Parque Patagonia: viaje al último «refugio» ambiental de la Argentina

Queda en el noroeste de Santa Cruz y atesora la Cueva de las Manos. Pero más allá de las pinturas rupestres, existe un universo desconocido por descubrir. Una e

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Se llama río Ecker y lo conoce poca gente. Avanza por la estepa cómo una víbora solitaria, casi perdido en el noroeste inhóspito de Santa Cruz. Atesora una historia única, cuyo protagonista es Francisco Moreno, nuestro explorador eterno. Cierta vez, el Perito lo utilizó como ejemplo para demostrar que el trazado de los límites internacionales con Chile debía hacerse siguiendo la lógica de altas cumbres que actualmente impera y no considerando la desembocadura de los cursos de agua. “Los cursos de agua pueden cambiar su dirección de un día para el otro”, argumentaba el naturalista. ¿Qué hizo Moreno para dar cuenta de ello? Modificó el curso del río Ecker a pico y pala. De buenas a primeras, lo mandó del Pacífico al Atlántico.

De esta historia y de tantas otras hablamos con la ambientalista y titular de la Fundación Rewilding Argentina, Sofía Heinonen, una heredera cabal de Moreno, pero también de su mentor, el filántropo ambientalista Douglas Tompkins. Lo hacíamos mientras cruzábamos la estepa patagónica una y otra vez a principios de diciembre. La pandemia había abierto una ventana de tiempo. Los contagios de coronavirus habían comenzado a mermar. Los vuelos, aunque de modo desincronizado, habían vuelto al calendario oficial y en los pueblos, la inquisición de vecinos y autoridades, después de un año de denuncias desbocadas, había comenzado a aflojar.

Mapa

Fue en ese contexto en el que surgió el convite para explorar uno de los sitios menos recorridos del país. Pero quizás uno de los más maravillosos: el Parque Patagonia, el último Parque Nacional, el que casi nadie ha caminado todavía y el que atesora, no sólo el arte milenario de la Cueva de las Manos, sino la diversidad prehistórica de la meseta del Lago Buenos Aires, una luna sobre la tierra, una paisaje marciano que nos pertenece, aunque no lo tengamos tan claro, como ocurre con toda la tierra pública del país.

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El Cañadón del Río Pinturas visto desde la cima del Cerro Amarillo, que se impone a 854 metros sobre la estepa.

Los datos de ubicación. Noroeste de Santa Cruz, entre las localidades de Los Antiguos, aquella célebre por el volcán Hudson, y Perito Moreno, donde moran casi 10 mil personas de modo permanente. Zona codiciada por la industria minera. Zona virgen de turismo masivo. Zona de fragilidad ecológica. Es el corazón de la estepa, pero no el corazón de la nada. Es el último refugio ambiental de la Patagonia austral.

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Un paredón de roca volcánica en el acceso al Cañadón del Río Pinturas. La zona ahora está siendo reconvertida como un sitio apto para la práctica de escalada.

Allí, entre planicies y cañadones, emergen los misterios de la geología. Se revelan los secretos de todas las eras. Se configura, a medida que colores y tonos se desnudan frente al caminante, una idea acabada sobre el origen del mundo. Se puede adivinar cómo retrocedieron los glaciares, el modo en que surgieron esas ondulaciones llamadas morenas o la forma concreta en que el retiro de los hielos cinceló los contornos de un nunatakNo es la Patagonia del pino, la cabaña, la nieve y la postal. Es un escenario diferente y hostil, peinado de vientos y fríos que ceden al menos un poco durante el verano. Una belleza solo a primera vista minimalista, pero luego exuberante, rebosante de especies y colores. Dominio de pumas y manadas de guanacos que miran petrificados a los pocos visitantes que aparecen por allí.

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Una caminata al amanecer por el sendero conocido como «tierra de colores» permite descubrir las formas desconocidas de la morfología patagónica.

La meseta propiamente dicha es un trapecio a la distancia, una sombra que se materializa como un fortín a medida que uno se aproxima, y que abarca una superficie de 380 mil hectáreas. Piedras y lagunas que se reiteran casi de modo infinito. Allí anida y vive una especie única en el planeta y una especie, sobre todo, en riesgo de extinción: el fascinante maca tobiano.

Por último, el Lago Buenos Aires, el más grande de todos los lagos de la región, que cambia de nombre al cruzar hacia Chile y comienza a llamarse Lago Carreras. Dos rutas, la 40 y la 41 -acaso más deslumbrante que la primera, más rústica y primitiva- se erigen como las arterias que permiten recorrer el Parque en un viaje que requiere por lo menos de 3 días, sin contar el desplazamiento hasta el lugar.

Habrá que volar a los aeropuertos cercanos: opción uno El Calafate; dos, Comodoro Rivadavia; tres, Esquel. Desde cualquiera de ellos, habrá que tomar un auto y hacer ruta hasta destino. Mínimo cinco horas. Eso explica, en parte, el número bajo de visitantes, el silencio que atrona y no se rinde. En el Parque Patagonia es muy difícil cruzarse con alguien. Se anda en soledad por senderos que todavía están en proceso de señalización. Una belleza. 

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Una vista del Cañadón del Río Pinturas luego de haber cruzado en una caminata fascinante desde la Cueva de las Manos en pleno atardecer.

Heinonen me recogió en el aeropuerto de Comodoro Rivadavia. Cruzamos la estepa petrolera chubutense y al cabo de 3 horas ya estábamos en la ruta 40, rumbo a la Posta de los Toldos. Es un viejo hotel reconvertido. Tiene las comodidades de un hotel pero sobre todo el espíritu de un refugio de montaña. Es una especie de campamento base, gestionado por un equipo de gente idónea proveniente de las comunidades cercanas. No son empleados comunes, sino jóvenes comprometidos con el Medio Ambiente de un modo profundo, capaces de ejercer la docencia con cada visitante. Desde allí, iniciamos las recorridas a los sitios ineludibles del Parque: el Cañadón del Río Pinturas, con ese balcón de cavernas que es la legendaria Cueva de las Manos, y la trepada a la meseta del Lago Buenos Aires, en un trekking moderado desde el llamado Portal Ascensión, otro de los accesos al Parque.   

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Otra vista del sendero «tierra de colores», los tonos de cada capa geológica delatan la existencia de todo tipo de minerales.

Viajar con Heinonen de anfitriona es un privilegio. Se pasó el 2020 en la ruta, yendo y viniendo de cada uno de los emprendimientos que gestiona su fundación. Todos tienen que ver con lo mismo: compran tierras para restaurar sus ecosistemas y luego las donan a los estados para la creación de Parques Nacionales. A eso se dedican. Esa es su forma de activismo ambiental. Y por eso existe este Parque, entre otros, luego de que en 2014 compraran la estancia donde se hallaba la Cueva de las Manos y otras estancias aledañas: cientos de miles de hectáreas. 

Es un trabajo minucioso y complejo, de frentes múltiples: ambientales, sin dudas. Pero también sociales, por el profundo enlace que deben edificar con las comunidades locales, y finalmente políticos, porque no podrían concretarse las donaciones de tierras sin el aval de los estados provinciales, en primera instancia, y nacionales finalmente. No es tan fácil como parece donar tierra a la política para crear áreas protegidas. 

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En las entrañas de la tierra indómita, avanzando por uno de los senderos del Parque Patagonia.

Hay un tercera pata fundamental: el aporte de filántropos particulares que donan parte de sus fortunas para comprar las tierras con fines de protección del Medio Ambiente. Desde la muerte de Tompkins, en 2015 en este mismo lugar (mientras remaba por el Lago Carreras), Rewilding se dedica a eso: detectan donantes por el mundo y los invitan a participar de su sueño.  Por eso, el proyecto,Proyecto de Parque Patagonia, que sigue en etapa de diseño, cuenta con la ayuda de filántropos europeos y norteamericanos, que financian las tareas de restitución de especies y construcción de senderos, entre otras cosas. 

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Una vista aérea del sendero «tierra de colores» desde donde es posible observar las diferentes tonalidades del paisaje.

A medida que avanzábamos por los senderos del Parque, Heinonen, 52 años, mochila al hombro, profundizaba sobre el modo en que se consumó al cabo de varios años el proyecto de un Parque Binacional. El Parque Patagonia toca el limite con Chile. Del otro lado, Douglas Tompkins y su esposa Kristine McDivitt, a través de sus fundaciones y después de muchos años de trabajo, consiguieron crear un Parque del mismo nombre. El sueño del americano ambientalista era crear un corredor natural que abarcara las dos naciones, como ocurre por ejemplo con Alaska y Canadá, en donde los senderistas pueden cruzar caminando de un país a otro mientras exploran la naturaleza. Un corredor de conservación entre las cuencas Pacífica y Atlántica.

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Un domo colocado por Rewilding Argentina en el antiguo Puesto Rincón, de la Estancia la Ascensión, ahora donado al Parque Nacional Patagonia. En ese domo, los caminantes pueden pasar la noche luego de bajar de la Meseta del Lago Buenos Aires.

A fines de los años ’90, cuando el Medio Ambiente y la crisis de las especies no ocupaban la agenda pública, escuchar a Tompkins hablar de esto despertaba suspicacias. El prejuicio generalizado lo acusaba de querer crear un enclave y de poner en riesgo la soberanía territorial de ambos países. Al filántropo y su ejército de naturalistas les llevó más de 20 años convencer a los políticos de sus intenciones reales. Hoy es un lugar indiscutido. El Parque Patagonia es una proeza y motivo de orgullo de los funcionarios que gestionan la región a cada lado de la frontera.

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El paisaje lunar del Parque Patagonia, en uno de los amaneceres del viaje que hizo un equipo de Clarín.

Es un ejemplo, además, de cómo debería gestionarse la tierra pública y vale como anzuelo para generar conciencia acerca del valor que esos territorios tienen para cada uno de nosotros. En la Argentina existe la idea de turismo aventura o de naturaleza, pero el concepto  de parque como sinónimo identidad nacional no está desarrollado, como por ejemplo pasa en los Estados Unidos. Para un norteamericano, la tierra pública, y los grandes parques de modo específico, son un motivo de orgullo enraízado. La gente sale, orgullosa, a recorrer esas vastas regiones diversas.  

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Infografía: Clarín

Más al oeste, tuvimos el enorme privilegio de escalar, en una caminata de exigencia moderada, la maravillosa Meseta del Lago Buenos Aires. Se acceda atravesando al estancia La Ascensión, incorporada al Parque luego de ser comprada y donada por Rewilding Argentina. Dejamos la camioneta en el último puesto de estancia, donde un refugio vivac, un domo digno de paisaje lunar, sirve como campamento para hacer noche. Pero nosotros, comandados por un guía local de 28 años, conocedor como pocos de la zona y sumamente instruido en el avistaje de fauna, encaramos la trepada. Llegamos al cabo de dos horas a la «proa» de la meseta y nos sentimos únicos en universo carente de límites y contornos: la verdadera estepa patagónico se desplegaba a nuestros pies. 

Tres personajes unidos por el amor a un mismo lugar

Deténgase en las fotografías y mapas que componen este artículo. Piensen en el silencio y la inmensidad. Más al oeste todavía, atravesando Los Antiguos casi hasta el límite con Chile, nace la ruta escénica 41, que bordea río y cerros como colmillos, que balconea hacia Chille y gana altura mientras atraviesa lagunas repletas de flamencos. Es un tesoro secreto de Santa Cruz, Un baluarte de naturaleza no promocionado. Fue parte de nuestro derrotero. Y a mitad de camino, entre nubes, asomó la muralla perfecta que es la cara este del Cerro San Lorenzo. Desde la ruta 41 se consigue apreciar por completo el sueño consumado del Parque Binacional.

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Como un circo de altares, el acceso del Cañadón del Río Pinturas es a través de un área que hoy utilizan escaladores de la zona, verdaderos defensores del Medio Ambiente.

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La Cueva de las Manos viste desde enfrente, luego de haber cruzado a pie la quebrada del Río Pinturas.

Porque es uno de sus tramos, de camino hacia el Lago Posadas, donde se puede apreciar que no existe una frontera real entre Chile y la Argentina y que la naturaleza es, definitivamente, una continuidad ensamblada con otra. Una red de vida en la que todos estamos involucrados. 

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El cerro Colmillo, otra belleza secreta de la ruta escénica 41.

Al cabo de unos días, el Parque Patagonia había anidado en el espíritu viajero del equipo de Clarín. La experiencia de la noche compartida en la Posta de Los Toldos, después de cada día de esfuerzo y contemplación, había enriquecido las posibilidades de un nuevo relato. Las vocaciones del equipo que lleva adelante esta titánica tarea allá en lejanía merecían un homenaje. Son trabajadores silenciosos. Apasionados del mundo, idílicos, es cierto, pero también muy pendientes las acechanzas y de las amenazas que pueden poner en riesgos a estos ecosistemas.

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Una laguna vista desde el borde de la meseta del Lago Buenos Aires, otro sitio desconocido de la Argentina, repleto de una naturaleza poderosa. Allí viven los pocos ejemplares del Maca Tobiano.

Hubo caminatas por el sendero llamado «Tierra de Colores», sencillo y sorprendente al mismo tiempo. Y avistajes de fauna en la estaciones biológicas que Rewilding gestiona en la zona. Hubo charlas con las autoridades del Parque Provincia Cueva de las Manos, que es parte del sistema Parque Patagonia. Hubo asuntos protocolares y expectativa por donaciones que no terminan de concluir y que siguen trabadas en la Justicia. Hubo una inducción completa en el caso. 

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Un balcón, entre tantos otros, para seguir contemplando desde diferentes ángulos la Cueva de las Manos. El paseo no se reduce a una contemplación sólo de arte rupestre.

Y llegó el momento de partir. Con la certeza de lugar recorrido. De lugar asumido como propio. De gesta lograda por un puñado de locos. De lo pequeño que somos. Y de lo grande que es el mundo, sus montañas, sus estepas y sus ríos. 

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El plan que unió dos países: Chile a la derecha. La Argentina a la izquierda, sin fronteras visibles. Es el área que Douglas Tompkins soño como unión perfecta para el proyecto de Parque Binacional Patagonia. Se ve desde la ruta escénica 41.

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El lago Ghio, casi azul eléctrico, visto desde la ruta 41, en Santa Cruz.

Fuente: Clarín