La Sagrada Familia: El proyecto eterno de Gaudí, a 100 años de su muerte

Lo llaman el Arquitecto de Dios; su gran obra en Barcelona sigue en construcción mientras se colocan las torres que la coronan como la iglesia más alta del mundo.

El día que murió, Antoni Gaudí no llevaba documentos. Caminaba con bastón por la Gran Vía de les Corts Catalanes, la avenida más larga de Barcelona, vestido con ropa sencilla. Iba a la iglesia Sant Felip Neri a rezar o quizás a confesarse. Era la tarde del 7 de junio de 1926 cuando cruzó la calle y lo atropelló el tranvía número 30 en la intersección de Gran Vía y Bailén. Tenía 73 años. Había terminado 18 obras maestras, como el Park Güell, la Casa Batlló, La Pedrera y la Casa Vicens, que son Patrimonio Mundial de la Humanidad. Había diseñado muebles de interior, la losa hexagonal de las veredas en un tramo del Passeig de Gràcia, las farolas con dragones de la Plaza Reial. Pero la Sagrada Familia, su obra cumbre, la más espectacular y enigmática, su querida obsesión, quedó inconclusa. Don Antón, como le decían sus cercanos, tenía claro que otros la terminarían. A 100 años de su muerte, el monumento más visitado de Barcelona está avanzado en un 70 %. Las obras –y las polémicas– continúan ¿ad infinitum?

Gaudí enseña las obras de la Sagrada Familia al nuncio papal, Francesco Ragonesi; en aquella ocasión, monseñor Ragonesi calificó a Gaudí como «el Dante de la arquitectura» (1915); planta de la Sagrada Familia elaborada por Gaudí (1885); Gaudí fotografiado por Pablo Audouard (1878)

La Sagrada Familia lleva, hasta ahora, 144 años de obra. Históricamente, los fondos para la construcción fueron aportes de la comunidad y donaciones privadas. Desde 2010, cuando el papa Benedicto XVI la consagró, la basílica se abrió al culto y sumó a la financiación las entradas de los visitantes, que superan los cuatro millones por año. Con una entrada que ronda los 30 euros, el número debe ser un aporte interesante. La primera piedra se colocó en 1882: el arquitecto a cargo del proyecto fue Francisco de Paula del Villar, pero renunció por desacuerdos con los promotores del templo. Un año más tarde contrataron a Gaudí, que tenía 31 años y era la promesa del modernismo catalán, un movimiento floreciente en la Barcelona industrial. Más de un siglo después, pasaron varios arquitectos. Desde 2012 está a cargo Jordi Faulí i Oller, que comenzó a trabajar en el templo en 2005. Los arquitectos de esta época respetan el proyecto original y se benefician de la precisión digital y la tecnología, como impresión 3D, drones con IA, realidad virtual y sensores para el monitoreo de estructura que miden vibraciones, deformaciones, desplazamientos y son capaces de detectar fallas en cuanto ocurren. Si alguna vez se termina la obra, Gaudí habrá construido poco más del 10%, el resto será el resultado del trabajo de muchos que no serán recordados. Quizás estudien su gestión en las universidades, pero para los visitantes será la iglesia de Gaudí.

Sagrada Familia

Con los años, la fe y espiritualidad del arquitecto nacido en Reus en 1852 se fortalecieron hasta convertirse en el hilo conductor de su vida. No se casó ni tuvo hijos. Los últimos 15 años de su vida los dedicó enteramente –y sin aceptar otro encargo– a la Sagrada Familia. Hasta vivía en un dormitorio en su estudio, en el templo. Cuando murió, el religioso español Manuel Trens lo llamó teólogo de la piedra y, también, el arquitecto de Dios. Con ese precedente como faro, desde 2000 existe una cruzada para convertir a Gaudí en santo. En 2025 el papa Francisco firmó un decreto que lo declara venerable por sus “virtudes heroicas”. El paso que sigue es la beatificación, en caso de comprobarse un milagro por su intercesión y, si eso ocurriera, con un segundo milagro podrían canonizarlo. Los devotos de Gaudí consideran su entrega abnegada al templo como un milagro. Quizás, con el tiempo, le rezarán a San Antoni Gaudí. Para hablar con exactitud sobre el último gran monumento de la España católica, son necesarios los tres tiempos verbales más el condicional, y constantemente se entrelazan y se pisan en el intento de trazar un relato coherente.

Las obras de la Sagrada Familia en 1883; la continuación del proyecto de Gaudí, en 2025

La Sagrada Familia tiene 13 torres finalizadas y, desde febrero de 2026 con la colocación de la torre 14, se convirtió en el edificio más alto de Barcelona y en la iglesia más alta del mundo, ganándole a la Mayor de Ulm, en Alemania. De acuerdo con el plan, la terminación de esa torre, la de Jesucristo, ubicada en el centro del conjunto, coincidirá con el centenario de la muerte de Gaudí, en junio próximo. Con la colocación de la cruz tridimensional –en enero instalaron los brazos horizontales–, esa torre medirá 172,5 metros de altura y despuntará en el skyline de la ciudad condal. Quedarán pendientes las cuatro torres de la Fachada de la Gloria, que todavía no existe. Si su construcción comienza en 2027, como está previsto, se terminaría en 2036. Una mañana distante y con una cuota de imprevisibilidad (la pandemia retrasó los plazos estipulados). Fase parece ser una palabra que se ajusta bien para describir el desarrollo de la obra. Se edifica en fases o etapas según el sueño y diseño de un arquitecto y la interpretación y adaptación de los que lo sucedieron. Antes de morir, Gaudí llegó a ver terminada la cripta –donde hoy están enterrados sus restos– y, muy avanzada, casi lista, la Fachada del Nacimiento. No vio ninguna de las torres cónicas que hoy perforan como flechas el cielo de Barcelona.

Taller de Gaudí en la Sagrada Familia hacia 1926; fotografía de la cama donde el arquitecto pasó los últimos años, dentro de su estudio, a los pies de la basílica; Casa del capellán de la Sagrada Familia, utilizada como oficina y taller de Gaudí (foto aparecida en La Ilustración Catalana, Barcelona, 18 de marzo de 1906)

La piedra que se usó para la construcción provino de la montaña de Montjuic, igual que la de la catedral metropolitana, la Generalitat, y la mayor parte de la ciudad antigua. Es una roca dura y con una particularidad: no tiene un color homogéneo. Puede variar del gris al beige o al ocre. Aunque la cantera cerró a fines del siglo XIX, la piedra todavía se recicla de otras construcciones para usarla en la Sagrada Familia. Gaudí enfoca la mirada en las hierbas silvestres que crecen en los alrededores del templo. Se detiene en los pimpollos, las espigas y los frutos de cada estación, que después esculpe en los pináculos afilados del ábside. Desde las gárgolas del exterior –que no son terroríficas, representan animales del Mediterráneo– y los remates con frutas –nísperos, ciruelas, cerezas, manzanas, naranjas, higos– hasta los capiteles de las columnas de las naves laterales parecidos a las ramas de un árbol y los colores que llegan en forma de luz a través de los vitrales del interior, la catedral entera está cargada con una fuerza simbólica tan monumental como su estructura.

Diez años después de su muerte, en 1936, durante la Guerra Civil, un comando anarquista atacó el taller de Gaudí; quemaron planos originales y maquetas. Algunos gaudinistas consideran que si no hubiera fallecido cruzando la Gran Vía, lo habrían matado en ese asalto. Se salvaron bocetos en papel que permitieron reconstruir las maquetas a partir de los fragmentos y así recuperar su visión. En 1956 se inauguró la Cátedra Gaudí, un edificio dedicado a conservar documentación relativa al arquitecto y, también, a investigar y promover su obra. Vale recordar la frase que pronunció el director de la carrera de arquitectura Elies Rogent en la graduación de Gaudí: “Hemos dado el título a un loco o a un genio, el tiempo lo dirá”. Hace años que el legado modernista de Gaudí es un referente cultural de España, inseparable de la identidad de Barcelona.

Las iglesias más altas del mundo

Al maestro no le gustaban los planos, sí las maquetas de yeso a escala que parecía que bajaba con fidelidad de su cabeza. Durante décadas hubo talleres de artesanos en las inmediaciones del templo. Para Gaudí, la arquitectura era cooperativa, por esto trabajaba en los talleres. El trencadís –en catalán, roto o troceado– ese picadillo de cerámica esmaltada y vidrio es la última piel, el coronamiento de las torres y la decoración que viste el fuste donde se apoya, por ejemplo, la estrella en la torre de la virgen María.

La nave, registrada desde el coro de Gloria; nave lateral, fachada de la Pasión; una visitante en el interior de la catedral; vista general del transepto desde el triforio de la fachada del Nacimiento, donde se pueden apreciar los “árboles” de la nave central y las columnas dedicadas a los evangelistas

Si, como decía el arquitecto, el interior del templo es un bosque, los vitrales lo convierten en un bosque iluminado. Desde 1999 –y durante casi 20 años– el pintor y vitralista Joan Vila Grau se dedicó al diseño y construcción de los vitraux del crucero, el ábside y la nave junto a su hijo, Antoni Vila Delclòs. Hacia el este predominan los colores fríos que simbolizan el amanecer y la creación. Los vitrales orientados hacia el oeste filtran una luz tan cálida que parece que abraza a los fieles. La composición abstracta deja que también se filtre el misterio de la trascendencia.

Estrella de la torre de María y detalle de la bóveda

A pesar de los avances con motivo del centenario que se avecina, todavía falta mucho. Muchísimo. Y, como se podría imaginar, hay polémicas. La mayor, de larga data, tiene que ver con la gran escalinata que Gaudí pensó para la fachada principal del templo, la fachada de la Gloria –dedicada a la Resurrección y a la vida eterna– que todavía no está construida. Para que la escalinata sea posible habría que demoler casas y los vecinos, naturalmente, se oponen. Sin embargo, cuando compraron la tierra, en las primeras décadas del siglo pasado, la escalinata ya estaba proyectada y, por eso mismo, los precios de venta fueron muy bajos, justamente, porque en el futuro –indeterminado– se construiría la gran escalinata flanqueada por grupos escultóricos. Probablemente los que compraron esos terrenos creyeron que el templo nunca se terminaría.

Cruz de la Santísima Trinidad, fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia; símbolos de la Eucaristía en la nave central: trigo y hostia, uva y cáliz; cestas de frutas en los vértices de los ventanales de los muros exteriores, obra de Etsuro Sotoo

El día que murió, don Antón tenía la barba blanca sin recortar. Caminaba solo con aspecto desaliñado porque venía de trabajar en el taller. Era de tarde, alrededor de las seis. Cuentan las crónicas de la época que el tranvía siguió su ruta sin detenerse, a pesar de que había una persona tirada sobre los adoquines. Los que pasaban por ahí lo confundieron con un mendigo –en lugar de botones, tenía el guardapolvo prendido con alfileres de gancho y frutos secos en los bolsillos– y no lo ayudaron. Tres días más tarde murió en el Hospital de la Santa Creu, construido por otro modernista, su colega y amigo Lluís Domènech i Montaner. Su funeral fue multitudinario: más de 5000 personas se amontonaron desde la Rambla hasta la catedral para despedirlo. Hubo misas en varias iglesias, campanas que no dejaban de sonar y flores para acompañar el cortejo. Dicen que tuvo la solemnidad de un funeral de Estado. Muerte de pobre, entierro de rey. Como en una parábola y eso, a Gaudí, le hubiera gustado.

Funeral de Gaudí en la revista española Mundo Gráfico; entrada a la explanada del templo para la ceremonia de despedida

Fuente: La Nación