«Nacha Guevara: aquí estoy», la muestra que recorre la obra de una artista incómoda

La exposición tiene la curaduría de Álvaro Rufiner. Un repaso por la extensa trayectoria, desde los 60 hasta nuestros días.

“Nacha Guevara: Aquí estoy”, se llama la exposición del Museo Moderno que indaga los pasos de la extensa -y también intensa- carrera de la artista a partir de su ingreso en el Instituto Di Tella, durante los revolucionarios años sesenta. El curador Álvaro Rufiner presenta una exhibición con un montaje visualmente atractivo que se condice con el contexto: un museo dedicado al arte.

Cada disco es un capítulo donde a través del encanto de las fotografías y de la profusa documentación que recrea un extenso período de la historia cultural argentina, el espectador percibe el clima de la época. Nueve círculos de pasta están reproducidos en el piso y desde el techo cuelgan las portadas, los hits de una larga trayectoria. Y cada disco es un mundo.

Desde que se consolidó como estrella indiscutida del café-concert y triunfó con una identidad especialmente glamorosa en el teatro musical, con los aciertos y reveses que le tocó atravesar, desde los atentados hasta el exilio, Nacha demuestra una energía inagotable y su poderosa voluntad para no abandonar nunca la actuación. Después de un atentado de la triple A realizó una gira por Latinoamérica, llegó a España y años más tarde a Broadway, de la mano del genial Harold Prince. Y todavía hoy, con sus 85 años, considera que el teatro es su casa.

La tarde del vernissage, en medio del recorrido por el escenario del Museo Moderno que recrea su propia vida, agradeció el homenaje con palabras que todavía resuenan. Explicó que “el teatro transcurre en un tiempo breve, en un momento que se vuelve mágico, pero que es pasajero”. Dijo que cuando se apagan las luces esa magia perdura tan solo unos instantes y se convierte en recuerdo. Agregó, sin ocultar su emoción, que la muestra le permitía volver a vivir esos momentos maravillosos e irrepetibles de la actuación.

Victoria Noorthoon, la directora del Museo Moderno, le dedicó unas acertadas palabras, pero justo llegó Marta Minujín a saludarla y darle un abrazo. La diva del pop, autora de “La Menesunda”, una máquina para estimular las ideas y los sentidos, demoledora a la vez de barreras y prejuicios, compartió con Nacha Guevara la mayor libertad –aunque ya amenazada– que habían conocido los artistas argentinos. La excepcional apertura generada por el Instituto Di Tella les posibilitó a ambas, al menos hasta 1968, el trato de igual a igual entre los argentinos y las celebridades de los circuitos internacionales. Nuestro arte, legitimado entonces por los teóricos que forjaban el gusto, no tenía fronteras. Ha transcurrido más de media centuria y las dos artistas que aportaron brillo al Di Tella, continúan activas y se vuelven a encontrar.

Una pantalla gigante reproduce las imágenes de los diversos personajes que interpretó la artista y rinden cuenta de su ductilidad y talento. Por allí desfilan “Anastasia querida”, “Nacha canta Benedetti”, “Las mil y una Nachas”, “Nacha de noche”, “Aquí estoy”, “Los Patitos Feos”, “Eva, El gran musical argentino” y, entre otros, “La vida en tiempo de tango”.

En un diálogo con este diario, Álvaro Rufiner describió su visión de Nacha Guevara como una artista incómoda, difícil de encasillar con los parámetros dominantes. “Desde comienzos de los años sesenta hasta la actualidad, la obra de Nacha Guevara se construyó en un desplazamiento constante respecto del presente: no como vanguardia declarada ni como militancia doctrinaria, sino como una práctica artística que anticipó debates, incomodó instituciones y erosionó fronteras entre lo culto y lo popular, lo frívolo y lo político, el espectáculo y la crítica social. Ese corrimiento —leve pero persistente— fue lo que volvió su figura refractaria a la clasificación”, sostuvo Rufiner.

Provocativa, desde la calle Florida aconsejó a las mujeres que no se casaran, y denunció la censura de Onganía. Después de una extensa gira “volvió a la Argentina con la democracia y cantó citando a Peralta Ramos a los patitos feos de su generación. Habló del hombre gris, de los empleados públicos cantando a Benedetti. En los tempranos 90 habló de yoga, naturaleza, meditación y desempetroló pingüinos en el sur”, concluye el curador.

Fuente: Ámbito