La voz retumbó en toda la casa: “Mi hijo va a ser algo más elevado que un profesional del tango. Va a ser médico”. Don José era profesor de conservatorio en Milán, y previo paso por Nápoles, recaló en Buenos Aires. Aquí tuvo esposa, trece hijos y un conservatorio en el que continuar con su pasión: la música clásica. De los 13, Julio y Francisco De Caro fueron los que asimilaron más y mejor el ADN familiar: el primero como violinista, el segundo como pianista.
En la casa de los De Caro, para el que se dedicara a la música había un solo destino: convertirse en concertista. Sin embargo, a los hermanos de chiquitos ya les picó el bichito del tango, género que su padre detestaba. Tanto que solo se tocaba en casa, cuando don José no estaba.
Hasta que una noche de 1917, Julio de Caro, de 16 años y pantalones largos prestados, fue con sus amigos a ver el espectáculo que la formación de Roberto Firpo ofrecía en el Palais de Glace. Y, gracias a la gestión de un miembro del grupo, fue invitado a tocar el violín: “Pedí ‘La cumparsita’, tango que me sabía de memoria, y a don Roberto le dije que cada vez que tocásemos la primera parte, la orquesta lo hiciese suave, dándome lugar a dos contracantos distintos, que ejecuté con algunas cadencias, dobles cuerdas y armónicos; la segunda vez, la cuarta cuerda al cello. Cuando terminé, me volvieron sordo los aplausos y don Roberto me abrazó. Cuando volví a mi mesa, me agarró una franchuta, como una boa, y me fagocitó con un beso que no terminaba más, me dejó sin aire. Si un señor no me la saca de encima, creo que no podría ahora estar contando el cuento”. El salvador fue “El tigre del bandoneón”, Eduardo Arolas, quien, mientras el pibe todo colorado recuperaba el aire, le propuso que se sumase a su orquesta.

Había un problema: la oposición de don José De Caro De Sica (familiar del director italiano Vittorio De Sica). Julio se le plantó a su padre, con el debido respeto, y le explicó lo importante que era para él aceptar la propuesta: “Su respuesta fue: ‘Olvídese de que fue hijo mío’, y me echó”. El chico se sentó a llorar en el umbral de su casa, pensando qué hacer. Hasta que optó por aceptar la oferta de Arolas y refugiarse un tiempo en la casa de sus abuelos hasta que tuviera el dinero necesario para irse a vivir solo: “De ninguna manera iba a renunciar al tango, como me exigía mi padre para aceptarme de nuevo, pero me costó mucho la soledad y también demostrar que yo quería hacer música popular, pero en serio”. Tenía 18 años.
La partida
La escuela “Decareana” afirma que Julio de Caro fue bisagra entre la vieja guardia tanguera y lo que vino después. Un estilo que no perdía su esencia arrabalera, pero incorporando una profundidad melódica y emotiva que no era común entonces. La afirmación es innegable, pudiéndose incluso trazar un paralelo con lo que haría más tarde Ástor Piazzolla. “Lo reconozco, sí. Creé una escuela. Utilicé la amalgama de los instrumentos respetando la melodía. Es que la palabra tango es corta, pero muy frondosa. No es ‘Caminito’ igual que ‘El entrerriano’, ni los dos son iguales que ‘Flores negras’, ni los tres son iguales que ‘Adiós muchachos’. Son diferentes como son diferentes. Y cuánto, los matices de una piedra tallada o los verdes de una selva. El tango no necesita de la percusión como el jazz. Lleva su ritmo en la melodía. Yo silbo un tango y usted lo baila. Sin embargo, los yanquis propagaron su música a los cuatro vientos. Yo hice algo nuevo, es cierto. Penetré dentro de la melodía, indagué, analicé, descubrí muchos de sus secretos, bauticé nuevos afluentes de ese gran río”. Para ser justos, hay que reconocer en De Caro influencias de Osvaldo Fresedo o Juan Carlos Cobián, que previamente habían demostrado también un interés por explorar ese camino.
A mediados de la década del 20, Julio de Caro armó formación propia y también comenzó a grabar para el sello Victor los primeros de los casi 500 temas que compuso en treinta años de carrera. El músico rápidamente comenzó a ser conocido en el ambiente y obtuvo tal repercusión que llamó la atención del más grande: “Fue incluso antes. En 1918 yo tocaba con Eduardo Arolas. En el ambiente artístico se hablaba mucho de un cantor que había hecho famoso el tango ‘Mi noche triste’ y que cantaba con José Razzano en el antiguo Teatro Esmeralda. Movido por la curiosidad, así me dirigí una noche y quedé, como todos, admirado. Cuando finalizó la función, me hice presente en el camarín de Carlos Gardel, con el objeto de saludarlo y felicitarlo. Al verme, Carlitos exclamó: ‘¡Pero vos sos el pibe que toca el violín con Arolas!’. Sin habernos tratado, los dos nos conocíamos. Así empezó mi amistad con él, que habría de perdurar tantos años”.
El Zorzal Criollo también tuvo que ver, tangencialmente, con la proyección internacional del músico. En 1931, a bordo del vapor Massilia, Julio hizo su primer viaje a Europa. Y fue en Niza donde ocurrió una situación histórica, digna de una película, que muchos aseguran que nunca pasó.
Gardel, Chaplin y Mussolini
“Estábamos ya listos en el escenario para dar comienzo a nuestra primera actuación, en el Palais de la Méditerranée, en Niza. Gardel estaba sentado a una mesa de casi cuarenta personas, entre las que se encontraban el prefecto general, el intendente, y lo más granado de la sociedad mundial. Carlitos se levantó diciendo en francés: ‘Señoras y señores, yo ya soy un conocido de ustedes, el aplauso y el cariño que me dispensaron siempre en mis actuaciones me hacen acreedor a pedirles que escuchen con verdadera atención a la orquesta que actuará ahora, ya que es la mejor del mundo en tango. No pude faltar a su debut, viajando ex profeso desde París para escucharla. Pido para el gran Julio de Caro un aplauso franco por anticipado’. Tocamos una hora seguida. Al terminar, vino al palco y me dio un gran abrazo. Fui a Europa a extirpar el gaucho. Siempre toqué de frac y de smoking, no acepté cambiar mi ropa”.
Hasta acá la historia oficial, documentada. Aunque al músico le gustaba contar una adaptación, corregida y aumentada, que sumaba a otro astro de la época, Charles Chaplin: “Esa noche, entre el público estaba Charles Chaplin. Yo me envalentoné con la presentación de Gardel y ataqué con un tango que se llamaba ‘Tierra negra’. Termino y fue una locura. Toqué después ‘Flores negras’ y ‘El monito’. Entonces, Chaplin se levantó y sacó a bailar a una señora. Hubo que repetirlo siete veces. Chaplin me agradeció con un abrazo que hubiera bisado ‘El monito’. Me acuerdo que me dijo: ‘Somos tristes’”.

¿El mudo y “El mudo” juntos? ¿Dos potencias se saludaban? Lamentablemente, expertos en la vida de Gardel, como los que integran Mundo Gardeliano, dudan de la veracidad de la historia: “Julio de Caro entra en la leyenda gardeliana participando de un momento clave en la carrera de Gardel: con su orquesta lo acompaña mientras este canta ‘Tomo y obligo’ en la película Luces de Buenos Aires. La aparición en la pantalla de ese tango hizo mucho para convertirla en una de las películas más taquilleras de 1931 en el mundo hispano, y a Gardel en una verdadera estrella del cine. En cuanto al debut en el Palais Méditerranée, actúa un jueves y un viernes: 26 y 27 de marzo de 1931. Una fuente francesa sostiene que la primera actuación fue dentro de un evento organizado por el Club Rotario. Luego de esos dos días en el Palais, el 29 de julio, De Caro y su orquesta se presentaron en el flamante Casino de Juan-les-Pins. Hasta ahí la evidencia de su paso por la Riviera. Aquí vale destacar que los dos lugares prestigiosos donde logró presentarse De Caro pertenecían al magnate norteamericano Frank Jay Gould, posiblemente el hombre más poderoso de Niza por esos años. Era muy amigo del matrimonio Wakefield, y estos a su vez de Gardel. De hecho, Gardel mismo había trabajado en el Palais en enero de ese año. Así que es muy probable que Gardel, sabiendo que la orquesta venía a Niza, presionó para conseguirles estas fechas y es casi seguro que estuvo presente en el debut de De Caro, en el Palais Méditerranée. Uno puede verlo como una prueba de amistad, pero también puede sospechar la presión que tenía el Zorzal de hacer algo por esta orquesta argentina que se acercaba a Niza sin contactos alternativos. Lo de Chaplin es imposible. El actor inglés recién llegó a Niza el 2 de abril, unos días después de las actuaciones”.
Una historia tan asombrosa como la que lo ligó con Benito Mussolini. Esta vez asegurada con todo detalle y en primera persona. Ocurrió que la sucesión de presentaciones en Europa incluyó una en Radio Torino, de Turín (que aquí se pudo escuchar por Radio Splendid), que llamó la atención de Il Duce. Luego derivó en un almuerzo donde el militar intentó convencerlo de que, al ser descendiente de italianos, era más italiano que argentino. “Me vi en figurillas para contestarle. Tenía un ángel que cautivaba y yo me desconfié, porque no me gustaba Il Duce. Yo soy democrático y la sola palabra dictadura me molesta. Pero era un dictador, porque cuando se enojó debido a mi empecinamiento en afirmar mi nacionalidad, perdió los estribos. Primero tratóme con dulzura, y ante mis negativas se encrespó. Yo me encrespé también. ¿Renegar de mi patria? ¡Vamos! Y lo enfrenté valientemente, sin miedo alguno, y le gané la partida con los colores de mi bandera, lo derroté. Con todo, me acompañó hasta la puerta de calle con su brazo sobre mi hombro”.
El reencuentro
Julio de Caro murió a los 80 años, el 11 de marzo de 1980, en Mar del Plata. El parte médico dijo “infarto agudo de miocardio”, corolario de las molestias cardíacas que sufría desde hacía algún tiempo. El innovador, el pionero, el del violín corneta, el que había nacido el mismo día que Gardel y que, por este detalle y la gestión de su amigo Ben Molar, le puso fecha al Día Nacional del Tango cada 11 de diciembre, dejó todo pago. Hasta le retribuyó gentilezas al homenaje “Decarísimo” de don Astor, con su “Piazzolla”.
Pero lo más importante fue, en el cenit de su carrera, reconciliarse con su padre, quien, por omisión, había dado inicio a todo: “Fueron veinte años sin entrar en mi casa. Desde el extranjero, de todas partes, yo le hacía llegar por intermedio de un primo mío los recortes y fotografías de mis actuaciones. Un domingo al mediodía, en esa época hacía en el Teatro Ópera la evolución del tango desde los comienzos, demoré mi salida y en la puerta encontré a mi madre y a mi padre. Yo tenía un automóvil Nash convertible, color azul con la capota blanca, y caminamos hacia él cuando me dijo: ‘He venido a buscarte. Vienes con nosotros a casa. Te esperamos, has tardado mucho’. Yo le dije que no tenía nada que hacer y los invité a subir al coche. Llegamos a México 2018, mi hogar. Era un día primaveral y mi padre sacó un cigarrillo y me ofreció. Veinte años sin verlo. Con los ojos llenos de lágrimas me habló: ‘Hijo, no me has deshonrado con esa música, me has honrado. ¡Hasta conciertos has hecho!’ y me abrazó. Desde ese momento era siempre el primero en estar en los conciertos que daba yo en Radio El Mundo. Papá murió unos trece años después de nuestra reconciliación, en 1950”.
De niño prodigio a mito, tan querido como cuestionado, hoy el tango, de no haber existido Julio de Caro, sería un poquito “más pior”: ”No he querido aferrarme a ninguna gloria, a ninguna luz de bengala. Porque usted sabe que la verdadera fama no es un relámpago, es algo más durable. Como una estrella, o un astro”.
Fuente: La Nación

