La extraordinaria muestra de fotografías de Marcos López en La Boca

Una retrospectiva que abarca de 1975 a 2025 se exhibe en la galería Lariviere.

En esta entrevista Marcos López reconstruye las mil y una historias detrás de las fotografías exhibidas, habla sobre su adscripción al pop latino y se sorprende por la masiva respuesta que tuvo la muestra antes del receso.

La última vez que se había puesto un traje fue en 1975, cuando egresó de un colegio de curas en Santa Fe. Medio siglo después su hija se recibió de médica en México y le escribió para que viajara a la entrega del diploma: “Tenés que venir de traje”. Así que se fue a la porteña avenida Santa Fe, vio en la vidriera uno color manteca, se lo probó y le quedaba perfecto. Al volver de México lo dejó en la maleta, porque vaya a saberse cuándo volvería a usarlo, pero dos meses después, un rato antes de la inauguración de la descomunal muestra antológica de sus fotografías en la galería Larivière, volvió a vestirlo: “’Me lo pongo y le doy como una importancia simbólica que tiene esta exposición’, me dije. Porque, finalmente, es algo a lo que me dediqué toda la vida. No le restemos mérito”. Y tampoco sentido del humor: “Creo que esta sí va a ser la última vez que lo use. Un amigo me hizo un chiste: ‘Parecías un vendedor de autos en vez de un artista’”.

La muestra se llama Marcos López: Fotografías 1975-2025 y reúne doscientas piezas entre su incalculable producción. Algunas de sus fotos son parte de colecciones de museos de todo el mundo. Es la primera vez que Larivière destina sus dos salas en simultáneo a un autor, y según los baqueanos de esta galería de La Boca nunca se había juntado tanta gente en una inauguración. “Me tiene muy entusiasmado esto, la verdad es que se me removieron muchas emociones al ver todo junto”, dice López unos días después, con la experiencia ya más asentada entre pecho y espalda. Cuando le ofrecieron hacer la muestra puso una condición: que sería su propio curador. Tras varias semanas de trabajo tenía quinientas fotos arriba de la mesa y no sabía para dónde agarrar: “Cambiaba de idea todo el tiempo, un descontrol. Así que la invité a Valeria González, que es una académica muy prestigiosa e inteligente, especialista en arte contemporáneo y que sabe mucho de fotografía. Habíamos trabajado juntos principios de los 2000, y luego casi no volvimos a vernos. Pero la confianza quedó y me ayudó a sacar, a organizar: la armamos entre los dos, fue una experiencia muy linda”.

La recorrida por la muestra -que estuvo cerrada un mes por vacaciones, y vuelve a abrir este jueves- puede empezar por “La ciudad de la alegría”, una foto icónica de 1993 que se propone como apertura de un género asociadísimo a su obra, una marca registrada: el pop latino. En primer plano una pareja sonríe, ambos con los labios pintados y unos anteojos 3D truchines, de cartón; ella lleva un tapado de piel de armiño que remite a la imagen descotada de María Julia Alsogaray y, y, de fondo, hay tres pancartas con bustos y cabezas de Menem, sonriente también el Carlos. “Marcos López transforma la propaganda triunfalista del gobierno en risa teatral y farra vacía”, escribió González. “La alegría es, por supuesto, irónica y alude al sentido dramático que subyace tras la cobertura colorida de sus escenografías y sus máscaras. Bajo la promesa presidencial de un ingreso sin escalas al Primer Mundo (eslogan que López parodiaría directamente en ‘Carnaval criollo’, de 1996), durante los noventa se produjo un progresivo vaciamiento del capital nacional, tanto económico como simbólico. La multiplicación de baratijas importadas (como la que nos ofrece el monstruoso vendedor de ‘Todo por dos pesos’, de 1995) alude a la pérdida creciente de identidad cultural que se esconde bajo los ideales de integración al universo del consumo”.

En la foto de al lado una mujer seria, angustiada se diría, se aferra a un chango de un supermercado llamado “Libertad”, el cartel que se ve bien al fondo. Algo más allá, ocupando toda una pared, la descomunal “Suite bolivariana”, una composición de 2009 que inicialmente se llamó “Mural latino”, una pieza sobre la que podrían vaticinarse décadas de conversaciones, discusiones, debates: los bustos de Eva y de Perón sobre unos salvavidas que flotan en la pelopincho que carga con manguera un Gardel deluxe a la gomina, unos jugadores de la NBA con sus pelotas alrededor (“representan al imperialismo”, dice López), unos mineros bolivianos que escalan cubos pop y cargan una whipala al modo en que unos soldados yanquis alzan su bandera en Iwo Jima (la famosa foto de Rosenthal de 1945), y todo esto en una terraza con parrilla con señor clase media en vermudas, ojotas, gorrita, morcilla ensartada en tenedor, más medianera pintada con la cordillera y los retratos de San Martín, Bolívar, Chávez, Evo, el Che, más la ropa colgada en la soguita.

Junto a piezas fenomenales como “Asado en Mendiolaza” (su Última cena, los muchachos sentados ante una mesa de caballetes en ambiente campestre), “El cumpleaños de la directora” o “Il Picolo Vapore” (su cantina boquense), el mural bolivariano forma parte de las puestas en escena teatralizadas, uno de los núcleos de la muestra. López distingue otros tres: retratos en blanco y negro ambientados; fotos documentales, también en blanco y negro. “Y otro de fotos inéditas que fui sacando en viajes por América Latina, sin ninguna sofisticación, yo delante del modelo y muchas sacadas con el teléfono”, dice. “Que ayuda mucho a enfrentarte con la gente, porque todo el mundo anda con teléfono. Hoy, con los nuevos programas, llegan a una calidad de imagen que es asombrosa”.

Marcos López Doris y su mamá, Santa Fé, 1984 (Marcos López)

EL VALOR DE LO IMPRESO

Marcos López nació en Santa Fe en 1958 y pasó su infancia en Gálvez, un pueblo a noventa kilómetros de la capital provincial. Medio siglo atrás sacaba con una Kodak Fiesta de plástico. Entre viejas fotos familiares encontró una que le hizo a su hermana Susana, con la perra Canela aúpa y un cartel en la mano, y de inmediato decretó: art. 1º, que esa fue su primera foto artística; art. 2º, que era un punto de partida para esta muestra. “Porque vi dos elementos muy propios de la gramática y de la estética fotográfica”, dice. “Uno es el punto de vista: me tiré al piso para hacer un contrapicado, y construí ese cartel que decía feliz cumpleaños, y el año, 1975; y lo hice con tiempo como para revelar en el laboratorio y regalársela en su día a mi mamá. Había un germen ahí, una intuición, una intención de mirar, de cómo mirar”.

Su padre era el ingeniero del pueblo y él empezó a estudiar ingeniería al año siguiente: “Probablemente quería que yo fuera el heredero de su empresa”, dice. “Sufrí mucho: podría decir que estuve cinco años calentando un banco en la universidad. Por ahí rendía tres veces mal y a la cuarta aprobaba. En algún momento se me ocurrió hacer un curso de fotografía, y tengo muy claro el recuerdo de cómo desde el primer rollo sentí como una magia con eso. Enseguida mi papá me hizo un cuarto oscuro en casa y me pasaba las noches revelando. Era complicado en esa época formarse, sobre todo en el interior: a Santa Fe llegaba una sola revista, Fotomundo, y la compraba todos los meses: cualquier cosa que apareciera ahí ya era de gran maestro, para mí. El valor de lo impreso. Mientras seguía estudiando, pero yo estaba en otra cosa. Algo tuve claro: nunca hubiera soportado ser un ingeniero que sacaba fotos por hobby los domingos. Durante el Mundial 78 pasó algo muy interesante: me habían regalado entradas para ver en Rosario el famoso 6 a 0 contra Perú. Yo estaba al lado del foso, y lo que tengo más presente es mirar a los fotógrafos internacionales, que cargaban varias cámaras y tenían unos chalecos beige de muchos bolsillos, como el rubio de la propaganda de Camel, que era como un aventurero… Los veía y decía: Yo quiero ser eso”. Hice unas fotos de surrealismo medio naif, con piernas volando por el aire. Y al otro día me iba a sacar fotos mentales, por ejemplo, de los inundados que vivían en vagones de trenes. En un momento le dije a mi papá: “Me voy, basta”. Era 1982, justo después de Malvinas. Me vine a vivir a Buenos Aires”.

No conocía a nadie, pero consiguió la dirección de una amiga de un amigo que subalquilaba un cuarto en una casa que resultó ser de Liliana Maresca: la dictadura en retirada, la efervescencia del comienzo de la democracia. “Yo nunca había visto un porro en mi vida”, dice López. “La casa era una constante ebullición de artistas de todo tipo, muralistas, callejeros, tipos prestigiosos, como León Ferrari. A ella se le ocurrió hacer en el Recoleta La Kermesse, el paraíso de las bestias, donde estuvieron Batato Barea, Urdapilleta, Kuropatwa; también me presentó a Marcia Schvartz. Y todo eso me influenció bastante, creo. Yo nunca estudié arte, hice nomás algunos cursos de fotografía. En esa época desarrollo una serie con Liliana, unos desnudos con su obra que se han convertido en unas fotos emblemáticas, que están en colecciones de museos”.

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Marcos López Vendedoras de vestidos de novia, Ecuador, 2015 (Marcos López)

COMO UNA INTUICIÓN

En 1989 se ganó una beca para ir a estudiar en la Escuela Nacional de Cine Cubano, que dirigían Fernando Birri y Gabriel García Márquez: “Vi un avisito en Clarín, se abría la convocatoria para la primera camada ahí”, sitúa. “Me presenté al examen y gané: no sé por qué, capaz por simpático, porque también hacían entrevistas. Jamás se me había ocurrido estudiar cine. Fue un cambio muy grande en mi vida, porque estuve allá como dos años (duraba tres, pero me volví antes). Trabajé codo a codo con estudiantes de todos los países de América Latina, lo que te da una formación cultural muy rica: música, lenguaje, literatura, comida. Y mirar la Argentina desde allá. Bueno, yo creo que al pop latino lo inventé ahí, con un documental de quince minutos que nos encargaron. Lo primero que me dije fue que no quería hacer algo chupamedias de la revolución, los cortadores de caña transpirados y vivas al Che y a Fidel. Se me ocurrió una puesta de escena teatral que se llamó Tango en Cuba: me puse a investigar cantores y era algo gracioso, los tipos con sombrero y ropa de invierno, que hablaban como Gardel. Filmé mucho en hoteles de los 50, con cocodrilos embalsamados en primer plano y turistas canadienses”.

–Al volver me seguí dedicando a la fotografía con mucha pasión. Hacía una serie de retratos ambientados, medio bucólicos, y cambié: “Quiero hacer una fotografía muy latinoamericana, pero con colores estridentes”, me dije. Y que fuera como lo opuesto a Sebastián Salgado. Yo lo considero un gran maestro y un ser humano admirable, pero pensé en pasar desde ese registro andino con colores ocres o bucólicos a hacer toda la joda menemista.

El volantazo de Menem, desde el salariazo y el síganme, no los voy a defraudar, a las relaciones carnales con Estados Unidos.

-Tuve como una intuición, se me ocurrió hacer eso cuando este otro decía un peso, un dólar. Yo compraba vestuarios truchos en Once, mucho plástico, y le ponía humor. Hice un ensayo sobre reinas en Santa Fe, la reina del trigo o del zapallo. Siempre me interesó la cultura popular, y más la de provincia. Por esta época se empieza a poner de moda la fotografía dentro del circuito de las artes plásticas: de repente en una feria en Europa una foto de un famoso alemán valía 800 mil dólares. Cifras altísimas. De algún modo mi fotografía se incorpora a las galerías de arte, y al mismo tiempo me ganaba la vida en Clarín o hacía fotos de turismo, o comerciales. Nunca me interesó la publicidad. Aunque después los publicitarios me llamaban para que haga pop latino. Yo quería ser parte del mundo del arte, tuve un galerista en Madrid, de repente veía las bienales, quería ver de cerca cómo era eso. Porque siempre la aprobación tiene que venir del norte, ¿no? La ilusión del provinciano. Una vez me fui a París con la foto del asado en una maletita de madera que me había construido, verano, un calor de cagarse, a tocar el timbre de tres galerías que me habían recomendado. Sin hablar francés. Una cosa medio vergonzosa, ¿viste? Y no, no me dieron ni cinco de pelota, imaginate. O sea, a las galerías se entra de otra manera.

Después sí, te invitaban seguido.

-Me buscaron mucho por mi exagerada y barroca representación de una identidad latinoamericana. Y fui a varios festivales importantes en Europa. El curador decía: “Queremos un latinoamericano”. Bueno, Marcos López, y pongamos algún mexicano. Fue algo buscado no ser sutil. Luego sí, me puse más sutil. Por momentos me aburro y digo que el pop latino es un Frankenstein que me estaba devorando. Por momentos me harta que me asocien con la pelopincho y la chancleta. Guarda, si me llaman y me pagan bien, lo hago. Pero siento que ya fotografié lo que tenía que fotografiar. A veces voy por la ruta y veo un hotel alojamiento con un corazón que dice “Tú y yo”, un Chevy amarillo en la puerta, el cielo celeste, y me digo: “Paro, hago un clic, y esto es un hit”. Pero no paro. Siento que ya lo hice. Como fotógrafo siento que estoy en stand by. También me aburre el mundillo del arte, ¿viste? Y ya no le voy a tocar el timbre a nadie. Si me quieren venir a buscar, todo bien.

En varios aspectos el mileísmo ha tomado rasgos del gobierno de Menem. ¿Te inspira de alguna forma para fotografiar?

-La situación política actual me desilusiona y me angustia de tal manera que no me dan ganas de representarla en imágenes. No tengo necesidad. Estoy ahora con un proyecto que me entusiasma, vinculado a una cuenta de Instagram genial, The Walking Conurban, con más de 500 mil seguidores; la manejan dos muchachos que van publicando fotos que les manda la gente común, o fotógrafos. Una vez les mandé y me las publicaron, y me dijeron “maestro, qué honor”, qué sé yo. A mí me encantó que me publiquen. Y entonces les propuse hacer un libro, elegir 150 fotos y venderlo por preventa. Me hubiera gustado haber tomado yo algunas de esas fotos, porque son buenísimas. Hay una de un kiosco en el que se lee: “No se acepta dinero sacado de las partes íntimas”.

Marcos López Novia en llamas, Buenos Aires, 2021 (Marcos López)

UN CHICO DE PUEBLO

Marcos López señala que lo artístico en fotografía siempre es entre comillas. “Me viene ahora a la cabeza la famosa foto de Martín Chambí, el fotógrafo peruano, de principios del siglo pasado. Es el casamiento del alcalde de Cuzco, que tomó por encargo; los novios están en primer plano y los invitados atrás. Es una obra maestra de la historia universal del arte, yo creo. Y a lo mejor si al tipo le preguntabas si se consideraba artista te diría que no, que su oficio era ser fotógrafo. La fotografía siempre estuvo en ese lugar entre arte y oficio. A los reporteros gráficos no les gusta que les digan que son artistas. A mí sí. Yo me siento artista”.

Pareciera un tema recurrente, como si allí hubiera una grieta, o un parteaguas. Con idas y vueltas, también.

-No sé bien, pero yo de ninguna manera me meto en esa discusión, porque creo que hay una zona de frontera difusa. La fotografía puede servir para muchas cosas. Yo trabajé como fotógrafo periodístico, de hecho.

Suele gustarle que sus fotografiados salgan serios. “Porque uno como retratista es una especie de hipnotizador”, dice. “Vas llevando a la persona a la introspección diciéndole algunas palabras: ‘Aflojá los hombros’… ‘Tirá la gravedad hacia adelante’… ‘Respirá con el estómago’… ‘Buscá’… Lo vas hipnotizando, y en un momento le decís ‘Mirá a cámara’ y tac… En algunos casos sale algo que tiene que ver con un desamparo existencial. Algo del tipo ‘¿Qué hacemos acá?’ Por ahí no te importa quién es esa persona, pero te puede espejar. Creo que mi oficio natural es de retratista. Los resuelvo, me salían bien desde chico, ya”.

Ese rasgo de “desamparo existencial” también está en algunas puestas en escena teatralizadas.

-Sí, me interesa mucho también la idea de figura-fondo. El entorno. La foto en “Il Piccolo Vapore”, una cantina típica, en una esquina de la calle Necochea. Puse un cantante de tango que es un falso Gardel, una chica transformista, y un cocinero al fondo, todo mugriento. Busqué de manera obsesiva y clara un reflejo de una identidad cultural rioplatense en una imagen. Y de hecho ahora está la foto y la cantina no está más, cuando tendría que ser patrimonio nacional, se llevaron unos relieves de un artista popular maravilloso. (Vicente Walter).

Solés decir que este concepto de figura-fondo, sumado al “mensaje social”, tiene en parte relación con la obra de Antonio Berni.

-Bueno, la bailarina de Berni, y su madre con la máquina de coser, sería una foto que me hubiera gustado hacer a mí. Se ve por la ventana un pueblo de la pampa descampado, la cara de ilusión de la madre. Son elementos que me interesa que estén en mi obra. Indudablemente me influenció. No tanto Juanito Laguna, porque nunca trabajé con esas zonas de extrema pobreza.

¿Por qué?

-No me interesó. Prefiero más las zonas de clases medias, más cercanas. Mi tía de Santa Fe con un pullover al crochet y un jarrón chino trucho que se compró en el bazar de la esquina. Ese mundo me interesa más.

¿Vos de dónde dirías que sos?

-Como Marta Minujín, que dice que es una que vino de otro planeta… No, ella es la única que vino de otro planeta. Para mí, haber crecido en un pueblo chico, de calles de tierra, fue determinante. Las puertas no se cerraban con llave, ibas a una escuela pública con el hijo del ferroviario y el hijo del médico, todos en la misma clase. Eso fue muy marcante. Aparte, hasta los veinte años nunca me relacioné con artistas; en casa no había libros de arte, a lo sumo el almanaque en la cocina con un payaso y sus lágrimas. Mi madre era maestra, hacía los actos escolares. No había pobreza extrema en Gálvez. Caminabas cinco cuadras y ya era el campo, la pampa húmeda. Sí, me parece que soy un chico de pueblo… (se ríe). Que quería triunfar en París… Y no le fue muy bien.

Marcos López: Fotografías 1975-2025 se puede ver de jueves a domingo, de 12 a 19, en la Galería Larivière, Caboto 564. Desde el jueves 15. Entrada: $5000.

Fuente: Página12.