Grandes y famosas películas que hoy no podrían filmarse de ningún modo

Un recorrido por algunas joyas cinematográficas que ayer fueron exitosas pero hoy no pasarían la prueba de la corrección política

Cuando revisamos la historia del cine en contexto, podemos toparnos con el asombro. Desde nuestra perspectiva, muchas veces nos preguntamos cómo pudo ser que se filmara tal o cual escena, que se aceptara como “normal” tal o cual situación. Es cierto que en las últimas dos décadas la corrección política, llevada al extremo por la ideología woke que por momentos parece su parodia, nos ha colocado en el lugar de sentirnos un poco molestos cuando ciertas cosas exceden el sentido común dominante. Deberíamos ser más amplios, por cierto, no solo para ver lo que le pasa al mundo de hoy y qué ideas son “aceptables” sino para comprender otros contextos. Incluso para descubrir que muchas de nuestras actuales aprensiones son totalmente absurdas. Especialmente cuando se trata de películas, es decir de ficciones, es decir de representaciones que no son la realidad, que toman lo real para decirnos “qué pasaría si…”, entre otras cosas, lo inaceptable fuera aceptado. Una de las ventajas de bucear en plataformas es encontrarnos con que muchas películas que fueron éxito ayer nomás, o que pasaron sin molestar a nadie, hoy serían absolutamente inaceptables por los ejecutivos que manejan los estudios. Los ejemplos son legión, pero vamos con los más claros.

Dos películas de Prime Video, ambas de 1984, dos comedias que podrían ser consideradas como simétricas, fueron bastante exitosas en aquellos años y lo que las convierte en anatema de hoy fue pura picaresca liviana entonces. Las dos se estrenaron en la Argentina, y las dos llevaron bastante público. Sólo una de ellas -por un motivo más bien lateral- dio que hablar entre los asistentes a las salas. Por último, las dos fueron calificadas en su estreno local como Aptas para mayores de 13 años, es decir que podía verlas prácticamente cualquiera con el sistema más permisivo que trajo la democracia recién recuperada. Las dos, por último, tienen estrellas adultas y jóvenes promesas. Una se llama Échale la culpa a Río, y la dirigió Stanley Donen; la otra es Class, y su responsable fue Lewis John Carlino. Ninguna de las dos sería hoy siquiera pensable.

Échale… fue maltratada en su momento por varios motivos. Su director es uno de los más efectivos comediógrafos del Hollywood clásico; responsable -nada menos- que de Cantando bajo la lluvia, Un día en Nueva York, Charada y la muy moderna Dos para el camino. En los 70 y los 80, Donen hizo un poco de todo, ya lejos del glamour de su período más glorioso, y se encargó de esta remake de un film francés. La historia es la de dos hombres (Michael Caine y Joseph Bologna) que viajan a Río de Janeiro de vacaciones, cada uno con su hija adolescente, interpretadas por una casi debutante Demi Moore (la “hija” de Caine) y Michelle Johnson (la de Bologna). El vaudeville consiste en que el personaje de Johnson seduce al de Caine, que Bologna adivina que su hija ha sido conquistada por un viejo verde y le pide ayuda a Caine para descubrirlo, y el enredo se multiplica. Ya entonces el crítico Roger Ebert decía que era absolutamente incómodo ver que un tipo como Caine tenía un romance con una adolescente, pero nadie puso el grito en el cielo entonces. Simplemente dijeron que era aburrida. No, para nada lo es, incluso es mejor que la original francesa. Pero la sensibilidad de hoy seguramente la considere molesta. Y los estudios quemarían el guion antes de terminar la primera página.

Class, sin embargo, fue vista con otros ojos. Aquí Rob Lowe le dice a su amigo Andrew McCarthy que debería intentar salir con mujeres maduras para experimentar en el sexo y el erotismo. El muchachito toma el consejo al pie de la letra y el problema es que la “madura” que (lo) conquista es la mamá de Lowe, interpretada con clase y seducción por Jacqueline Bisset. Deberíamos preguntarnos por qué el romance entre hombre y jovencita resulta más escandaloso que el de dama y muchachito, aunque la respuesta -tememos- distaría mucho de lo políticamente correcto actual. Carlino, el director, era especialista en dramas (la mejor es El gran Santini, sobre una tóxica relación padre-hijos, protagonizada por Robert Duvall) y aquí, más allá de que el film se vendió como picaresca comedia de enredos de clase media alta, toma un tema fundamental -el paso del tiempo- y el contraste entre el miedo a salir del mundo de la adolescencia y el de ver poco a poco la llegada de la vejez. Curiosamente, a diferencia de Échale…, fue un éxito entre adolescentes.

Curiosamente, son dos películas de los años 80, década en la que el nacionalismo reaganiano contrastaba -al menos en el cine- con una mirada irónica y satírica sobre ese mismo comportamiento. Es decir, una década de contrastes fuertes, como lo fueron los años 60 en los que los grandes autores encontraron muchas veces sus límites y los sobrepasaron. Quizás el que más lejos llegó dentro del conjunto de “maestros” fue Alfred Hitchcock con una de sus películas más curiosas y más -hoy- infilmables: Marnie (HBO Max). Fue su segunda y última película con Tippi Hedren después del traumático rodaje de Los Pájaros; fue la oportunidad que tomó Sean Connery para que no lo encasillaran como James Bond. Y es, incluso hoy, una película de una enorme complejidad que gira alrededor de dos violaciones: una que no podemos revelar si usted no vio la película (y que une al film con otro clásico del realizador, Cuéntame tu vida, de la que es casi una versión femenina) y, central, la del “héroe” a la “heroína”.

Hay una perversión sexual evidente entre el hombre que se enamora de una criminal y se excita cuando delinque, y la frigidez de la heroína, que se resuelve con una violación marital y un intento de suicidio. Antes de que el lector siga, le recomendamos Marnie porque es casi una obra maestra (François Truffaut la llamaba “obra maestra enferma”, una categoría para esos films que podrían haber sido realmente grandes pero tienen un defecto que los tara), e informamos que fue un gran espectáculo, un melodrama con suspenso y algo de humor negro realizado para el gran público. Fue un éxito moderado, pero hoy nadie filmaría tal historia -¡ni su final!- ni esas situaciones. De todos modos, Hitchcock iría un poco más lejos siete años más tarde con Frenesí, que exacerba el morbo de Marnie. Pero allí es tan saturado que se vuelve autoparódico. Marnie, no: la sensibilidad de hoy no permitiría que se realizase.

Frenesí, de hecho, es de los años 60, cuando unos Estados Unidos desconcertados comenzaron a permitir más experimentación temática y representaciones más extremas de la violencia y el sexo. Al punto de que ambas cosas aparecían con un tratamiento crudo incluso en lo que se consideraba gran entretenimiento masivo. Un ejemplo canónico de “entonces sí; hoy, de ninguna manera” podría ser Taxi Driver (HBO Max) que cumplió medio siglo este año y donde Jodie Foster interpretaba a una prostituta de 12 años que, en una secuencia, tenía escarceos eróticos con su proxeneta, interpretado por Harvey Keitel. No hay nada explícito, por cierto, pero hoy nadie daría un centavo por rodar esta historia de paranoias y violencia extrema.

Pero no hace falta ir a una película que en su momento fue discutida y, de todos modos, era “cine de arte”. Basta con acercarse al “otro” gran éxito -nominado al Oscar, además- de 1977, la competidora realista de Star Wars en aquel momento: Fiebre de sábado por la noche (suele aparecer en Netflix, puede verse gratis en PlutoTV). En la historia del joven Tony Manero con el rostro y la manera de caminar de John Travolta, aparecen cerca del final varios elementos hoy imposibles: mujeres golpeadas, la casi violación masiva de uno de los personajes centrales (la chica enamorada de Travolta, interpretada por Donna Pescow), y un tratamiento ligero tanto de esas violencias como del suicidio. Es una película interesante, por supuesto. Pero ¿sería lo mismo hoy, cuando esos elementos que pintaban el mundo del protagonista no pueden ponerse en pantalla?

Habría que ver, por cierto, si se aceptaría rodar Harry el sucio o El engaño, ambas de Don Siegel (HBO Max). En la primera, la hipótesis de Siegel, que se transmite en la manera de construir al protagonista por parte de un Clint Eastwood perfecto, es que no es posible seguir las “reglas” del protocolo legal cuando alguien al margen de la normalidad y la moral ataca sin ningún escrúpulo. Es de hecho una idea bastante subversiva, y Eastwood como director haría de este principio una poética: sus personajes siempre hacen lo que se debe más allá de circunstancias y reglamentos. En el caso de Harry Callahan, toda la película gira alrededor de un psicópata que, en la última secuencia, secuestra niños (y los maltrata), mientras que Harry busca detenerlo de un modo salvaje. La aventura engancha al espectador, pero si ven hoy personajes “duros” similares, encontrarán que siempre tienen algo que los balancea, alguna ternura, algún trauma, o los villanos simplemente son caricaturales. No es el caso aquí y por eso ese tono es irrepetible.

Y en el caso de El Engaño (The Beguiled), de la que Sofia Coppola hizo una interesante aunque fallida remake con Nicole Kidman hace una década, es una sátira sobre las diferencias entre los sexos y, también y a su modo, política. En plena Guerra de Secesión, un soldado herido del Norte (Eastwood) es atendido en un colegio de señoritas del Sur, aislado de la contienda y, prácticamente, del mundo exterior. Pero la competencia por quedarse con ese seductor finalmente seducido se torna en algo violento e incluso sangriento, en el que mujeres de edades muy diferentes van a luchar, con armas non sanctas, por el herido. Sardónica y tensa, ejerce no la misoginia (que es lo que se puede ver a primera vista) sino una misantropía absoluta: tampoco el “hombre” es bueno. Nadie lo es, y si lo pensamos un poco y prestamos atención al contraste entre un ambiente soleado y bucólico y el drama ácido que corre ante cámaras, veremos que es muy difícil que algún gran estudio se atreva a filmar, hoy, algo así. La versión de Coppola, de hecho, era mucho más estilizada y menos misantrópica que la desesperada de Siegel. El público ha cambiado demasiado y, cuando va al cine, quiere al menos consuelo. Aquí no solo tenemos un relato casi de terror sino una ruptura del consenso actual respecto de sexos y géneros.

Y por último, fue un éxito absoluto en todo el mundo, e incluso aquí, la comedia ¡Átame!, de Pedro Almodóvar (Mubi), en la que Victoria Abril, una actriz, es raptada, atada y prácticamente violada por una especie de cinéfilo interpretado por Antonio Banderas. Pero aquel Almodóvar de los 80 y primeros 90 no se ataba a las convenciones, no iba por la corrección ni nada por el estilo: toma la cuestión de una mujer atada y que obtiene violentamente un re-despertar sexual en forma de comedia romántica, a veces de comedia absurda o cómica a secas. Es despareja, por supuesto, pero al mismo tiempo es absurda y rompe lugares comunes sin que le importe. Hoy todo es mucho más adocenado, todo es mucho más cuidadoso, incluso el cine de un Almodóvar que en sus películas nuevas parece pedir disculpas por disparates como, justamente, ¡Átame!, que tuvo distribución mundial, fue un éxito en los Estados Unidos (con algo de polémica, pero leve) y ya no se filmaría de ninguna manera. Esa libertad, incluso para ofender, parece imposible de recuperar.

Fuente: Leonardo M. D’Espósito, La Nación