siempre veo un teatro nuevo. Y en lugares donde digo: ‘¿Acá?’. Voy a ver las obras y están llenas. Me dicen: ‘Es gente del barrio’. Y la gente del barrio viene, entra y paga su entrada. Hay una movida teatral en la Argentina que siempre existió, pero yo te diría que ahora es todavía mayor. Hoy el teatro está explotado de actores, actrices y también de público“.
Para él, esa vitalidad no es casual. El teatro argentino, dice, sigue formando artistas, pero también espectadores: «Un chico de veinte años acá ya vio cuatro o cinco obras. Eso no pasa en muchos lugares del mundo. Después será público de la calle Corrientes, pero ya será un espectador que sabe“.
Cuando la conversación deriva hacia la situación cultural del país, el tono cambia. La sonrisa desaparece. Grandinetti habla pausado, pero con firmeza: «El teatro siempre fue como la trinchera. Pero ahora además es el refugio“, afirma.
«El teatro siempre fue como la trinchera. Pero ahora además es el refugio“, destacó sobre el presente de la ficción en el país
Y desarrolla una de las reflexiones más contundentes de toda la entrevista: «Ante esto inexplicable… porque ni siquiera va a favor de la economía del país. Va en contra. ¿Qué hacemos los actores? Vamos al lugar donde no se van a meter. Al lugar donde ni siquiera los militares pudieron meterse del todo“.
Para el actor, el ataque a la cultura no responde únicamente a una cuestión presupuestaria: «La nueva derecha mundial se jacta del desprecio hacia el inmigrante, hacia el distinto. El arte nunca elogió a la derecha. Las grandes obras universales nunca exaltaron el fascismo; siempre lo castigaron. Van contra eso porque el arte es custodio de la memoria“.
Y concluye con una definición que resume su mirada sobre el escenario: «El teatro es inviolable“.
Un viaje que empezó hace medio siglo
Hay una escena que Darío Grandinetti recuerda con la misma claridad con la que un actor revive un estreno inolvidable. No hay luces, ni telón, ni aplausos. Apenas una adolescente insistente, un encuentro casual y una invitación que él rechazó una y otra vez.
Por entonces tenía apenas 17 años. Trabajaba como empleado de la Junta Nacional de Granos, los fines de semana viajaba a Las Rosas para jugar al fútbol en la cuarta división de Club Atlético Williams Kemmis y el teatro era, apenas, una palabra lejana.
La llegada de Dario Grandinetti al teatro se dio gracias al convencimiento de una amiga
Pero todo había empezado un par de años antes, cuando conoció a una chica con la que empezó a darle vueltas a lo que sería su oficio. “Era una compañera un año más grande. Una chica linda… y hablábamos mucho de cine. De teatro yo no sabía absolutamente nada. Nunca había visto teatro, salvo una obra cuando era muy chiquito porque mi papá era amigo de Enzo Viena y una vez me llevó. No me acuerdo de nada de esa función“, intenta rememorar, sin éxito.
El tiempo pasó. Él volvió a Rosario. Ella también. Un día volvieron a cruzarse por casualidad.
«Me dijo que había empezado teatro y me preguntó por qué no iba. Yo le decía que no, que cómo iba a hacer teatro… Me hinchó tanto las pelotas que un jueves fui. Y acá estoy“, dice entre risas, consciente de que aquella insistencia terminó modificando para siempre el rumbo de su vida.
Lo que encontró esa noche fue un mundo completamente nuevo. No tardó en descubrir también una realidad muy práctica: en los talleres casi no había varones: «Había ocho chicas y dos chicos. Se complicaba hasta para hacer los ejercicios. Tenían que buscar obras con muchos personajes femeninos. Pero bueno… me quedé. Y ya no me fui nunca más“.
En 1976, Grandinetti subía por primera vez a un escenario en Rosario con Tartufo de Molière; hoy celebra medio siglo de carrera
Paradójicamente, mientras el teatro empezaba a ganarle espacio en su vida, el fútbol todavía parecía ofrecerle una oportunidad concreta. Se probó en Newell’s Old Boys. Quedó seleccionado. Le pidieron que regresara el lunes siguiente junto a su padre para firmar. El destino, apoyado en sus convicciones y algo de sentido común, volvió a hacer su jugada.
«Me dijeron que tenía que ir con mi viejo porque todavía era menor. Y no fui más“, cuenta con una naturalidad que sorprende. Las razones eran muchas: ”Yo ya fumaba, salía de noche, tenía novia. Hacía todo lo que al fútbol le hacía mal. Además, para jugar al fútbol tenía que dejar el trabajo y conseguir que alguien me mantuviera. No iba conmigo esa idea. Yo ya había dejado de estudiar. No estudiar y no trabajar era un combo imposible“. Nadie insistió demasiado y él tampoco tuvo ganas de volver. ”El fútbol no se perdió nada“, concluye, riéndose de sí mismo.
El que resultó ganador fue el teatro, y el espectáculo nacional empezaba a ganar a uno de sus protagonistas más destacados de su generación: «Ahí entendí que me lo iba a tomar en serio y que iba a hacer todo lo posible para dedicarme a esto. También tenía gente alrededor que me empujaba para que no dejara cuando alguna vez quise abandonar. Todo fue bastante natural. Nunca forcé nada“.
Desde hace años, una parte importante de su trabajo transcurre en España. Filmó series, películas, tiene nacionalidad española y dos de sus hijos vivieron allí durante mucho tiempo. Sin embargo, sonríe cuando escucha que muchos aseguran que vive definitivamente en Madrid.
“Cuando entraba un dinero nos lo gastábamos comiendo todos juntos una pizza a la salida”, recordó Grandinetti sobre sus primeros años en el teatro rosarino
«Hace veinte años que dicen que vivo en España“, comenta. Y enseguida aclara: ”No. Yo vivo en Rosario. Mi domicilio está en Rosario, voto en Rosario, mis domicilios fiscales están en la Argentina. Cuando estoy acá y no trabajo en Buenos Aires, desaparezco. Me voy a Rosario, veo a mi vieja, a mis amigos, voy al teatro… Por eso parece que estoy afuera“.
Su relación con España responde, explica, a cuestiones laborales: «Voy y vengo en función del trabajo. También tenía allá a mis hijos, claro, pero fundamentalmente viajo porque trabajo“.
Al hablar del país eruopeo es imprescindible centrarse también en lo ocurrido alrededor de la final del Mundial 2026. En los últimos días, algunas polémicas alrededor del cotejo entre Argentina y España alimentaron en redes sociales la idea de un supuesto sentimiento antiargentino.
Grandinetti no compra esa teoría. Ni siquiera le dedica demasiado tiempo. «Leí algunas cosas, pero no les doy bola“, responde de entrada. Y enseguida explica por qué: ”Al mismo tiempo que leía eso, recibía mensajes de amigos y amigas españoles que me escribían con cariño, que no me agredían para nada. Al contrario“.
Incluso cuenta una anécdota que para él resume mucho mejor la relación entre ambos países: “Tengo un amigo hincha fanático del Real Madrid. Muy madridista. Y cuando Argentina llegó a la final me escribió para decirme: ‘Qué alegría. El domingo juegan los dos mejores equipos. Que gane el mejor y disfrutemos’“.
Por eso considera que el supuesto enfrentamiento no existe, y que ambos países tienen otros enemigos dentro de la cancha: «No hay una pica futbolística entre España y Argentina. El duelo futbolístico de la Argentina no es España. El de España tampoco es Argentina. Ellos tienen otra rivalidad, con Portugal o con Francia. Nosotros con Brasil o con Inglaterra“.
Y aporta un argumento imposible de ignorar: «El mayor ídolo del Barcelona es Messi. El Valencia tiene a Kempes. En el Atlético está el Cholo Simeone. Todos los equipos españoles que salen campeones tienen un argentino. Ellos mismos te dicen que para salir campeón hay que tener un argentino“.
Entonces, ¿de dónde cree que salió esa corriente? Su respuesta llega sin vueltas: «Del madridismo. De algunos pseudoperiodistas hinchas del Real Madrid. De El Chiringuito. Eso no es periodismo“, sentencia
La charla entonces abandona el fútbol para internarse en un terreno mucho más profundo. Grandinetti entiende que esas discusiones forman parte de un fenómeno internacional. Y no elige palabras suaves: «Es gracioso que hablen de racismo países que construyeron imperios coloniales. Los franceses, los belgas con el Congo, España con la conquista de América… Por supuesto que nadie responsabiliza a la España actual por aquello. Pero vivimos en un mundo lleno de hipocresía“.
El actor inicia una gira nacional con un unipersonal escrito y dirigido por Javier Daulte, marcando medio siglo de trayecto en las tablas.
Para él, la explicación está en el crecimiento de la extrema derecha: «Estamos viviendo una derechización perversa. Los partidos que más votos consiguen en muchos países son los de la extrema derecha, del fascismo más asqueroso. Hacen campaña diciendo exactamente lo que van a hacer después. Lo anuncian durante un año y medio. Después ganan, hacen eso mismo… y hay gente que dice que no sabía“.
Su reflexión no se limita a la Argentina. Habla del mundo, de Europa, de la inmigración, de la cultura. Y vuelve sobre una idea que ya había aparecido al hablar del teatro: «La nueva derecha mundial se envalentona. Se jacta del desprecio hacia el inmigrante, hacia el distinto. El arte nunca exaltó al fascismo. Siempre fue custodio de la memoria. Por eso van contra la cultura“.
A lo largo de la conversación, Grandinetti habla de Javier Daulte, de Rosario, de España, del cine, del fútbol, de la política, de la cultura y de los escenarios. Pero, en realidad, todo termina regresando al mismo lugar.
Todo se remonta al chico de 17 años que un jueves aceptó acompañar a una amiga a un taller de teatro. Al empleado de la Junta Nacional de Granos que nunca volvió a firmar el pase a Newell’s. Al joven actor que debutó con Tartufo en una sala rosarina sin imaginar que, cinco décadas más tarde, se convertiría en uno de los intérpretes argentinos más respetados dentro y fuera del país.
Por eso El escritor de todas las cosas parece mucho más que un nuevo estreno. Es la excusa perfecta para volver al origen. Para reencontrarse con la ciudad que lo vio crecer. Con los amigos que todavía lo esperan. Con la sala donde todo empezó.
Y también con ese adolescente que descubrió, casi por accidente, que una vida podía cambiar para siempre simplemente porque una chica insistió lo suficiente.
Porque después de películas inolvidables, escenarios de medio mundo y una carrera que ya forma parte de la historia del teatro, la pantalla chica y el cine argentino, Darío Grandinetti no vuelve a Rosario para mirar hacia atrás; vuelve para comprobar que, a veces, los lugares donde uno empieza también son los únicos capaces de recordar por qué valió la pena recorrer todo el camino.
Fuente: Infobae

