Si alguien tratara de aislar de qué materia está hecha la alegría de una actriz, tendría que preguntarle a Marta Albertini. No importa la edad, el estado físico, la trayectoria ni las necesidades básicas satisfechas. La alegría de actuar corre por otros ríos, los que brotan de la fuente de los sueños cumplidos. A Marta se le nota y no lo oculta. Después de una década, la “reina de la villanas” vuelve a subir al escenario.
No se trata de un estreno más sino de su primera vez en el Teatro Nacional Cervantes. No solo ella debuta en el teatro público sino todo el elenco de Doradas, la obra de José María Muscari que protagonizan Cristina Alberó, Judith Gabbani, Carolina Papaleo, Ginette Reynal y la Albertini, desde el 19 de marzo en la sala Luisa Vehil, ex Salón Dorado.

“Es fantástico, lo estamos disfrutando mucho, nos conectamos muy bien, nos divertimos y nos preocupamos, todo lo que podés sentir previo a un estreno durante el proceso de creatividad de un nuevo espectáculo”, dice Marta sobre sus compañeras.
-Además de debutar en el Cervantes, ¿es la primera vez que trabaja con Muscari?
-Me tomó de sorpresa que me llamara y me encantó porque yo lo tenía marcadísimo desde hacía tiempo, cuando todavía no era famoso. Por fin se me dio esta oportunidad. Y en este teatro, un palacio de arte lleno de historias. Vas caminando y ves una foto de María Rosa Gallo, una figura con la que trabajé en una novela y me divertí mucho. Cuando vine de Uruguay a la Argentina, vivía cerca del Cervantes: era un placer pasar por acá, entrar, ver todos los espectáculos. Es un lugar maravilloso que me enamora.
–Doradas plantea el tema de la Inteligencia Artificial. ¿Muscari antes habló con ustedes sobre qué pensaban de esta cuestión? ¿Está reflejada tu opinión?
-Sí, creo que es así como trabaja, se reunió individualmente con cada una. Nos encontramos una tarde para charlar sobre la vida, charla que grabó. Es muy hábil, muy buen psicólogo, muy inteligente, te va llevando, vos le contás y se va metiendo dentro tuyo con una habilidad genial. Esos pequeños detalles de la personalidad los vuelca en los personajes, que somos y no somos nosotras, como un alter ego, porque el personaje Marta Albertini no es como soy yo en la vida. Pero, para ser sincera, no sé si es tan positivo para el ser humano la inteligencia artificial. No la rechazo tan exageradamente como mi personaje porque entiendo que puede ayudar en muchos casos, en la medicina, en investigaciones, pero en otros casos tengo mis dudas.
-¿Por ejemplo?
–Le tengo un poco de miedo a cómo pueden distorsionar la vida de las personas, crear una imagen con tu voz, hablando de cosas que no dijiste y en situaciones donde no estabas. Hay gente que crea vínculos, relaciones amorosas con la IA, es mucho eso.
“No soy la típica ama de casa”, dice Marta. Ni ahora ni mucho menos antes, cuando su rutina de trabajo era arrolladora, desde la mañana muy temprano hasta la noche, desde las grabaciones de telenovelas hasta las funciones de teatro. “Y cuando llegabas a tu casa tenías que estudiar para el otro día porque (Alberto) Migré te exigía saber la letra a la perfección, exacto, no podías cambiar ni una coma, te daba hojas completas para decir, para actuar. Divino. Amo a Migré”, dice como todos, actores y actrices, que pasaron por esa experiencia fundante.
Los astros, un hobby
Pisciana con ascendente y luna en Géminis, Marta Albertini es astróloga “como hobby” y cree, con fuerza, en el destino: “Creo porque nunca, nunca en mi vida, jamás, soñé con hacer televisión ni ser conocida ni nada por el estilo. Quería ser actriz de teatro, como las actrices de la Comedia Nacional (elenco estable del Teatro Solís, de Montevideo), como Estela Medina con quien trabajé cuando tenía 17 años, en una obra de Valle Inclán”, dice la actriz uruguaya egresada de la Escuela de Arte Dramático de Montevideo.
-¿Con China Zorrilla trabajaste?
-Sí, pero en Buenos Aires, no en Uruguay. Nos conocíamos, la veía, porque ella era el personaje divertido del medio artístico, era la única que tenía un programa en televisión. Siempre estuvo muy amorosa conmigo. Cuando me vio ensayando en el Teatro Solís, dijo en su programa que había visto a una chiquita que prometía.

-¿Y por qué venís a Buenos Aires, entonces?
-El destino… Llego a mi casa y mi mamá me dice que llamaron de Canal 4, que buscaban a una damita para una serie que hacían productores de México y que se grababa en Montevideo. Yo no quería, lo mío es el teatro y nada más, le dije, pero mi mamá -que era maestra de escuela, no tenía nada que ver con el medio artístico- insistió con que probara. Así fue, grabé un mes. Después, al poco tiempo, me llaman urgente desde Buenos Aires, de Canal 13: tenía que regrabar escenas de esa serie porque lo que había hecho en Canal 4 tenía problemas de sonido. Típico problema de Montevideo. Me pagaban todo de nuevo, más la estadía y el viaje. Estaba ensayando Numancia, de Cervantes. Voy y vuelvo, les dije, dos semanas, más no voy a estar, no es para tanto.
-¿Era la primera vez que visitabas Buenos Aires?
-No, ya conocía. Pero de paseo, esto fue otra cosa. Me deslumbró Canal 13, el sistema, qué maravilla, la época de Goar Mestre (el fundador del canal), ¡no sabés lo que era Canal 13! Era Hollywood. Pero yo me volvía a Uruguay donde tenía todo, mi familia, el teatro. Antes de irme, el productor me presentó a un representante de figuras muy importantes, el mismo que tenían Graciela Borges, Arturo Puig, Pepe Soriano y muchos otros. Este señor, Salvador Salias, me cuenta que estaba por filmarse una película con Luis Sandrini. ¡Yo veía todas sus películas de chica en Uruguay! Y quería vivir la experiencia de hacer cine.
En cine
El profesor Tirabombas, en 1972, dirigida por Fernando Ayala, fue su primera película, junto con otros jovencísimos Oscar Martínez, Mónica Jouvet y Silvestre. Y el comienzo de su continuada vida artística en Buenos Aires. Pronto conoció a la directora Diana Álvarez (Nosotros y los miedos, La extraña dama, El oro y el barro, por mencionar solo algunos títulos) que le dio un papel en una novela con Alicia Bruzzo, Quiero saber tu verdad, en Canal 9, en 1973.
“Era la prima de Alicia, que había llegado del interior del país. Diana Álvarez era una genia haciendo primeros planos. Cuando Migré la ve, le pregunta sobre mí. Era para una nueva novela, Dos a quererse, con Thelma Biral y Claudio García Satur, que venía de hacer Rolando Rivas. Me entrevista Roberto Denis y quedé, ‘el personaje es para vos’, me dice: era Betiana”, cuenta Marta sobre aquella malvada sobrina del personaje de Thelma que la lanzó a la fama y a entronarse como la villana perfecta de la televisión.
Este personaje provocaba. Traspasaba la pantalla a tal punto que las mujeres en la calle la insultaban, le tiraban del pelo, le exigían que dejara tranquilo al codiciado galán (García Satur). Sin embargo, por otro lado, el nombre Betiana se puso de moda en el Registro civil y hasta se fundó el club de fans Me llamo Betiana.
-Con tanta repercusión, ¿cómo te llevabas con la protagonista, Thelma Biral?
-Yo no tenía experiencia en televisión. Había hecho personajes lindos, pero sin la responsabilidad como me dio Migré, de la noche a la mañana, de hablar y hablar. El primer capítulo creí que me moría de todo lo que hablaba. No tenía el training, me trababa, estaba muerta de nervios pero la que me ayudó fue Thelma; me esperaba con paciencia total, nos sentábamos en el sofá a pasar letra. Claudio también, muy gentil, y el director, todos muy buena onda, había un clima muy lindo. Hasta que al segundo programa tomé el ritmo, “ahora entiendo”, me dije. Me quedaba horas en mi departamento estudiando el día entero porque había que decir muchas páginas, todo de memoria.

-¿Por el éxito en televisión, te pasó que la gente del teatro tuviera prejuicios sobre tu trabajo?
-No me pasó con actores y actrices, no lo sentí. Tenía compañeros en televisión que trabajaban en el San Martín. Imagínate, María Rosa Gallo, lo máximo. Pero sí me pasó con “la autoridad”, digamos, con directores. Por ejemplo, tuve una entrevista con Kive Staiff (director del teatro San Martín durante tres períodos). Tenía mi currículum, hablé de mi historia. Fue todo muy amable y me fui reilusionada porque no pretendía un gran personaje. Pero nunca me llamó.
-La televisión te cambió la vida…
-Preguntame si uno puede decidir tanto, si voy a hacer esto o aquello… No, un día la vida te lo da. Como me pasó con Muscari: yo estaba tranquila con mi rutina, mis clases, mi marido, ir a comer, ver cine y teatro, hasta que un día, el año pasado, apareció la propuesta.
Piel naranja
Nunca ganó un Martín Fierro. En 1974, por su inolvidable Betiana fue nominada en el rubro Revelación. Perdió frente a Jorge Martínez pero ganaba en popularidad, propuestas de trabajo, notas periodísticas, tapas de revista. “La vida te lleva a esa vorágine y no sabés si sos vos o quién”, dice la actriz que después de Dos a quererse fue parte de otro éxito de Migré, Piel naranja (1975).
-¿Disfrutabas o padecías ese momento, el salto del teatro a la tele?
-Me gustaba. A la televisión aprendí a amarla una vez que sentí que la podía disfrutar. Con Migré era como hacer teatro, porque tenía momentos de misterio, de pasión, de maldad, era tener todas las materias.
Sin embargo, en una televisión abierta desbordada de ficciones, había vida más allá del gran maestro Migré. Al mencionar al director de Canal 9, Alejandro Romay, los negros ojos de la actriz vuelven a brillar de alegría. “Fue un protector total. Protector en el sentido de amoroso, dulce, de hacerme comentarios lindos, te trataba como a una hija, era como formar una gran familia”, dice. En los 80, actuó en tiras de Luis Gayo Paz, autor de No es un juego vivir (protagónico de Cristina Alberó, su actual compañera en Doradas) y Dos para una mentira. Y de la mano de Omar Romay, hijo del “zar de la tevé”, quedó en el elenco de La extraña dama, en 1989, y de Cosecharás tu siembra, en 1991, ambas con Luisa Kuliok.
-¿Alguna vez confrontaste con algún compañero o compañera de elenco?
-No. Tuve mucha suerte. Era otra época. Creo que los actores nos queríamos más. Siempre había alguien que competía un poco más o que tenía más ego pero nunca al punto de que perturbara o pasara a mayores. Se creaba un buen clima, en general, en el trabajo, en las novelas, porque había que estar todo el día encerrado grabando. No tenés vida porque estás todo el tiempo ahí. Por supuesto que compartís más con unos que con otros, tenés mejor onda con unas que con otras. Pero no recuerdo tanto escándalo o situación de odio.
-¿Te quedaron amigos de esos años de trabajo?
-Teníamos un lindo vínculo con Elizabeth Killian, con Cristina del Valle… Ahora nos vemos por WhatsApp y por Facebook e Instagram. En otros tiempos estaba más en contacto, después cada uno tomó su rumbo.
-¿Cargás con lo de “reina de las villanas”? ¿Te llamaban siempre para esos papeles?
-No me molesta para nada, al contrario. También hice de buenas. El personaje de La extraña dama, por ejemplo, que de tan buena era casi tonta. Digamos que es más divertido hacer a las malas o trastornadas. Me gustaba porque soy muy apasionada. Cuando te gusta el teatro, te gustan los personajes fuertes. Si me encasillaron como mala, tampoco son tantas las malas. Y me gusta porque, por lo menos a esta altura de mi vida, algo quedó marcado.

-También tuviste la experiencia de participar en Verdad Consecuencia, producido por Pol-ka, y en Los simuladores, de Damián Szifrón. ¿Te encontraste con otro estilo?
-Sí, se partía de textos más naturales, más cotidianos. En Verdad consecuencia, me resultó divertido, improvisaban, agregaban letra. Me adapté, me divertí, fue un desafío. Y con Szifrón no tuve un personaje importante pero me encantó el lugar que él te da, cómo dirige y cómo va creando, me gusta lo nuevo, las formas de actuar que van cambiando. Hay que adaptarse.
-¿Sos de llamar a directores para hacer propuestas? ¿O tenés representante?
-Nunca lo hice, nunca lo hice. Además de que muchos de los que yo conocía, ya no están. No tengo representante. Lo tuve hasta la pandemia pero es ridículo tener un representante en un país en que ya la televisión no produce ficción. Si me llaman, bien, pero no estoy pendiente, ya estoy más relajada, me gusta disfrutar de la vida, de ver teatro y cine. Por supuesto que cada vez que voy al teatro, me vienen las ganas de estar ahí. Mi pareja, Alejandro, que nada tiene tiene que ver con lo artístico, sabe cómo extraño porque yo elegí esta profesión por amor, por vocación. Y al ver mi entusiasmo de volver a trabajar se pone contento, comparte mi felicidad.
De a dos
Hace 32 años que Marta y Alejandro estás unidos. Es la pareja que ha perdurado más tiempo, el gran amor. Antes, hubo otro vínculo profundo con un juez, “un ser admirable que ya no está en este mundo”. Toda su familia consanguínea -los dos hermanos, los sobrinos, los sobrinos nietos- vive en Australia. Alejandro, por su parte, tiene hijas y nietos “que son divinos”. Marta privilegió su profesión y no quiso tener hijos. Tampoco quiso entablar romances con actores “porque los conozco mucho, nos conocemos todos, me divierten. Pero si estás con un actor, todo el tiempo se habla de lo mismo, de la escena, de cómo estuviste, de lo que te dijeron. Somos obsesivos. A veces mi marido me tiene que frenar”.
-Hubo una breve excepción con Pipo Pescador, a principios de los 70
-Sí. A Pipo lo conocí en mi primera temporada de teatro en Mar del Plata. Un lunes fui con una amiga a verlo al Auditorium por la fama que tenía, su creatividad me llamaba la atención, el carisma y cómo atraía a los niños. Me pareció genial lo que hacía. Fuimos al camarín a saludarlo. Y empezamos a charlar, nos empezamos a ver, me fue a buscar al teatro, íbamos a comer, hablábamos de Borges, porque él sabe muchísimo sobre Borges. El romance duró lo que tenía que durar. Una vez en Buenos Aires, me fui a filmar una película a Corrientes (La hora de María y el pájaro de oro, de Rodolfo Kuhn). Y él comenzó con las funciones en el teatro. No coincidían nuestros mundos. Pero siempre lo admiré, admiré su inteligencia.
-Estás muy linda…
-Me cuido, sí. Hago alimentación normal, no soy de mucho comer, y hago ejercicio. En la cara, me pongo mucha crema. Pero cuando me miro al espejo, digo: “Ay, Dios mío”. Es terrible. Es duro empezar a ver las arrugas cuando una es muy coqueta. Hay que aceptarlo pero no es tan fácil. Aunque nadie te diga nada. Cuando me veo en El profesor Tirabombas, una niña en el colegio con Mónica (Jouvet). Pero, bueno, la vida te regala momentos como éste. Estoy agradecidísima y voy a disfrutarlo.
Para agendar
Doradas, de José María Muscari. A partir del 19 de marzo, jueves a domingos, a las 18. En el Teatro Nacional Cervantes (Libertad y Córdoba).
Fuente: Leni González, La Nación

