Murió a los 108 años Ides Kihlen, la pintora más longeva de la historia argentina

Falleció esta tarde en su departamento de la Avenida Alvear donde pasó la mayor parte de su vida pintando y tocando el piano; “Soy un fenómeno de la naturaleza”, admitía

Quienes la querían y asistían a la maravilla de sus días, pensaban que Ides Kihlen era eterna, que ya le había torcido el brazo a la muerte y que jamás la iba a alcanzar. A los 108 años seguía pintando y brindando, y sonriendo… haciendo lo que quería, como cada día de su vida. Pero a las 19.30 de esta noche, Ides hizo lo más inexplicable de su vida: dejó de respirar. Sin enfermedades ni postraciones, partió sin un quejido. Hacía tres días que había dejado de comer, como preparándose para este último viaje. Deja atónitos y desconsolados a todos los que la creíamos un ser de otro planeta. En su arte, seguirá siendo inmortal.

Hay más misterios. Nadie entiende cómo una obra tan poderosa, tan genial y prolífica como la de Ides Kihlen puede haber crecido oculta durante más de ocho década. A los 84, cuando comenzó su vida pública, todavía pintaba en el piso, desparramada con pomos y pinceles en una alfombra que se volvió lienzo. Esa fue su única ambición: dedicarse al arte, es decir, pintar y tocar el piano. Nunca quiso premios, ni concursos, ni reconocimiento, ni publicaciones. Pero los tuvo a partir de esa edad, y fue longeva para disfrutar por casi treinta años del fervor del público por su obra, la devoción por su pintoresca persona que despertó en todo el mundo.

Siempre pintó. Nació en Santa Fe en 1917 y a los cuatro años ya andaba con lápices y papeles. Después no los pudo dejar más. Su padre, Enrique Kihlen, sueco, y director para la Argentina de una compañía noruega, la Compañía Comercial Noruega Argentina, había conocido en Buenos Aires a Clelia Brunet, hija de suizos. Se casaron y tuvieron dos hijas, Ides y Titi. Vivieron un tiempo en Puerto Bermejo, después en Corrientes, en Resistencia y recalaron en Buenos Aires cuando ella tenía 5 años. “En mi casa de soltera tenía un piano y mis pinturas en el altillo. Ahí me había hecho un lugar para estar sola. Me traían la comida en una bandeja. El arte es una compañía muy grande”, contaba. Se apuró con la primaria en el internado inglés para ingresar a los 14 años a la Escuela de Artes Decorativas. Mientras, rendía libre los exámenes del bachillerato y estudiaba piano en el Conservatorio Nacional. Compuso y grabó conciertos como pianista. También estudió psicología y escribió poemas. Antes, se cambió el nombre compuesto sueco que le pusieron sus padres por uno inventado por ella. A los 11 años, propuso a la directora del colegio primario que la llamaran Ides, y así fue por casi cien años más.

Se casó joven con Luis Bebe González Monteagudo, y tuvo dos hijas, Silvia e Ingrid. A los 30 años se divorció, cuando todavía eso era algo poco común, y entonces pintaba día y noche, hasta en la cocina. Su matrimonio fue un paréntesis de 17 años: “Yo seguía pintando igual. Primero estaba mi pintura y mi piano, y después mi marido. No era una mujer para estar casada”. El ex marido fue su gran amigo y protector por las seis décadas que siguieron: ella nunca pagó un impuesto. Él también fue longevo y por un mes no llegó a los cien años. Tuvo inseparables perros y gatos. Viajó e hizo muchísimos amigos. Y casi nunca fue al médico, más que para los partos y una indigestión a los 106 por comer exceso de bombones. Eran su debilidad, igual que el champagne. Pero siempre conservó la línea: todas las semanas medía que las polleras no le ajustaran la cintura para regular su dieta. Llego a la ancianidad ágil y con un cutis de porcelana, que realzaba con labios color carmín. “Soy un fenómeno de la naturaleza”, admitió a los 105 años.

Ides Kihlen tocando el piano su casa en 2020
Ides Kihlen tocando el piano su casa en 2020Soledad Aznarez – Archivo

En cambio, nunca se ocupó de conservar ordenados sus cuadros, ni les puso fecha, ni título, ni firma. Destruyó muchísimas pinturas, porque hizo tantas a lo largo de su vida que no tenía dónde ponerlas. “Viví casi siempre sola. Desde chica buscaba rincones escondidos en la casa para estar con mis pinturas. Y también con el piano. Pero la pintura me atrapa. Es una adicción. Si la dejo, me siento mal, me pongo nerviosa. Pero no es una terapia, porque hay un montón de cosas en la pintura, problemas que trato de resolver. Me levanto y lo primero que hago es ir al taller, a ver qué pasó con lo que hice el día anterior. Sueño con la pintura, mezclo colores durmiendo. La pintura no tiene descanso”, contaba en una entrevista a sus 87 años.

Sólo comía lo que ella misma se cocinaba y sin horarios. Para dormir, también, anarquista. “A cualquier hora del día o de la noche tengo algo que hacer: cortar una cosita, pintar otra. Esto es un trabajo”, decía cuando ya contaba una centuria. A los 97 tuvo una caída, y entonces dejó de pintar en el suelo y de tener obras y caballetes desparramados por todo el departamento de la Avenida Alvear. Durante la pandemia, tuvo que hacer orden porque sus hijas se mudaron a vivir con ella. Pero era difícil que se contuviera. Si hay algo que Ides cultivó es la libertad. Pintó en grandes telas, pedacitos de cartón, papel de diario, las páginas de un libro y, en su taller, también se volvieron obra las cortinas y las paredes. Puertas, baños, sillones, el pallier o los cuadros ya terminados: todo podía tener colores nuevos o imágenes recurrentes de su obra: peces, el número 5, los banderines, el color rojo, la línea bailarina de sus fondos, cierto aire de partitura o de ritmo.

Ides Kihlen donó siete obras al Museo Moderno
Ides Kihlen donó siete obras al Museo Moderno

Hasta 1980 su obra fue figurativa. Pero entonces se cansó, empezó a buscar otra forma de pintar y la encontró en la abstracción. Nunca le interesó participar en concursos o exponer sus obras, pese al insistente reclamo de amigos y de los notables profesores que tuvo en su interminable recorrido de perfeccionamiento académico: Pío Collivadino, Emilio Pettoruti, André Lothe, Battle Planas, Kenneth Kemble, Vicente Puig, Antonio Alice, Adolfo Deferrari, José Antonio Merediz y Adolfo Nigro.

Su camino siguió siempre en la abstracción, cercana a Paul Klee, Vasily Kandinsky y Joan Miró, pero siempre personal, autónoma. “Este primer período de cambios se caracterizó por imágenes con las que insinúa formas rectangulares sobre fondos texturados. Al mismo tiempo, comenzó a incorporar manchas, líneas, círculos y triángulos, elementos que continúan habitando sus composiciones, en ocasiones como resultado de tratamientos automáticos. Luego irrumpen los números y las letras trabajados sobre fondos a manera de pizarras, que intercala con líneas y formas de color –escribió la crítica María Florencia Galesio–. Hacia el final del siglo XX y el comienzo del nuevo milenio, se hicieron presentes los fondos negros interrumpidos por un juego de arabescos de líneas blancas que interactúan libremente con formas de colores. Utiliza también tiras de papeles pintadas de blanco y negro, como el teclado de un piano o la piel de un tigre, que modulan la superficie de sus obras”.

Ides Kihlen en 2020, cuando su mesa de trabajo pasó a ser la mesa ratona del living; ya no pintaba recostada en el piso después de los cien años
Ides Kihlen en 2020, cuando su mesa de trabajo pasó a ser la mesa ratona del living; ya no pintaba recostada en el piso después de los cien años

Un galerista la descubrió en 2002 cuando fue a su casa a tasar unos Fernando Fader. “Me los compró mi padre en el banco, cuando tendría 13 años, y me encapriché con ellos”, cuenta. Pero el galerista se maravilló y llevó unas obras de Ides a su stand de la galería Arroyo en arteBA. Causaron sensación. Después vinieron exposiciones en varias galerías (María Casado, Rubbers, Coppa Oliver, Agalma, Lordi), en museos como el de Artes Decorativas, el Macla de La Plata, el Caraffa de Córdoba, y en el exterior, en Italia y Estados Unidos. Y algunos momentos que atesora, como la visita que le hizo el pianista Miguel Ángel Estrella, que tocó para ella, enamorado de su pintura. Y su amistad con coleccionistas como Feisal Nazir Romero Carranza, que compró su primera obra a los cinco años -convenciendo a sus padres, María y Tarek- y hoy, veinte años después, la familia atesora unas 60 piezas y un profundo lazo con la artista.

La gran exposición para sus cien años en el Museo de Arte Moderno tuvo su coda en una donación de trece importantes obras elegidas por el propio museo. “Es una artista muy particular, que atravesó el siglo XX. Desarrolló un lenguaje artístico muy personal, vinculado a las vanguardias, pero desde un lugar de mucha libertad y reformulación. Su obra se caracteriza por las composiciones geométricas y el uso del collage, y tiene mucha relación con la música: en su obra hay sinestesias, y los colores representan sonidos y las composiciones son rítmicas”, explica Laura Hakel, curadora de exposición, que se llamó Todo el siglo es carnaval.

Hasta los 103, 104, seguía escuchando bien y pudiendo mover sus manos e manera impecable, entonces las tardes eran para el piano. Ides se empecinó siempre en estudiar. Insistía con que el trabajo era la única manera de aprender. Se lo recordaba un gato persa melómano que le reclama música sentándose en los pedales. Cuando lograba sentarla al taburete se acomodaba en su palco de alfombra a sus pies, junto con los dos perros que Ides adoraba, Xul, una Yorkshire, y Bebé, el Shih Tzu, también longevos.

En 2021 tuvo un clon que después se mudó a su casa: la exposición en Galería Azur tenía en la vidriera de la calle Arroyo un homenaje hecho por el escultor hiperrealista Fernando Puglieseréplica exacta de su fisonomía tamaño natural, doble de riesgo en tiempos de pandemia. Festejó los 105 años con una muestra que le rindió homenaje a su obra plástica y musical en el Museo Nacional de Bellas Artes, un recorrido por las últimas cinco décadas de su trayectoria, con curaduría de María Florencia Galesio. También donó obra al museo mayor. En paralelo, otra muestra ocurría en el Museo de la Cárcova, en el que se formó, donde se presentó la pieza audiovisual que elaboró sobre ella el artista Dardo Flores. La Universidad Nacional de las Artes (UNA) le entregó el título Honoris Causa. También fue declarada Ciudadana Ilustre.

Recién a los 106 dejó de tocar el piano por una rigidez en los dedos y un poco también por la sordera. No tomaba remedios de ningún tipo. Ni siquiera aceptaba un desinflamante si le llegaba a dar algún dolor de huesos. “Yo no tomo esas cosas”, respondía tajante. Mantenía su autonomía. “¡Salgan de acá!”, ordenaba si alguien pretendía acompañarla al baño. “Estoy perfecta”, aclaraba siempre que le preguntaban cómo se sentía.

Ides Kihlen y Julio Bocca, en la reunión donde sellaron una colaboración que la artista hizo con el Ballet Estable del Teatro Colón
Ides Kihlen y Julio Bocca, en la reunión donde sellaron una colaboración que la artista hizo con el Ballet Estable del Teatro ColónGentileza Ingrid y Silvia Gonzales

“Ella parece haber querido preservar el puro placer de pintar sin exponerse a las miradas externas más allá de su círculo cercano. Eligió mantenerse en un lugar propio, libre de interferencias externas– escribió Andrea Giunta– (…). Así, Ides se afirma en una forma de entender el arte como resistencia privada ante un medio plagado de confrontaciones, comparaciones y celebraciones en el que decide no participar”. En estos casi treinta años de vida pública, Ingrid y Silvia hicieron muchísimas exposiciones en el país y en el exterior, viajaron a ferias, publicaron libros y organizaron homenajes. Su obra despertó pasión entre coleccionistas.

Al final de sus días había alcanzado una libertad total. Esa enseñanza deja: pintaba sin límites, en paredes y puertas, y hablaba con sus cuadros: vivía en estado de creación. A los 108 pasó a trabajar en la cocina, con crayones. Los agarraba como podía, pero no paraba de crear sus laberintos y universos. Tuvo otra visita ilustre: Julio Bocca, que recibió en donación una pintura para subastar a beneficio del Teatro Colón y otra obra suya para ilustrar el programa del ballet Cascanueces. Llegó a ser entonces pintora en actividad más longeva de la historia del arte argentino y el Güinnes estaba a punto de darle el diploma del récord mundial. Inolvidable, Ides. Gracias por tu largo paso por este planeta.

Fuente: María Paula Zacharías, La Nación