La risa podría considerarse uno de los primeros idiomas del ser humano. Antes de hablar, antes de construir frases, antes incluso de comprender el sentido abstracto de las palabras, el bebé ya sonríe y comienza a reír. Hacia los cuatro meses de vida aparece como una respuesta corporal y emocional temprana; y hacia los seis meses empieza a asociarse con situaciones de bienestar, sorpresa, reconocimiento y vínculo.
Una cara conocida, una voz familiar o un gesto inesperado pueden producir esa primera forma de comunicación positiva. Lo bueno se expresa en una sonrisa; lo malo, muchas veces, en el llanto.
La neurociencia de la risa: un fenómeno universal poco estudiado
Durante mucho tiempo, sin embargo, la risa fue poco estudiada desde el punto de vista neurológico. Tal vez por cotidiana, por espontánea o por parecer demasiado simple. Pero pocas conductas humanas son tan frecuentes, tan universales y tan profundamente sociales. La risa no es solo una reacción ante un chiste. Es una conducta vocal, facial, respiratoria, emocional y colectiva. Es un fenómeno no lingüístico, como el bostezo, la tos o las arcadas, pero con una potencia intersubjetiva muy superior. Aun sin compartir un idioma, todos podemos comprender algo esencial del otro cuando sonríe o cuando ríe.
El neurobiólogo Robert Provine, de la Universidad de Maryland, fue uno de los grandes estudiosos modernos de la risa. La consideró un fenómeno evolutivo, asociado al desarrollo corporal del humano y, probablemente, a la bipedestación. Al erguirse el cuerpo, se habrían organizado nuevas condiciones motoras, respiratorias y fonatorias que hicieron posible la risa humana.
Aunque suele describirse como involuntaria y estereotipada, la risa también es parcialmente regulable por la conciencia. Podemos contenerla, exagerarla, simularla o compartirla. Pero cuando aparece espontáneamente, su fuerza parece venir de zonas más profundas que la voluntad.
La risa acompaña desde temprano el proceso intersubjetivo entre el bebé y sus cuidadores. No es solo una descarga emocional: es una señal de seguridad, cercanía y pertenencia. En nuestro primo evolutivo, el chimpancé, existen formas rudimentarias de risa asociadas al juego, la amistad y la integración grupal. También se han observado vocalizaciones parecidas a la risa en otros mamíferos, como las ratas, especialmente durante las cosquillas.
Esto muestra que la risa tiene raíces biológicas antiguas, aunque en el ser humano haya alcanzado una complejidad simbólica mucho mayor.
Qué pasa en el cerebro cuando reímos
En el cerebro, la risa compromete múltiples circuitos. Participan estructuras emocionales profundas, como la amígdala, vinculada a la detección de relevancia afectiva; áreas de recompensa, como el núcleo accumbens, relacionadas con el placer; regiones hipotalámicas, que participan en respuestas corporales y hormonales; y zonas corticales motoras, auditivas y prefrontales.
La corteza motora suplementaria, por ejemplo, ha sido relacionada con la producción del acto de reír. En algunos pacientes epilépticos, la estimulación de determinadas áreas motoras puede desencadenar fenómenos similares a la risa, lo que confirma su organización cerebral específica.
Pero la risa no es únicamente un fenómeno motor. También es un fenómeno de lectura social. Cuando vemos reír a alguien, nuestro cerebro no queda indiferente. Se activan circuitos vinculados con la imitación, la percepción facial, la audición y la empatía. Las llamadas neuronas en espejo, descriptas originalmente en Parma por Giacomo Rizzolatti y sus colaboradores, ayudan a comprender cómo el acto observado en otro puede resonar en nuestro propio sistema motor. Por eso una sonrisa puede inducir otra sonrisa, y una carcajada puede contagiarse en una sala entera. Los programas cómicos lo saben desde hace décadas: la risa compartida facilita más risa.
Por qué la risa es contagiosa
La investigadora Sophie Scott, del Instituto de Neurociencia Cognitiva del University College London, estudió cómo el cerebro discrimina distintos tipos de risa. No escuchamos igual una risa sincera que una risa impostada. Las carcajadas espontáneas tienen mayor riqueza tonal y activan con fuerza regiones auditivas, como el lóbulo temporal superior.
En cambio, cuando percibimos una risa falsa, se activan áreas más ligadas al pensamiento predictivo y a la interpretación de intenciones, como la corteza prefrontal medial y el cíngulo anterior. El cerebro se pregunta, de manera casi automática: ¿qué significa esa risa?, ¿es amistosa?, ¿es irónica?, ¿es amenazante?
Así, la risa funciona como un mensaje social condensado. Puede decir «estoy con vos», «esto no es peligroso», «somos parte del mismo grupo» o «compartimos un código». Tiene una dimensión gregaria esencial. Reír juntos disminuye la distancia interpersonal, reduce la amenaza social y facilita la cooperación. No casualmente reímos más con otras personas que en soledad, y probablemente reímos con mayor sinceridad con quienes amamos o con quienes sentimos confianza. La risa es una forma rápida, corporal y contagiosa de producir vínculo.
La risa fortalece los vínculos sociales
Estudios con técnicas de resonancia funcional de cerebro permiten registrar simultáneamente la actividad cerebral de dos personas durante una interacción.
Un trabajo reciente liderado por Verena T. Schäfer, y publicado en Frontiers in Neuroscience bajo el título «In sync through laughter? An fNIRS hyperscanning study on neural synchrony and social connection», estudió si la risa compartida puede sincronizar la actividad cerebral entre dos personas durante una interacción social. Muestran que, aunque la relación entre risa y sincronización cerebral no sea lineal ni simple, reír juntos se asocia con mayor agrado, conexión social y sensación de cercanía. La risa, entonces, no es un adorno del intercambio humano: es una herramienta neurobiológica de integración.
También desde una perspectiva filosófica y neurocientífica se ha propuesto estudiar la risa como una vía privilegiada para comprender la flexibilidad cognitiva, la emoción y la relación con el otro. La risa une cuerpo y significado. Puede nacer de una cosquilla, de una sorpresa, de una ironía o de una idea compleja. Puede ser ingenua, amorosa, defensiva, cruel, cómplice o liberadora. Esa variedad muestra que no pertenece solo al humor, sino a la arquitectura más profunda de la vida social.
Beneficios de la risa para la salud física y mental
Sus efectos corporales también son relevantes. Reír activa numerosos músculos, modifica la respiración, aumenta la ventilación y puede acompañarse de cambios cardiovasculares y metabólicos beneficiosos. Se la ha relacionado con disminución del estrés, reducción de sustancias asociadas a la respuesta ansiosa, como el cortisol, y aumento de mediadores vinculados al placer y al alivio del dolor, como endorfinas y otros sistemas opioides. No reemplaza un tratamiento médico, pero acompaña procesos de bienestar, regulación emocional y recuperación subjetiva.
En psiquiatría, la pérdida de la risa es un signo clínico frecuente en la depresión. El rostro se apaga, la expresión se reduce, el gesto pierde plasticidad. Cuando un paciente vuelve a sonreír, muchas veces ese detalle anticipa una mejoría más profunda. La sonrisa reaparece como una señal visible de que algo del mundo emocional vuelve a conectarse con el afuera. Por eso la risa no es superficial: expresa una reorganización del vínculo entre cuerpo, ánimo y mundo.
Los niños ríen mucho más que los adultos. Lo hacen ante estímulos simples, corporales, inesperados, muchas veces sin la mediación de una explicación racional. Quizá allí haya una enseñanza: la risa aparece donde todavía no se ha impuesto del todo la solemnidad. En la Enfermedad de Alzheimer, además, la sonrisa puede persistir aun cuando el lenguaje ya se ha perdido. Ese dato clínico tiene enorme valor simbólico y neurológico: la risa y la sonrisa parecen estar arraigadas en circuitos emocionales primitivos, previos al lenguaje verbal y resistentes a la pérdida cognitiva.
La risa es, quizá, nuestro primer idioma afectivo. Antes de la palabra, ya decía algo. Antes de la razón, ya construía cercanía. Antes de la cultura escrita, ya formaba grupo. Reír juntos sigue siendo una de las formas más antiguas y eficaces de recordarnos que pertenecemos a una comunidad humana.
Fuente: BAE

