Arturo Puig: “A veces deseo partir para volver a encontrarme con Selva”

A casi dos años de la muerte de Selva Alemán, el actor reflexiona sobre el duelo, admite que todavía le habla cuando mira una película y revela por qué el trabajo fue su refugio. También recuerda la dictadura, cuestiona la crisis de la ficción argentina, cuenta cómo se volvió un fenómeno viral a los 81 años y asegura: “Tuve una vida buena”.

El 17 de agosto se estrenará el cortometraje en el que le puso su voz a José de San Martín, creado con inteligencia artificial

“Se fue el amor de mi vida. Me cuesta mucho imaginarme que no la voy a ver más”. La frase de Arturo Puig resume el momento que atraviesa. A casi dos años de la muerte de Selva Alemán, el actor habla del duelo con una honestidad conmovedora, reconoce que todavía la busca para comentarle una película y que no imagina volver a enamorarse.

Sin embargo, lejos de quedarse detenido en el dolor, a los 81 años atraviesa uno de los momentos más activos de su vida: terminó una película con Guillermo Francella y Adrián Suar, prepara el regreso de su obra Buenas palabras y sorprendió a todos al convertirse en la cara de una campaña de moda que lo volvió viral.

Por otra parte, Arturo Puig le puso su voz a José de San Martín, y junto a Juan Leyrado, voz de Sarmiento, estos dos grandes de la escena argentina participan en “El Libertador”, el cortometraje que Infobae estrena el 17 de agosto. La pieza, íntegramente realizada con inteligencia artificial, recrea el encuentro real entre San Martín y Sarmiento en 1846. Las voces de ambos actores son reales. Desde el 17 en el sitio de Infobae y en YouTube.

En esta entrevista con Infobae, el actor repasa una carrera de más de seis décadas, revive anécdotas inolvidables, habla de la dictadura, de la crisis de la ficción, de sus nietos, de la amistad, del amor y de la paz que hoy busca después de haber construido una vida que define con una sola frase: “Una vida buena”.

—Volvés con Buenas palabras. ¿Qué tiene este espectáculo que siempre te dan ganas de hacerlo otra vez?

—Es muy especial para mí. Estoy esperando confirmar nuevas funciones porque cada vez que lo hago la respuesta de la gente es hermosa.

—¿Cómo nació la idea?

—Todo empezó con una carta de Richard Burton a Elizabeth Taylor que encontré en las redes. Es una carta desgarradora porque se la escribe cuando ya estaban separados y él muere poco después. Entonces pensé: “Esto hay que decirlo en un escenario”. Con Rita Terranova empezamos a armar el espectáculo y después sumamos la carta de Beethoven a su amada inmortal, textos teatrales y recuerdos personales. También hago el monólogo de Largo viaje de un día hacia la noche, que fue lo último que hice con Selva en el San Martín. Además hablo de la amistad y cuento historias de mi vida.

—Una de las más increíbles es tu primer viaje a Nueva York.

—Sí. Habíamos hecho Nino, una coproducción peruano-argentina que el productor logró vender al Canal 9 de Nueva York. A partir de eso nos convocaron para hacer teatro allá. Nosotros ensayamos una comedia francesa sin saber muy bien qué íbamos a hacer ni para qué público. Cuando llegamos apareció el productor, un puertorriqueño, con una pistola calibre 45 en el cinto y dos guardaespaldas. Nos dijo: “La calle está muy peligrosa”. Era el Nueva York de los años 70, donde los cuchillos volaban por el aire. Enzo Viena, que encabezaba la compañía, le explicó que habíamos llevado una obra y él respondió: “No. Ustedes van a hacer presentaciones”. Así recorrimos Manhattan, Brooklyn, el Bronx y Nueva Jersey saludando al público en cines y teatros. Nino era un éxito y la gente nos recibía como si fuéramos estrellas. Estuvimos dos meses así, una rascada total.

—¿Y la obra francesa?

—Nunca se hizo. (Ríe). El director hasta me había pedido que llevara un smoking porque después del estreno íbamos a un restaurante a esperar las críticas del New York Times. Se lo había pedido prestado a Germán Kraus.

—¿Al menos usaste el smoking?

—No. Íbamos de un lado para otro en una van (Ríe). Pero ese viaje me permitió conocer un Nueva York al que nunca habría llegado como turista. Entré al Bronx, una pandilla que nos invitó a tomar cerveza porque nos conocían de la novela. Y así una serie de aventuras impresionantes que hoy cuento en Buenas palabras.

—¿Ahí ya cantabas?

—No, eso vino después. En ese viaje conocí a un cantante puertorriqueño, Santos, un personaje extraordinario. Había estado en Cuba durante la revolución, García Márquez lo menciona cada diez páginas en Relato de un náufrago y había sido fundador de una de esas grandes orquestas caribeñas. Pasábamos horas charlando en el camarín.

—En Buenas palabras también conversás con el público.

—Sí. Les pregunto si alguna vez estuvieron enamorados y, a partir de sus respuestas, empiezo a hablar del amor.

—¿Y cómo se transita hoy el amor?

—En mi caso, muy difícil. Se fue el amor de mi vida y me cuesta mucho vivir sin ella, imaginarme que no la voy a ver más. Era el centro de mi vida y de toda la familia. Es una pérdida imposible de sobrellevar.

—Volviste a trabajar en medio del duelo. ¿Lo necesitabas?

—Sí. Me ofrecieron varias obras, pero no estaba en condiciones de estudiar una letra y hacer funciones de jueves a domingo. En cambio, Buenas palabras me permite manejar mis tiempos. Hago dos fines de semana, descanso y vuelvo. El trabajo me ayudó muchísimo. También la película que terminé hace poco con Francella, Suar y amigos de toda la vida. La pasamos muy bien y me sentía bárbaro pese a las levantadas a las seis de la mañana.

—¿Te sentiste contenido?

—Muchísimo. Los amigos se portaron muy bien conmigo.

—En algún momento dijiste que Susana Giménez te había decepcionado.

—Sí, porque no me dijo nada cuando murió Selva y me dolió. Pero después hablamos y entendí que, muchas veces, frente a una pérdida así, uno no sabe qué decir. Está todo bien.

—En el espectáculo hablás de cartas de amor. ¿Vos también escribías?

—Sí. Cuando nos separábamos por un viaje o por trabajo nos escribíamos cartas con Selva. Todavía las guardo.

—Hay algo que perdimos con la escritura a mano.

—Totalmente. Yo soy malísimo con la tecnología. Tengo una libretita donde anoto todo: que tengo que ir al médico o cualquier otra cosa. Eso sí, me sale una letra espantosa.

—Te llevás mal con la tecnología y, sin embargo, te convertiste en un fenómeno viral con la campaña de ropa que hiciste.

—Sí, fue una sorpresa.

—Explicame Arturo Puig modelo.

—Me llamó David, el dueño de la marca. Me contó que quería hacer una campaña inspirada en actores como Pierce Brosnan o Christopher Walken y pensó en mí. No quería que posara ni sonriera. Buscaba una imagen más sobria, la de esos actores grandes con presencia. Esperamos unos días para que me creciera la barba, hicimos las fotos y la repercusión fue impresionante. Me encantó.

—En este momento de tu vida, verte en esas fotos tan lindas, tan pleno, creo que la gente se puso muy contenta.

—Sí. Voy caminando por la calle y me dicen: “Lo vi, está bárbaro en esa foto, con esos sobretodos”. (Risas).

—También hay una reivindicación de la gente grande.

—Eso fue lo que más me gustó. Al principio le pregunté: “¿Estás seguro? Mirá que soy un hombre grande”. Y me respondió: “Justamente por eso”. Siempre pensé que las campañas de ropa muestran gente muy joven, cuando los trajes suelen usarlos personas de otra edad.

—Hoy se habla mucho de la generación silver. ¿Cómo te llevás con eso?

—Bien. Venía hablando con un chofer y me preguntó la edad. Cuando le dije que tengo 81 años, no lo podía creer. Los años se sienten, tengo mis dolores, pero también hay algo muy lindo en llegar a esta edad, seguir trabajando y mantenerse activo.

—¿Es una elección o también una necesidad económica?

—Las dos cosas. Siempre vienen bien unos pesos y también estar activo. Lo último que hice fue esta película que te conté y estaba encantado porque trabajaba con amigos y podíamos charlar.

—Te preguntaba porque no estaría bueno tener que trabajar a los 81 años por necesidad económica, como les pasa a muchos actores con una carrera enorme.

—Por supuesto. Lo que pasa es que es terrible que no haya ficción en la televisión. Hay actores, directores, productores, escenógrafos… muchísima gente sin trabajo. Nuestra televisión es extraordinaria, la ficción argentina fue una referencia para el mundo. Exportábamos programas y hasta viajaban directores a enseñar cómo se hacían. Que hoy prácticamente no exista es una pena enorme. Por eso tanta gente se volcó al teatro: es una salida laboral.

—¿Las plataformas no alcanzan a reemplazar eso?

—No. Yo disfruté muchísimo hacer El encargado. Las plataformas trabajan casi como el cine, con otros tiempos y otra calidad de producción. Pero la repercusión que tenía la ficción en la televisión abierta era distinta. Cambiaron los hábitos: hoy, recién a partir de los 50 años más o menos, la gente sigue viendo televisión. Los más jóvenes miran todo en el celular y consumen los contenidos cuando quieren. Hacen su propia programación. Es un cambio tecnológico enorme y creo que todavía no sabemos lo que va a venir con la inteligencia artificial.

—Y el teatro volvió a ocupar un lugar muy importante.

—Sí, porque el teatro es sanador, tanto para el actor como para el público. Además tiene algo único: es un hecho vivo. Es el único arte en el que ves al ser humano de cuerpo entero. Esa experiencia no la reemplaza nada.

—¿La sentís a Selva?

—Todo el tiempo, y la encuentro. A veces me pasa que estoy viendo alguna película o una serie, algo que compartíamos mucho, y me doy vuelta para comentarle una escena y no hay nadie. Es muy duro. En el teatro hay una carta de Richard Burton a Elizabeth Taylor que me cuesta decir. Me emociono mientras la leo porque siento que, de alguna manera, se la estoy diciendo a ella.

—¿Y no te dan ganas de volver a enamorarte?

—No, por el momento no.

—Con el Arturo modelo debe haber aparecido alguna propuesta, lo que pasa es que a vos no te gusta mucho la tecnología.

—(Risas) Claro, yo no leo los mensajes.

—¿Estás para otra campaña?

—Ojalá. Ya le dije al dueño de la marca que, cuando llegue el verano, hagamos otra. (Ríe). Dijo que sí, vamos a ver.

—¿Te pagaron bien, hicimos un canuto ahí?

—Bien, y me dieron ropa, por supuesto.

—En El encargado hacés de presidente. ¿Alguna vez pensaste en dedicarte a la política?

—Nunca. Me lo propusieron alguna vez, un amigo radical, pero no es lo mío.

—Pensé que me ibas a decir que ese amigo era Brandoni.

—Bueno, Beto fue diputado. Él alguna vez me lo sugirió, pero no me da. No soy un hombre político.

—¿No te interesa la política o no te ves ocupando un cargo?

—No me interesa demasiado. La verdad es que no les creo a ninguno, ni de un lado ni del otro.

—Y mirá que viste pasar.

—Sí, claro.

—También pasaste la dictadura.

—Sí. De hecho, Selva y yo estuvimos en una lista negra durante un tiempo por haber ayudado a Piero a salir del país. Éramos amigos y vivíamos cerca. Un día su hermana lo llamó para avisarle que no volviera a su casa porque lo estaban buscando. Justo estaba conmigo, así que le dije que viniera. Desde casa empezó a hacer contactos en España hasta que consiguió irse. Nosotros lo llevamos a Ezeiza. Me acuerdo de la vuelta: iba con un miedo terrible. Pensaba que en cualquier momento nos iban a ametrallar desde esos Falcon verdes. Por suerte a Piero le fue bien, pero a nosotros dejaron de llamarnos para trabajar. Un productor me dijo directamente: “Quisiera que vengas al programa, pero vos y Selva están en una lista negra”. Más adelante pasamos a una “lista gris” y pudimos volver a hacer algunas cosas, pero fueron años muy duros. Hacíamos giras para sobrevivir, pero siempre con mucho terror. Incluso llamaban por teléfono a casa, atendíamos y del otro lado no hablaba nadie, cortaban. La dictadura fue una cosa tremenda que le pasó a nuestro país.

—¿En algún momento pensaron en irse del país?

—Sí, lo pensamos. Pero yo tenía a mis hijos muy chicos y no era una decisión sencilla. Finalmente nos quedamos, aunque hice un programa en México para la Universidad de Boston sobre el idioma castellano y en ese viaje me pasó algo muy especial. Un actor mexicano me insistió para que fuera a ver a la Virgen de Guadalupe, pero no a la iglesia principal sino a la capilla donde, según la tradición, apareció la Virgen. Fui solo y, extrañamente, había muy poca gente. Entré y encontré a un sacerdote vestido con una sotana blanca inmaculada. Me acerqué sin saber qué decirle. Él tomó una rosa, la mojó en agua bendita y me bendijo sin decir una palabra. Empecé a llorar de una manera que no podía parar. Después compré unas medallitas para que las bendijera. Al día siguiente le conté la experiencia al actor y le describí al sacerdote con una sotana blanca inmaculada, lo que me había llamado la atención porque en Argentina los curas no van de blanco, se visten de negro. Me respondió: “Acá los curas tampoco usan sotana blanca”. Bueno, era un ángel.

—Qué hermoso.

—Maravilloso. Y en ese mismo viaje una actriz me presentó a un productor muy importante de Televisa que me ofreció quedarme en México. Pero dije que no.

—¿Ustedes militaban en aquellos años?

—No, pero teníamos muchos amigos que sí lo hacían.

—En otra charla me contaste que les llegaron a ofrecer un bebé.

—Sí. Selva no podía tener hijos y nosotros queríamos adoptar. En esa época era muy difícil y nos ofrecieron un par de bebés de los que no se sabía bien de dónde venían. Intuíamos cuál podía ser el origen y dijimos que no. Menos mal.

—Hijos de desaparecidos.

—Claro.

—Con el tiempo la vida les dio nietos adoptivos.

—Sí, mis dos nietos son adoptados, son rusitos. Y Selva fue una abuela extraordinaria. El otro día estaba viendo un partido con uno de ellos y, de golpe, me dijo: “Extraño mucho a la abuela”. Le respondí que yo también. Después agregó algo que me emocionó muchísimo: “Ella manejaba toda la casa y a todos nosotros”. Y era verdad. Ella iba de un lado para el otro y resolvía todo.

—Se te rompió todo.

—Me mató.

—Fueron una gran dupla en lo personal, pero también en lo laboral.

—Sí, aunque al principio no. Durante muchos años no quisimos trabajar juntos porque nos matábamos. Nos decíamos de todo.

—¿Quién era más bravo?

—Los dos. Selva era brava, tenía mucho carácter. Discutíamos porque no nos dábamos bien un pie o porque alguno decía algo mal. Hasta que un día dijimos: “No trabajamos más juntos”. Y estuvimos un tiempo sin compartir escenario.

—Pero volvieron.

—Sí. Nos convocaron para hacer Cristales rotos, la última obra de Arthur Miller. Ninguno quería decir que no. Ahí había pasado algo entre nosotros: habíamos madurado y aprendimos a confiar plenamente el uno en el otro. Después hicimos ¿Quién le teme a Virginia Woolf? Habíamos visto la película con Richard Burton y Elizabeth Taylor y Selva me decía: “Mirá la confianza que tienen entre ellos. Es la misma que tenemos nosotros”. En una obra así, esa confianza es fundamental.

—¿Hay algo que hoy, a los 81 años, te dé miedo y antes no?

Siempre me dieron miedo las pérdidas: cosas, gente, amigos, situaciones.

—¿Y la propia partida?

—No. Al contrario. A veces hasta la deseo.

—¿Por qué?

—Porque tengo la ilusión de volver a encontrarme con Selva.

—¿Qué crees que viene?

—Creo que uno pasa a otro plano y se reúne con su gente querida. Observé algo en personas que estaban por morir, como mi padre y la mamá de Selva. Los dos, en sus últimos momentos, llamaban a su mamá. Siempre pensé, tengo la ilusión, que tu madre, o un ser querido, viene a darte la mano y a llevarte.

—Ojalá sea así.

—Ojalá. Siempre me llamó la atención que, siendo personas grandes, llamaran a su mamá en ese momento.

—Dijiste que no te daba miedo partir. ¿Lo estás esperando?

—Sí. No que me pise un auto, por ejemplo. (Ríe). Pero sí tengo la ilusión de encontrarme con Selva, con mis viejos y con los amigos que ya partieron.

—Yo a vos te quiero acá. Además, ahora sos modelo.

—(Ríe). Sí, quién lo hubiera dicho.

—Si hoy tuvieras que escribir una de esas cartas que leés en Buenas palabras, ¿a quién sería?

—A mis nietos, los rusitos, que son divinos. Nicolai acaba de cumplir 16 años y Lisa tiene 14. Son muy inteligentes y los adoro.

—Si mañana no pudieras actuar, ¿qué harías?

—Siempre tuve la fantasía de escribir. Hace muchos años escribía cuentos, después lo dejé. Tal vez sea una buena deuda pendiente.

—¿Cuándo entendiste que la gente te quería?

—No sé, fue algo que se fue dando mucho en los últimos tiempos. Será porque traté de hacer las cosas bien y de no hacer macanas.

—Cuando murió Selva dio la sensación de que todo un país quería abrazarte.

—Fue impresionante. Después se lo dije a Carlitos Rottenberg y me respondió: “Es que tanto Selva como vos eran muy queridos”.

—También porque ustedes representaban una historia de amor que mucha gente admiraba.

—Puede ser. Estuvimos juntos casi 50 años. Como todas las parejas, tuvimos peleas, crisis, separaciones… de todo. Pero construimos una vida muy linda.

—¿Alguna vez soñaste con que te pasara todo esto?

—No. Pero sí recuerdo un momento que fue un antes y un después. Hacía una obra con Rosa Rosen que se llamaba El tema es el amor. Había ganado el Pulitzer y en Broadway había sido un éxito enorme. En una escena yo salía cantando, imitando a un cantante norteamericano, y esa noche hubo un aplauso a telón abierto. Me quedé paralizado. Ahí sentí por primera vez que algo especial estaba pasando.

—Qué lindo poder identificar ese momento.

—Sí. Me acuerdo perfecto. Como si hubiera sido ayer.

—¿Qué hacemos con la época cantante Arturo?

—Fue maravillosa. Si hubiera podido elegir, habría sido cantante. Amo cantar.

—¿Más que actor?

—Sin dudas.

—Grabaste varios discos.

—Creo que cuatro. Y siempre digo que tienen un mérito enorme, porque en esa época uno cantaba de verdad. Si te equivocabas había que volver a empezar desde el principio. Hoy te corrigen frase por frase, te afinan, de todo.

—¿Y cómo apareció ese cantante? Porque ahí entra Gustavo Yankelevich en la historia.

—Sí. Gustavo me llevó a grabar y después me dijo: “Ahora hay que salir a hacer shows”. Le respondí que ni loco, que me olvidaba las letras y no me animaba. Entonces puso tres coristas que, además de cantar, se sabían todas mis canciones. Cuando yo me perdía, las miraba y volvía a enganchar. Además, había visto el último show de Elvis Presley.

—¿Te estabas comparando con Elvis?

—No (risas). Pero él cada tantas canciones tiraba un pañuelo al público y las chicas enloquecían. Entonces pensé: “Cuando me olvide una letra, tiro el pañuelo”. Mientras todas miraban eso, yo buscaba la estrofa.

—¡Era una maniobra de distracción!

—Exactamente (risas).

—Esa no la sabía.

—Y había otra muy buena. Gustavo iba a cobrar antes de cada show y me decía: “Hasta que no haga esta seña, vos no subís”. Porque si yo empezaba a cantar, después ya no le pagaban. Y un día veía que tardaba y la gente gritaba, entonces les digo a los músicos que subamos. Empiezo el show y de golpe lo veo a Gustavo abajo del escenario: “¡La puta que te parió!”, porque no le habían pagado (risas).

—No cobraste ese show.

—No cobré. Muy gracioso.

—¿Cuál era el hit?

“No sé cómo fue”. Decía: “No sé cómo fue que me hice de ti, yo que nunca tuve un amor así”.

—Qué hermoso. ¿Y en esa época qué tira estabas haciendo?

Carmiña. Todo nació ahí.

—Galán absoluto.

—Era muy amigo de Emilio Disi. Salíamos mucho y yo manejaba un Fitito escuchando a Tom Jones. Cantaba arriba de los casetes. Emilio un día le dijo a Gustavo: “Arturo canta como Tom Jones”. Gustavo quiso comprobarlo, me llevó a CBS, grabamos un simple… y vendió cinco mil discos. Después vino el long play y ya no hubo vuelta atrás: hicimos shows por todo el país. Esa experiencia después me sirvió muchísimo para las comedias musicales. Aprendés a escuchar una orquesta, a manejar un escenario. Todo suma.

—El artista aparece en todas sus formas, ¿estás para un reality si te llaman?

—No. De hecho, me llamaron.

—¿Para MasterChef?

—Sí. Pero dije que no.

—¿Por qué?

—No me veo ahí. No es un formato que me guste.

—¿Y cuando viste a Andrea del Boca en Gran Hermano?

—Me sorprendió muchísimo, aunque no sé cómo será su vida hoy. Fue una figura enorme de las novelas, una actriz importantísima

—Sus novelas se vendieron en el mundo.

—Claro. Es muy raro verla ahí porque Gran Hermano es un formato que me parece terrible; yo nunca lo veo. También es cierto que los teleteatros que ella hacía ya no existen. A lo mejor tuvo una necesidad económica, la verdad es que no lo sé.

—Ahora se viene una película. ¿Cuándo la vamos a ver?

—Calculo que el año que viene. Recién terminamos de filmarla y ahora empieza toda la edición.

—Con Ariel Winograd.

—Sí, un divino. Es una remake de Muerte en un funeral. Creo que la gente se va a morir de risa.

—Y vuelve Buenas palabras.

—Y Buenas palabras, que espero que ande bien y que la gente me venga a ver.

—Cuando mirás hacia atrás, ¿qué ves?

Una vida buena. Tuve la suerte de trabajar en lo que amo, viajar, conocer gente extraordinaria, formar una familia y compartir mi vida con Selva. No puedo pedir mucho más.

—¿Y hoy que esperás?

Paz, que es un montón.

—Gracias, Arturo. Siempre es lindo encontrarte.

—Gracias a vos.

Fuente: Infobae